No habrá más noche 13
22%

13

—Alabado sea el santísimo sacramento del altar.

—Por siempre sea bendito y alabado.

Anxela abrió los ojos, sobresaltada.

—¡Levantaos! ¡Quiero las camas listas en quince minutos!

La voz de sor Genoveva resonaba con una energía sorpren-dente.

—¡Joder con la sorda! No oye, ¡pero bien que grita!

Susana se desperezó y sacudió a su vecina sin miramientos. Anxela parpadeó repetidas veces y miró a su alrededor. Algu-nas de sus compañeras ya se afanaban, inclinadas sobre las camas a medio hacer. Las demás ejecutaban un extraño baile sentadas sobre sus colchones.

—¿Qué hacen?

—¿Recuerdas que no podemos quedarnos desnudas? —An-xela asintió—. Pues arréglatelas como puedas para vestirte sin que se te vea un centímetro de piel.

En frente, Sandra llamó su atención con un gesto del brazo y la invitó a copiar su contoneo entre pijama y uniforme.

Cuando Anxela terminó de arreglarse y de tensar el último pliegue de la sábana, sor Genoveva contempló el resultado y esbozó un ademán de sorpresa.

—Muy bien. Todas fuera. ¡A misa!

Anxela reculó ante los gritos de la anciana. Yolanda rió por lo bajo y tapó sus orejas de forma cómica. Las chicas formaron una fila y salieron entre bostezos y ojos legañosos.

En medio del cortejo, Anxela aprovechó la ausencia de la monja para preguntar a Susana:

—¿Qué es esa luz al fondo del dormitorio? Se quedó en-cendida toda la noche.

—Nunca la apagan. Ya te acostumbrarás. Al final, ni la notarás. Como tampoco notarás los lloriqueos de las demás.

Durante los rezos, Anxela no despegaba los labios.

Examinaba de reojo el aspecto de sus compañeras: la misma mirada ausente, la misma piel marchita salpicada de cortes y rozaduras, los mismos hombros caídos bajo un peso invisible.

Todas eran parecidas. Todas eran iguales.

Menos por un detalle: su pelo. Corto, largo, rizado, liso, rubio, moreno, peli-rrojo…

Todos eran diferentes. El cabello era el único signo de identidad que las internas conservaban, sumidas por lo demás en el anonimato del encierro colectivo.

Eso, sí: todas las melenas estaban recogidas en una coleta obligatoria.

Anxela pasó la mano por su cabeza.

—Tampoco te queda tan mal. Pareces un erizo albino pero por lo menos el uniforme es de tu talla —bromeó Susana mientras enseñaba las mangas demasiado cortas de la Torre.

—No hay espejo en el baño. Aún no he podido ver lo que me han hecho.

—No hay espejo en ningún sitio. De todas formas, es mejor que no te veas hasta que te crezca un poco el pelo y te lo arre-gle. ¿Cómo solías tenerlo?

— Larguísimo. Como mi madre y mi abuela. Hasta aquí. — Anxela señaló un punto por debajo de su cadera. Su rostro se ensombreció—. No recuerdo haberlo tenido nunca de otra forma.

—Más adelante, te conseguiré un espejo. Con un poco de ingenio y buenos enchufes, una puede procurarse muchas co-sas aquí dentro. —Susana guiñó un ojo—. ¡Qué acabe ya la tortura de la misa y podamos ir a desayunar!

Anxela notó rugir sus tripas. No se había dado cuenta hasta ahora de que estaba hambrienta. Terminó por entender las palabras de su vecina en el refectorio, la noche anterior: «Créeme: no volverás a saltarte una cena».

En el comedor, un vaso de leche en polvo y una rebanada de pan les esperaban en cada mesa. Al sentarse, Anxela descu-brió una porción ridícula de mantequilla. A su lado, Yolanda ya escrutaba los platos ajenos. La gallega se aferró a su ración y engulló el desayuno de una sentada.

Unas palmadas anunciaron el final del descanso. Anxela interrogó con la mirada a sus compañeras.

—Ahora repartirán los oficios .

—¿Los oficios?

—Las tareas de limpieza.

—Pero si en este centro, todo está reluciente.

—Pues te vas a hartar de fregar.

El sol de julio lamía las ventanas enrejadas con su lengua de fuego.

Anxela soñaba con un trago de agua fresca mientras frotaba los cristales bajo la vigilancia de la hermana Paz.

Su memoria trazaba sin esfuerzo el recorrido del río Peireiro que serpenteaba, cantarín, por los senderos de su añorada Galicia.

Pasó la manga de su bata por su rostro y enjugó el sudor.

La monja observaba a la nueva interna con semblante preocu-pado.

Desapareció por el pasillo para volver a los pocos mi-nutos con un vaso de agua que le tendió con gesto amable.

Anxela dudó un instante y, tras percibir la sonrisa afirmativa de Susana frente a ella, aceptó el ofrecimiento.

—Gracias.

Cuando tragó, una mueca deformó su cara.

—Lo sé, hija. Está caliente en verano y fría en invierno. Pero bebe. Te sentará bien.

Anxela forzó otro sorbo que le provocó una arcada.

Devolvió el vaso a la religiosa. Sus tripas volvían a rugir.

Los músculos de sus brazos ardían de tanto movimiento repetitivo.

En medio del silencio del corredor, solo podía percibir el resoplar de sus compañeras y el pulso de sus venas latiendo con fuerza en sus oídos.

Un sudor frío subió por su nuca. Notaba cómo sus fuerzas la abandonaban cuando la hermana Paz la sujetó por la axila y anunció:

—Hora de comer, chicas.

Nunca supo cómo llegó hasta el comedor. Solo escuchaba el chirrido de los cubiertos contra los platos y las palmadas de las religiosas.

El mundo a su alrededor daba vueltas. Su cabeza reposaba entre sus brazos apoyados sobre la mesa.

Alguien la empujó y colocó una escudilla bajo sus narices.

Un hedor espeso le hizo enderezarse de golpe.

Su mirada borrosa tardó en reconocer el contenido del plato hondo.

Cubiertas por una textura gelatinosa, unas lentejas despellejadas se apeloto-naban junto a una loncha de fiambre traslúcida.

Esta vez, Yolanda no perpetró ningún conato de robo de comida.

An-xela notó cómo las lágrimas luchaban por escapar.

—Trágalo con pan.

No supo quién dio la orden pero la acató sin cuestionarla.

Al terminar, siguió como un autómata a la comitiva de batas verdes hasta una enorme sala abarrotada de mesas con máquinas de coser.

Enfilando un pasillo central, las internas fueron ocupando sus puestos sin preocuparse por el descon- cierto de la recién llegada que permanecía inmóvil en medio de los empujones y de los reproches.

Por fin, Anxela vio cómo sus tres compañeras de dormitorio se alejaban hasta el fondo de la estancia sin indicarle en qué consistía su nueva tarea.

Cuando el ruido de las sillas y los cuchicheos enmudecieron, solo quedaba ella de pie, desolada, frente a un auditorio receloso.

Una mano se levantó y le señaló un sitio vacío a su lado.

Anxela reconoció el rostro huraño y medio escondido bajo una melena oscura: la Bicho Raro.

La gallega se sentó y dio las gracias a su vecina con un movimiento de cabeza.

Paseó una mirada por las mesas de madera alzadas sobre una elegante estructura de hierro fundido.

Su pie tropezó con un pedal de rejilla negro.

Grabadas sobre el cuerpo de las máquinas, unas letras doradas perfilaban la palabra Singer .

Sin necesidad de recibir ninguna orden, las internas fueron colocando bajo sus agujas unas telas blancas que, hasta ahora, reposaban sobre unas sillas.

—Perdone, madre. No sé qué debo hacer. Nunca he cosido a máquina…

—¡Imita a tus compañeras y no vuelvas a abrir la boca!

Unas risitas viajaron entre los puestos de trabajo. Anxela se ruborizó y bajó la cabeza.

—¡Psss, psss! —La Bicho Raro le tendía una tela—. Haz todo lo que yo haga. No te preocupes; iré despacito.

—Pero…

La interna posó el dedo índice sobre sus labios.

—No podemos hablar. Tú solo imítame.

—Gracias.

El agradecimiento quedó sepultado bajo el caos atronador de las máquinas de coser.

Después de los últimos rezos del día, Anxela descubrió agradecida que las monjas concedían a las internas un tiempo libre antes de la hora de la cena.

Apoyada contra un árbol en el patio interior, escuchaba distraída los cotilleos de sus tres compañeras de habitación.

Le habían explicado cómo posi-cionarse alrededor del tronco para poder hablar con discreción y así burlar la vigilancia de las cucarachas .

Con la cabeza levantada hacia el triángulo de cielo que formaba el edificio de la calle Padre Damián, Anxela disfrutaba de la tardía luz veraniega.

La suave brisa traía con ella el recuerdo de una libertad que, en apenas unos días de encierro, sentía ya inalcanzable.

—Cuéntame, Hierbas: ¿te has echado novia?

Anxela bajó una mirada de asombro hacia Susana. A su lado, Yolanda reía como una chiquilla. Sandra, ella, esperaba la respuesta con los brazos cruzados.

—¿A qué viene eso?

—Si no me equivoco, tienes una nueva amiguita.

Susana desvió la atención hacia una silueta arrimada contra la pared. Desde el rincón oscuro, dos ojos de un azul profundo vigilaban al trío sin disimulo.

—Ah... Me ayudó mucho en el taller.

—Ten cuidado con la Bicho Raro. Te traerá problemas.

—Ayer no terminaste de explicarme por qué la llamáis así.

—Corren muchas leyendas sobre ella. La han echado de muchos reformatorios antes de acabar aquí.

—¿Por qué?

—Algunas dicen que pegó a una monja Oblata. Otras que se fugó del Buen Pastor… ¡y mira que ese centro es de los buenos! Allí las religiosas te dejan hablar con quien quieras y ¡hasta te dejan fumar!

—A mí me han dicho que es bollera.

Todas giraron hacia Sandra. La giganta encogió los hombros.

—En serio, Torre, haz un gesto o algo cuando vayas a abrir la boca… algún día, ¡me va a dar un infarto! —se quejó Su-sana con la mano sobre el pecho.

—¿Qué tiene que ver su homosexualidad con las expulsiones?

Las tres internas observaron a Anxela con ojos como platos.

—¿De qué planeta sales, Hierbas? Aquí dentro, y digan lo que digan las monjas, todas estamos encerradas por una sola razón: por no encajar en la doctrina franquista.

Pobres, fu-gadas, violadas, solteras embarazadas, rebeldes con ideas políticas democráticas…

Da igual: todas somos las ovejas des-carriadas que la Iglesia y el Estado quieren redimir.

Quieren que entremos en sus casillas morales.

Ninguna saldrá de aquí hasta que no haya sido reeducada.

Si a ti te encerraron por bruja, ¡qué no harán con una lesbiana! La Bicho Raro es carne de Ciempozuelos!

—¿Qué es eso?

Susana chocó la mano contra su frente.

—¿Es que no sabes nada? Ciempozuelos es el destino final de chicas como la Bicho. Es un manicomio. Y de allí solo se sale con los pies por delante.

Anxela apretó los labios con fuerza.

—Esta chica tendrá un nombre, como todas nosotras.

Sin más palabras, salió al encuentro de la interna. Susana chasqueó la lengua y sentenció:

—Que la jodan.