No estoy para setas CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Las cartas no mienten

Seguimos andando entre las casetas hasta llegar a la parte más apartada de la plaza, donde el bullicio de la feria se convertía en un murmullo lejano.

La carpa de la tarotista estaba al fondo, entre un puesto de minerales y otro donde vendían velas con nombres de santos que no había visto en mi vida.

Una cortina de terciopelo morado cubría la entrada.

—Muy discreto todo —murmuré.

—A mí me inspira confianza —dijo Juanito—. Sobre todo el color.

—¿Por qué?

—Porque si sales de aquí sin que te hayan echado una maldición, será un milagro.

Aparté la cortina.

—¿Amalia?

Una mujer de unos cincuenta años levantó la cabeza desde una mesa redonda cubierta con un paño oscuro.

Tenía el pelo entrecano recogido en una trenza, unas gafas colgadas de una cadena y un montón de pulseras que tintinearon cuando apartó una baraja.

—¿Quién pregunta?

—Soy Candela. Me manda Pilar.

La mujer me miró durante unos segundos.

Después miró a Juanito.

—¿Y él?

—Mi editor.

—¿También le manda Pilar?

—No —contestó Juanito—. Yo me mando solo.

Amalia sonrió.

—Entonces pasad.

Entramos.

La carpa olía a incienso, cera y algo dulce que no conseguí identificar. Había una pequeña lámpara sobre la mesa, varias piedras colocadas alrededor de una vela y una estantería llena de barajas, libros y objetos que parecían haber sido recogidos en mercadillos de medio mundo.

—Sentaos —dijo Amalia.

Juanito se sentó.

Yo hice lo mismo.

—Pilar me ha dicho que iba a presenciar una lectura interesante.

Amalia me sostuvo la mirada.

—Lo vas a hacer porque soy amiga y admiradora de Pili.

—¿De quién? —pregunté.

—De Soti.

Se me secó la boca.

—¿Soti viene aquí?

—Todos los años.

Juanito me miró de reojo.

—¿Y cómo haremos?

—Esperar.

—¿Esperar dónde?

Amalia señaló una especie de biombo que separaba la parte trasera de la carpa.

—Ahí.

—¿Escondidos?

—Si queréis escuchar la lectura, sí.

Juanito se levantó.

—Me encanta. Una feria medieval, una tarotista y ahora espionaje puebleril …

—Tú calla —susurré.

Nos metimos detrás del biombo justo cuando alguien apartaba la cortina de la entrada.

—Amalia. —Soti entró dejando un perfume dulzón en el ambiente.

Nos miramos.

Juanito se llevó un dedo a los labios.

Soti entró, cerró la cortina y se sentó frente a Amalia.

—Necesito que me leas las cartas.

—Para eso has venido.

—Quiero saber si las cosas van a cambiar.

Amalia barajó despacio.

—¿Qué cosas?

Soti bajó la voz.

—El trato, hija ya lo sabes.

Juanito me miró.

Yo me acerqué un poco más al borde del biombo.

—¿Qué trato? —preguntó Amalia.

—¡El que tengo con él! —vociferó. Luego se tapó la boca con la mano.

No dijo su nombre. No hacía falta. Amalia siguió barajando.

—¿Quieres saber si cumplirá lo prometido?

—Quiero saber si va a cumplir su parte.

Aquella frase me produjo un escalofrío.

Amalia extendió las cartas.

—Haremos una Cruz Celta.

Fue colocando las cartas una a una, con calma.

—La primera es El Emperador.

Soti se inclinó hacia delante.

—Adrián.

—Puede representar a un hombre con autoridad, poder y responsabilidad. Alguien que toma decisiones y que está ligado a una estructura que no puede abandonar fácilmente.

Colocó la siguiente.

—La Emperatriz.

Soti frunció el ceño.

—¿Soy yo?

—Puede ser, pero también representa tierra, patrimonio, abundancia y algo que pertenece a una familia. Algo que puede crecer y adquirir valor.

Noté que Juanito dejaba de sonreír.

Amalia puso otra carta.

—La Justicia.

Soti respiró hondo.

—Papeles.

—Sí. Contratos. Derechos. Acuerdos. Cosas que están escritas y cosas que deberían estarlo. Descubrió otra carta.

—El Ermitaño.

Amalia se quedó pensativa.

—Aquí hay un secreto.

—¿Qué secreto?

—Algo que una persona sabe y otra no. Información que lleva tiempo guardada.

Soti apretó los dedos alrededor del bolso.

—¿Adrián sabe algo que yo no sé?

—Eso dicen las cartas.

—¿Sobre qué?

Amalia negó con la cabeza.

—No puedo decirte eso.

—Pues vaya mierda de cartas y de tarotista.

—Las cartas no son una escritura notarial, Soti.

Juanito tuvo que taparse la boca para no reírse.

Yo le clavé el codo en las costillas.

Amalia continuó.

—El Diablo.

Soti palideció.

—Eso no me gusta.

—No tiene por qué ser malo. Habla de ataduras. Dependencias. Intereses. Algo que une a dos personas aunque ninguna de las dos quiera reconocerlo.

—Una deuda —dijo Soti.

Amalia levantó los ojos.

—Sí. También puede representar una deuda.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

Soti guardó silencio.

Amalia sacó otra carta.

—El Diez de Oros. Esta carta nos habla de familia, patrimonio, herencia y propiedades. Algo que pasa de padres a hijos.

La tarotista ladeó la cabeza.

Juanito volvió a mirarme.

Esta vez no necesitó decir nada.

La historia empezaba a encajar, aunque todavía no sabía cómo.

Amalia colocó otra carta.

—La Muerte.

Soti tragó saliva.

—¿Eso significa que se acaba?

—Significa que algo tiene que cambiar. Una situación llega a su final. Puede ser una relación, un acuerdo, una etapa… Lo que no puede es seguir igual.

—¿Y la boda?

Amalia levantó la mirada.

—La boda no es lo que me preocupa.

—¿Entonces qué?

La tarotista señaló las cartas.

—El Emperador está atrapado entre la Emperatriz, la Justicia y el Diablo.

Soti se quedó inmóvil.

—¿Y eso qué significa?

—Que ese hombre no está unido a ti solamente por lo que siente.

El silencio se hizo más espeso.

—¿Por qué está unido a mí?

Amalia volvió una carta.

La Torre.

La miró durante varios segundos.

—Porque hay algo construido sobre una base que puede romperse.

—¿Qué base?

—No lo sé.

—¿La tierra? ¿Qué hay en esas tierras? —preguntó Soti.

—Eso no me lo dicen las cartas.

—¿Y él lo sabe?

—Las cartas indican que sabe más de lo que cuenta.

Soti se levantó de golpe.

—Entonces no puedo confiar en él.

—Eso tampoco lo dicen las cartas.

—Pero si me oculta algo…

—Todo el mundo suele ocultar algo. Si me dices que conoces a una sola persona en este pueblo que es un libro abierto, te regalo la tirada.

Amalia empezó a recoger las cartas.

—La cuestión es qué.

Soti permaneció unos segundos de pie.

—¿Va a cumplir su promesa?

Amalia levantó una última carta.

El Colgado.

—No todavía.

Soti palideció.

—¿Qué significa?

—Que está atrapado. Que no puede actuar como quiere. Que tendrá que sacrificar algo para conseguir lo que pretende.

—¿Y si no lo hace?

Amalia la miró.

—Entonces perderás mucho más de lo que crees.

Soti cogió el bolso.

—Gracias.

Se dirigió hacia la salida. Antes de apartar la cortina, se detuvo.

—Amalia.

—¿Sí?

—¿La boda sigue en pie?

Amalia tardó unos segundos en responder.

—Ya te he dicho que las cartas no hablan de boda, pero quizás de dote…

Soti salió.

Esperamos hasta que sus pasos se perdieron entre el ruido de la feria.

Juanito salió primero de detrás del biombo.

—Bueno.

Yo salí después.

—No digas nada.

—No iba a decir nada.

—Tienes cara de estar pensando.

—Estoy pensando.

—Pues deja de hacerlo.

Amalia empezó a recoger las cartas.

—Pilar tenía razón.

La miré.

—¿En qué?

—En que necesitabas escuchar esto.

—Pero yo sigo sin saber qué coño le debe Adrián a Soti.

Amalia me observó con una tranquilidad desesperante.

—No.

—¿No?

—No sabes cuánto.

Me quedé callada.

—¿Y tú sí?

—Yo no sé nada de ellos.

—Entonces…

—Pero tú acabas de escuchar algo importante.

Juanito se apoyó en la mesa.

—Tierra. Propiedades. Papeles. Una deuda. Un hombre que sabe algo que ella desconoce.

Amalia asintió.

—Y una promesa.

—¿Qué promesa? —pregunté.

—Eso tendréis que averiguarlo vosotros.

Juanito me miró.

—Candela.

—¿Qué?

—Tenemos que hablar con el alcalde.

—Sí.

—¿Y qué le vas a preguntar?

Pensé en Adrián. En su mirada. En aquella forma suya de callarse justo cuando yo necesitaba una respuesta.

—La verdad.

Juanito soltó una carcajada.

—Perfecto. Seguro que funciona.

—¿Tienes alguna idea mejor?

—Sí.

—¿Cuál?

—Que primero averigüemos qué demonios hay en esas tierras.

Miré las cartas que Amalia había dejado sobre la mesa.

Y, de repente, la feria dejó de parecerme un cuento.

Parecía otra cosa.

Una historia vieja.

De esas que empiezan con una boda, continúan con una promesa y terminan cuando alguien descubre lo que había enterrado debajo.