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Los golpes en la puerta no se hicieron esperar.
Maruxa terminó de colgar boca abajo un ramo de hierba jabonera para secarlo.
Anxela retorció sus manos y observó el rostro imperturbable de su madre.
Siguió sus pasos hasta la entrada de la planta baja que servía de almacén.
Los aparejos de pesca de Luis, su padre, aún entorpecían el camino a la espera de su próxima salida en alta mar.
Salida que ya nunca llegaría. Maruxa, la mano sobre la manilla, escondió a su hija detrás de su espalda, irguió su cuerpo y abrió la puerta.
Frente a ella, dos guardias civiles saludaron con gesto marcial. A su lado, el alcalde y el padre Fidel esperaban con aire satisfecho.
—Buenos días, doña Castiñeira. Déjenos pasar.
Sin pronunciar palabra, Maruxa reculó e invitó a los agen-tes a entrar. Cuando don Lourenzo y el sacerdote pretendieron acceder a la vivienda, Maruxa se interpuso en el umbral.
—Por favor, señora, no complique más las cosas.
La herbolera obedeció la orden del guardia y sin dejar de enfrentar las miradas de suficiencia de los dos acólitos, se apartó y liberó la entrada al almacén.
Al mirar hacia fuera, descubrió la figura austera de una mujer que esperaba bajo los soportales de la vivienda.
Maruxa arrugó la frente y cerró la puerta.
Los ojos de los visitantes tardaron en acostumbrarse a la oscuridad.
Una bombilla desnuda difundía una luz débil que apenas dibujaba los contornos de unos muebles desvencijados.
En el suelo reposaba una red de pesca enmohecida.
El polvo cubría anzuelos, cañas, hilos y plomos oxidados.
Unas botas de agua completaban un uniforme marinero descolorido que colgaba de la pared.
Por encima del esqueleto de una barca abandonada en un rincón, unas estanterías acumulaban reci-pientes de diferentes tamaños y colores: tarros de cristal repletos de flores secas, cuencos de barro llenos de polvos oscuros, gasas de lino embadurnadas en ungüentos, bayas y semillas en frascos delicados.
El intenso perfume de los aceites y de las hierbas colgadas a lo largo de la pared se entremezclaba con la humedad de la casa.
El padre Fidel inspeccionó los estantes.
—¡Aquí tienen la prueba de que estas mujeres son unas brujas!
Los guardias avanzaban por la estancia, vigilando de reojo a las dos sanadoras.
—No creo que sean necesarias más pesquisas, señores —el alcalde abarcó la botica con el brazo—: no dudo de que encon-trarán entre todas estas medicinas algún remedio anticon-ceptivo ilegal.
Anxela bufó y amagó una protesta que Maruxa reprimió al momento apretando su mano con firmeza. La joven, resignada, dio un paso hacia atrás.
—Señora, su hija ha sido denunciada por prácticas abortistas. Es un asunto extremadamente grave. La Dirección General de Seguridad ordena su detención inmediata y su puesta a disposición de las autoridades competentes.
—¿Detención? ¿Pretenden llevarla a la cárcel?
—No. Anxela queda bajo la tutela de la Junta Provincial del Patronato de Protección a la Mujer.
—¿Patronato de qué? No conozco esta institución. ¿Y qué significa eso de la tutela?
—Significa que usted ya no tiene la patria potestad de Anxela.
Por primera vez, Maruxa vaciló.
—¿Cómo? ¡Es mi hija! Solo tiene diecisiete años. ¡No pue-den quitármela!
—Una señorita del Patronato espera ahí fuera para llevár-sela.
—Mi niña no se mueve de aquí.
El guardia sacó unas esposas. Anxela palideció y ahogó un grito. Su madre se interpuso y levantó una mano abierta frente al rostro del agente.
—Señora...
—¡No se llevarán a mi hija!
—Maruxa, por respeto a su difunto marido, usted no ha sido denunciada… de momento —amenazó el alcalde.
—No se atreva a hablarme de Luis.
—El pueblo entero lo considera un héroe por haber sacri-ficado su vida para salvar la de sus compañeros en alta mar. No manche usted su memoria con este comportamiento tan poco digno —añadió el párroco con tono paternalista.
Las cejas de Maruxa se juntaron en una línea tensa.
Frente a ella, el guardia civil había posado la mano sobre la funda de su pistola.
Maruxa apretó los labios y dio la espalda a los visitantes.
Agarró los hombros temblorosos de su hija y la atrajo hacia ella.
Anxela hundió el rostro contra su pecho y sollozó con amargura.
Tras largos segundos, su madre deshizo el abrazo y se enderezó de golpe.
La joven asintió a la orden silenciosa e irguió el cuerpo a su vez.
El guardia avanzó, las esposas en alto.
—No será necesario. Mi hija obedecerá.
El agente se giró hacia don Lourenzo. Con un movimiento de cabeza, el alcalde sentenció el arresto.
Las dos mujeres lo contemplaron con desprecio y musitaron al unísono unas palabras misteriosas.
El padre Fidel, alarmado, urgió al guardia a esposar a la joven y tiró de su compañero hacia la luz cegadora del exterior.
Anxela y Maruxa salieron al porche con la barbilla levantada y sin pestañear a pesar del sol abrasador de verano.
Los vecinos, intrigados por la presencia de los guardias civiles, se habían asomado a los balcones: las mujeres se santiguaban y los hombres negaban, los labios sellados.
Madre e hija mantenían la cabeza alta, sus largas cabelleras rozando sus manos cruzadas sobre sus delantales, unas libres, otras aprisionadas.
La desconocida que esperaba en el porche se acercó y ca-rraspeó. Bajo su sombrerito negro, el pelo se pegaba al sudor de su frente.
—La señorita Rodríguez se encargará de Anxela —anunció don Lourenzo.
La visitadora social observó a la joven y arrugó la nariz.
—Vámonos —ordenó mientras se alejaba ya hacia el coche de la guardia civil estacionado al final de la callejuela.
La silueta negra hacía equilibrios sobre sus tacones bajos mientras avanzaba con dificultad por el empedrado.
Maruxa tomó las manos de su hija, arrimó su mejilla al rostro querido y susurró:
—Te protegeré desde la distancia, filla , de la misma ma-nera que tu abuela y tus antepasadas nos han protegido hasta ahora. —Maruxa alejó su cara y encerró la de Anxela entre sus dedos—. Te encontraré. Hasta entonces, sé lista. Se forte .
—Lo seré, nai . Te lo prometo.
El pequeño cortejo desapareció tras el recodo de la Rúa do Mar. Los balcones se vaciaron y las ventanas se cerraron con cuidado de no hacer ruido. En medio de la calle, la orgullosa figura de Maruxa se dobló por la mitad y su larga melena se tornó gris.