No estoy para setas CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Amenazas

Cuando salimos de la hemeroteca, llevaba la cabeza a punto de estallar.

No por las horas que habíamos pasado allí dentro, aunque también. Ni siquiera por el olor a papel viejo que se me había quedado pegado a la ropa.

Era por todo lo que acabábamos de descubrir.

Juanito salió detrás de mí con la carpeta bajo el brazo.

—Bueno —dijo—. Creo que ya podemos confirmar una cosa.

—¿Cuál?

—Que en ese pueblo nadie sabe perdonar.

Me reí.

—Eso ya lo sabía.

—No. Tú sabías que eran cotillas. Esto es otra cosa.

Tenía razón.

Habíamos entrado buscando una explicación a la deuda que mantenía a Adrián atado a Soti y habíamos terminado reconstruyendo una historia familiar que llevaba décadas envenenándolo todo.

Los primeros recortes hablaban de unas fincas que habían pertenecido a la familia de Adrián. Después aparecían acuerdos entre familias, préstamos, avales y una deuda que, con el paso de los años, había ido cambiando de forma.

Pero el dinero no era lo único.

Había habido acusaciones, pleitos y una venta que una de las familias consideraba fraudulenta.

Una disputa por las lindes de una finca que había acabado con dos hermanos sin dirigirse la palabra durante años.

Un matrimonio que había servido para cerrar un acuerdo.

Otro que lo había reabierto.

Y, detrás de todo, siempre aparecían las mismas tierras.

—¿Te has dado cuenta? —pregunté.

—¿De qué?

—Que nadie cuenta la misma historia.

Juanito asintió.

—Cada familia tiene su versión.

—Y todos están convencidos de tener razón.

—Eso es lo mejor.

—Lo peor.

—También.

Caminé unos pasos en silencio.

Yo ya sabía que aquellas tierras podían contener algo mucho más valioso de lo que nadie había imaginado. Adrián me lo había contado en la furgoneta. Tierras raras. Monacita. Una posible explotación que podía cambiarlo todo.

Pero después de leer aquellos periódicos entendía que el problema venía de mucho antes.

Aquellas familias llevaban generaciones peleándose por algo cuyo verdadero valor ni siquiera conocían.

Y ahora que empezaban a saberlo, el viejo rencor se había convertido en una bomba.

—No estoy buscando las tierras —dije.

Juanito me miró.

—Ya.

—Estoy buscando a Adrián.

No respondió.

—Necesito entender por qué está dispuesto a casarse con Soti —continué—. Porque yo ya sé que me quiere. Lo sé. No soy idiota. Lo he visto. Lo he sentido. Y después de lo de anoche…

Me callé.

Juanito sonrió.

—No hace falta que me cuentes lo de anoche.

—Menos mal.

—Lo vi marcharse contigo.

—Ya.

—Y luego te vi volver.

Le lancé una mirada.

—Juanito.

—No he dicho nada.

—Pero lo estás pensando.

—Soy editor. Observo.

—Eres un cotilla.

—También.

Resoplé.

—Lo que quiero decir es que no puedo aceptar que simplemente se case con ella y punto. Tiene que haber algo más.

—Lo hay.

—¿Qué?

—Las tierras.

Asentí.

—Sí. Pero ahora sé que no son solo unas tierras. Son una historia familiar entera. Y quiero saber dónde empezó la deuda. Qué se prometieron. Qué se firmó. Qué perdió cada uno. Y por qué nadie ha sido capaz de cerrar esa herida.

Juanito levantó la carpeta.

—Pues esto es lo que tenemos.

—No es suficiente.

—Candela, hemos leído periódicos de hace cincuenta años.

—Pues habrá que leer los de hace sesenta.

—Sabía que dirías eso.

Sonreí.

—¿Tú no tienes hambre?

—Mucha.

—Entonces podemos investigar mientras comemos.

—Eso no es investigar. Eso es torturarme.

Seguimos caminando hacia el coche.

Yo iba pensando en Adrián.

En su manera de hablar cuando se ponía nervioso.

En cómo se le atropellaban las palabras.

En cómo había intentado explicarme algo que probablemente llevaba años sin saber cómo explicar.

Y en la frase que más me había dolido.

«No puedo elegirte sin hundir a mi familia.»

No quería salvar las tierras.

No quería descubrir cuánto podían valer.

Quería que Adrián dejara de sentirse obligado a sacrificar su vida por ellas.

Y para eso necesitaba saber exactamente qué había ocurrido.

—Juanito.

—¿Sí?

—Mañana volvemos.

—¿A la hemeroteca?

—Sí.

—¿Otra vez?

—Pues claro.

—Te estás convirtiendo en una investigadora.

—No.

Lo miré.

—Me estoy convirtiendo en una mujer enamorada que se niega a aceptar que el hombre que quiere tenga que casarse con otra.

Juanito sonrió.

—Mucho más peligroso.

—Eso me temo.

No llegamos al coche.

—Tengo que ir al baño —dije.

Juanito levantó las manos.

—Esta vez no pienso acompañarte.

—Gracias.

—Te espero aquí.

Entré en el edificio.

Y no llegué a dar dos pasos por el pasillo cuando la vi.

Soti estaba saliendo del baño.

Se detuvo al verme.

Yo también.

Durante un instante ninguna de las dos dijo nada.

Después sonrió.

Y aquella sonrisa me gustó todavía menos que su navaja.

—Así que al final has encontrado la verdad.

Se me encogió el estómago.

—¿Qué verdad?

—No te hagas la tonta, Candela.

Miró hacia la carpeta que llevaba Juanito desde fuera, aunque él no podía verla desde allí.

—Has estado buscando.

—He estado leyendo periódicos.

—Es lo mismo cuando una escritora quiere meter las narices donde no debe.

Sentí un escalofrío.

—¿Me estabas vigilando?

—No hacía falta.

Se acercó un poco.

—En un pueblo las noticias vuelan.

Metió la mano en el bolso.

Esta vez no retrocedí hasta que vi lo que sacaba.

La navaja con una hoja corta, brillante y afilada.

—Joder. Tranquila.

—Estoy tranquilísima.

—Pues no lo pareces.

—Es que normalmente cuando alguien saca una navaja en un baño no es para hablar del tiempo.

Soti soltó una pequeña carcajada.

—Sigues teniendo sentido del humor.

—Es lo que tiene estar aterrorizada.

La cerró y volvió a guardarla.

—Sabía que estabas en la carpa.

—¿Cómo?

—Tu perfume de manzana. La nueva versión de Blancanieves, pero yo me di cuenta y no mordí.

Parpadeé.

—¿Qué?

—El perfume de Nina Ricci, bonita. —Me quedé mirándola—. Lo reconocí cuando entré. Por eso cambié las preguntas.

La carpa. Amalia, las cartas… La tirada que había empezado hablando de una cosa y terminando con otra.

Todo había sido deliberado.

—Querías que escuchara.

—Quería saber hasta dónde llegabas.

—Pues ya lo sabes.

—Sí.

Su expresión se endureció.

—Demasiado lejos.

Sentí que el corazón se aceleraba dentro del pecho.

—No voy a hacerte daño —dijo—. Si eso es lo que estás pensando.

—Qué alivio.

—Pero puedo hacer que lamentes haberte quedado en este pueblo.

—¿Es una amenaza?

—Es un consejo.

Se acercó un poco más.

—Ve a mi boda.

—¿Qué?

—Vas a ir. Vas a leer el poema que has preparado. Vas a sonreír. Vas a hacer lo que se espera de ti: desear una vida muy feliz para los novios, un amor maravilloso y muchos hijos.

—¿Y después?

—Después te piras por donde has venido.

—¿Y si no quiero?

Soti me sostuvo la mirada.

—Entonces vas a averiguar hasta dónde soy capaz de llegar.

—¿De verdad?

—Tú tienes una carrera —continuó—. Una editorial. Un representante. Contactos. Gente que te conoce. Gente que puede abrirte puertas.

Sonrió.

—Y gente que puede cerrártelas, para siempre a ti, a tu editor y a toda la cohorte que te rodea.

El frío me recorrió la espalda.

—No puedes hacer eso.

—¿Estás segura?

No dije nada.

—Vete después de la boda, Candela. No vuelvas. No remuevas más cosas. No preguntes más por las tierras. No preguntes por nuestras familias.

Se inclinó hacia mí.

—Y, sobre todo, no intentes separarnos. No quiero que te folles más a Adrián. Ya te lo he prestado bastante.

Me quedé mirándola.

—¿Porque lo quieres?

Por primera vez perdió la sonrisa.

—Porque sé lo que me corresponde.

Se apartó.

—Haz el poema, bonita.

Abrió la puerta.

—Léelo en la boda.

Y antes de salir, añadió:

—Y después desaparece como un fantasma.

La puerta se cerró y me quedé sola con el corazón desbocado, con el olor a papel viejo pegado aún en la ropa y con una certeza mucho más inquietante que todas aquellas noticias que habíamos leído ese día.

Soti no tenía miedo de que descubriéramos la mierda de las tierras.

Tenía miedo de que descubriéramos por qué llevaba generaciones luchando por ellas.