No estoy para setas CAPÍTULO 28
89%

CAPÍTULO 28

La boda

Llevaba catorce días esperando aquella mañana y, aun así, cuando abrí los ojos dudé un poco, pero por fin aterricé…

Era el día de la boda.

No había tenido que mirar el calendario ni comprobar la fecha en el móvil.

La llevaba grabada en la cabeza desde que Soti me había acorralado en el baño de la hemeroteca con aquella navaja capadora y me había dejado muy claro qué esperaba de mí: asistir a la boda, leer el poema que me había encargado y desaparecer después del pueblo.

Sin dramas. Sin volver. Sin remover más mierda de la que ya había removido.

Y, por supuesto, sin acercarme a Adrián.

Había cumplido con la primera parte. Había terminado la novela. Había escrito el maldito poema. Incluso tenía la maleta medio preparada y Juanito había dejado claro que, en cuanto saliéramos de la iglesia, me llevaría directamente a Madrid.

Lo único que no había sido capaz de hacer era abrir la carta de Adrián.

La tenía guardada en el bolso.

La había sacado varias veces durante aquellas dos semanas.

Había llegado a sostenerla entre las manos, a darle la vuelta, a acariciar con el pulgar el doblez del papel.

Pero nunca había conseguido leerla. No porque no quisiera saber qué me decía, sino porque me aterraba descubrir que todavía podía convencerme de quedarme.

Y yo tenía que irme.

Por mucho que me doliera.

Me incorporé en la cama y miré hacia la silla, donde había dejado preparado el vestido.

Aquel sí me lo había pensado bien.

No pensaba presentarme en la boda con cara de entierro ni vestida de señora que va a renovar el DNI. Si iba a marcharme del pueblo después de aquella ceremonia, al menos quería hacerlo sintiéndome yo misma.

Cogí el vestido y lo extendí sobre la cama.

Era de un tono burdeos intenso, elegante y cálido, de esos colores que parecían distintos dependiendo de la luz.

El tejido tenía una caída suave y se ajustaba al cuerpo en la parte superior sin resultar excesivamente ceñido.

El escote cruzado dibujaba una uve discreta y favorecedora, dejando el cuello despejado.

Las mangas eran cortas, ligeramente fruncidas en los hombros, y la cintura quedaba marcada antes de dar paso a una falda larga, fluida, que llegaba casi hasta los tobillos.

La espalda llevaba un escote en forma de lágrima, lo suficiente para que el vestido tuviera algo especial sin convertirlo en una provocación.

Me lo puse y me quedé delante del espejo.

—Bueno —murmuré—. Por lo menos parezco una mujer y no una tarta nupcial.

Eso ya era un avance.

Me sentaba bien. Muy bien, de hecho. Demasiado, porque una parte de mí pensó inmediatamente en Adrián y no quería. Aparté la idea de mí.

No.

Aquella mañana no iba a pensar en él.

Me calcé unas sandalias de tacón fino en color dorado, elegantes pero razonables. No pretendía recorrer medio pueblo con los pies destrozados antes de llegar a Madrid. Después me senté delante del espejo y empecé con el pelo.

Decidí llevarlo suelto. Me hice unas ondas suaves, sin dejarlas demasiado perfectas, y dejé algunos mechones alrededor del rostro.

Quería verme arreglada, no disfrazada de invitada de boda.

Un poco de maquillaje, máscara de pestañas, un toque de colorete y los labios en un tono frambuesa que combinaba con el vestido.

Me puse unos pendientes dorados y, cuando ya iba a levantarme, recordé el colgante.

Abrí el cajón de la mesilla y lo saqué.

El pequeño cristal con mi nombre escrito en árabe.

Lo sostuve entre los dedos.

Había estado conmigo durante la feria. Lo había llevado cuando Adrián apareció entre las luces, cuando me recogió y cuando terminamos encerrados en aquella furgoneta vieja intentando convencernos de que todavía podíamos separar el deseo de todo lo demás.

No había vuelto a quitármelo.

Me lo coloqué alrededor del cuello y el cristal quedó justo en el centro del escote.

Entonces sí.

Me miré una última vez.

—Perfecta para largarte —dije.

La ironía tenía una ventaja: servía para no llorar.

Cogí el bolso de mano y comprobé que todo seguía dentro. El móvil, las llaves, el pintalabios, un pañuelo, el papel con el poema y la carta.

La saqué.

El sobre estaba algo arrugado de tanto llevarlo de un lado para otro.

Lo contemplé unos segundos.

Podía leerla. Todavía estaba a tiempo. Pero volví a guardarla.

—No —susurré.

Llamaron a la puerta.

—Candela.

—Ya voy.

Abrí y me encontré a Juanito al otro lado, vestido para la ocasión y con las llaves del coche en la mano.

Me miró y se quedó callado.

—¿Qué?

—Nada.

—Juanito.

—Que estás preciosa.

—Gracias.

—Mucho.

—Ya te he oído.

—Es que luego no quiero que digas que no te lo advertí.

Solté una risotada.

—¿Advertirme de qué?

—De que si Adrián te ve así, igual tenemos que atarte al asiento del coche para conseguir llegar a Madrid.

La sonrisa se me borró un poco.

—No va a pasar nada.

Juanito me miró con esa expresión suya que decía claramente que no se creía ni una palabra.

—Claro.

Cogí el clutch .

—¿Tenemos todo?

—El coche está listo. Tus maletas están dentro y he metido también la caja que tenías en el armario.

—¿La de los libros?

—Esa.

—Gracias.

Juanito señaló el bolso.

—¿Llevas ahí la carta?

—Sí.

—¿La has leído?

Negué con la cabeza.

—No.

No insistió. Sabía que no servía de nada.

Salimos al pasillo y cerré la puerta de la casa.

Me quedé un instante con la mano sobre el pomo.

Había llegado al pueblo para escribir una novela.

Eso era todo.

O eso creía.

Había acabado escribiendo mucho más que una historia. Había conocido a gente que se había convertido en parte de mi vida, había descubierto secretos que llevaban generaciones escondidos y me había enamorado del hombre más inoportuno que podía haber aparecido en mi camino.

Y ahora me iba.

Juanito me abrió la puerta del coche.

Antes de entrar, miré hacia la calle.

El pueblo parecía distinto aquella mañana. Había flores, coches aparcados donde nunca había coches, vecinos vestidos de gala y una expectación que se podía cortar con un cuchillo. La iglesia se veía al fondo, con las puertas abiertas y gente entrando a cuentagotas.

Tragué saliva.

—Vamos —dije.

Juanito arrancó.

Durante el trayecto no hablamos demasiado. Yo llevaba las manos juntas sobre el bolso y sentía el borde de la carta debajo de los dedos.

Aquel sobre parecía pesar más que todo lo demás.

Cuando llegamos a la iglesia, Juanito aparcó un poco más abajo.

—Después de la ceremonia, directamente a Madrid —dijo.

—Sin buscar a Adrián.

Lo miré.

—Eso último no depende solo de mí.

Juanito suspiró.

—Ya.

Salimos del coche.

Me alisé la falda y respiré profundamente antes de echar a andar.

La iglesia estaba llena y, mientras avanzaba junto a Juanito hacia la puerta, comprendí que aquella no iba a ser una boda tranquila.

No después de todo lo que había pasado.

Dentro, la gente ocupaba los bancos y hablaba en murmullos. Algunas cabezas se giraron al verme. No sabía qué habrían oído ni cuánto habría corrido el cotilleo por el pueblo durante aquellas dos semanas, pero allí nadie parecía especialmente sorprendido de encontrarme.

Juanito se inclinó hacia mí.

—¿Estás bien?

—No.

—Al menos eres sincera.

Sonreí.

Entonces levanté la vista.

Y lo vi.

Adrián estaba junto al altar.

Llevaba un traje oscuro, camisa blanca y corbata. Estaba impecable, pero no parecía un hombre feliz a punto de casarse. Ni siquiera parecía un hombre que quisiera estar allí.

Parecía un hombre que llevaba demasiado tiempo esperando algo.

O a alguien.

Nuestros ojos se encontraron.

El ruido de la iglesia desapareció durante un instante.

No hubo palabras, no hicieron falta. Sentí que se me encogía el estómago. Apreté el clutch contra mi cuerpo.

La carta seguía dentro.

Y yo seguía sin haberla leído.

Aparté la mirada y entré en la iglesia, porque todavía pensaba que, cuando aquella ceremonia terminara, me iría a Madrid.

✳✳✳

La ceremonia comenzó y traté de concentrarme en las palabras del sacerdote.

Escuché las respuestas de los novios, las lecturas, las oraciones y el movimiento de los invitados acomodándose en los bancos.

Todo sucedía con una normalidad absurda, como si aquella no fuera la boda de un hombre que estaba a punto de casarse con una mujer a la que no amaba mientras la mujer que amaba estaba sentada a pocos metros de él.

Sentía el bolso sobre las piernas.

Y dentro, la carta.

La había llevado conmigo durante dos semanas, pero fue superior a mis fuerzas. No sabía qué contenía.

Por alguna razón, en aquel momento me parecía que pesaba una tonelada.

Llegó el momento de la lectura. Soti dirigió su mirada hacia mí. No dijo nada, pero claramente era una orden: que leyera y ojito con lo que hacía.

Me levanté despacio.

Noté la mirada de Juanito sobre mí, pero no lo miré. Caminé hasta el lugar que me habían indicado y desplegué el papel.

Antes de empezar, levanté los ojos.

Adrián seguía mirándome. Estaba muy nervioso, aunque no sabía ni cómo estaba aguantando el torrente de palabras que seguro se le estarían viniendo a la boca.

Leí:

—Gracias por escucharme:

Hoy dos caminos se encuentran,

dos historias frente a frente,

y prometen caminar juntos

cuando el mundo sople fuerte.

Que nunca falte la risa

en los días compartidos,

ni una mano que acompañe

cuando lleguen los olvidos.

Que la amistad sea refugio,

que el respeto sea hogar,

y que sepan, uno al otro,

escucharse y perdonar.

Que los años no desgasten

lo que hoy vienen a prometer,

que sepan cuidarse siempre

y elegirse cada vez.

Y a quienes hoy los rodeamos,

amigos, familia y hermanos,

solo nos queda desearles

que sean felices, de la mano.

Porque amar no es solamente

decir «sí» frente a la gente.

Es mirarse cada día

y elegirse nuevamente.

Que la vida les regale

muchos años por vivir,

y que nunca olviden esto:

nadie ama por obligación,

el amor se elige al compartir…

—Es horroroso —zanjó Juanito cuando me senté.

Lo hice adrede, desde luego…

Cuando terminé, bajé el papel.

Nadie se movió.

La iglesia estaba tan silenciosa que podía escuchar mi propia respiración.

Soti me hizo un gesto para que regresara a mi sitio.

Y entonces Adrián habló.

—No.