12
Palmadas, ducha fría, rezos y desayuno. Y pan. Mucho pan.
Tras tres días de encierro, Garbiñe empezaba a notar las primeras punzadas de hambre.
Observaba los rostros ama-rillentos a su alrededor, las aristas prominentes de los pómulos y las clavículas pronunciadas.
Sabía que pronto su aspecto se fundiría con el del ejército de almas caídas hasta no poder reconocerse a sí misma.
Todas con la misma mirada perdida. Todas con la misma resignación cincelada en sus rasgos angulosos.
Esa mañana, algo era diferente: las internas vestían con ropas, si no elegantes, sí más aseadas.
Cualquier prenda era mejor que el maldito uniforme.
El pelo se había arreglado con esmero y algunas hasta olían a colonia.
Garbiñe observaba con curiosidad cómo las religiosas sonreían a unas pocas jóvenes y mantenían conversaciones animadas con ellas.
—Soco, ¿Quiénes son esas chicas y por qué las monjas son tan buenas con ellas?
Soco miró de reojo al pequeño grupo y dibujó una mueca de disgusto.
—Son las internas de la primera planta. Las favoritas. Las de pago.
Garbiñe levantó una ceja.
—¿De pago? ¿Es que alguien paga por estar aquí?
—Sí, Garbo. Algunos padres pudientes pagan para escon-der a sus hijas y su vergüenza el tiempo necesario… Es decir hasta que den a luz y se deshagan del bebé.
—Y ellas, ¿lo aceptan?
—La mayoría están encantadas. No quieren quedarse con sus hijos y menos aún cargar con el estigma de ser unas pecadoras, unas madres solteras.
O, como dicen las monjas: unas putas. Cuando ya ha pasado el trance, cuando termina su condena, vuelven con sus familias y fingen haber estado fuera por sus estudios o cualquier otra excusa. Y aquí no ha pasado nada.
—¡Qué horror!
—Para ellas, este lugar es su salvación, la oportunidad de redimirse.
No olvides que ellas, como también las niñas más pobres, las del campo, son profundamente creyentes y teme-rosas de Dios.
Están convencidas de su culpabilidad, de haber sucumbido al pecado original.
Por eso se portan tan bien con las religiosas y aceptan sus normas sin protestar.
Si se lo pi-dieran, llevarían cilicios y se flagelarían como penitencia.
A cambio, las monjas las tratan con cierto cariño.
—Pero, ¿no se dan cuenta de que esto es una cárcel?
—Pagan por su pecado.
Unas palmadas interrumpieron la conversación.
La comitiva emprendió su marcha en silencio. Garbiñe, que ya se iba familiarizando con el enorme edificio, se extrañó al ver que sor Prudencia, en cabeza, torcía hacia un nuevo pasillo. Tras comprobar que ninguna religiosa podía escu-charla, Garbiñe se acercó a la espalda de Soco y susurró:
—¿A dónde nos llevan?
—Hoy es domingo. Vamos a misa.
La capilla estaba a rebosar de parroquianos.
Desde lo alto del coro, Garbiñe examinaba cada rostro bien alimentado, cada vestido elegante, cada zapato reluciente.
La visión del mundo exterior, de las personas que disfrutaban de la libertad sin cuestionársela, le recordaba su propio encierro.
A sus pies, gente de bien se preparaba para escuchar la letanía con devo-ción.
El aroma a perfume caro y los colores vivos de las ropas embriagaron a Garbiñe mientras observaba, maravillada, los peinados cardados.
—¿Sabes por qué estamos aquí arriba, apartadas del resto de la comunidad? —le preguntó Soco a su lado—. Porque somos escoria, Garbo. Viciosas hijas de Satanás con quien no hay que mezclarse bajo riesgo de contaminarse.
Garbiñe frunció el ceño. Recorría las espaldas alineadas de la congregación cuando sorprendió la mirada de un hombre al final de un banquillo.
El asistente le sonreía con una insis-tencia intimidante.
Garbiñe reculó hasta alejarse de la baran-dilla y desaparecer del alcance de su admirador.
Soco, que había presenciado la escena, se arrimó y le murmuró al oído:
—Lección número tres: la única manera de salir de aquí cuanto antes es encontrar un marido.
Así que los domingos, algunas internas, las más bonitas o las niñas con mejor cuerpo, somos expuestas como animales por las monjas a unos se-ñores en busca de una esposa.
Es muy probable que te elijan, Garbo… Eres una monada.
Garbiñe se llevó la mano a la boca. Notaba como los lati-dos de su corazón retumbaban en sus oídos. Cuando su respi-ración se moderó, agarró con fuerza el brazo de Soco.
—Tengo miedo.
—No te preocupes. Tienes derecho a negarte. Nadie te puede obligar. Yo estaré contigo. A mí, siempre me sacan al pasillo. Es lo que tiene ser guapa.
El intento por hacerla reír no tranquilizó a Garbiñe.
—¿Sabes si alguna ha aceptado casarse?
—Las hay que venderían hasta su alma con tal de salir de este infierno. Las que consienten, no vuelven. Bien es verdad que algunas son devueltas como si fueran mercancía defec-tuosa cuando el comprador no queda satisfecho.
—¿El comprador?
—Se dice que llegan a pagar hasta 75.000 pesetas por una esposa.
—No te entiendo. ¿A quién pagan esta cantidad?
—A las monjas, Garbo. Las monjas nos venden.
El carraspeo del sacerdote resonó en la capilla.
— En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
—Amén.
Sor Prudencia dio un codazo a Garbiñe impeliéndola a secundar la oración. La joven agachó la cabeza, resignada.
—La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros.
—Y con tu espíritu.
Garbiñe imitó a sus compañeras bajo la atenta vigilancia de la monja.
—Hermanos. Para celebrar dignamente estos sagrados mis-terios, reconozcamos nuestros pecados.
Los asistentes entonaron juntos la consabida réplica:
—Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho, de pensamiento, palabra, obra y omisión.
Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa.
Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a vosotros, hermanos, que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor.
Soco, hasta ahora muda, musitó entre dientes:
—Por su culpa, por su culpa, por su grandísima culpa.
A su lado, Garbiñe apretó los labios.
—Tendrás que aprender la misa completa cuanto antes, Purificación.
—Sor Prudencia se había acercado con sigilo—.
Es inadmisible que no ores como los demás en la casa de Dios.
Esa sucia boca tuya necesita ser purgada por la palabra de Nuestro Señor.
—Retó a Soco con la mirada—. En cuanto a ti, desgraciada, te enseñaré a obedecer.
Sin contestar, Soco sonrió. Abajo, las voces seguían con la homilía:
—Señor, ten piedad.
—Señor, ten piedad.
—Cristo, ten piedad.
—Cristo, ten piedad.
—Señor, ten piedad.
—Señor, ten piedad.
El olor a incienso y el eco del Confiteor embutían la cabeza de Garbiñe.
Cerró los ojos y se concentró en recordar sus propias creencias, su propia liturgia: la diosa Mari que reinaba sobre sus súbditos desde lo alto del monte Anboto, el Basa-jaun, señor del bosque, que protegía a los seres que habitan entre la espesura de los árboles, las bellas lamias que peinaban su largo cabello a orillas de los ríos cristalinos…
—Podéis ir en paz.
—Demos gracias a Dios.
Una orquesta de tacones arañó el suelo despertando a Garbiñe de su ensoñación.
Las internas ya dejaban atrás el coro cuando sor Prudencia apartó a Soco y a Garbiñe.
—Vosotras dos, seguidme.
Retuvo a tres chicas más y, con un gesto de la mano, les instó a acompañarla.
—Ya empieza el circo. —Soco rió por lo bajo al percibir la confusión en el rostro de Garbiñe—. Lo entenderás cuando veas los fenómenos de feria que pretenden llevarse a una esposa de Peñagrande.
Ordenadas en fila a lo largo del pasillo, las cinco internas permanecían cabizbajas mientras unos hombres se acercaban a ellas y las observaban con detenimiento.
Garbiñe centraba su atención sobre los zapatos que paseaban con parsimonia, una y otra vez, delante de la hilera de embarazadas.
Unos mocasines relucientes se alejaron para no volver.
Unas botas desgastadas se detuvieron frente a la vasca.
—¡Purificación! —vociferó sor Prudencia—. Levanta la cara.
Petrificada, Garbiñe se quedó inmóvil. Unos dedos ásperos forzaron su barbilla.
A dos palmos de su nariz, un señor de cara rubicunda y sudorosa le sonreía con semblante embo-bado.
La peste a tabaco negro de su boca golpeó a la joven.
Cuando las arcadas ya parecían inevitables, el hombre dio un toque sobre el hombro de Garbiñe para que se diera la vuelta.
La interna obedeció e inspiró con alivio.
Podía notar cómo una mirada lasciva recorría su cuerpo desde su cuello y su espalda para terminar sobre su trasero.
Ahí, el hombre se detuvo y se recreó con una risotada gutural.
Garbiñe quedó de nuevo frente a él. La presión de su mano sobre su mandíbula le obli-gó a abrir la boca.
El visitante inspeccionó su dentadura. Por fin, reculó dos pasos y, sin apartar la vista de los pechos de la interna, asintió satisfecho.
Sin necesidad de escuchar el dictamen, sor Prudencia tiró del brazo de Garbiñe.
El trío se alejó por el corredor hasta entrar en una salita. La puerta se cerró.
—Purificación, don Manuel es un marqués venido de la provincia de Almería.
Necesita ayuda y compañía para ocuparse de su casa mientras gestiona sus tierras y sus olivos.
Desea contratarte como sirvienta. Venido el caso y si te portas bien, podría aceptar casarse contigo y ofrecerte una nueva vida respetable bajo los mandatos de la Iglesia católica.
—¡No! —exclamó Garbiñe, horrorizada.
El rostro de sor Prudencia se endureció.
—¡Ingrata! Este buen hombre está dispuesto a perdonar tu impureza. Deberías de estar agradecida.
—¡No, no, no!
Garbiñe abrió la puerta con estruendo y huyó despavorida.
Sus compañeras siguieron su carrera alocada hasta verla desaparecer al final de la galería.
—¡Paletos de mierda! —insultó Soco entre dientes mien-tras desafiaba con la mirada a los pretendientes agrupados en manada. Cerró los puños con fuerza y salió en busca de su amiga.