CAPÍTULO 28 #3
Candela salió disparada hacia la puerta de la iglesia, con el vestido levantado a la altura de las rodillas y los tacones repiqueteando sobre el suelo como si estuviera participando en una carrera de obstáculos.
Detrás de ella, alguien gritó que no corriera, otra persona le gritó que siguiera corriendo y una tercera pidió paso porque quería ver qué estaba pasando.
—¡Apartad! —gritó Juanito—. ¡Que esta mujer tiene que salir del pueblo!
—¡Que no se vaya! —chilló alguien.
—¡Que se vaya! —contestó otro.
—¡Pues que se vaya, pero que vuelva luego y nos lo cuente!
Candela no sabía si reír o ponerse a llorar.
Optó por correr.
Cuando llegaron al coche, Juanito abrió la puerta y ella entró casi de cabeza.
—¡Arranca!
—Estoy arrancando.
—¡Arranca más!
—¿Cómo quieres que arranque más?
—¡Ni puta idea, Juanito! ¡Ponle alas al trasto este!
Juanito pisó el acelerador y el coche salió de la plaza mientras detrás de ellos se formaba una auténtica revolución.
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Mientras tanto, la iglesia entera se quedó otra vez callada como en un silencio absurdo, con decenas de caras mirando a Adrián y otras tantas a Soti. Hasta que Soti reaccionó.
—Esto no significa nada.
Alguien soltó un «¿cómo que no?» desde uno de los bancos.
—La ceremonia continúa —dijo ella, girándose hacia el sacerdote—. Continúe.
El sacerdote la miró como si acabara de pedirle que oficiara una misa en mitad de un incendio.
—Soti…
—He dicho que continúe.
—¡Pero si acaba de decir que no se va a casar! —gritó alguien.
—¡Eso es lo de menos!
—¿Lo de menos? —saltó Pilar—. ¡Pues yo creo que es bastante importante!
El murmullo creció por toda la iglesia de nuevo.
—Adrián está confundido. Está nervioso. Esto es una boda y hay demasiada gente opinando. Pero la ceremonia continúa.
Adrián ni siquiera la estaba escuchando.
Seguía mirando hacia la puerta.
Candela ya había desaparecido.
—¿Dónde está? —preguntó.
Nadie contestó.
—¿Dónde está Candela?
Adrián bajó del altar.
—Adrián —lo llamó Soti.
Él siguió andando.
—¡Adrián!
Ni siquiera se volvió.
Salió de la iglesia entre el revuelo de la gente, atravesó la plaza y fue directamente hacia su Mercedes.
—¡Adrián! —volvió a gritar Soti desde la puerta—. ¡La ceremonia no ha terminado!
Él abrió el coche.
—Para mí sí.
Se metió dentro y arrancó. O lo intentó.
Porque apenas había avanzado unos metros cuando dos hombres se plantaron delante del Mercedes.
Adrián frenó en seco.
Eran dos de los hermanos de Soti.
Detrás de ellos aparecieron su padre y otros dos hombres de la familia.
Adrián bajó la ventanilla.
—Apartaos.
—No puedes irte.
—Apartaos, ¿estáis sordos o qué cojones os pasa?
—Tienes que volver a la iglesia.
Adrián soltó una carcajada seca, incrédula.
—¿Me estáis tomando el pelo o qué cojones os pasa? ¡Ni harto de vino!
—No.
—Acabo de decir delante de todo el pueblo que no me caso.
—Y nosotros acabamos de decirte que no vas a salir del pueblo.
Adrián miró por el retrovisor. La plaza estaba a rebosar de peña.
Algunos observaban la escena desde las escaleras de la iglesia. Otros grababan con el móvil. Y Soti seguía allí, con el vestido de novia, los pelos como una loca y completamente fuera de sí.
—¿Qué coño estáis haciendo?
El padre de Soti se acercó hasta la ventanilla.
—Lo que tenemos que hacer para proteger a nuestra familia.
Adrián lo miró fijamente.
—Yo voy a buscar a Candela, ¡la amoooo!
—No.
—No te lo estoy preguntando, tío.
Metió la primera.
Los hombres no se movieron.
Adrián volvió a acelerar.
El Mercedes avanzó unos centímetros y volvió a detenerse.
—¡Apartaos! —rugió.
—No vas a salir.
Desde las escaleras, Soti gritó:
—¡ADRIÁN! ¡VUELVE AQUÍ!
Él giró la cabeza hacia ella.
Después miró la carretera que tenía delante.
Y comprendió que, por primera vez en su vida, no era él quien estaba atrapado dentro de una decisión.
Era el pueblo entero el que acababa de cerrarle la puerta.
Y, mientras, Juanito se llevaba a Candela carretera abajo, Adrián seguía encerrado en plaza rodeado por la familia con la que llevaba toda la vida intentando romper.
Durante los siguientes segundos, la plaza se convirtió en un auténtico caos.
Gritos, empujones y la peña arremolinándose en torno al coche del alcalde.
Alguien pidió que llamaran a la Guardia Civil.
Otro respondió que ya la habían llamado.
Soti gritaba que nadie se moviera.
Pilar pedía que dejaran tranquilo a su hijo.
Y, en mitad de todo aquello, el sacerdote salió de la iglesia con el libro de ceremonias bajo el brazo.
Miró aquella marabunta y miles de cámaras de móvil dirigiéndose a él.
Y finalmente negó con la cabeza.
—Se acabó. No caso a nadie en estas circunstancias.
—¡Pero tiene que continuar! —gritó Soti.
—No.
—¡Es mi boda!
—Lo era.
El sacerdote cerró el libro.
—Ahora mismo es una pelea entre dos familias y yo no pienso formar parte de ella.
Y se marchó.
Soti se quedó inmóvil.
Los hermanos de Adrián aprovecharon el momento para sacarlo de la plaza.
Uno se puso al volante de un coche y el otro entró al de Adrián.
—¿Por dónde ha salido Candela?
—Por la carretera de Madrid.
—Entonces vamos.
Adrián se abrochó el cinturón.
Miró por última vez la iglesia.
Soti seguía allí, rodeada de su familia.
Su boda había terminado.
Pero había algo que sí tenía claro.
No iba a dejar que Candela desapareciera pensando que no la había elegido.
—Vamos a por ella.
El coche arrancó. El otro hermano y la madre salieron detrás.
Y los dos vehículos abandonaron por fin el pueblo.
Adrián iba detrás de Candela.
Y esta vez no pensaba dejar que nadie se interpusiera entre ellos.