No estoy para setas CAPÍTULO 27
87%

CAPÍTULO 27

Dos semanas

Cuando salí del baño no sabía muy bien cómo había conseguido llegar hasta la puerta.

No sentía las piernas. Las tenía rígidas, como si pertenecieran a otra persona y alguien hubiera decidido moverlas por mí.

Atravesé el pasillo de la hemeroteca sin mirar a nadie, con la vista clavada en las baldosas y una mano apretada contra el estómago.

Aún notaba el frío de la hoja contra la piel, aunque Soti ya no estuviera delante.

Juanito me esperaba junto a la salida. Al verme, dejó de sonreír.

—Candela.

No respondí.

—¿Qué ha pasado?

Seguí caminando.

—Candela, mírame.

Lo hice. Y debí de poner una cara espantosa, porque no volvió a preguntarme nada.

Me agarró del brazo y me sacó de allí con tanta rapidez que apenas tuve tiempo de recoger el bolso.

En la calle, el aire de la capital me golpeó en la cara.

Había ruido de coches, gente entrando y saliendo de los comercios, autobuses que pasaban resoplando y una pareja discutiendo a pocos metros por algo relacionado con un aparcamiento.

La ciudad seguía funcionando con una normalidad insultante.

Yo acababa de salir de un baño donde una mujer me había puesto una navaja en el cuello y, al parecer, al mundo no le importaba lo más mínimo.

—Vamos al coche —dijo Juanito.

—No.

—¿Cómo que no?

—No quiero ir a la policía.

Juanito se quedó mirándome.

—No te he dicho que vayamos a la policía.

—Lo estás pensando.

—Pues sí. Claro que lo estoy pensando.

—Pues no.

—Candela, he visto salir a Soti… ¿Te ha amenazado? Me ha enseñado una navaja de Albacete…

—Lo sé.

—Entonces no puedes decirme que no.

—Sí puedo.

Me apoyé contra la pared. Cerré los ojos unos segundos y respiré hondo. El perfume de manzana seguía impregnando mi ropa y, de pronto, me pareció insoportable. Demasiado dulce. Demasiado reconocible.

—Sabía que estaba en la carpa —murmuré.

Juanito frunció el ceño.

—¿Qué?

—Por el olor. Lo ha dicho. Sabía que estábamos allí por mi perfume. Cambió las preguntas que le hizo a la tarotista porque sabía que estábamos escuchando.

—Hija de puta.

—Y sabía que íbamos a investigar.

Juanito se pasó una mano por la cara.

—Entonces tenemos un problema.

—No. El problema lo tengo yo.

—No digas gilipolleces.

—Ha sido muy clara, Juanito.

Levanté la cabeza y lo miré.

—Quiere que vaya a la boda. Quiere que escriba el poema. Que haga mi trabajo y después desaparezca.

—¿Y si no?

No contesté. No hacía falta. Juanito lo entendió perfectamente.

✳✳✳

Las dos semanas siguientes fueron las más largas de mi vida. Adrián vino a casa varias veces.

La primera lo vi desde la ventana. Estaba junto a la puerta, con las manos en los bolsillos y esa manera suya de quedarse quieto cuando no sabía qué hacer. Levantó la cabeza y miró hacia mi ventana. Me aparté de inmediato.

Llamó unas cuantas veces, pero no abrí.

Al cabo de unos minutos escuché sus pasos alejándose por el camino.

Me quedé sentada en el suelo, con la espalda contra la pared, intentando convencerme de que aquello era lo correcto.

No funcionó. Porque echarlo de mi vida no había conseguido que dejara de quererlo.

Había conseguido exactamente lo contrario. Cada día lo echaba más de menos.

No volví a salir al pueblo. Juanito se ocupaba de traerme comida, café y cualquier cosa que necesitara. También dejó de hacer preguntas. Creo que comprendió que había momentos en los que un amigo no necesitaba saberlo todo para quedarse.

Yo escribía. Por las mañanas, por las tardes y muchas noches hasta que los ojos se me cerraban sobre el teclado.

Escribía la novela que había empezado casi como una broma y que, sin darme cuenta, se había convertido en el espejo más descarado de mi propia vida.

La dama de la letrina tenía ahora que decidir si confiaba en el vampiro alcalde.

Yo también. La diferencia era que mi vampiro no era de ficción y su prometida sabía exactamente dónde encontrarme.

Cada vez que terminaba un capítulo, volvía a leerlo.

Tachaba una frase. Cambiaba un diálogo. Recuperaba otro.

La historia empezó a avanzar cuando dejé de intentar escapar de ella.

Y entonces comprendí algo: la novela no necesitaba que yo supiera cómo iba a terminar mi historia con Adrián.

Necesitaba que la protagonista tuviera el valor de contar la verdad.

Aunque doliera. Aunque fuera una verdad que no pudiera cambiar nada. Aunque llegara demasiado tarde.

✳✳✳

La carta apareció debajo de la puerta un martes por la tarde. Reconocí la letra antes incluso de recoger el sobre.

Candela.

Solo mi nombre.

Lo tuve entre los dedos durante varios minutos. No quería abrirlo. Lo sabía antes de romper siquiera el borde. Adrián.

Me senté en el suelo del recibidor, con la espalda contra la puerta y el sobre sobre las rodillas.

Podía abrirlo. Solo tenía que hacerlo. Pero abrir aquella carta significaba escuchar su voz otra vez.

Significaba darle entrada en una casa que llevaba días intentando convertir en refugio.

Significaba recordar sus manos, su forma de hablar cuando se ponía nervioso, aquella maldita costumbre de empezar una frase y acabar contándome la historia de tres generaciones de su familia.

Y yo tenía miedo. Mucho más miedo del que quería reconocer. No de Adrián. De mí. De lo que pudiera hacer si él me pedía que volviera. De lo que pudiera responder si me decía que había encontrado una solución. De lo que pudiera ocurrir si, simplemente, me decía que me quería.

Dejé la carta sobre la mesa. No la abrí.

Aquella noche escribí hasta las tres de la mañana. Al día siguiente tampoco la abrí. Al otro, seguía allí, intacta.

Hasta que llegó el viernes y comprendí que no podía seguir huyendo de todo: de la novela, de la boda, de mi amor por Adrián.

Cogí el sobre. Lo sostuve frente a mí. Respiré. Y lo dejé otra vez sobre la mesa.

—Todavía no —murmuré.

Después encendí el ordenador.

Tenía que terminar el libro. Y tenía que escribir el poema que iba a leer en aquella boda.

Aunque me doliera cada palabra.

Aunque, al terminarlo, tuviera que marcharme para siempre.

Porque faltaba muy poco para aquel evento. El reloj ya había empezado a correr.