No habrá más noche 11
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En un rincón apartado, una figura acuclillada levantó la mi-rada hacia la recién llegada.

Una media melena oscura cubría su rostro.

Anxela alzaba de forma inconsciente su mano a modo de saludo cuando un codazo de la visitadora social la sacó de sus cavilaciones.

Frente a ella, dos monjas paseaban una mirada de desprecio sobre su cuerpo erguido.

—Ángela, te presento a la superiora de las Adoratrices del Santísimo Sacramento y de la Caridad, la madre Manuela.

La religiosa inclinó a un lado su largo cuello de jirafa. Una sonrisa maliciosa deformó su rostro al descubrir los mechones irregulares que formaban una maraña hirsuta sobre la cabeza de la gallega.

—Buenas tardes, madre.

—Buenas tardes.

La voz áspera de la superiora luchaba por escapar de la estrecha garganta.

—Yo soy la madre Clara —añadió la otra monja al tiempo que entrecerraba sus ojitos brillantes. Su tez cetrina le confería un aire enfermizo.

Sin más palabras, las religiosas, seguidas por la señorita Rodríguez y Anxela, enfilaron una interminable galería.

Entra-ron en una elegante sala de visita.

Un delicado escritorio de nogal presidía la estancia.

La madre superiora, ya sentada en un sillón mullido, parecía sentirse a gusto entre tanta opulen-cia.

En su anular, un anillo de oro relucía sobre la piel arru-gada.

—Madre Clara, haga el favor de llevar a Ángela a su dor-mitorio mientras la señorita Rodríguez y yo finalizamos los detalles de su ingreso.

La monja ahogó un suspiro de fastidio. Sin dirigirse a An-xela, abandonó el lugar. La joven la imitó.

Los pasillos, las majestuosas escaleras de mármol blanco, los suelos impolutos...

todo estaba impregnado por el olor a lejía.

Por fin, llegaron a unos pabellones situados en el segundo piso.

Sor Clara se detuvo frente a una imponente puerta sobre la que un cartel rezaba: Hogar San Miguel .

Cruzaron un salón hasta llegar a un amplio dormitorio.

—Este será tu hogar y este tu dormitorio. —La religiosa se deslizó por el pasillo central que formaba una hilera perfecta de veinte camas. Se detuvo en medio y señaló una litera del lado derecho—. Esta es tu cama. Espera aquí a tus compa-ñeras.

Sor Clara se alejó con movimientos ondulantes de ser-piente.

A pesar de su juventud, la monja padecía algún problema de hueso, pensó Anxela.

La joven se sentó sobre el colchón asignado y contempló su nuevo mundo: los armarios, las mesitas de noche y los lechos eran todos idénticos.

Estos últimos solo se diferenciaban por los muñecos y peluches que descansaban sobre las almohadas.

Anxela giró el cuerpo y descubrió el animal de trapo que le había tocado: un gato.

A su lado, una bata blanca con rayas verdes le recordó el atuendo de las internas en el patio.

—Esperó que te guste el color. ¡Te vas a hartar de llevarlo! —Una chica bajita se acercaba, las manos en los bolsillos. Cuando llegó a su altura, se inclinó y sonrió divertida—: ¡Me-nudo corte de pelo te han dejado las cabronas de las monjas!

Anxela pasó su mano por la cabellera en un intento inútil por domar los mechones rebeldes. Observó con preocupación las ojeras violetas y los ojos cansados de su interlocutora. Sus mejillas hundidas le conferían el aspecto de un alma en pena.

—Me llamo Ángela.

—¿Así que tenemos a un ángel sin sus bucles de oro? No te preocupes: aquí solemos arreglarnos el pelo entre nosotras. ¿Qué eres? ¿Del Patronato?

—Eso parece. Aunque no me han explicado lo que signi-fica.

—Ya te irás enterando. ¿Completa? —Anxela tensó la es-palda sin contestar—. Muy bien. Ya hablarás. Dime, ¿qué has hecho para terminar aquí?

—Nada.

—Eso decimos todas. Para qué dar explicaciones si nos ponen desde el principio la etiqueta de puta, descarriada o débil mental profunda, ¿verdad?

—No soy nada de eso.

—Algo malo has tenido que hacer para terminar en San Miguel…

—¿No son todos los hogares iguales?

—No, guapita. Las monjas no mezclan churras con meri-nas. Aquí estamos las delincuentes. ¡Te ha tocado la lotería, niña!

—Yo no soy ninguna delincuente.

—Ni yo lo era…

Unas voces se acercaron desde el pequeño salón.

Pronto, el dormitorio se llenó con las demás internas del hogar.

El desfile de rostros macilentos arrastraba los pies hasta las corres-pondientes camas.

Algunas internas deshacían las vendas que cubrían sus manos desvelando unos dedos enrojecidos y cuarteados.

La anfitriona ordenó a algunas de sus compañeras que se acercaran hasta su litera.

Quedaba claro que ella era la cabecilla del grupo.

—Mirad quien ha venido a completar nuestro alegre dormi-torio.

Frente a Anxela, dos chicas la observaban con curiosidad.

El convento había moldeado los cuerpos de las jóvenes hasta hacerlas indistinguibles: todas presentaban el mismo aspecto deplorable, las mismas bocas resecas, las mismas clavículas marcadas.

Pero el trío se diferenciaba por su estatura, desde la más bajita hasta la más alta.

A Anxela, estas chicas se le antojaron un conjunto de matrioshkas escuálidas.

La mediana, de apariencia simplona y sonriente, se dejó caer al lado de la gallega y preguntó:

—Y tú, ¿qué has hecho?

La líder encogió los hombros y enseñó las palmas como prueba de lo inevitable.

—Te dije que terminarías hablando.

Anxela suspiró.

—Me detuvieron por prácticas abortistas y esotéricas.

Un largo silbido resonó por encima del murmullo general.

—¡Vaya con el angelito! ¿Prácticas esotéricas? ¿Eso no es una manera bonita de decir brujería?

—Fueron acusaciones falsas.

—Déjame adivinar… ¿Una vecina? ¿Una celadora del Patronato? ¿La familia?

—El alcalde de mi pueblo y el cura.

El trío disimuló unas carcajadas. La más alta miró de reojo hacia el umbral de la habitación.

—Has entrado por la puerta grande, bruja.

—No me llames así.

—Me da que de Ángela tienes poco, rubia.

—No seré un ángel pero no soy ninguna bruja. Soy herbolera.

—¡Usted perdone! Así que herbolera… Pues te llamaré la Hierbas .

Aquí, todas tenemos motes. Esta es Yolanda, la Flores —explicó la cabecilla mientras señalaba a la mediana del clan—, porque se pasa el día cantando coplas de su artista favorita, Lola Flores.

Y esta es Sandra, la Torre, porque… ¡mírala!

Anxela levantó los ojos hacia la aludida. De lo alto de su metro ochenta, la Torre no cambiaba la expresión severa de su rostro.

—Y vosotras, ¿por qué estáis aquí?

—Depende de quién lo pregunte. Aquí nadie quiere contar su historia.

La mayoría se inventa trolas. O, simplemente, callan.

Pero la realidad es que siempre nos encierran por las mismas razones: por ser unas rebeldes, unas vagas, unas gol-fas, por fugarnos de casa, por besarnos con nuestros novios en el cine, por llevar la falda demasiado corta…

Todo lo que salga de las normas de la sacrosanta Iglesia o de lo que mande Franco es carne de correccional.

—Eso sí: solo para las mujeres. Los hombres, ellos, pueden hacer lo que les salga de las pelotas.

Todas miraron a la Torre.

—Sandra habla poco pero dice verdades como puños —bro-meó la cabecilla.

Unas risitas desviaron la atención del grupo. Una interna rezagada entraba en el dormitorio, cabizbaja. Anxela reco-noció la figura agachada que la había vigilado desde un rincón del patio a su llegada.

—Aquí viene la Bicho Raro .

—¿Por qué la llamas así?

—No congenia con nadie y cuando abre la boca, sube el pan. Pasa más tiempo en aislamiento que fregando suelos.

—¿Aislamiento?

—Encerrada en un cuchitril y apartada del resto. Dicen que ha pasado por todos los reformatorios habidos y por haber.

— Si vuelve a cagarla, del próximo agujero al que la man-den, ya no saldrá.

—¿Qué quieres decir?

Unas palmadas dejaron a Anxela sin respuesta.

Las internas se levantaron de las camas de un salto y for-maron una fila muda. Anxela emuló a sus compañeras que ya avanzaban hacia la salida. Notó un roce sobre su espalda.

—Por cierto, yo soy Susana —murmuró la líder—. Me lla-man Su . Sin más. Nadie se atreve a ponerme mote.

La cena consistía en dos pescadillas y un par de patatas her-vidas.

—Come pan y bebe agua. Te ayudará a no pasar tanta hambre —susurró Yolanda al oído de Anxela.

La Flores tenía una sonrisa bobalicona y comía con vora-cidad.

Terminó en cinco minutos su ración y miró con codicia la cena intacta de la gallega.

Anxela deslizó su plato hacia ella con discreción.

El silencio en el comedor solo se quebraba con las reprimendas de las monjas que vigilaban a las internas.

—Créeme: no volverás a saltarte una cena. —Susana dibu-jó una mueca al percibir el gesto de repugnancia de Anxela—. También te acostumbrarás al olor.

—¡Callaos!

Desde la mesa vecina, cinco chicas les lanzaban miradas de reproches. Susana soltó su cubierto y fingió una gran sonrisa. En cuanto las religiosas dieron la espalda, levantó el dedo corazón y lo dirigió a una pelirroja de cara pecosa.

—¡Chivatas de mierda! —murmuró entre dientes—. Marta, la Zanahoria, es la peor.

Anxela asistía a la escena sin inmutarse. A su lado, Yolan-da reía como una niña pequeña.

—Son las favoritas de las monjas —explicó—, las del ho-gar Inmaculada. Una de ellas es de mi mismo pueblo. Hace como que no me conoce pero sabe muy bien quién soy.

—¿Por qué no habla contigo?

—Porque si las cucarachas la pillan, le toca interrogatorio.

Anxela arrugó el entrecejo, sin entender.

—Las cucarachas, ¡las monjas! —explicó Sandra—. No dejan que hablemos entre nosotras con libertad y menos aún que las rebeldes nos mezclemos con las sumisas esas. Esas niñatas no pierden ocasión para chivarse en cuanto se enteran de algún chisme nuestro.

—Vaya, Torre. Será la frase más larga que te haya oído decir jamás.

Una religiosa se acercó y, posando sus manos sobre los hombros de Susana y Sandra, imploró:

—Por favor, chicas. Tengamos una cena tranquila.

—Perdone, hermana.

La monja acarició el pelo de Susana y se alejó de la mesa.

—Hierbas, esta es Paz, la única religiosa en quien podrás confiar. Nadie más.

—Tenemos suerte de tenerla en el hogar San Miguel: la hermana Paz es la asistente de nuestra monja tutora, la vieja Genoveva. La Geno , ella, es más antigua que su propio nom-bre. Está sorda como una tapia. No se entera de nada.

Yolanda volvió a emitir risitas entrecortadas. Unas palma-das acabaron con la conversación clandestina.

—¡Vamos, chicas! A barrer y a fregar. Luego, todas a la cama.

Las internas se levantaron como autómatas y se dirigieron a sus quehaceres. Anxela, desconcertada, buscaba alguna aliada que le indicara su cometer. La hermana Paz le tendió una escoba y sonrió:

—Bienvenida, hija.

Aprovechó el instante de intimidad para apretar su mano con cariño. Un anillo de plata apretaba su dedo rechoncho. Una voz las interrumpió:

—Hermana Paz, sígame.

La religiosa retiró su mano con celeridad. Su rostro pali-deció.

—Sí, madre Clara.

Anxela contempló cómo la monja, con sus caóticos an-dares, arrastraba a su subordinada hasta la salida. A su lado, con la barbilla apoyada sobre el palo de un recogedor, Susana escupió:

—¡Puta coja!

El desfile de internas volvió a sus respectivos hogares entre gemidos y quejas a media voz. Extenuada, Anxela se dejó caer sobre el colchón.

—De eso nada, Hierbas. Levántate y ¡a la ducha! —le or-denó Susana.

—¿Tiene que ser ahora? ¿No puedo ducharme por la mañana?

—Ya me darás las gracias cuando tengas solo quince minu-tos para hacer tu cama y salir pitando a misa. Cómo no estén las sábanas perfectamente estiradas, la Geno te obligará a repetir la operación hasta que queden impecables. Es lo único de lo que se ocupa esa vieja senil.

Anxela suspiró, se incorporó y se dispuso a seguir a sus compañeras hacia el cuarto de baño.

—¡Tu camisón!

Yolanda le tendía una camiseta de un blanco incierto.

—¿Para qué lo quiero ahora si voy a ducharme? Luego me pondré mi pijama.

Las tres cómplices rieron al unísono.

—Este no es un pijama. Es tu «camisón de ducha».

Anxela seguía sin entender.

—Tienes que ducharte con él puesto. No podemos vernos desnudas.

—Tampoco quieren que te toques bajo el agua.

—Será broma, ¿verdad?

—Aquí dentro, nada es broma, Hierbas. Te daré un último consejo por hoy: si te da por llorar estos primeros días, que lo harás, no lloriquees más de una semana seguida si no quieres que te manden a un sitio peor.