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El zumbido en sus oídos les impedía percibir el rumor creciente a su alrededor.
El Garden arrojaba a las calles del barrio de Deusto a sus últimos parroquianos entre risas y voces rasgadas de tanto gritar.
Cogidos de la mano, Garbiñe y Ander paseaban de vuelta a casa, sin prisa, disfrutando de la fresca noche bilbaína.
—Sigo pensando que la música del Garden está demasiado alta. Me he quedado sorda.
—No decías lo mismo cuando fuimos al concierto de tu Tigre de Gales .
—Un respeto, maitia . Por mí, Tom Jones puede cantar todo lo alto que quiera. Es tan guapo…
—Al final, me pondré celoso.
—No te preocupes: con esta maravilla que me has rega-lado, ya nadie podrá separarme de ti.
Garbiñe levantó la mano y admiró la alianza de oro que brillaba en su anular.
—¿De verdad? Porque esa noche corriste hacia el escenario sin mí.
—Sus canciones me vuelven loca.
—Ya lo vi. Me preocupaste con tantos saltos y empujones.
Ander acarició el incipiente vientre de Garbiñe.
—No lo toques. Alguien podría vernos —murmuró Gar-biñe mientras apartaba con gesto inquieto la mano de Ander y echaba una mirada al final de la avenida del Ejército—. ¿Qué ocurre allí? —Un escalofrío la paralizó—. Algo va mal.
A pocos metros, un grupo de hombres uniformados empu-jaba y cacheaba a los transeúntes, algunos ya con las manos en alto o apoyadas contra la pared. Las porras y las pistolas acallaban de golpe las tímidas protestas de los disidentes.
—Los grises .
Sin mediar palabra, Ander agarró del brazo a Garbiñe y tiró de ella cual muñeca de trapo. Rodeó la delicada cintura en un intento por calmar el temblor de la joven y dio media vuelta con tanta brusquedad que a punto estuvo de chocar contra un coloso de metro noventa.
—¿A dónde crees que vas, canijo?
Flanqueado por cinco compinches, el gigante jugueteaba con una cadena de hierro oxidada sin apartar la mirada de Garbiñe, protegida tras el cuerpo de Ander.
—¿Qué queréis? No hemos hecho nada malo.
—¿Qué tenemos aquí detrás? ¿Un cachorrito?
Animado por las risas de sus compañeros, el titán apartó de un manotazo a Ander dejando al descubierto la frágil silueta de Garbiñe.
—¡Déjala tranquila, txakurra ! —chilló Ander al tiempo que se abalanzaba sobre su agresor.
Con un gesto de cabeza, el líder de la banda parapolicial ordenó inmovilizar al novio. Sin molestarse en responder a la afrenta, se acercó a Garbiñe hasta rozar su nariz contra el pelo revuelto de la muchacha.
—¿Cuántos años tienes, encanto?
—Quince.
—Y ¿qué hace una niña como tú con ese etarra de mierda?
Garbiñe giraba de forma compulsiva el anillo en su dedo mientras intentaba detener el temblor de su labio inferior. Con los ojos fijos en Ander, notaba cómo el aliento del matón resbalaba a lo largo de su cuello.
—Ya está bien, Francisco. Ya me ocupo yo.
Francisco resopló al reconocer la voz marcial.
—Usted manda, capitán.
Despacio, colocó un mechón de pelo detrás de la oreja de Garbiñe y sonrió al descubrir su rostro lívido. Dio un paso de lado y, sin dejar de observar a su presa, chasqueó los dedos y gritó:
—¡Viva Cristo Rey!
—¡Viva!
Garbiñe escuchaba como los pasos de los guerrilleros se alejaban sin atreverse a mover un músculo. Frente a ella, el capitán de las guardias armadas, calzado con botas de montar y fusta en mano, la examinaba sin pestañear.
—¿Cómo te llamas?
—Garb… Purificación, señor.
—¿Y tú?
—Andrés, señor.
—Documentación.
—Solo hemos salido a pasear un rato, señor. Vivimos cer-ca. No pensamos que fuera necesario llevar nuestros carnés de identidad.
—¿No sabes que estamos en estado de excepción? Ya eres mayorcito para entender en qué mundo vives. ¿Cuántos años tienes?
—Dieciocho, señor.
El capitán miró de reojo a Garbiñe que seguía inmóvil.
—¿Qué haces con esta chiquilla de noche y por este barrio?
—Es mi prometida. Como le decía, solo estábamos pasean-do. La acompañaba ahora mismo a casa de su madre.
—Seguidme.
—¿A dónde nos lleva?
—¿No te han enseñado a callar la puta boca?
El empujón fue tan brusco que por poco arroja a Ander al suelo. Recuperado el equilibrio, el joven se acercó a Garbiñe y liberó sus dedos, aún aferrados al anillo. Callada, la pareja siguió la espalda del capitán hasta un viejo autobús.
En la plaza de San Pio X reinaba la confusión: decenas de ciudadanos se agolpaban contra la pintura desconchada del vehículo en un silencio inquieto.
Atendían las órdenes de los guardias cuando las puertas del autobús se abrieron con un lamento agudo.
Una cola se formó, entre golpes e insultos, sin que la insistente pregunta «¿a dónde nos llevan?
» obtuviera respuesta. Poco a poco, los asientos se llenaron.
Enmarcados en las ventanas, decenas de rostros observaban con angustia el progreso de la comitiva que subía con desgana los escalones.
Por fin, tres golpes en la carrocería anunciaron la partida.
Encogida contra Ander, Garbiñe aguantaba a duras penas las náuseas: percibía el hedor de cada exhalación, mezcla de alcohol y tabaco, el sudor de las camisas de los hombres y los perfumes de las mujeres que sollozaban sin consuelo.
Se tapaba los oídos para no escuchar el murmullo de las conversaciones que repetían el mismo mantra: «Nos llevan a comisaría, ya verás.
De allí no salimos vivos». La mano de Ander acariciaba su pierna de forma distraída.
El joven observaba las calles oscuras de la ciudad mientras negaba con la cabeza.
—No vamos a ninguna comisaría. —El vaivén de su mano sobre el muslo de Garbiñe se detuvo—. Pase lo que pase, no te separes de mí.
Cuando el imponente perfil de la plaza de Toros emergió tras el vaho de las ventanillas, un rumor de sorpresa recorrió el habitáculo:
—¿Qué hacemos aquí?
—¿Por qué nos traen al Vista Alegre?
El golpe de la porra contra la barra de metal aplacó las quejas.
—Todos fuera.
La brisa del exterior calmó la angustia de Garbiñe. El brazo de Ander sobre sus hombros le impedía alejarse de su lado. Pequeños grupos se iban formando a la espera de las órdenes del guardia armado que ya se reunía con el cordón de seguridad que rodeaba el lugar.
—Tengo miedo.
—Lo sé, maitia . Solo quieren asustarnos. Tranquila. No dejaré que te pase nada.
La mirada de Ander se endureció cuando el estruendo de las botas militares se acercó a la multitud.
—¡Vosotros! ¡Para dentro!
Un temblor agitó el cuerpo de Garbiñe al pasar por la puerta grande del recinto y descubrir el espacio abierto del ruedo, abarrotado de gente.
Centenares de sombras paseaban por los tendidos, sin rumbo.
Los más tranquilos se sentaban a fumar. Observaban con media sonrisa el baile de siluetas que caminaban en círculo sobre la arena negra del coso.
La pareja avanzó con cuidado de no acercarse a las armas que amenazaban al cortejo fantasmal de los recién llegados.
Ya protegidos en medio de la muchedumbre, Ander espia-ba las conversaciones en busca de respuestas.
—¿Por qué te han traído aquí?
—Ni idea. Estaba tomando una copa en el Seis Estrellas y nos desalojaron sin más explicaciones.
—Desde la ejecución de Puig Antich, esto va de mal en peor: a cada castigo de Franco, ETA responde matando a policías. Ahora, con la excusa del estado de excepción, los grises tienen vía libre para acusar a cualquiera de pertenecer a la banda armada.
—Dicen que las brigadas van con el uniforme de acción, con metralletas y todo el arsenal.
—Es cierto. Yo lo he visto. Iban acordonando calles y plazas, dando porrazos a quien se resistiera.
—Si te quedas quieto y colaboras, te soltarán sin más. Si no llevas ningún folleto ilegal ni estás fichado, no tienen por qué retenerte.
Una risa interrumpió la charla. Los cuatro jóvenes que formaban el grupo se dieron la vuelta y buscaron la proce-dencia de las carcajadas. Tumbado sobre los asientos de hormigón, un hombre mayor se entretenía dibujando aros con el humo que expulsaban sus pulmones.
—¿Qué te hace tanta gracia, viejo?
—No tenéis ni idea de lo que os espera. La historia se repite.
—¿A qué te refieres?
—No es la primera vez que usan esta plaza para amontonar a los detenidos que ya no caben en las comisarías.
—¿Es que nos van a detener?
El hombre volvió a reír y, con visible esfuerzo, se enderezó hasta quedar frente a su público. Tiró al suelo la colilla apagada y, con aire de fastidio, palpó sus bolsillos.
—Dame un pitillo, chaval. —En cuanto tuvo el cigarrillo encendido, su semblante, hasta ahora risueño, se ensombreció y una mueca torció su boca—.
Sois demasiados críos para recordarlo pero el Vista Alegre ya se habilitó como campo de concentración para los prisioneros republicanos en 1939. Lo sé porque yo estuve allí.
Los muchachos se miraron con desconcierto.
—Los grises no buscan republicanos. Buscan etarras, viejo loco. Y ninguno de nosotros lo somos.
—Republicanos, etarras, culpables, inocentes… ¡Qué más da! Aquí lo que importa, ayer y hoy, es tenernos a todos acojo-nados. ¿Crees que no van a ir a por ti? ¿O a por ti? Fíjate bien, chaval, observa…
Las cabezas siguieron el dedo del anciano que apuntaba a lo lejos. Ander achinó los ojos hasta descubrir una escena que le heló la sangre: una pareja abrazada resistía los tirones de dos individuos que intentaban separarla.
—Estos malnacidos son guardias de paisano.
Por fin, los policías consiguieron arrancar al hombre de los brazos de su novia y lo arrastraron entre gritos y protestas.
—¿A dónde lo llevan?
—A la enfermería. Sirve de sala de interrogatorio impro-visada.
Ander notó la mirada de Garbiñe a su lado. Apretó más fuerte el brazo alrededor de sus hombros y la apartó de la multitud.
Apenas habían recorrido unos metros cuando una voz a sus espaldas les increpó:
—Tú, el de la chaqueta vaquera, sígueme.
Antes de acatar la orden, Ander cogió entre sus manos el rostro de Garbiñe y le susurró:
—Espérame aquí. Estaré de vuelta enseguida.
Sin darle tiempo a responder, emprendió el camino hacia la enfermería con paso firme, escoltado por el guardia, hasta desaparecer entre las sombras del recinto.
Garbiñe se quedó sola. Recorrió con la mirada el mar de cuerpos que deambulaban como espectros a la espera del juicio final.
Las primeras lágrimas brotaron con tanta fuerza que el mundo a su alrededor se apagó.
Ya no percibía el llanto de las mujeres asustadas ni el sudor que pegaba su blusa de flores contra su barriga.
Inmóvil, dejaba que el miedo sacudiera su cuerpo.
Pasó una eternidad antes de que sintiera el contacto de una mano sobre su brazo.
—Chiquilla, ven conmigo. Aquí no estás segura.
El anciano tiró de ella con suavidad mientras vigilaba las idas y venidas del gentío sobre la piedra molida que recubría el suelo del ruedo.
Garbiñe se dejó llevar sin resistencia y enjugó su cara con el pañuelo que le ofrecía su acompañante.
Ya sentada en la zona del tendido, frente a la enfermería, el contacto con el frío hormigón terminó de espabilar sus sentidos.
La amalgama de voces volvió a embutir su cabeza.
El olor a tabaco de su vecino le hizo arrugar la nariz.
—Deberías tener más cuidado con esto —advirtió el an-ciano al tiempo que señalaba el vientre de Garbiñe.
Con gesto raudo, la muchacha ahuecó la blusa.
Al levantar de nuevo los ojos hacia el coso, su corazón saltó un latido: dos hombres salían en ayuda de un joven que apenas se mantenía en pie.
La sangre brotaba de su ceja partida y su brazo izquierdo, sujeto contra el pecho, le arrancaba aullidos de dolor.
Garbiñe saltó de su asiento pero el anciano la retuvo con energía.
—¡Suélteme!
—Quédate quieta si no quieres terminar como él.
Garbiñe obedeció. Bajó la mirada hacia su alianza y la hizo girar, una y otra vez.
El alba ya despuntaba cuando la policía echó a la calle a los últimos detenidos de la plaza de Toros. Garbiñe, que no había vuelto a abrir la boca en toda la noche, se zafó de las garras del anciano y corrió hasta la puerta de la enfermería de la que Ander no había salido.
—¿A dónde crees que vas, enana?
Un guardia armado protegía la entrada al lugar.
—Andrés… ¿Dónde está mi prometido, Andrés?
—Aquí no queda nadie. Lárgate ya. —La punta de la pis-tola rozó el muslo de Garbiñe y levantó la tela de su falda—. A no ser que quieras que te interrogue yo mismo…
Garbiñe se precipitó hacia la salida.
Fuera, el anciano la esperaba desoyendo las órdenes de los policías que amenazaban con sus armas a los rezagados.
—Vamos, neska . Te llevo a casa.