No habrá más noche 6
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Los gritos de su madre aún resonaban en sus oídos cuando Garbiñe recuperó la conciencia.

Retales de la terrible escena volvían a su memoria por momentos: Leire, con las manos esposadas detrás de la espalda, se debatía entre los dos guar-dias civiles que la arrastraban hasta un Seat verde con franja blanca.

Luego, la joven recordó los empujones del cabo y una advertencia: «entra en el coche, niñata, o te arreo».

Por fin, el golpe de la porra y la oscuridad.

Un dolor agudo en el costado le cortó la respiración.

El mareo nubló su vista mientras el ronroneo de un motor en marcha embutía su cabeza.

Con cuidado, levantó su blusa y descubrió un hematoma que se extendía desde el pecho derecho hasta su barriga.

Asustada, llevó sus manos al vientre y echó a llorar.

Tras los cristales del automóvil, unas nubes habían ahuyentado los primeros rayos de la mañana y amenazaban con cubrir la ciudad.

Garbiñe se enderezó con dificultad sobre el asiento y notó el violento asalto de las nauseas.

Se acercó hasta la ventanilla delantera apenas entreabierta hasta percibir un hilo de viento sobre su rostro.

Tras unas bocanadas, el espacio a su alrededor se materializó: a su lado reposaba su chaqueta de pana y su carné de identidad.

Delante, un hombre con tricornio conducía.

Garbiñe sorprendió su mirada gélida en el retrovisor.

Presa del pánico, se agazapó detrás del asiento y se cubrió con la americana, hecha un ovillo.

Las calles desfilaban monótonas sin que pudiera reconocer los edificios ni los negocios.

La peste a tabaco que el guardia civil fumaba sin parar le provocaba nuevas arcadas cuando, por fin, las ruedas del vehículo chirriaron al frenar.

El conductor salió del coche y tras estirar las piernas, acercó su cara al cristal trasero.

Con una sonrisa, saludó a su presa, sus dedos repicando sobre el vidrio.

Garbiñe reculó con espanto hasta el asiento vecino y levantó las rodillas para esconderse tras ellas.

Por mucho que apretara los párpados, la pesadilla se negaba a desaparecer.

Pocas horas antes y como cualquier otra chica, disfrutaba de su juventud y de la promesa de un futuro junto a Ander.

La herida por la huída forzada de su padre, si bien no estaba curada, ya no sangraba cada vez que el llanto de su madre la despertaba de noche.

Leire, su guía y apoyo incondicional, se había mantenido fuerte a pesar del dolor y parecía recobrar la esperanza tras el anuncio de su embarazo.

—No hagas caso de las habladurías, hija.

Sí, eres joven y soltera: las malas lenguas dirán barbaridades sobre tu estado.

Pero provienes de una estirpe de mujeres fuertes y sabias.

Somos las herederas de Mari y la diosa siempre cuidará de nosotras.

Nuestras raíces, nuestras creencias son más antiguas que los montes que nos rodean y ningún hombre, ninguna fuerza de este mundo podrá arrebatarte a tu hijo o a tu don.

— Ama , por este tipo de discursos la gente piensa que somos unas brujas.

—¡Bien que hacen! —se rió Leire.

—Y no estoy sola: Ander quiere casarse conmigo.

—Falta por convencer al padre Eustacio.

—Él es de los nuestros. Ha protegido y facilitado la huída de aita .

Leire acarició el pelo alborotado de su hija.

—Ha hecho lo que estaba en sus manos. Pero se sabe vigilado y ahora es reacio a ayudar a cualquier Uriarte que se presente en su parroquia con nuevas complicaciones.

—Pero ha sido tan valiente…

—El miedo es un enemigo sigiloso, txiki . Una vez quiebra la corteza de la valentía a base de golpes y porrazos, hasta el hombre más atrevido se vuelve receloso.

—¿Quieres decir que los grises se atrevieron a pegar a un sacerdote?

—Se atreven a matar a niños de tu edad en plena calle por defender sus ideas. ¿Por qué no a un cura traidor de la patria y la doctrina oficial?

La puerta se abrió y el frío invadió el habitáculo.

—Maldito clima del norte. Aquí uno nunca sabe si llevar el capote o no. ¡Sal ya! No me obligues a sacarte de allí dentro a la fuerza.

Garbiñe asomó la cabeza hasta ver cómo el cabo frotaba las palmas de sus manos contra la tela de su pantalón.

Bajó las rodillas, colocó la chaqueta sobre sus hombros y guardó su carné en el bolsillo.

Antes de salir, comprobó que no hubiera dejado nada olvidado en el coche. Pero no llevaba más que lo puesto.

Cuando Garbiñe levantó la mirada hacia la gran vidriera de la estación de tren, un escalofrío recorrió su espina dorsal.

—Esperaremos aquí a que llegue la señorita Ramírez.

Garbiñe ya no escuchaba a su escolta. Hipnotizada por los colores brillantes del vitral, recordaba la única visita que había hecho hasta ahora a la Estación de Abando: su padre, siendo ella una niña, había insistido en enseñarle la majestuosa cristalera.

—Mira, txiki . Observa con atención cada detalle.

—Es muy bonita, aita .

—No solo es bonita. También representa la esencia de nuestro pueblo y la historia de nuestra ciudad.

—Bilbao.

—Sí, cariño. Nuestro Botxo . Dime qué ves.

—¡La Basílica de Begoña!

—Muy bien. A la izquierda, tenemos el puente de San Antón. Esta maravilla también nos cuenta quiénes somos y de dónde venimos. Habla de nuestras raíces, de nuestro pasado y de nuestro presente. Todo plasmado en trocitos de cristal.

—Es como un tebeo.

—Eso es, maitia. —Eloi acarició la mejilla sonrosada de Garbiñe—. La pesca, la siderurgia, los caseríos, los pelo-taris… Toda nuestra vida resumida en un mural de luz y colores.

—¿Qué es eso debajo del reloj?

El semblante de Eloi mutó.

—Es el escudo de España.

—El águila es preciosa.

—Lo es… pero el hombre es capaz de corromper hasta el símbolo más grandioso.

Garbiñe suspiró. Hoy entendía demasiado bien lo que su padre insinuó entonces.

—¿Purificación?

La joven tardó unos segundos en responder.

Frente a ella, una mujer bajita y de aspecto austero la observaba con un disgusto evidente.

Vestida de negro de pies a cabeza, su falda por debajo de las rodillas y su abrigo abotonado hasta el cuello no dejaban escapar ni un centímetro de piel.

Bajo el tocado que recogía un moño impecable, sus ojos estudiaban a Garbiñe con dureza.

Avanzó un paso y extendió una mano enguantada hacia el pelo rebelde de la adolescente que hundió la cabeza entre sus hombros cual animal atemorizado.

La mujer detuvo el gesto, levantó una ceja y giró los talones sin pronunciar palabra.

—Síguela y haz todo lo que te ordene.

—¿Quién es?

— La señorita Ramírez. Tu celadora.

La aludida se dio la vuelta y rectificó:

—Visitadora social.

La mujercita retomó la marcha. Un empujón del guardia civil desperezó las piernas de Garbiñe, agarrotadas por el frío y el miedo.

Los tacones de su nueva centinela resonaban sobre el suelo de la estación.

Garbiñe seguía con dificultad sus pasos.

Ojeaba las idas y venidas de los viajeros en busca de ayuda o de una mirada cómplice.

Pero nadie parecía interesarse por la extraña pareja que se dirigía hacia el andén donde un tren esperaba a sus últimos pasajeros.

Al pie de los escalones, la señorita Ramírez se dignó a articular una palabra:

—Sube.

La censura dibujaba una mueca en el rostro de la funcionaria. Garbiñe bajó la mirada, alisó su pelo y lo recogió detrás de sus orejas. Por fin, subió el primer peldaño.

Ya instalada en su asiento, Garbiñe notaba la respiración de su vecina sin atreverse a preguntarle por su destino.

Apenas osaba ojear a hurtadillas su perfil aguileño.

La señorita Ramírez, con su barbilla levantada y su cuerpo rígido, se le antojaba la viva imagen de las brujas de los cuentos que su madre se negaba a leerle durante su niñez.

Las palabras de Leire aún resonaban nítidas en su cabeza:

—Las sorginaks no somos ni de lejos esas viejas horrendas que enseñan en los libros infantiles o en los dibujos animados.

La Iglesia católica nos ha demonizado, como lo ha hecho con todas las mujeres, desde Eva hasta Rocío Jurado, para arrebatarnos nuestra verdadera esencia.

Nosotras somos mujeres sabias y detentoras de conocimientos milenarios que persisten gracias al clan y a las herederas, como tú…

No somos seres malignos. Somos curanderas, guías y matriarcas.

¡No unas malvadas ancianas de nariz ganchuda y verruga con pelos!

Garbiñe sonrió con tristeza al recuerdo del enfado de su madre.

Notó cómo la mirada de la visitadora social se abatía sobre ella y borró su sonrisa. Hizo girar, una y otra vez, el anillo en su anular mientras observaba por la ventanilla cómo se alejaba su infancia y el universo que hasta ahora la había protegido.