No habrá más noche 4
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Los minutos del reloj despertador giraban para anunciar las seis de la mañana cuando Leire se decidió a abandonar el balcón y entrar en casa.

La luz del amanecer coloreaba el patrón geométrico del papel pintado.

La brisa balanceaba la cortina de canutillos que separaba el salón de la cocina.

El olor a pachuli de una chaqueta olvidada sobre un asiento impre-gnaba la estancia.

Sobre la mesa aún reposaban los restos de la cena que Garbiñe había dejado sin recoger, como era su costumbre.

Un crujido en el descansillo la sacó de su ensoñación. Se precipitó hasta el vestíbulo y abrió la puerta. Frente a ella, su vecina la observaba con una sonrisa de labios secos y ojos de ave de rapiña.

—¿No ha vuelto tu pequeña díscola?

Leire suspiró.

—Métase en sus asuntos, doña Iglesias.

—Tu chiquilla no engaña a nadie con esa ropa tan ancha de hippie . Todo el barrio conoce su estado. Eso le pasa por fre-cuentar salas de fiestas a su edad. ¡Qué vergüenza!

Leire bajó los ojos: sobre el felpudo reposaba una cuartilla plegada por la mitad. Su mirada se ensombreció al reconocer la nueva misiva amenazadora. Ignorando la retahíla de repro-ches de su vecina, le dio la espalda y leyó la carta en silencio:

[1] D.Uriarte y familia.

Ya no es posible resistiros más.

La sangre que unos asesinos bárbaros, hijos vuestros y hermanos, vienen derramando al matar por la espalda tiene un precio y ha llegado el límite.

El que vuestra conciencia quiera justificarse con la «lucha contra la opresión» llamando asesinos a los asesinados, terrorismo al antiterrorismo, y otras cínicas mentiras, acelera y exige nuestra reacción.

La respuesta ante cualquier posible hecho violento que se produzca está preparada y no se harán esperar las sorpresas. Pueden ser ustedes, su casa con los suyos dentro, pueden ser otros familiares de otros «liberados» conocidos.

En fin, todo menos que sufran madres, viudas, huérfanos y hermanos, mientras vosotros, que estáis bajo nuestra clemencia, dais ánimos a los asesinos para que sigan adelante.

¡Esto se acabó!

Caeremos sobre vosotros en Vizcaya o en Guipúzcoa y, con nuestros camaradas en el otro lado de la frontera, liquidaremos como sea esta peste asesina.

Estáis avisados. La próxima salvajada cometida por vuestros hijos, la pagaréis cara vosotros,

GUERRILLEROS DE CRISTO REY

Un profundo surco partió la frente de Leire. Arrugó la misiva y se la metió en el bolsillo.

—¿Noticias de tu marido, el sindicalista? ¿Sigue escondido en algún monte o ha pasado la frontera? Con ese ejemplo, ¡normal que tu hija sea una descarriada!

—¡Váyase al infierno, vieja bruja!

—¡Aquí las únicas brujas sois tú y tu hija! ¡Rojas!

Leire cerró la puerta de golpe. Apoyada contra la madera, notó cómo el familiar escalofrío trepaba hasta su nuca. Sacu-dió la cabeza para espantar el mal presagio.

«¿Dónde estás, hija?».

Fuera, la vida se desperezaba. Las amas de casa despedían a sus maridos y emprendían el camino de sus quehaceres, ca-rritos de la compra en una mano y criaturas alborotadas de la otra.

Leire vigilaba el teléfono sin pestañear.

Había girado el disco de marcar un par de veces pero había detenido el impulso.

¿A quién podría ella pedir ayuda? Desde luego, no a la policía.

Sintió el peso de la soledad abatirse sobre sus hombros.

Retomaba ya el fregado compulsivo del linóleo cuando unos pasos resonaron, provenientes de la calle.

Con cuidado de no ser vista, asomó media cabeza al exterior.

Entre los barrotes de la barandilla, adivinó el tricornio y las gafas de sol de tres guardias civiles.

Los policías paraban a los tran-seúntes que respondían a una pregunta inaudible negando con la cabeza.

El ritual se repitió hasta que los guardias por fin levantaron la mirada hacia el edificio.

Leire saltó hacia atrás. El estrépito de una figura de cerámica resonó al estrellarse contra el suelo.

Agazapada tras el visillo, Leire esperaba con las manos sobre los oídos para no escuchar los golpes en la puerta que sabía ya inevitables. Llegaron más pronto de lo esperado.

— Ama , ¡ábreme!

Abrió los ojos como platos y se abalanzó sobre la manilla.

—¡ Txiki ! —Fue lo único que pudo vocalizar mientras estre-chaba el cuerpo menudo de Garbiñe—. ¿Dónde has estado?

Apartó a la adolescente y examinó cada centímetro de su piel en busca de alguna herida.

—¡Se lo han llevado, ama !

—¿Qué dices, hija? ¿A quién se han llevado?

—Ander… ¡Se han llevado a Ander!

El sonido de unas botas se elevó por las escaleras interrum-piendo las explicaciones atropelladas de Garbiñe.

La puerta del número dos se entreabrió. Sin atreverse a salir, la vecina espiaba la escena a la espera de alguna tragedia.

Con gesto ágil, Leire introdujo a su hija en la vivienda y cerró la puerta, no sin antes echar una mirada de odio hacia la rendija oscura, frente a ella.

Los golpes no tardaron en hacer temblar la vieja madera.

—Vete a tu habitación.

Sin protestar, Garbiñe corrió a esconderse. Los golpes re-doblaron. Leire se llevó las manos al pecho en un intento por calmar la carrera desbocada de su corazón. Por fin, abrió la puerta.

—Buenos días, señores.

Los guardias la estudiaron con descaro. Los tres rostros se le antojaron una copia idéntica: gruesos bigotes impedían adivinar la forma de unos labios que permanecían sellados. Los cristales opacos de sus gafas devolvían a Leire su imagen descompuesta por el miedo.

—Apártese —ordenó el más alto empujándola sin mira-mientos.

Los policías irrumpieron en el comedor, abrieron cajones, levantaron cojines y desperdigaron marcos y adornos por toda la estancia.

—¿Qué buscan? En esta casa, no hay nada ilegal. No he-mos hecho nada malo.

—Sabemos que usted es esposa de un fugitivo.

—Llevo más de ocho meses sin saber nada de mi marido.

—Tenemos serios indicios de que su esposo difunde propaganda de ETA.

—¡Eso no es cierto! Eloi solo defiende los derechos de tra-bajadores honrados.

—¿Trabajadores honrados? ¿Así llaman ahora a esa escoria?

Las carcajadas helaron la sangre de Leire. Apretó los puños y miró de reojo el pasillo que llevaba a la habitación de su hija. Uno de los guardias advirtió el gesto y se dirigió hacia el corredor.

—No tienen derecho…

El metal de una pistola contra su espalda la enmudeció. Enseguida, el guardia volvió con Garbiñe, cogida por el brazo.

—Jefe, mire lo que he encontrado en el dormitorio de esta cría.

El cabo se acercó y leyó el boletín impreso que le tendía su subalterno.

—De tal palo, tal astilla.

—¿Qué es esto?

—Lo sabes muy bien, desgraciada. Es un panfleto de ETA. ¿Cómo lo llaman aquí?

—Un zutik , jefe.

—¡Esto no es nuestro! ¡Lo han traído ustedes mismos para inculparnos!

El guardia retorció con fuerza el brazo de Garbiñe que palideció de dolor. El movimiento tensó su espalda dejando al descubierto el incipiente vientre. El capitán arqueó las cejas. Lentamente, se acercó a la joven y rozó la piel tersa con la punta de su arma.

—¿Qué tenemos aquí? Una pequeña deslenguada emba-razada.

—¡No la toque!

Leire tiró de la manga del militar con tal fuerza que la pistola se le escapó y dibujó un arco antes de aterrizar en la alfombra del comedor.

—¡Zorra! —escupió el capitán, su rostro escarlata pegado al de la vasca mientras su mano se aferraba alrededor de su cuello.

Las venas hinchadas de su garganta parecían a punto de estallar cuando los gritos de Garbiñe despertaron al guardia de su furia. Con un movimiento seco, tiró su presa al suelo y sentenció:

—Llevadla a comisaría.

Con gesto autoritario, ordenó a sus secuaces que recogieran el arma y esposaran a Leire.

Ya la sacaban a empujones por la puerta cuando la silueta huesuda de la vecina se materializó en el umbral de su vivienda.

Un olor a cera quemada invadió el rellano.

Los ojos ensangrentados de Leire desafiaron a la anciana:

—¡Ha sido usted! ¡Usted nos ha delatado!

—Yo solo he cumplido con mi deber de buena cristiana.

—¿Cristiana? ¡Usted es el diablo! ¡La maldigo! ¡Les mal-digo a todos!

La vecina se estremeció y se refugió de inmediato entre las sombras de su domicilio.

Leire, arrastrada por las escaleras, se debatía entre las garras de sus dos escoltas y gritaba sin consuelo:

—¡Garbiñe! ¡Mi hija! ¿Qué van a hacer con mi hija?

El capitán, apostado en el descansillo, acicalaba su uni-forme y restregaba su manga con disgusto. Sin levantar la mirada de su labor, contestó:

—No se preocupe usted. Tenemos un sitio muy especial para jovencitas corrompidas como la suya.