10
—¡Vamos, chicas! Todo el mundo en pie. No quiero tener que repetirlo.
Las palmadas retumbaban sin descanso entre las camas. Garbiñe seguía escondida bajo las sábanas sin entender qué ocurría. A través de la tela, adivinó una silueta que se incli-naba sobre su lecho.
—Despierta, dormilona.
La voz de Soco la tranquilizó. Con prudencia, asomó la cabeza.
—¿Qué hora es?
—Son las siete de la mañana. Date prisa. Tienes quince minutos para estar aseada, hacer la cama y estar lista para rezar.
—¿Rezar?
—Norma número dos: aquí se limpia y se reza todo el día.
Soco la destapó sin miramientos. Bajo el camisón mal colo-cado de la vasca, el hematoma se extendía a lo largo de su cos-tado. Garbiñe sorprendió la cara de espanto de su compañera y cubrió su cuerpo con presteza.
Las internas ya se alejaban del dormitorio cuando Garbiñe salió de la ducha. Soco había tenido tiempo de hacer su propia cama así como la de su vecina.
—No hay agua caliente. Habrá que avisar a las monjas.
Soco soltó una carcajada.
—No es ninguna avería, Garbo. Solo tenemos agua fría.
—¿Qué son estas risas? ¡Salid ya!
Sor Prudencia vigilaba a las dos rezagadas, los puños apoyados en las caderas.
Garbiñe terminó de vestirse y, con el pelo aún mojado, corrió hacia el pasillo sin perder de vista a su única amiga.
Durante el rezo, Garbiñe había fingido recitar las oraciones moviendo los labios al ritmo de las voces de sus compañeras.
A continuación, se había sentado en el mismo asiento del comedor para descubrir que el desayuno consistía en los restos de la cena de la noche anterior.
Sin quejarse, había engullido la mezcla pastosa con la ayuda de un vaso de leche aguada y pan. Mucho pan.
Al terminar, ya en fila, el cortejo recorrió de nuevo los interminables pasillos de Peñagrande.
Garbiñe levantó los ojos con cuidado de no cruzarse con la mirada de sor Prudencia que seguía con aire reprobador el desfile de figuras vacilantes.
Una monja desconocida aguardaba al final del trayecto.
Garbiñe se situó junto a Soco y esperó las órdenes.
Tras repartir diferentes tareas a cada embarazada, la nueva religiosa llegó a su altura.
—Buenos días, Purificación. Me llamo Sor Misericordia. Soco te indicará cuál es tu oficio para hoy. —Se inclinó hacia las dos internas y añadió en voz baja—: Soco, cuida de tu nueva compañera. Y tú, Purificación, harías bien en atarte esta melena.
Guiñó un ojo y se alejó, seguida por Sor Prudencia que había vigilado la escena con desconfianza. Soco sonrió al des-cubrir el rostro desconcertado de Garbiñe.
—Sor Misericordia, Mise, es nuestra única aliada. Puede que alguna vez te saque las castañas del fuego. —Le tendió una goma para el pelo—. Ahora, ¡a fregar!
Las horas de trabajo se prolongaban en silencio.
Solo las quejas de dolor de alguna chica a punto de dar a luz interrumpían el tedioso sonido de los estropajos sobre los suelos relucientes como espejos.
Garbiñe secaba una y otra vez sus manos enrojecidas sobre la bata sin conseguir recuperar la sensibilidad de sus dedos.
Notaba el frío del mármol trepar por sus rodillas hasta invadir su ser por completo.
El olor a sosa quemaba su garganta y empañaba sus ojos irritados por los vapores tóxicos.
Una tos seca la sacudía siempre que su nariz rozaba las baldosas con cada movimiento pendular de su cuerpo.
—Dejaos ya de tanta comedia. —Sor Prudencia paseaba a lo largo de la hilera de siluetas en cuclillas y repetía su letanía de reproches—: ¡Pecadoras! Vosotras os habéis buscado vues-tra propia desgracia.
Las cabezas permanecían gachas. Recibían la lluvia de insultos sin mudar su semblante. El tiempo se dilataba. Gar-biñe notaba cómo sus fuerzas ya la abandonaban cuando la madre superiora apareció como una exhalación frente a ella.
—Tú. Sígueme.
Garbiñe levantó la mirada. El contorno amenazante de Sor María se recortaba a contraluz.
La monja parecía dispuesta a caer sobre ella como un buitre.
Sin contestar, Garbiñe se puso en pie con dificultad.
Sus piernas agarrotadas temblaban y se negaban a avanzar mientras la madre superiora se alejaba pisando el suelo mojado.
Un paso por detrás, Sor Carmina, su eterna sombra, la escoltaba fielmente.
Un roce en su pantorrilla sacó a Garbiñe de su letargo.
Soco, con el uniforme arremangado dejando al descubierto sus brazos descarnados, la animaba a seguir a las dos religiosas.
Cuando llegaron a su destino, una nueva estancia se abrió ante Garbiñe: tras un escritorio, un hombre vestido con bata blanca, revisaba documentos sin prestar atención a la joven ni a sus acompañantes.
Inmóvil en el umbral de la consulta, Sor María esperaba, las manos cruzadas sobre su hábito negro.
Su rostro se había transformado: una sonrisa beatífica iluminaba sus facciones habitualmente contraídas.
No quedaba rastro del odio que endurecía sus rasgos y convertía su boca en un renglón afilado.
Ahora, sus labios entreabiertos desvelaban unos dientes desalineados y sus ojos se curvaban en una mirada alegre.
Esta inesperada mutación no tranquilizó a Garbiñe.
Frotaba sus dedos entumecidos en busca del anillo ausente al tiempo que observaba la habitación: a la derecha, una vitrina de cristal exponía extraños artilugios que no supo identificar.
Enfrente, el médico seguía sin levantar la cabeza de sus papeles.
Solo cambiaba de posición para firmar algún que otro expediente entre gruñidos de desaprobación.
Cuando Garbiñe giró el cuerpo hacia su izquierda, una camilla de hierro blanco le hizo estremecerse.
Reculó un paso hasta chocar contra la figura de la superiora que, con un empujón seco, la devolvió al centro de la sala.
El movimiento llamó la atención del doctor que, por fin, se dignó a hablar:
—Túmbate.
Indicó con la punta de su bolígrafo la esquina donde se encontraba la litera.
Garbiñe obedeció, atemorizada. Sus dos vigilantes permanecían en la entrada cual convidadas de piedra.
El médico se levantó y se acercó sin mirar a su pa-ciente a los ojos.
Sus manos frías se posaron sobre los muslos desnudos y forzaron las piernas que se resistían, ajenas a la voluntad de la joven.
—¡Ábrete! —La voz de Sor María tronó—. No es nada que no hayas hecho antes.
Su rostro había recuperado su fiereza natural.
El médico empezó su examen. Las lágrimas rodaban sobre las mejillas de Garbiñe.
Mantenía los ojos en un punto fijo frente a ella pero la visión intermitente de las orejas despe-gadas del ginecólogo sobre su cuerpo le impedía abstraerse.
Cerró los párpados con fuerza. El contacto con el metal de la camilla intensificaba el frío y el dolor en su costado.
Al cabo de unos pocos minutos, el facultativo volvió a su escritorio.
—Está de unos cuatro meses. No habrá problemas.
Con estas palabras despidió a sus visitantes.
No habían recorrido diez metros de un nuevo pasillo cuando sor María se detuvo y dio media vuelta. Garbiñe, cabizbaja, aún temblaba.
—¿Qué piensas hacer con el bebé?
La pregunta desconcertó a la interna que levantó la mirada hacia la pareja: Sor Carmina la observaba con desprecio, para-petada tras el cuerpo de alambre de su superiora.
—¿Eres muda? No te hagas la tonta y contesta.
Garbiñe humilló la cabeza y balbuceó:
—No entiendo qué quiere decir, madre.
—Si de verdad quieres ser una buena madre y propor-cionarle a tu hijo una vida feliz, tienes que darlo en adopción.
Garbiñe miró a sus centinelas con cara de espanto.
—¡Nunca!
—¿Qué vas a hacer cuando salgas de aquí con tu niño en brazos? ¿Qué tipo de futuro le vas a ofrecer estando sola y sin recursos?
—¡No estoy sola! Tengo novio, el padre de mi hijo, y quie-re casarse conmigo. También tengo una madre que me estará buscando ahora mismo y que me ayudará a cuidar de su nieto.
—Me han informado de la situación de ese novio tuyo y de tu madre. Me temo que no volverás a ver ni a uno ni a otro.
—¡Mentira!
—¡No levantes la voz a la madre superiora!
Sor Carmina se había adelantado y se disponía a aba-lanzarse sobre Garbiñe cuando sor María, con un dedo en alto, la detuvo.
—Si de verdad no eres una egoísta y quieres a tu hijo, lo entregarás en adopción a una familia buenísima que le dará la vida que tú no puedes ofrecerle.
La orden se abatió sobre Garbiñe como una sentencia.
Las religiosas se separaron de la adolescente frente a la puerta de la cocina.
Allí, sentada ante una gran mesa de madera, Soco seleccionaba lentejas.
Al descubrir el rostro pálido de Garbiñe, apartó las legumbres y la invitó a acomo-darse a su lado.
De espaldas, otra interna fregaba platos y cazuelas con agua fría.
—Imagino que ya te han hecho la gran pregunta. —Gar-biñe asintió—. No dejes que te asusten. No pueden obligarte a nada. Lo intentarán una y otra vez. Pero tienes que resistir. Conmigo no han podido, ni podrán.
—En cuanto dé a luz, me iré de aquí.
Una risita, detrás de ellas, las interpeló.
—¿Qué te hace tanta gracia, Rocío?
La aludida escurrió su esponja y enjugó sus manos esco-cidas sobre el uniforme. Al contrario de muchas internas, Rocío presentaba un aspecto robusto y aparentaba buena sa-lud. Su cuerpo musculoso no parecía sufrir la carencia de alimento y de sueño que debilitaba a la mayoría de las emba-razadas.
—¿Cuántos años tienes, encanto? —preguntó.
Garbiñe dirigió la mirada hacia Soco en busca de ayuda. Ésta, con un leve movimiento de cabeza, la animó a contestar.
—Tengo quince.
—Niña, mírame. ¿Cuántos años crees que tengo yo? Te lo diré: tengo veinticuatro. De aquí no saldremos hasta los veinti-cinco. Ni tú, ni yo.
Garbiñe golpeó la mesa con el puño.
—¡Mentira! No pueden retenernos en contra de nuestra voluntad. Y menos en contra de la de nuestros padres.
—Tus padres ya no tienen ningún derecho sobre ti. Al ingresarte en Peña Gorda, han perdido la patria potestad. Eres hija del Estado, niña.
—¡No me lo creo! Además, a mí me internó la policía, no mis padres. Y la mayoría de edad es a los veintiuno.
—Allí fuera, sí. Pero aquí dentro, mandan las monjas y si dicen que no eres adulta hasta los veinticinco, no lo eres y punto. —Rocío se giró hacia Soco—: Ésta no se entera de na-da, ¿verdad?
Soco instó a Rocío a callarse.
—Garbo, creo que ya va siendo hora de que demos una vuelta.
Soco no había querido explicarle a Garbiñe hacia donde se dirigían.
«Será más fácil si lo ves con tus propios ojos».
Bajo esta misteriosa premisa, Garbiñe avanzaba distraída.
La amenaza de Sor María aún resonaba en su cabeza.
Desde fuera, las voces de las internas llegaban distorsionadas.
Garbiñe observaba a través de las ventanas enrejadas los grupos que se formaban alrededor de los bancos de madera descolorida.
Sin tocarse, las embarazadas se sentaban juntas y levantaban sus rostros hacia el sol de primavera, los ojos cerrados y una misma sonrisa de regocijo dibujada en la cara.
Los minutos que duraba el recreo en el jardín eran la única escapatoria, el único momento de libertad fugaz aunque siempre bajo la atenta vigilancia de alguna religiosa.
—Hemos llegado. —Al pie de unas escaleras, Soco apuntó al piso superior—. No vamos a subir. Tú solo presta atención.
Unos lamentos se escuchaban a lo lejos.
—¿Qué está pasando?
—Una de las chicas está de parto.
Garbiñe volvió a escuchar, conteniendo la respiración.
—¿Por qué me has traído hasta aquí? Si es para asustarme, lo has conseguido.
—Quiero que sepas lo que te espera. Allí arriba, está la Dolorosa . —Garbiñe arrugó la frente—. Es la sala de partos. La sala preferida de la Bisturí .
—¿La Bisturí?
—Es la comadrona. Le encanta rajar tripas, de allí su mote. Una verdadera carnicera. Ya la conocerás... —Garbiñe palideció—. Cuando ya has dado a luz, te llevan a otra salita, al lado. Allí, si tienes suerte, te enseñan a tu bebé durante unos minutos y se lo vuelven a llevar.
—¿No lo dejan con la madre?
Soco pidió paciencia con las manos levantadas.
—Es en ese momento, el de mayor debilidad, cuando las monjas vuelven a acosarte con el dichoso papelito azul.
—¿Qué papelito azul?
—El papel de adopción que intentarán obligarte a firmar.
Garbiñe enarcó las cejas.
—¡Yo no firmaré!
—¡Así me gusta! Ahora bien, tienes que saber que existe otra sala… La llaman el botiquín . Es a dónde llevan a los ni-ños enfermos.
—¿Una enfermería? —Garbiñe alzó los hombros—. ¿Y qué? En una maternidad, es de lo más normal. ¿Por qué tanto misterio?
Soco resopló con fuerza. Parecía dudar en la elección de sus palabras.
—Corren muchas leyendas alrededor de esta estancia pero una cosa es segura: el niño que entra, no vuelve a salir.
El rostro de Garbiñe se contrajo.
—¿Quieres decir que todos mueren?
—O eso nos cuentan las monjas.
—¿Qué insinúas?
Soco tiró de Garbiñe y se alejaron de las escaleras.
—A menudo, sor María recibe en la sala de visitas a parejas bien parecidas.
Se nota que son gente de dinero por su ropa y su forma de mirarnos con compasión.
—Soco torció la boca—. Algunas chicas han asistido a partos y aseguran que han visto a estas mismas parejas observando a los bebés tras el cristal de la sala de cuidados.
—Sigo sin entender qué me quieres decir.
Soco aprisionó los hombros de Garbiñe entre sus manos.
—Habrán madres que dan a sus hijos en adopción, es verdad. Pero muchas otras se niegan. Y aún así, sus recién nacidos no vuelven a sus brazos después de entrar en el boti-quín. —Soco hizo una pausa—. Garbo, aquí los bebés desa-parecen.
Unos pasos bajaban por las escaleras. Soco soltó los hombros de Garbiñe y, con rapidez, se escondieron entre las sombras del pasillo.
Un hombre con bata blanca, acompañado por la madre superiora, se alejaba en dirección contraria.
Cuando el sonido de los zapatos de cuero se desvaneció, Garbiñe apretó los puños en un intento por detener el violento escalofrío que sacudía su cuerpo.
Su compañera observó la escena con curiosidad.
Por fin, la vasca se inclinó y susurró con voz agitada:
—Este es el médico que me ha visitado hoy.
—Entonces ya has conocido a nuestro ginecólogo: el doc-tor Vela.