CAPÍTULO 25
Donde empezaron los secretos
A la mañana siguiente salimos hacia la capital con dos cafés en el cuerpo, una carpeta vacía y una misión que empezaba a parecerme bastante más importante de lo que me habría gustado.
Juanito conducía con una mano en el volante y la otra sujetando el café.
—Repasemos —dijo.
—No.
—¿No?
—Si lo repasamos, me voy a poner nerviosa.
—Ya estás nerviosa.
—Precisamente.
Sonrió.
—Vale. No repasamos.
Pero, por supuesto, cinco minutos después empezó a repasar.
—Buscamos noticias antiguas sobre las familias. No sobre las tierras raras.
—Exacto.
—Pleitos.
—Sí.
—Herencias.
—Sí.
—Compraventas.
—Sí.
—Denuncias.
—Sí.
—Muertes sospechosas.
Lo miré.
—Tampoco hace falta que esto parezca una novela negra.
—Tú eres la que escribe novelas.
—Y precisamente por eso sé que cuando una historia empieza a tener demasiados cadáveres, normalmente acaba siendo un problema.
—Apuntado.
La hemeroteca estaba en un edificio antiguo del centro, de esos que por fuera parecen solemnes y por dentro huelen a papel, polvo y calefacción vieja. Una mujer con gafas nos explicó cómo consultar los fondos y nos señaló varias mesas con ordenadores.
—¿Qué fechas necesitan?
Juanito me miró.
—Todas.
La mujer levantó una ceja.
—Eso puede llevarles tiempo.
—Tenemos paciencia —contestó él.
Yo no dije nada.
No teníamos paciencia.
Teníamos una deuda familiar, un compromiso matrimonial, unas tierras de las que todo el mundo hablaba sin explicar nada y un alcalde que se ponía nervioso y hablaba hasta por los codos cuando algo le importaba demasiado.
Paciencia era precisamente lo que menos teníamos.
Empezamos por los apellidos.
Al principio no encontramos gran cosa.
Una esquela.
Una noticia sobre las fiestas patronales.
Una entrevista al antiguo alcalde.
Una disputa por el trazado de un camino.
Después apareció una noticia de hacía treinta y tantos años.
Juanito dejó de teclear.
—Candela.
Me acerqué.
El titular hablaba de un conflicto por la propiedad de varias fincas rústicas entre dos familias del municipio.
Leí el artículo entero.
No mencionaba a Soti directamente, pero aparecía el apellido de su padre.
—Es esto.
—¿Seguro?
—Mira.
Le señalé una frase.
La noticia explicaba que las fincas habían pertenecido durante décadas a la familia de la madre de Adrián y que, tras una deuda contraída por su padre, habían pasado temporalmente a manos de la otra familia como garantía.
Temporalmente.
Me quedé mirando la palabra.
—¿Ves esto?
—Sí.
—«Como garantía».
Juanito asintió.
—Eso significa que no se las vendieron.
—Exacto.
Seguimos leyendo.
Había habido un acuerdo privado.
Después, un segundo documento.
Luego una reclamación.
Y finalmente, silencio.
—Aquí falta algo —dije.
—¿Qué?
—La parte que explica por qué nunca recuperaron las tierras.
Juanito empezó a buscar por fechas.
Pasamos a otro periódico.
Luego a otro.
Hasta que encontramos una noticia de pocos meses después.
Esta vez el titular era mucho más pequeño.
«Acuerdo entre las familias tras años de litigio por unas fincas rústicas».
Abrí el artículo y sentí un escalofrío.
—Juanito.
—¿Qué?
—Lee esto.
Lo hizo.
El acuerdo establecía que la familia de Soti conservaría la explotación de las fincas mientras la familia de Adrián mantuviera determinadas condiciones relacionadas con la propiedad.
—¿Qué condiciones? —preguntó.
Seguí leyendo.
—Aquí no lo pone.
—¿Y entonces?
—Espera.
Busqué el apellido del notario que aparecía mencionado al final.
Y encontramos otra noticia.
Mucho más antigua.
De casi cincuenta años atrás.
La fotografía estaba borrosa, pero se distinguían tres hombres y dos mujeres delante de lo que parecía una casa solariega.
El pie de foto decía:
«Representantes de las familias implicadas en el acuerdo de cesión de las fincas».
Me quedé inmóvil.
—Son ellos.
—¿Quiénes?
—Los padres.
Juanito acercó la silla.
—¿Y qué coño firmaron?
Leímos el artículo.
Y entonces apareció la frase que llevaba toda la mañana buscando.
Las tierras no se habían entregado para saldar definitivamente la deuda. Se había concedido a la otra familia el derecho de uso y explotación hasta que se cumpliera una determinada condición familiar.
Juanito me miró.
—¿Qué condición?
Bajé lentamente la vista hacia la última línea.
—El matrimonio.
Se hizo un silencio.
—¿El matrimonio de quién?
Le señalé el texto.
La condición estaba vinculada a la unión de las dos familias mediante el matrimonio de sus descendientes.
Me quedé mirando la pantalla.
—Adrián.
Juanito asintió.
—Y Soti.
—Sí.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
No era una deuda económica. No exactamente. Era un acuerdo familiar.
Una forma de mantener las tierras dentro del mismo círculo sin que ninguna de las dos familias tuviera que reconocer que había perdido.
—Joder —murmuré.
Juanito se echó hacia atrás.
—Entonces Adrián tenía razón.
—Sí.
—Si rompe con Soti…
—La otra familia podría reclamar la devolución de las tierras o hacer valer el acuerdo.
—Y su madre podría perderlas.
Asentí.
Pero había algo que no me cuadraba.
Volví al artículo.
—Espera.
—¿Qué?
—Aquí dice que el acuerdo estaba condicionado a que el matrimonio se produjera antes de determinada fecha.
—¿Y?
Miré el calendario.
—La fecha es el 11 de noviembre.
Juanito abrió mucho los ojos.
—La boda.
Asentí.
El 11 de noviembre.
La fecha que llevaba semanas persiguiéndome.
La fecha que yo había considerado una condena.
Y que ahora aparecía impresa en un periódico de hacía décadas.
—Esto no es una boda —dije.
Juanito me miró.
—¿Entonces qué es?
Tragué saliva.
—Es la firma final de un acuerdo que lleva generaciones esperando.
Y justo cuando iba a seguir leyendo, encontré otra noticia.
Una mucho más reciente.
Y esa sí hizo que se me helara la sangre.
Porque hablaba de las mismas fincas.
Y mencionaba algo que Adrián no me había contado.
Algo que podía cambiarlo todo.