CAPÍTULO 29
Por fin
Candela llevaba un rato sentada en uno de los bancos que había junto a la gasolinera, con el café entre las manos y la mirada perdida en la carretera.
Juanito había conseguido convencerla de que se tomara algo antes de continuar hacia Madrid, aunque ninguno de los dos había vuelto a mencionar la posibilidad de marcharse desde que se habían detenido allí.
—No quiero pensar más —murmuró ella.
Juanito, apoyado contra el coche, la observó durante unos segundos antes de responder.
—Pues vas lista.
Candela levantó la mirada.
—Gracias por tu apoyo.
—De nada. Para eso estoy. Para decirte las cosas que no quieres escuchar y llevarte de vuelta a Madrid cuando decidas dejar de hacerte la fuerte.
Ella volvió a mirar el café.
—No quiero volver a hablar de Adrián.
—Vale.
Juanito esperó un par de segundos.
—Aunque creo que deberías saber que, si yo fuera tú, no me iría sin escuchar qué tiene que decir.
—Ya lo he escuchado.
—Has leído una carta.
—Una carta bastante clara.
—Sí. Eso es verdad.
Candela suspiró.
—Me ha elegido cuando ya no quedaba nada que elegir.
Juanito negó con la cabeza.
—No. Te ha elegido cuando por fin ha sido capaz de hacerlo.
Ella no contestó.
A lo lejos apareció un coche.
Juanito lo vio antes que ella y se incorporó.
—No me jodas.
Candela levantó la cabeza.
El Mercedes entró en la gasolinera.
Detrás llegó otro coche.
Y, antes de que pudiera siquiera ponerse en pie, Adrián salió del primero.
Candela se quedó mirándolo.
Venía despeinado, sin chaqueta y con la camisa arrugada, como si hubiera atravesado medio pueblo a la carrera. Detrás de él aparecieron sus dos hermanos y su madre.
Juanito miró a Candela y después a Adrián.
—Bueno. Yo creo que ya no pinto nada aquí.
—Juanito…
—No, tranquila. Voy a hacer algo muy importante.
—¿Qué?
—Aparentar que estoy comprobando la presión de las ruedas mientras vosotros solucionáis vuestra vida.
Y se alejó hacia el coche.
Adrián llegó hasta Candela y se detuvo delante de ella.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
—Has venido —dijo ella finalmente.
—Te dije que iba a buscarte.
Candela bajó la mirada.
—Pensé que no podrías salir.
—No podía.
Ella volvió a mirarlo.
—¿Y entonces?
—Mis hermanos.
Adrián sonrió apenas.
—Y mi madre. Han decidido que ya era hora de que dejara de hacer el idiota.
Candela no pudo evitar sonreír.
—Eso parece bastante sensato.
—Lo es.
Se hizo un silencio incómodo, aunque esta vez no tenía nada que ver con el que habían vivido en la iglesia.
—¿Qué ha pasado con la boda? —preguntó Candela.
—No hay boda.
—¿Y Soti?
Adrián negó con la cabeza.
—Se acabó.
Candela asintió despacio.
—Adrián, yo…
—No tienes que decirme nada todavía.
Ella lo miró sorprendida.
—¿No?
—No.
Se metió las manos en los bolsillos.
—Ya te dije en la carta todo lo que tenía que decirte. No he venido para convencerte de nada ni para pedirte que olvides lo que ha pasado. He venido porque no quería que te marcharas pensando que aquello que te escribí era solo una forma bonita de terminar la historia.
Candela tragó saliva.
—¿Y no lo era?
—No.
Adrián dio un paso hacia ella.
Era la verdad.
Candela apartó la mirada hacia la carretera.
—Me has hecho daño.
—Lo sé.
—Mucho.
—También lo sé.
—Y no puedo hacer como si nada.
—No quiero que hagas como si nada.
Ella volvió a mirarlo.
Adrián sonrió con cansancio.
—Solo quiero que, si alguna vez decides darme otra oportunidad, sea porque tú quieres. No porque yo haya escrito una carta, ni porque haya roto una boda, ni porque haya venido hasta aquí detrás de ti.
Candela dejó escapar una pequeña risa.
—Lo de la boda ha sido bastante espectacular.
—No era exactamente el plan.
—Ya.
—Aunque reconozco que podría haber elegido una forma más discreta de terminarla.
—¿Tú crees?
Adrián sonrió.
—Quizá.
Candela lo miró durante unos segundos. Después dejó el café sobre el banco y se acercó a él.
—Eres un desastre.
—Lo sé.
—Y has tardado muchísimo.
—Lo sé.
Y todavía estoy enfadada contigo.
—También lo sé.
—Pues qué bien.
Adrián bajó la mirada hacia ella.
—¿Algo más?
Candela negó con la cabeza.
—No.
Fue ella quien lo besó.
Adrián tardó apenas un instante en rodearla con los brazos.
El beso empezó con cuidado, casi con miedo, como si los dos supieran que aquello no borraba lo ocurrido, pero sí podía ser el principio de algo distinto.
Candela se apartó un momento, lo miró a los ojos y volvió a besarlo, esta vez sin ninguna duda.
Desde el otro lado de la gasolinera llegó la voz de Juanito.
—¡Por fin!
Candela se separó entre risas.
—¡Juanito, cállate!
—¡Llevo semanas esperando este momento!
La madre de Adrián, que observaba la escena desde el coche, sonrió.
Déjalos.
Uno de sus hijos negó con la cabeza.
—¿Nos vamos o esperamos a que terminen la película?
El otro abrió la puerta del coche.
—Yo me voy. Si estos dos quieren volver andando, que vuelvan.
Adrián se echó a reír y volvió a mirar a Candela.
—¿Nos vamos?
Ella miró los dos coches, la carretera y después el pueblo que había quedado a sus espaldas.
—Sí.
—¿A Madrid?
Candela sonrió.
—Todavía no, y menos al zulo en el que vivo.
—No volverás a vivir en un zulo, te lo prometo, cariño.
—Primero quiero comer algo. Llevo todo el día sin probar bocado.
Adrián soltó una carcajada.
—Eso sí que es una declaración de amor.
—No te emociones. Tengo hambre.
Él la besó una vez más antes de abrirle la puerta del Mercedes.
Candela se sentó y, mientras Adrián rodeaba el coche para ponerse al volante, miró por última vez hacia la carretera que conducía al pueblo.
Había llegado allí para escribir.
Había encontrado cotilleos, una feria, una boda que no llegó a celebrarse, demasiados secretos y un alcalde que había conseguido complicarle la vida mucho más de lo que cualquier novela habría conseguido.
Y también había encontrado una historia que, por una vez, no necesitaba inventar.
Adrián se sentó a su lado.
—¿En qué piensas?
Candela lo miró y sonrió.
—En que quizá el título no estaba tan mal.
—¿Qué título?
Ella se acercó y le dio un beso rápido.
— No estoy para setas .
Adrián soltó una carcajada.
—¿Y eso qué significa?
Candela miró hacia delante.
—Que no estoy para nadie que no seas tú.
Adrián arrancó.
Y esta vez, cuando salieron de la gasolinera, Candela no miró atrás.