EPÍLOGO
Habían pasado unos meses desde aquella boda que nunca llegó a celebrarse.
Después del escándalo, llegaron los abogados, los documentos y una buena colección de papeles que nadie en la familia tenía ganas de leer, pero que, por una vez, terminaron jugando a su favor.
Las tierras volvieron a manos de Pilar y de sus cuatro hijos, y con ellas llegó algo que durante años habían dado por perdido: la tranquilidad.
Adrián y sus hermanos habían dejado atrás el pueblo y se habían instalado con Pilar en la sierra de Madrid. La casa se había convertido en un lugar de puertas abiertas, comidas interminables y discusiones familiares que ya no tenían nada que ver con deudas, tierras ni matrimonios de conveniencia.
Y Candela, mientras tanto, había hecho exactamente lo que se suponía que había ido a hacer allí: escribir.
Solo que su novela había terminado convirtiéndose en un éxito mucho mayor del que nadie esperaba. Había escalado en las listas, las lectoras hablaban de ella por todas partes y, para horror de Candela, empezaban a llamarla bestseller con una seriedad que a ella todavía le daba la risa.
Por eso aquella noche habían organizado una fiesta en la casa de la sierra.
Había comida por todas partes, copas sobre la mesa, música, risas y demasiada gente opinando sobre cómo había conseguido una escritora que había llegado al pueblo sin una sola idea terminar publicando el libro que estaba arrasando.
Juanito, naturalmente, se había atribuido parte del mérito.
—Yo siempre dije que necesitabas cambiar de aires —aseguró, con una copa en la mano.
Candela lo miró.
—Tú dijiste que necesitaba entregar el manuscrito porque llevabas tres meses esperándolo.
—También.
Adrián apareció por detrás y la rodeó por la cintura.
—¿Y no vas a contarles que el alcalde de tu novela está basado en mí?
Candela arqueó una ceja.
—¿El alcalde? No sé de qué me hablas.
—El biólogo que está cañón.
—Ese personaje es completamente ficticio.
Adrián sonrió.
—Menos mal.
Candela se volvió hacia él, divertida.
—Aunque reconozco que algunas partes me salieron bastante bien.
—¿Algunas?
—No te emociones, exalcalde.
Él la besó antes de que pudiera seguir provocándolo y, desde el otro lado de la habitación, Juanito protestó:
—¡Que alguien les recuerde que esto es una fiesta literaria y no una luna de miel!
Las risas llenaron la casa.
Candela miró a su alrededor y sonrió. Había ido al pueblo para encontrar una historia que no sabía cómo escribir y había terminado encontrando una que jamás habría sabido inventar.
Y, por una vez, no estaba para setas.
Estaba exactamente donde quería estar.
FIN