No habrá más noche 3
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Anxela paseaba por la arena, ajena a la fiesta que la rodeaba.

Evitaba los grupos de vecinos que reían y saltaban por encima de las hogueras repartidas por toda la playa de Padrón.

Este año, la bajamar había permitido encender los fuegos a una hora temprana.

Cuando, por fin, llegó el momento de pro-nunciar el conjuro, las sardinas asadas habían sido devoradas y el orujo ya hervía en las ollas de metal.

Anxela dejaba que las olas bañaran sus pies descalzos.

El olor a madera quemada impregnaba su larga cabellera de un rubio platino.

Ante ella, el pueblo de Combarro lucía, orgu-lloso, su hilera de hórreos de piedra centenaria que dominaba la costa atlántica.

Las casas dormían en una oscuridad tran-quila.

Solo una ventana brillaba, solitaria, colgada sobre el mar en calma.

Anxela sonrió y emprendió el camino de vuelta a casa.

Mientras avanzaba, percibía los murmullos y cuchi-cheos que su presencia siempre provocaba.

Sin prestarles atención, disfrutaba del contacto gelatinoso del musgo bajo sus pies.

Su vestido blanco bailaba a merced de la brisa veraniega.

A sus espaldas ya resonaban las primeras palabras del conjuro de la queimada :

Búhos, lechuzas, sapos y brujas;

Demonios, duendes y diablos,

Espíritus de las nublosas vegas,

Cuervos, salamandras y hechiceras;

Rabo erguido de gato negro

Y todos los hechizos de las curanderas…

—¿A dónde vas con tanta prisa, meiga ? —La voz del alcalde resonó por encima de la oración—. Ven a mi lado. ¿No será que temes el conxuro ?

Con este cazo

Elevaré las llamas de este fuego

Similar al del Infierno

Y las brujas quedarán purificadas

De todas sus maldades.

Algunas huirán

A caballo de sus escobas

Para irse a sumergir

En el mar de Finisterre.

Anxela paró en seco y se dio la vuelta, la mirada desafiante.

El hipnótico movimiento de su melena estremeció a los asistentes: todos dejaron de reír.

Sin responder a la invitación del regidor que señalaba un hueco a su vera, Anxela esperó con los brazos cruzados el final del famoso encan-tamiento.

El silencio solo se quebró cuando, tras unos segun-dos de titubeo, el orador prosiguió:

¡Escuchad! ¡Escuchad estos rugidos...!

Son las brujas que se están purificando

En estas llamas espirituales...

Y cuando este delicioso brebaje

Baje por nuestras gargantas,

También todos nosotros quedaremos libres

De los males de nuestra alma

Y de todo maleficio.

Todas las miradas seguían puestas sobre Anxela, pen-dientes de algún movimiento suyo. La joven sonrió y encogió los hombros con aire desconcertado:

—No veo ningún macho cabrío retorciéndose entre las llamas…

Tampoco ninguna alimaña dispuesta a arrastraros a todos al infierno.

—Anxela fingía buscar a su alrededor—. ¿Y mi escoba, alcalde Lourenzo?

¿Dónde está mi escoba para salir volando por los aires?

Xoán, ¿por qué no sigues leyendo? —Aguardó mientras los presentes se alejaban y se escondían tras las espaldas del alcalde y de Xoán, ahora mudo—. Muy bien… ¡Ya termino yo el conxuro !

Anxela levantó los brazos de forma teatral, alzó la mirada hacia el cielo oscuro y entonó de memoria:

¡Fuerzas del aire, tierra, mar y fuego!

A vosotros hago esta llamada:

Si es verdad que tenéis más poder

Que los humanos,

Limpiad de maldades nuestra tierra

Y haced que aquí y ahora

Los espíritus de los amigos ausentes

Compartan con nosotros esta queimada.

Cuando bajó los ojos, descubrió las caras preocupadas de sus vecinos. Algunas madres alejaban a sus hijos hacia hogue-ras apartadas. Anxela enfrentó la mirada lasciva del alcalde.

—¿Lo ve, don Lourenzo? No temo al conxuro ni a sus supersticiones.

—Puede que no temas las llamas purificadoras pero sí deberías de temerme a mí, meiga .

Una ráfaga de viento sacudió el cabello de Anxela. Los largos mechones se levantaron y destellaron a la luz rojiza de la fogata para luego volver a cubrir, entera, su espalda. Sin más palabras, la joven abandonó la playa y a sus moradores.

El perfume de las hierbas medicinales invadía toda la vivienda.

Anxela cerró los ojos y aspiró con deleite.

«Ortiga», pensó mientras se dirigía hacia la cocina en busca de su madre.

Ahí la descubrió, afanada en su labor, entre plantas, frascos y raíces retorcidas.

Inclinada sobre una olla humeante, Maruxa musitaba palabras inaudibles y removía el agua en la que flotaban hojitas verdes.

—¿Te siguen doliendo las articulaciones, nai ?

Sin apartarse de su cometido, Maruxa le indicó unos tarros vacíos.

—Necesito que mañana vayas a recoger árnica, cola de ca-ballo y milenrama.

Anxela se acercó y posó su mano sobre el hombro de su madre.

—¿Te duele?

Maruxa apagó el fuego y vertió el líquido turbio en una taza de barro cocido.

—Ahora mismo me encontraré mejor —contestó al llevarse el brebaje a los labios.

Sonrió con el primer trago y llevó a su hija hasta el balcón.

La luna bañaba el océano indolente. Maruxa terminó su infusión y deshizo con un suspiro de alivio el moño que aprisionaba su pelo.

La larga melena resbaló sobre su cuerpo hasta envolverlo en un manto de cabello.

Las dos figuras gemelas se apoyaron contra el balaustre de granito.

Anxela bajó la mirada hacia el hórreo que descansaba a sus pies.

—¿Crees que pai estará allí dentro dando vueltas?

Rieron al unísono.

—La gente se inventa cualquier leyenda para dar sentido a las tragedias. Pero tu padre era demasiado sensato como para divertirse asustando a sus vecinos con apariciones fantasmales las noches de luna llena.

—Yo sí creo que sigue protegiendo a sus compañeros marineros cuando salen a la mar.

—No lo dudes, filla .

El rostro de Anxela se ensombreció.

—Y eso le costó la vida.

Maruxa acarició la mejilla de su hija. Volvieron a disfrutar del paisaje nocturno y de la brisa que traía el perfume salado del océano.

—¿Qué tal ha ido en la playa?

—Ya sabes cómo se ponen todos durante la noche de San Juan… Muchas risas, mucho alcohol y, sobre todo, muchas supersticiones ridículas.

—Vamos, que se han metido contigo, ¿verdad?

—No más de lo habitual. Si no fuera por el maldito alcalde, nadie me habría molestado.

Maruxa tomó a Anxela por los hombros y la obligó a enfrentarse a ella.

— Miña ruliña , ten cuidado. Don Lourenzo es un hombre peligroso movido por la codicia y el ansia de poder.

La joven asintió.

Su madre acarició de nuevo su cara para luego adentrarse en la pequeña vivienda. Anxela observó sus andares elegantes, el cuerpo y la cabeza siempre erguidos, su pelo siempre brillante. Solo la lentitud de sus movimientos delataba el paso del tiempo sobre su cuerpo.