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Viajaron en silencio.
Anxela no preguntó por su destino. Miraba al frente sin preocuparse por su acompañante ni por el paisaje que, tras la ventanilla del tren, había convertido los majestuosos árboles de los montes gallegos en un amasijo de hormigón, hierro y alquitrán. Por fin, llegaron a Madrid.
Anxela seguía el paso nervioso de la visitadora social en busca de un taxi.
No levantaba la mirada hacia los enormes edificios de ladrillos, ni se fijaba en el hormigueo constante que llenaba las calles de la capital.
Se dejaba guiar sin oponer resistencia, el rostro impasible, sorda a las quejas de la seño-rita Rodríguez que solo cesaron cuando subieron al vehículo negro con franja roja. El trayecto duró poco.
—Baja.
Anxela tardó en percatarse de la orden. La señorita Rodríguez esperaba, los brazos en jarra, frente a un edificio de dos plantas con todas sus ventanas enrejadas.
Una placa rezaba: calle Arturo Soria, 28.
En la entrada, dos policías empujaban hacia el interior a una joven con las manos esposadas a la espalda y cara de espanto.
La funcionaria imitó a los agentes y tiró del brazo de Anxela mientras se dirigía hacia el portal.
Sentada en una salita austera, una mujer de aspecto desaliñado mordía sus uñas pintadas de rojo. Sin prestar atención a la recién llegada, tarareaba: Libre, Como el sol cuando amanece, Yo soy libre como el mar …
—Espera aquí.
La señorita Rodríguez indicó a Anxela un asiento frente a la intérprete improvisada que seguía con su estrofa: Libre, Como el ave que escapó de su prisión, Y puede, al fin, volar …
La visitadora frotó las manos sobre su uniforme y salió hacia el recibidor.
En el umbral, un policía vigilaba a las dos cauti-vas.
Libre, Como el viento que recoge, Mi lamento y mi pesar, Camino sin cesar, Detrás de la verdad …
—¡Cállate ya!
La mujer levantó la mirada hacia el agente y gritó a pleno pulmón:
—¡Y sabré lo que es al fin, la libertad!
Anxela respondió con una sonrisa al guiño de ojo de la díscola que reía a carcajadas.
En ese instante, apareció una joven, apenas una niña, aún esposada y con el rostro bañado en lágrimas.
El llanto sacudía su cuerpo mientras el guardia liberaba sus manos y le señalaba una silla junto a la cantante.
Ésta contempló la figura hecha un ovillo, levantó una ceja depilada y exclamó:
—¡Cada vez las pilláis más jóvenes!
Los policías ignoraron la provocación y se apostaron de espaldas a cada lado de la puerta.
El silencio se abatió sobre las presas. Anxela observaba el contoneo de la rebelde que rascaba su entrepierna sin disimulo.
A su lado, la niña intentaba alejarse del meneo indecente sin llamar la atención.
La gallega se levantó y se inclinó sobre su rostro infantil.
—Siéntate allí enfrente.
Su larga melena rozó las mejillas encendidas de la chiquilla que obedeció y se alejó, hipnotizada por la aparición de su ángel de la guardia.
—¡Ángela! Sígueme.
La señorita Rodríguez aguardaba en el pasillo.
Antes de salir, Anxela se giró hacia la cantante y susurró:
—En cuanto puedas, prepárate un baño de asiento con hojas y flores de manzanilla hervidas en agua y aplícatelo durante diez minutos. Aliviará tus picores.
Sonrió al semblante sorprendido de la mujer y abandonó la salita de espera.
—Buenas tardes, Ángela. Soy sor Esther, la superiora de las hermanas Trinitarias. La señorita Rodríguez te llevará a tu habitación donde encontrarás una muda y un uniforme. Pero, antes, dúchate a conciencia.
Un hombre ataviado con una bata blanca y seguido por una enfermera irrumpió en el corredor.
La superiora le interpeló y le tendió un informe que el médico hojeó con mirada seria.
A cada folio, levantaba unos ojos fríos hacia Anxela sin pronunciar palabra.
Cuando terminó, mantuvo un breve colo-quio con la religiosa, le devolvió las hojas impresas y retomó sus andares de gigante. Anxela se impacientó.
—¿Qué es este sitio?
—¡No seas impertinente!
—No se preocupe, señorita Rodríguez. —La monja leía con ayuda del dedo un renglón del informe. Suspiró. Por fin, enfrentó el semblante impasible de Anxela—. Este es un centro de observación y de clasificación.
—¿Observación y clasificación?
—No estarás aquí mucho tiempo. Practicaremos algunas pruebas para determinar cuál es el destino más apropiado para ti.
—¿Pruebas? ¿Qué tipo de pruebas?
—Pruebas médicas sencillas para asegurarnos de tu estado físico y mental.
Anxela frunció el ceño.
—Estoy perfectamente.
—Eso lo determinaremos nosotros. Ahora bien, mi paciencia tiene sus límites. No me gustan las contestonas. Señorita Rodríguez, llévesela—. La funcionaria lanzó una mirada de reproche a la joven. Cuando ya se alejaban, la supe-riora voceó—: Y haga lo necesario con esa melena.
En quince minutos, Anxela estaba duchada y vestida con un uniforme demasiado grande para ella.
Sentada en el borde de la cama, inspeccionaba la diminuta habitación en busca de algún indicio que aclarara su futuro próximo.
Un crucifijo colgado encima del cabecero y una mesita de noche, sobre la que reposaba una lámpara anticuada, formaban todo el mobi-liario de la estancia.
Desde una ventana enrejada, llegaban los sonidos apagados de la vida exterior.
Un espasmo sacudió el cuerpo de Anxela con fuerza.
Inspiró hasta aplacar el esca-lofrío y acarició su pelo húmedo.
Harta de esperar, se levantó y accionó la manilla.
—Qué leches… —Golpeó la puerta—. ¡Ábranme!
No obtuvo respuesta. Pegó la oreja contra la madera.
Silencio. Su puño se levantaba de nuevo cuando el chirrido de la cerradura la detuvo.
La señorita Rodríguez apareció con una palangana.
Dentro, unas tijeras de cocina asomaban por debajo de una toalla.
Otra mujer vestida de negro entró en la habitación arrastrando una silla.
—Siéntate.
Anxela reculó.
—¿Qué piensan hacer con esas tijeras?
Se llevó las manos a la cabeza.
—Siéntate.
—No tienen derecho…
—A partir de ahora, tenemos todos los derechos sobre ti. Cálmate y siéntate.
Anxela dejó caer sus brazos. Tras unos segundos de duda, levantó la barbilla, desafiante, y se sentó con la espalda recta.
Apretó los dientes con el primer tirón de pelo.
Notó la respi-ración entrecortada de su verdugo mientras intentaba, sin éxito, cortar la abundante melena de una sola vez.
La señorita Rodríguez desistió y apartó un mechón del lado derecho.
Anxela cerró los ojos al sentir el contacto del metal frío detrás de su lóbulo.
Las hojas de acero silbaron en su oído cual serpiente envenenando su espíritu con odio y rabia.
El mechón se liberó y la cabeza se balanceó hacia delante con brus-quedad.
El cabello resbaló a lo largo de su brazo y rozó su pie desnudo.
Los estirones se sucedieron durante veinte minutos. Anxela no había vuelto a levantar los párpados hasta que, por fin, las dos visitadora s dieron por terminada su tarea. Frotaron con energía el cráneo ya seco de la joven y ordenaron:
—Levántate.
Anxela fijó la mirada sobre la ventana. El sol ya desapa-recía detrás de unas nubes moradas. La silla arañó las baldosas y la señorita Rodríguez anunció desde la puerta:
—En media hora, te llevaré al comedor para la cena.
La llave giró en la cerradura.
Anxela se sentó de nuevo sobre la cama. Agachó la cabeza y descubrió un manto rubio derramado por el suelo.
Llevó su mano temblorosa hasta su nuca. Ahí esperó hasta reunir el valor para acariciar su cuero cabelludo.
Espiró y deslizó lenta-mente sus dedos por el cráneo.
La textura irregular le arrancó un gemido.
Apartó con violencia la mano y dejó que las lágri-mas escaparan.
Cuando la puerta volvió a abrirse, Anxela, tumbada sobre el colchón, no movió un músculo.
—Levántate y limpia este desastre. ¡Date prisa y cálzate!
Anxela se incorporó de espaldas a la entrada.
Rascó su cuello enrojecido: los pelillos sueltos le pinchaban todo el cuerpo.
Se puso calcetines y zapatos, se levantó y se dio la vuelta.
Apoyadas contra la pared, una bolsa de plástico, una escoba y una pala de basura esperaban a recoger los bucles incoloros que yacían sobre el azulejo.
Anxela ejecutó la labor con calma, midiendo cada uno de sus gestos, mientras observaba cómo los mechones desaparecían, uno a uno.
—¡Vamos! ¡Ni que esto fuera un funeral!
Anxela apretó los puños hasta volver blancos los nudillos. Recordó la promesa hecha a su madre — sé lista, sé fuerte — y relajó la presión sobre el palo de madera. Por fin, terminó su cometido y siguió a la señorita Rodríguez por los pasillos.
Llevaba cuatro días encerrada en la casa de observación.
Las horas pasaban indolentes y monótonas en el salón que compartía con las chicas internadas.
Algunas seguían conmo-cionadas por su arresto y no se atrevían a hablar con sus vecinas por miedo a la vigilancia férrea que ejercían las monjas Trinitarias.
Otras parecían familiarizadas con el lugar: mataban el tiempo fumando y escuchaban, aburridas, la emisora de radio elegida por las religiosas.
Durante las cenas, las reincidentes bromeaban sobre los intentos de fuga y las medidas de seguridad que marcaban su día a día.
—¿Cómo quiere que cortemos nada con estos cuchillos de plástico, madre? No pienso suicidarme, si es lo que teme. Pero le puedo asegurar que volveré a escaparme.
—¡Cállate, Almudena! ¡No eres más que una delincuente!
—Usted, ustedes todas han hecho de mí lo que soy ahora.
—Se acabó la cena. Vete a tu habitación.
Almudena mordió una de sus uñas rojas y la escupió al suelo. Al salir, guiñó un ojo a Anxela y entonó a gritos su canción favorita por el corredor: Libre, Como el sol cuando amanece, Yo soy libre como el mar …
La mañana del quinto día, Anxela se despertó con la voz autoritaria de sor Esther.
—Ángela, prepárate. En diez minutos, pasarás por la consulta del médico para tu reconocimiento.
Extrañada por la presencia de la superiora, se vistió rápidamente y la siguió hasta la enfermería. Tras un escritorio abarrotado de carpetas, el doctor terminaba un informe y despedía a una interna. La joven huyó llorando, sin esperar a la enfermera que la acompañaba.
—Buenos días, doctor Ibañez. Le traigo a Ángela.
—Buenos días, madre. ¿Tiene su informe previo ya com-pleto?
—Sí, doctor. El psicólogo ya ha emitido sus conclusiones.
La superiora se acercó y depositó el expediente sobre la mesa.
—Muy bien. Ángela, túmbate en la camilla.
Anxela observó con desconfianza la litera.
—¿Qué va a hacerme?
—Te voy a explorar.
La joven, inmóvil, esperó más explicaciones.
—El doctor va a comprobar si eres completa.
—¿Completa? ¡No parece que me falte ningún miembro!
—Voy a cerciorarme de que eres virgen.
Anxela reculó, las manos levantadas en posición de defensa.
—Solo tienen que preguntarme: soy virgen.
—Eso decís todas…
—Jovencita, por lo que he leído en tu expediente, pareces tener algún que otro conocimiento de medicina —el facultativo pasaba las hojas con parsimonia—, si es que pode-mos llamar esas prácticas esotéricas medicina …
—Apartó la carpeta con gesto cansado y se frotó los ojos—.
Supongo entonces que sabrás en qué consiste este examen, ¿no, señorita sanadora ?
Así que no compliques más las cosas y túmbate ahora mismo.
El médico se levantó y estiró su cuerpo de gigante.
A su lado, la madre superiora fulminaba a Anxela con la mirada.
La joven soltó todo el aire de sus pulmones y se dio por vencida.
Subió a la camilla y se tumbó sin protestar.
El olor a desin-fectante agredía su nariz y su garganta.
Notó su boca pastosa. Intentó tragar pero no le quedaba saliva.
Cuando el sanitario levantó su uniforme, Anxela apartó la mano con violencia.
—Lo haré yo.
Bajó sus bragas y cerró los ojos con fuerza.
—Completa.
La superiora apuntó la conclusión del doctor.
Anxela se vistió y bajó de la litera. Su cuerpo temblaba de rabia.
Inclinados sobre el informe, sor Esther y el médico asentían a la vez.
De pie y con las piernas apretadas, Anxela esperaba.
Por fin, el doctor estampó su firma sobre el último folio y acompañó a sus visitantes hasta la salida.
En la puerta, una adolescente aguardaba su turno.
La religiosa guió a Anxela hasta el comedor donde sus compañeras ya terminaban de desayunar. Sentada a una mesa cercana, Almudena espiaba las palabras de la madre superiora.
—Ángela, mañana te trasladaremos al centro del Patronato más adecuado para ti.
—¡Llámelo por su nombre, madre! —exclamó Almudena—. La mandan a un reformatorio.
—¡Cállate!
Anxela pasó la mano por su pelo corto.
—¿A dónde me llevan?
—Al convento de las hermanas Adoratrices.
A su lado, Almudena mordió el último trozo de uña pintada y lo escupió al suelo.