No habrá más noche 5
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Sentada sobre una piedra, Anxela comprobaba su cosecha.

Ordenadas en ramilletes, unas plantas silvestres reposaban en el fondo de su capazo: árnicas, dientes de león, manzanillas y zarzas pronto se emplearían para curar los males de los habitantes de Combarro que aún confiaban en la sabiduría de la familia Castiñeira y de sus curanderas.

Generación tras generación, las mujeres del clan habían transmitido sus cono-cimientos milenarios de madre a hija.

Ungüentos, jarabes e infusiones se preparaban en la misma cocina en la que hoy Anxela elaboraba remedios y medicinas bajo la atenta mirada de Maruxa.

La experta herbolera apenas rectificaba ya a su hija: Anxela era una alumna aplicada y entre sus dedos ágiles, el don era más poderoso que nunca.

Pero si bien las abuelas del pueblo entendían y respetaban la labor de las Castiñeira, la doctrina católica del Estado y la presión de la Iglesia habían hecho mella en la simpatía de sus vecinos que ahora obser-vaban con desconfianza cada uno de sus gestos.

Anxela depositó su cesto sobre la hierba y tendió su cuerpo sobre la roca caliente.

Cerró los ojos y sintió cómo la energía del parque de la Cuna da Moura invadía su ser y lo nutría.

Alrededor, la brisa marina susurraba entre las cimas de los castaños y de los eucaliptos.

Adormilada, Anxela dejaba que el murmuro de la naturaleza la meciera con suavidad.

Sucumbía a un sueño ligero cuando el zumbido de una abeja la desperezó y le recordó que le quedaban recados por atender.

Lo primero era comprarle miel a Fina antes de volver a casa.

La idea de tener que alejarse de su santuario personal le arrancó un suspiro.

Sin decidirse aún a separarse de su lecho de granito, Anxela apuraba los minutos mientras acariciaba la piedra áspera.

Su mano tropezó con una textura blanda. Abrió los ojos y se incorporó con pereza.

Al descubrir el hallazgo, rió divertida: un trozo de carne fresca reposaba a su lado.

Conocedora de todas las leyendas que rodeaban el bosque, reconoció enseguida la ofrenda con la que algún pastor agasajaba a la moradora del lugar, la famosa maura .

— Nai , ¿quiénes son las mauras?

—Son seres míticos, cariño, mujeres de gran belleza que viven bajo tierra. Los ancianos dicen que una de ellas habita nuestro bosque y que se esconde bajo la gran piedra que tanto te gusta.

—¡La Cuna da Moura! ¡Por eso se llama así!

—Eso es. Si tienes suerte, podrás verla a orillas del río cuidando su larga melena rojiza con un peine de oro. Su piel es blanca como la espuma de mar y luce vestidos y joyas deslumbrantes.

—¿Qué más?

—Posee tesoros ocultos. También cuentan que seduce a los hombres y los somete a pruebas: el que las supere, podrá casarse con ella y compartir su fortuna. Por esta razón, algu-nos pastores depositan viandas y otros alimentos sobre la roca como obsequio para la maura.

Anxela sonrió al recordar la escena de su niñez, poblada por las historias mágicas de Maruxa. Levantó su capazo y buscó entre las ramitas la manzana que debía hacer las veces de almuerzo. Frotó la piel lisa de la fruta y la colocó sobre la piedra, a modo de ofrenda.

—Yo no quiero tu tesoro, bella dama. Me conformo con la naturaleza y la libertad.

Echó la cesta al hombro y corrió en dirección a Combarro.

Las callejuelas empedradas dibujaban un laberinto sinuoso hasta llegar a la plaza de San Roque.

Anxela subía y bajaba con alegría las numerosas escaleras que salvaban los desniveles del terreno rocoso sobre el que se asentaba el pueblo.

El sol ya lucía alto en un cielo sin nubes.

Sentadas sobre unos bancos de piedra, las ancianas protegían sus cuerpos bajo la sombra que los balcones proyectaban contra las paredes de sus casas marineras.

Entre las arrugas de sus rostros, brillaban unos ojos inteligentes que sonreían a la joven al pasar.

Ataviada con un paño sobre la cabeza y un delantal a cuadros que cubría su vestido desgastado, Fina la esperaba, apoyada en el quicio de la puerta de su tienda.

—Pensaba que ya no venías.

—Perdona, Fina. Me he entretenido en el bosque. Gracias por atenderme un domingo.

—No te preocupes. Gracias a ti, ya tengo excusa por no haber acudido a misa hoy.

La robusta mujer guiñó un ojo al tiempo que las campanas de la iglesia anunciaban el final del culto dominical. Anxela se despidió y cruzó con urgencia la calle que descendía frente al templo. Los parroquianos que salían en lenta procesión fre-naron su huída.

—¿De nuevo sales corriendo, meiga ?

Anxela se estremeció al oír la potente voz del alcalde.

Acompañado por el padre Fidel, el párroco de San Roque, don Lourenzo la invitaba a acercarse con un gesto de la mano.

Anxela tragó saliva, irguió su cuerpo y subió con determi-nación los pocos escalones que la separaba de los dos hom-bres. Saludó con un movimiento de cabeza.

—¿Qué quiere, don Lourenzo? Mi madre me espera en casa.

—Nos preguntábamos, el reverendo y un servidor, ¿por qué no disfrutamos de tu presencia así como la de Maruxa en misa, cada domingo? ¿No será por la presencia de nuestro famoso cruceiro ? —Ante el silencio de Anxela, el regidor preguntó—: ¿Sabes al menos lo que significa?

Anxela desvió la mirada hacia el Cristo clavado en el anverso de la cruz que culminaba un poste de piedra.

—Sé bien lo que significa.

—Al igual que nuestro patrono San Roque, los cruceros de este pueblo protegen a su población de las reuniones de brujas y otros seres malignos que amenazan la paz de nuestros vecinos y la unión de nuestra nación —declamó el padre Fidel con la misma entonación que usaba durante sus homilías.

—No me asustan ni los conjuros ni los cruces de camino.

—Será que, hoy en día, las brujas preferís reuniros en bailes y salas de cine, vestidas como fulanas y fumando Dios sabe qué. —Don Lourenzo observó con lujuria las piernas que la falda de Anxela dejaba al descubierto—. ¿Qué llevas ahí?

Anxela escondió su capazo detrás de la espalda.

—Miel y hierbas aromáticas.

El sacerdote avanzó un paso, los brazos cruzados sobre su prominente barriga.

—Corren rumores sobre curanderas que, mediante reme-dios naturales, ayudan a las mujeres casadas de la aldea a evi-tar los embarazos y, lo que es peor, a chicas jóvenes a abortar.

Anxela frunció el ceño. Cerca, un grupo de curiosos ralen-tizó el paso hasta detenerse.

—No sé de qué me habla.

La imponente figura del alcalde se acercó a Anxela hasta rodearla y dar unos golpecitos contra su cesta con el pie.

—Yo diría que nadie en Combarro sabe más de plantas y brebajes misteriosos que tú y tu madre. No creo que tengáis ninguna dificultad en preparar cualquier pócima anticon-ceptiva.

Rozó con su mano el pelo de Anxela. Un escalofrío erizó la piel de la joven. Cuando recuperó el control de su cuerpo, exclamó a pleno pulmón:

—En el caso de su mujer, don Lourenzo, el mejor contra-ceptivo es la cara de zopenco de su marido.

Las risas estallaron por toda la explanada. El rostro del alcalde se tornó escarlata al tiempo que resoplaba como un animal. Las carcajadas redoblaron. El sacerdote, indignado, dio la vuelta y se encerró en su iglesia.

Anxela, ella, seguía inmóvil frente al crucero.

El sol de mediodía ya no proyectaba ninguna sombra bajo la cruz de granito.

La herbolera notaba cómo el sudor comenzaba a perlar sobre su frente.

A su espalda, don Lourenzo no se había movido.

Cuando los espectadores por fin se dispersaron, Anxela percibió el aliento del edil cerca de su oreja. Con voz trémula, don Lourenzo escupió:

—Pronto, te arrepentirás, ¡ meiga !