No estoy para setas CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Lo que esconde la tierra

La carpa de Amalia había quedado atrás, pero yo seguía teniendo la sensación de que acababa de salir de una habitación donde alguien había abierto una puerta que no debía.

Juanito caminaba a mi lado sin decir una palabra.

Eso, en él, era mala señal.

—Di algo —le pedí.

—Estoy pensando.

—Eso me preocupa más.

—A mí también.

Lo miré de reojo.

—¿Tú te has enterado de lo mismo que yo?

—Creo que sí.

—Entonces tenemos un problema.

—No. Tenemos una historia.

—Juanito.

—Candela.

—¡No me pongas esa cara, joder!

—¿Qué cara?

—La de editor al que acaba de tocarle el gordo.

Juanito sonrió.

—No sé si nos ha tocado el gordo. Pero desde luego aquí hay algo.

Seguimos andando entre las casetas de la feria. La música, las voces y el olor a comida quedaban cada vez más lejos, pero yo apenas prestaba atención Tenía la cabeza puesta en aquella conversación que acabábamos de oír.

La deuda, las tierras y el miedo de Soti.

Y, sobre todo, aquella frase que había conseguido quedarse enganchada en mi cabeza:

Si cambia el trato, lo perdemos todo.

—Tenemos que averiguar qué coño hay debajo de esas tierras —dije.

Juanito me miró.

—Exactamente eso estaba pensando.

—¿Por dónde empezamos?

—Por donde todo el mundo cuando quiere saber algo que alguien lleva años intentando que nadie sepa.

—¿Internet?

—No.

—¿Biblioteca?

—Tampoco.

—¿Una señora cotilla?

—Eso siempre ayuda, pero no.

—Juanito, habla que estoy muy nerviosa y no doy con la fuente primaria.

—Hemeroteca.

Lo miré.

—¿Hemeroteca?

—Sí. Noticias antiguas. Periódicos locales. Boletines. Informes. Cualquier cosa que haya quedado publicada.

—¿Y tú sabes buscar eso?

—Soy editor. Llevo veinte años buscando cosas que la gente intenta esconder debajo de una montaña de papeles.

—Eso ha sonado peligrosamente profesional.

—Lo soy a ratos.

Nos miramos.

—Vamos a investigar —dije.

—Por supuesto.

✳✳✳

Me quedé con un regusto amargo en la boca. Aquella tirada no era una simple lectura de cartas. Era una radiografía de los tejemanejes de la familia de Soti. Y yo, sin saber muy bien por qué, había terminado en medio de todo aquello.

No me dio tiempo a asimilarlo. Porque entonces sonó un claxon, ronco, de esos que parecían salidos de una película de los años treinta. Me giré sobresaltada. Y lo vi.

Adrián.

En una furgoneta vieja, de las de antes, con la pintura desgastada y el motor rugiendo como un animal herido. Tenía las ventanillas bajadas, el pelo revuelto y una urgencia en la mirada que me dejó sin aire. Se asomó por la ventanilla y me gritó:

—¡Candela! ¡Sube!

Me quedé paralizada. Miré a Juanito. Él se encogió de hombros y me dio una palmada en la espalda.

—Yo me piro. Esto es cosa tuya.

—¿Y si no quiero subir?

—Pues no subas. Pero te va a perseguir por toda la feria.

Me giré hacia Adrián. Seguía allí, con el motor en marcha y los ojos clavados en mí. No dijo nada más. Solo esperó. Y yo, con el vestido azul pegado a las piernas y el corazón a punto de salirse, caminé hacia la furgoneta. Abrí la puerta. Me subí. Cerré de un portazo.

Adrián arrancó antes de que me pusiera el cinturón. La furgoneta dio un bote y salió de la plaza, dejando atrás la feria, las luces y a Juanito, que se quedó en la acera con una sonrisa de idiota.

—¿Se puede saber qué haces? —solté, agarrándome al salpicadero.

—Llevo días sin verte. Días. Y no aguantaba más. Necesitaba verte. Verte con ese vestido. Verte así.

—¿Así cómo?

—Guapa. Estás guapa. Muy guapa. No sabes cuánto.

Llevo toda la tarde buscándote. Por la feria, por las casetas, por el pueblo.

Y no te encontraba. Y me estaba poniendo nervioso.

Muy nervioso. No podía estar quieto. Me tomé dos vinos.

No me han sentado bien. Me han puesto peor.

Y luego te he visto desde la fuente. Con ese vestido.

Y me he dicho: o vas ahora o no vas nunca.

Y he ido. Y aquí estoy. Y no me arrepiento.

Hablaba deprisa. Muy deprisa. Sin respirar. Con las manos aferradas al volante y la mirada saltando de la carretera a mí. El coche cogió el camino de tierra y empezó a dar botes. Yo me agarré al asiento, con el estómago revuelto y una mezcla de miedo y deseo que me subía por la espalda.

—Adrián, para el coche —dije, con la voz más firme que pude.

—¿Por qué? ¿Te asusto?

—No. Me excitas. Y no quiero estrellarme, y gracias por el vestido. Es hermoso…

Adrián soltó una risa nerviosa. Y en lugar de parar, pisó el freno en una curva. La furgoneta se detuvo con un chirrido, y yo salí despedida hacia delante. Él me sujetó con una mano. Luego me miró. Y sin decir nada, me besó.

Fue un beso hambriento, desesperado, con sabor a vino medieval y a deseo acumulado.

Me agarró de la nuca, yo me colgué de su cuello, las manos empezaron a volar.

Las suyas por mi espalda, por mis muslos, por debajo del vestido.

Las mías por su pecho, por su cintura, por el cinturón.

La furgoneta era vieja, incómoda, con el volante tan grande que se me metía en las costillas y el cambio de marchas clavándose en mi cadera.

Pero nos daba igual. Nos daba absolutamente igual.

—Estás preciosa —murmuró contra mi boca, mientras me mordía el labio—. Preciosa. Y yo soy un idiota. Un puto idiota.

—Sí. Lo eres.

—Y no puedo dejar de pensar en ti.

—Ya.

—Y no sé qué hacer.

—Lo sé.

—Y me vuelves loco.

—Y tú a mí.

Me besó otra vez. Y las cosas se calentaron.

Demasiado. Las ventanillas se empañaron, el aire se llenó de jadeos y de ropa arrugada.

Yo estaba a punto de perder el control por completo.

Y entonces, en un arrebato de lucidez, le empujé un poco y le solté lo que me llevaba semanas quemando por dentro.

—Adrián.

—¿Qué?

—¿Qué cojones tienes con Soti? ¿Tierras? ¿Qué tierras?

Se quedó helado. Las manos se detuvieron en mi cintura. La respiración se le cortó. Y me miró con una mezcla de sorpresa, de culpa y de algo que no supe identificar.

—¿Quién te ha hablado de tierras?

—Nadie. Lo he deducido. Y si me equivoco, dímelo.

Pero no me mientas. Porque no aguanto más.

No aguanto la deuda, ni la boda, ni la prometida, ni las medias verdades.

Necesito saber qué te ata a ella. Y si es por tierras, por una promesa o lo que sea, dímelo, pero dímelo ya. Porque me estoy volviendo loca.

Adrián se echó hacia atrás. Apoyó la cabeza en el asiento y cerró los ojos. El silencio se hizo eterno. La furgoneta olía a vino, a deseo y a miedo. Y yo, con el vestido arrugado y el corazón en la garganta, esperé.

—No es solo por tierras —dijo al fin, con la voz ronca—. Es por lo que hay debajo.

—¿Debajo?

—Sí. Debajo de las tierras de mi madre. Mi padre, antes de morir, dejó unas fincas para el uso y explotación de mi madre.

Eran suyas. Siempre lo fueron. Pero la familia de Soti, con la excusa de una deuda que mi padre contrajo con ellos, se las quedó.

O eso creíamos. Ahora han descubierto que esas tierras tienen algo más. Mucho más.

—¿Qué tienen?

—Tierras raras. Monacita. Y están dentro de una reserva ecológica de interés mundial.

Me quedé sin aire. Tierras raras. Monacita. Reserva ecológica. Aquello no era una deuda de pueblo. Era una mina de oro geopolítico. Y la familia de Soti lo sabía.

—Joder —murmuré—. Joder.

—Ya.

—Y por eso te casas con ella.

—No. Por eso no puedo dejarla. Porque si rompo el compromiso, su padre se queda con las tierras. Y mi madre se queda sin nada. Y mis hermanos también. Y no puedo hacerles eso.

—¿Y tu madre lo sabe?

—Lo intuye. Pero no lo sabe todo.

—¿Y Soti?

—Soti no lo sabe todo, pero en cuanto haya votación en el pleno y esto se lleve a la comunidad autónoma y de ahí al gobierno central…

—¿Y tú?

—Yo estoy atrapado. Y por eso te pido que me entiendas. Porque te quiero. Pero no puedo elegirte sin hundir a mi familia.

Me miró. Y en sus ojos vi una desesperación tan honda que me dolió.

Quise abrazarlo. Quise besarlo. Quise decirle que lo arreglaríamos.

Pero no pude. Porque no sabía cómo. Porque aquello no era una deuda de dos.

Era una guerra de intereses, con minerales estratégicos y reservas naturales de por medio.

—Adrián —dije, con la voz temblorosa—. Si te casas con Soti, me pierdes. Y si no te casas, pierdes a tu familia. ¿Qué vamos a hacer?

—No lo sé.

—Pues vaya mierda.

—Ya.

Y nos quedamos allí, en la furgoneta vieja, con el motor apagado y el silencio comiéndonos por dentro. La feria brillaba a lo lejos. Y yo, con mi vestido azul y mi nombre en árabe colgando del cuello, me sentí más perdida que nunca.

—Bésame —dije al fin, sin pensarlo.

—¿Ahora?

—Sí. Bésame. Y no me hables de deudas. Ni de bodas. Ni de tierras raras. Ni de monacita. Ni de reservas ecológicas. Solo bésame.

Y por un instante, solo un instante, el mundo se detuvo.

Solo él y yo.

Y la noche.

—Joder —susurré contra sus labios—. Joder.

Y me dejé llevar.

Porque a veces, lo único que puedes hacer cuando no sabes qué hacer, es besar.

Y follar. Mucho. Sin pensar. Solo sintiendo. Hasta que el amor gane…

✳✳✳

Cuando llegué a casa, Juanito seguía en el sofá.

Abrió un ojo al oírme entrar y me miró durante unos segundos. Después sonrió.

—Vaya, vaya.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Pero lo estás pensando.

—No hace falta pensar demasiado.

Me miré el vestido arrugado y luego a él.

—Ha sido una noche complicada.

—Eso ya lo veo.

—Y no quiero hablar de ello.

—Perfecto. No hablaremos de ello.

Hizo una pausa.

—¿Te ha contado algo de las tierras?

Me quedé quieta.

—Sí.

Juanito se incorporó en el sofá.

—¿Y?

—Y creo que estamos metidos en algo bastante más gordo de lo que pensábamos.

—Entonces mañana nos vamos a la capital.

—A la hemeroteca.

—Por supuesto.

—Quiero saber qué pasó entre esas familias.

—Pues habrá que tirar del hilo.

—Y cuanto más atrás, mejor.

Juanito sonrió.

—En los pueblos las rencillas tienen memoria.

—Y a veces mejor archivo que las personas.

—Pues mañana buscamos el archivo.

Me quité los zapatos y suspiré.

—Juanito…

—¿Qué?

—Creo que Adrián no me ha contado todo.

Su sonrisa desapareció.

—Entonces más nos vale averiguar qué coño pasó antes de que alguien decida contárnoslo a su manera.