8
El sol ya decaía cuando llegaron a las puertas del enorme edificio de la calle Isla Malaita . Nuestra Señora de la Almu-dena se alzaba, gigantesca, en medio del barrio de Peñagrande, a las afueras de Madrid.
Garbiñe levantó la mirada hacia los muros de ladrillos rojizos. Unas rejas verdes con barrotes aprisionaban la hilera de ventanas que se sucedían a lo largo de la fachada.
—Entra.
La voz autoritaria de la visitadora social que la joven no había vuelto a escuchar durante todo el viaje, la sobresaltó. Cuando Garbiñe traspasó la verja, un espasmo la sacudió. Reconoció la señal de alerta y retrocedió.
—¿Qué es este lugar?
Como única respuesta, la señorita Ramírez chasqueó la lengua y con un gesto de la mano, le ordenó que la siguiera. Contornearon la formidable construcción hasta llegar a la entrada principal. Allí, frente a Garbiñe, un reluciente suelo de mármol se extendía hasta perderse en la oscuridad.
—Espera aquí.
Los tacones de la funcionaria resonaron sobre el damero de baldosas.
A cada lado del pasillo, unas figuras de rodillas levantaron una mirada tímida hacia la recién llegada.
Sus vientres abultados rozaban el pavimento mientras seguían frotando con estropajos de esparto una superficie ya inmaculada.
Con cada movimiento de sus cuerpos, sus batas se empapaban con el agua jabonosa.
Subían y bajaban como autómatas sin dejar de observar a Garbiñe.
La joven reculó al descubrir las ojeras negras que pendían bajo los ojos de las limpiadoras.
Sus mejillas hundidas les conferían un aura fantasmal.
Unos pasos se acercaron. Enseguida las muchachas agacharon la cabeza y volvieron a centrase en su absurda tarea.
Una monja alta y de porte señorial, acompañada por la visitadora social, se detuvo a cierta distancia y estudió a la futura interna.
De nuevo, Garbiñe percibió la misma expresión de repugnancia que había advertido en su primer encuentro con la señorita Ramírez.
Detrás, otra religiosa, bajita y rolliza, tomó la palabra:
—Purificación, te presento a Sor María, superiora de nuestra congregación, las Cruzadas Evangélicas. A partir de ahora, te dirigirás a ella como madre .
La voz gangosa de la mujerona molestó a Garbiñe. En otras circunstancias, el dúo que formaban la hermana y la madre superiora hubiera provocado la risa de la adolescente por su parecido con la pareja de cine mudo, el Gordo y el Flaco. Pero, en este momento, Garbiñe solo intentaba retener el llanto.
—Buenas tardes, madre. Me llamo Purificación Uria…
—Aquí no decimos nuestros apellidos. Tampoco se te permite hablar con las otras chicas. Tu historia no le interesa a nadie.
Sor María arrebató el carné de identidad que Garbiñe le tendía, levantó las cejas y expulsó con fuerza el aire por la nariz.
Sin más palabras, se alejó por el corredor dejando a Garbiñe desolada.
La señorita Ramírez la imitó y se marchó del lugar sin prestar atención a las lágrimas que rodaban por las mejillas de su protegida.
Solo seguía presente la robusta religiosa que la examinaba, con los brazos cruzados y un semblante divertido.
—Sígueme. Y deja de llorar. Algo malo habrás hecho para terminar aquí. —La hermana señaló la barriga de Garbiñe con su dedo rechoncho—. Todas habéis hecho algo malo.
Al pasar por delante de las niñas arrodilladas, Garbiñe descubrió la mirada furtiva de una de ellas: no estaba segura, pero le pareció ver dibujada una sonrisa compasiva en su rostro.
La galería dio paso a un entramado de pasillos, todos pare-cidos, hasta convertir el edificio en un laberinto. Encogida, Garbiñe acariciaba su anillo mientras nuevos ojos tristes vigi-laban sus andares.
Por fin, la monja se detuvo frente a una puerta entreabierta.
—Este es el hogar de las gestantes y este, tu dormitorio.
Empujó la madera verde. En la dependencia comunitaria, el lujo había desaparecido: veinte camas alineadas con perfec-ción matemática se sucedían, idénticas. Veinte esqueletos de hierro blanco desconchado. Veinte colchones estrechos cubier-tos por sábanas tersas. Veinte mesitas de noche, vacías.
La gruesa espalda de la religiosa avanzó hasta el último lecho de la derecha.
—Esta será tu cama. Aquí tienes tu uniforme.
Garbiñe no había llegado a su altura cuando la monja ya caminaba de vuelta hacia la salida.
Se quedó de pie, inmóvil, los brazos caídos y sin fuerzas para alcanzarla y preguntarle por su nombre.
Ya sola, giró el cuerpo y observó la descarnada estancia en busca de algún detalle familiar, algún resquicio de vida real.
Pero solo encontró un crucifijo de madera dominando el dormitorio desde una pared de un blanco dudoso.
Por encima del olor a jabón de Lagarto, un hedor desconocido le provocó una arcada.
Se llevó la mano a la boca y, cerrando los párpados con fuerza, se concentró para no vomitar.
—Eso que hueles es la cena, novata. Y esa monja tan agra-dable, es Sor Carmina.
Garbiñe se sobresaltó. Apoyada contra el marco de la puerta, reconoció a la chica que frotaba el embaldosado y que le había sonreído.
A pesar del cerco oscuro que los rodeaba, los ojos conservaban el brillo de una inteligencia despierta.
El pelo recogido en una coleta baja había perdido su lustre.
Los labios secos y descoloridos apenas despuntaban sobre la piel lívida.
Sus cejas pobladas y arqueadas le daban un aire de eterna sorpresa.
Su cuerpo era tan delgado que solo la perfecta redondez de su vientre, bajo una bata descuidada, delataba su estado.
—Hola. Me llamo Purificación —balbuceó Garbiñe.
Las carcajadas de la interna no cesaron hasta que se sentó sobre la cama vecina.
—Será broma, ¿verdad? —Siguió riendo al tiempo que acariciaba su propia barriga—. No puedo llamarte así en un lu-gar como este y con esta tripa.
—En realidad, me llamo Garbiñe. Pero no podemos usar nuestros nombres tradicionales en mi región.
—¿De dónde eres?
—De Bilbao.
—Entiendo… Te llamaré Garbo . Por Garbiñe.
Pero si te preguntan, dirás que es porque eres admiradora de Greta Garbo.
—El balanceo de las piernas provocaron el chirriar de los muelles del somier—.
Yo me llamo Socorro. Todas me llaman Soco.
Aunque tampoco es mi nombre real. Me llamo Socors.
Soy catalana. Así que ya ves: tenemos el mismo se-creto —concluyó con un guiño de ojo.
Garbiñe sonrió.
—¿De cuánto estás?
—De cuatro meses.
—Yo también. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—No sé exactamente… Unas cinco semanas. Aquí una pierde la noción del tiempo.
Con precaución, Garbiñe se sentó sobre su colchón y dejó viajar sus dedos por las sábanas impolutas.
—Rascan bastante pero están limpias.
—Todo parece estarlo.
—La limpieza es la regla número uno. Las monjas están obsesionadas con la pulcritud.
Barrer, frotar, cepillar, enja-bonar… hasta que te sangren las manos.
—Soco tendió los brazos y enseñó sus palmas agrietadas.
Garbiñe la interrogó con la mirada—. Ya te irás enterando de cómo funcionan las cosas por aquí.
—Nadie me ha explicado qué es este sitio ni por qué me han traído.
—Lo llaman «residencia para madres solteras» pero Peña Gorda no es ninguna maternidad.
—¿Peña Gorda?
Soco hinchó sus mejillas y, con gesto teatral, abarcó su vientre abultado.
—¡Míranos! Todas parecemos globos a punto de reventar.
—Si no es una maternidad, entonces ¿qué es?
—Una cárcel.
Garbiñe dio un respingo.
—¡Yo no he hecho nada malo para que me encierren en una prisión!
Soco alzó una ceja.
—No levantes la voz… Cariño, tú has pecado como todas nosotras. Una niña soltera embarazada es la mayor vergüenza que pueda sufrir una familia en este país.
—¡Yo no soy ninguna vergüenza para mi familia! Mi madre siempre me ha apoyado y está encantada con la idea de tener un nieto. Le da igual lo que puedan pensar los demás.
—¡Qué suerte tienes, Garbo! Tú madre es un bicho raro. Lo normal es que tus propios padres te manden a Peñagrande para esconder la deshonra. —El rostro de Soco se nubló—. Eso hicieron los míos.
—A mí, me trajo la policía por culpa de la denuncia de una vecina. Pero yo tengo prometido. No tardaremos en casarnos.
—¿Y dónde está tu príncipe azul?
Los ojos de Garbiñe se empañaron.
—La guardia civil lo tiene detenido sin razón. No sé qué ha sido de él. También se llevaron a mi madre, esposada.
Soco bajó la mirada. Una amalgama de voces se acercaba por el pasillo.
—Estamos hablando demasiado. Ahora tienes que cambiarte.
La interna se levantó y le tendió a Garbiñe la bata desteñida que descansaba sobre su cama.
—No tengo más ropa que la puesta.
—Es el menor de tus problemas. Ponte el uniforme y esconde eso.
Soco señaló el dedo anular de su nueva compañera. Sin buscar más explicaciones, Garbiñe obedeció y escondió su anillo en el único cajón de su mesita de noche.
Vestida con su nuevo atuendo, se acercó a Soco, que ya la esperaba en el umbral de la puerta.
—¿A dónde vamos?
—A cenar. A partir de ahora, sígueme sin abrir la boca. Las monjas no pueden vernos hablar. Lo tenemos prohibido. Cíñete a hacer todo lo que yo haga. Ya le irás pillando el tran-quillo.
Garbiñe extendió los brazos y se dispuso a abrazar al único ser que le había demostrado cierta humanidad desde su partida de Bilbao.
Soco reculó y escrudiñó el pasillo en el que se iban formando filas de rostros macilentos.
Negó con la cabeza y con el dedo sobre la boca, impuso silencio.
Se insertó en la cola funeste, seguida por Garbiñe, muda y cabizbaja.
Los vientres eran todos diferentes: pequeños y redondos, enormes y deformados, incipientes y casi imperceptibles hasta dudar de su existencia. Todos eran distintos. Pero los rostros, ellos, eran idénticos: la viva imagen de la desesperación.
En el comedor, las internas esperaban sin entusiasmo el menú de la cena.
Mientras una chica leía un pasaje de la biblia con voz tediosa, otra repartía un potaje de color indefinido.
Garbiñe, que no había comido en todo el día, se inclinó y olfateó el caldo con desconfianza.
Una nueva arcada tensó su cuerpo. Arrastró la silla para alejarse del efluvio repugnante.
El estruendo hizo girar todas las cabezas hacia su asiento.
A su lado, Soco le ordenó con la mirada que volviera a su sitio.
La silla arañó de nuevo las baldosas y Garbiñe hundió su cuchara en el líquido verdoso.
Alrededor, solo se escuchaba cómo decenas de bocas sorbían con rapidez.
Cuando la vasca se llevó la primera cucharada a los labios, las lágrimas le subieron a los ojos.
No era capaz de reconocer ni la textura pastosa sobre su lengua, ni su sabor asqueroso.
—El truco es tragar sin respirar —le susurró Soco.
Garbiñe emuló a sus compañeras de mesa y engulló la cena tan rápido como las náuseas se lo permitieron. Con pan. Mucho pan.
Cuando por fin el terrible trance finalizó, las internas volvieron a formar una fila.
De camino al dormitorio, Garbiñe experimentó una sensación inesperada: de pronto, se sentía, si no a gusto, sí cómoda entre la tropa de cuerpos abultados que avanzaban tambaleándose de manera grotesca.
Ya no era la única transgresora que llevaba en secreto el fruto de su pecado, como hasta ahora.
Ya no estaba sola. Recordó las palabras de sor Carmina al llegar: « Algo malo habrás hecho para terminar aquí.
Todas habéis hecho algo malo». Pero Garbiñe seguía sin entender qué había de malo en amar.
Sor Prudencia, la encargada de su pabellón, apagó la luz y cerró la puerta. Los cuchicheos no tardaron en brotar entre las camas. El llanto, también. Garbiñe observaba la oscuridad.
—¡Garbo!
La voz amiga alivió su pesar.
—Soco… Tengo miedo.
—¡Shhh! Baja la voz. Aquí solo susurramos. De noche como de día.
Garbiñe giró su cuerpo hacia la cama vecina.
—Quiero salir de aquí.
—Todas queremos salir. Pero ya no tenemos derecho a decidir nada. Y nadie puede ayudarte. Solo nos tenemos las unas a las otras.
—Durante la cena, he visto a muchísimas chicas. ¿Todas están aquí por culpa de sus padres o de una denuncia, como tú y yo?
Soco resopló.
—No todas… Muchas ingresan de forma voluntaria.
—¿Cómo puede ser?
—Son pobres, Garbo. Sus familias, además de la deshonra que supone el embarazo, no pueden mantenerlas.
Muchas vienen del campo. En sus casas, no tienen agua corriente, ni electricidad, ni tan siquiera comida diaria.
Para ellas, esto es el paraíso. Consideran Peña Gorda un lugar seguro donde las monjas cuidan de ellas.
También están las chicas de familia respetable que no quieren quedarse con sus bebés.
Las reli-giosas las ayudan a deshacerse de ellos.
Garbiñe se enderezó de golpe y exclamó:
—¿Deshacerse del bebé?
La puerta se abrió con estruendo. Una sombra se perfiló frente a la tenue luz que llegaba desde el pasillo.
—¡Silencio!
Los bultos en las camas quedaron petrificados hasta que la puerta se cerró con violencia. Reproches entre dientes invadie-ron el dormitorio.
—Lo siento —murmuró Garbiñe.
—Tienes mucho que aprender, Garbo. Mañana será un día difícil para ti. Duérmete.
Garbiñe se refugió bajo la sábana y apretó los párpados. Acompañada por las respiraciones pesadas de sus compañeras, acarició el anillo que había recuperado del cajón.