No habrá más noche 14
23%

14

Octubre tocaba a su fin. Un lecho de hojas resbaladizas cubría el césped del jardín de Peñagrande.

Las internas avanzaban como funámbulas sobre la cuerda floja, con los brazos exten-didos para no caerse.

Sentadas en un banco, Soco y Garbiñe reían con discreción ante el espectáculo de barrigas bambo-leantes mientras las futuras madres luchaban por mantener el equilibrio.

—¡Parecen una procesión de focas! Y eso que aquí ninguna ha engordado ni un solo kilo. Son todo tripa.

—¿Eres consciente de que tú también pareces una ballena a punto de parir?

—¡Es que estoy a punto de parir, Garbo! Y tú también.

Las dos amigas volvieron a reír sin dejar de observar de reojo a sor Prudencia que vigilaba el recreo.

—¿Crees que la historia del jardín es verdad?

—¿A qué te refieres?

—¡A qué va a ser, Soco! A que sirve de cementerio para los bebés que mueren aquí.

—¿Te sorprendería?

Garbiñe bajó la cabeza y negó. Soco expulsó el aire de sus pulmones, la boca en forma de aro y la cabeza inclinada hacia arriba. El vaho blanco desapareció con rapidez.

—Lo primero que haré después de dar a luz será fumarme un buen pitillo.

—¿Fumas?

—Antes, fumaba cuando conseguía reunir unas cuantas monedas. Apuesto a que tú nunca has tragado humo, ¿no es así?

Garbiñe alzó los hombros.

—Me parece un vicio asqueroso.

—Me olvidaba... Tú solo pecaste una vez. ¡Y mira cómo te ha ido!

—Mi madre me educó para ser una buena chica.

Pero también me enseñó que amar no es ningún pecado.

Así que no, yo no he pecado. —Garbiñe reflexionó unos segundos—.

Por lo menos, no hasta que ingresé en Peñagrande.

Aquí he apren-dido a robar para comer, a mentir para escapar de los castigos, a blasfemar… ¡esto último, solo por gusto!

—Si hacemos caso de lo que dicen las monjas, yo sí he pecado.

Y mucho. He salido de noche, he bebido, he desobe-decido a mis padres…

Habré cometido todos y cada uno de los pecados por los que se condenan a las mujeres en este país.

A las mujeres. No a los hombres. A ellos se les permite todo.

—Soco chasqueó la lengua—. He cometido todos los pecados. Todos, menos del que se me acusa.

Un escalofrío estremeció el cuerpo de Garbiñe. Soco la contempló hasta que la sacudida desapareció.

—Garbo… Llevo tiempo observándote. No es la primera vez que te veo poner los ojos en blanco y temblar de esta forma. ¿Qué te pasa? ¿Estás enferma o algo parecido?

Garbiñe sonrió con timidez.

—No es eso. —Dudó unos segundos—. No te rías de mí pero… digamos que tengo una sensibilidad especial. Mi madre lo llama don .

Soco contestó con seriedad:

—No pensaba burlarme de ti. He presenciado tantas cosas que no me atrevería a poner en duda lo que me cuentes. No, no dudo de ti. De ti, menos que de nadie.

Garbiñe volvió a sonreír.

—Es una habilidad que todas las mujeres de mi familia poseen. No es nada extraordinario. Por lo menos en mi caso. —Se detuvo a fin de elegir las palabras adecuadas—. Pre-siento cosas. Sé cuando algo va a ocurrir. Y noto presencias a mi alrededor.

—¿Como almas o fantasmas?

—Algo parecido. Pero nada más. Yo nunca he podido desarrollar el don de mis antepasadas.

Mi madre me contaba que su abuela sí podía comunicarse con espíritus y difuntos.

Puede que exagerara un poco para que yo me sintiera especial.

Pero nuestro pueblo tiene muchas leyendas y mitos parecidos.

Para nosotras, es natural creer en estas fuerzas.

—¡Como lo es para las monjas creer en un resucitado! Si ellas se tragan estos cuentos a pie juntillas y lo imponen como ley, ¿por qué no vas a poder tú tener un don?

—Entonces, ¿me crees?

Soco tomó las manos de su amiga entre las suyas. El contacto prohibido sorprendió a Garbiñe que escudriñó en derredor en busca de la monja.

—Eres el único ser en quien confío, Garbo. Por supuesto que te creo.

—Soco… Tú nunca me has contado tu historia. ¿A qué te refieres cuando dices no ser culpable del único pecado del que se te acusa?

La mirada de Soco se nubló.

—No es nada que no hayas oído ya por estos malditos pa-sillos.

—Si no quieres contármelo, lo respetaré.

Soco espiró con fuerza.

—Mi hermano me violó. Me quedé embarazada. Mis pa-dres no quisieron creerme. Prefirieron pensar que me había acostado con cualquier chaval del barrio. Me echaron de casa y terminé aquí por descarriada. Como tú. Como todas.

—No tenía ni idea…

—Te lo dije: no es nada que no hayas oído mil veces de boca de otras internas. —Soco mutó de semblante y, burlona, dio un empujón a su vecina—. No te preocupes, Garbo. Allí, no habrá más noche...

Garbiñe estudió el rostro de su amiga.

—¿De qué hablas?

—Apocalipsis veintidós, versículo cinco.

—¿Me estás tomando el pelo?

Soco rió.

—Es la única frase de la biblia en la que creo. Por su-puesto, ¡no porque espere la llegada de Dios a la Tierra para salvarnos! Me gusta porque sé que, algún día, saldré de aquí y ya no habrá más noche... Fuera, solo habrá luz y libertad.

Pasaron largos segundos hasta que la vasca volviera a hablar y preguntara:

—¿Quieres que te cuente un secreto?

—¡Siempre! —exclamó Soco, aliviada por el cambio de tema.

El velo de sus ojos había desaparecido y se había erguido sobre el banco, expectante.

—Hoy es mi cumpleaños. ¡Ya tengo dieciséis años!

—¡Tenemos que celebrarlo! Pediré a Mise alguna manzana o cualquier fruta que pueda encontrar.

Sor Prudencia se acercó con grandes zancadas.

—Vosotras dos. ¡Ya está bien de tanta cháchara! El recreo ha terminado. Volved para dentro.

Soco subía las escaleras cuando una fuerte contracción dobló su cuerpo por la mitad.

Cayó de rodillas. Un aullido de dolor rasgó el silencio.

Garbiñe se precipitó hacia la figura que se retorcía sobre los peldaños.

Soco sonreía en medio del tor-mento, el pelo pegado a su frente sudorosa. Agarró con fuerza la mano de su amiga.

—¡Ya viene, Garbo! Mi niña… ¡ya viene!

Las dos compañeras reían entre lágrimas.

—¿Cómo sabes que es niña? ¿Es que tú también tienes un don?

—Tiene que serlo. Será niña. Y la llamaré como tú, Gar-biñe. Será mi regalo de cumpleaños.

Un nuevo alarido resonó en el pasillo. Un fuerte tirón en su espalda apartó a Garbiñe: sor Prudencia y sor Misericordia, con una energía sorprendente, levantaron a Soco por los brazos y la llevaron a volandas por los escalones.

Los gritos se apagaron a lo lejos mientras Garbiñe seguía clavada en el mismo sitio, sonriendo y contemplando el alto de la escalera por donde había desaparecido su amiga.