CAPÍTULO 22
La feria me envuelve como un cuento
Juanito me dejó en la entrada del pueblo, porque las calles estaban cortadas al tráfico y la feria se desparramaba por la plaza y las callejuelas como una marea de colores.
Me bajé del coche con el vestido azul pegado a las piernas y una sensación de cosquilleo en el estómago que no me dejaba pensar con claridad.
Hacía una tarde preciosa, de esas que huelen a castañas asadas y a fiesta.
Y yo, con mi perfume de manzana y la cabeza llena de dudas, me quedé un instante parada en la acera, mirando el bullicio.
—¿Vas a quedarte ahí plantada o entramos? —preguntó Juanito, con una sonrisa.
—Dame un segundo. Estoy asimilando.
—Pues asimila andando. Que la feria no espera.
Y entramos.
La plaza estaba llena de casetas de madera, con toldos de lona y banderines de colores colgados de un lado a otro.
Había puestos de comida, de artesanía, de ropa, de juguetes, de especias, de vino, de queso, de miel, de pan recién horneado.
Todo mezclado, todo vivo, todo con ese caos ordenado de las ferias de verdad.
La gente paseaba entre los puestos con bolsas y sonrisas, los niños corrían con globos y algodón de azúcar, y un grupo de músicos tocaba una melodía antigua junto a la fuente.
Juanito me seguía a un paso, sin decir nada, dejando que yo me empapara de aquello.
Me detuve delante de un puesto de especias que me dejó sin aliento. Sacos abiertos de comino, pimentón, cúrcuma, canela, cardamomo, clavo, pimienta negra, azafrán. El vendedor, un hombre moreno con un turbante azul, me sonrió y me tendió una cucharilla con un polvo rojo intenso.
—¿Quiere probar, señorita? Son especias del Gran Bazar de Estambul. Las mejores del mundo.
—¿Del Gran Bazar? —repetí, acercando la nariz.
—Sí. Yo he estado allí. He traído de todo. Mire, esta mezcla es para el cordero. Esta otra para el arroz. Y esta, para el amor.
—¿Para el amor?
—Sí. Una pizca en el café y ya me contará.
Me reí. Compré una bolsita de la mezcla para el amor, sin saber muy bien por qué. Quizá porque me hacía gracia. Quizá porque, en el fondo, quería creer. Juanito me miró con una ceja levantada.
—¿Tú no decías que no creías en esas cosas?
—Y no creo. Pero huele bien.
Seguimos caminando. Había un puesto de sedas que me robó el aliento: pañuelos de colores imposibles, fulares con estampados de flores, chales bordados a mano. La dependienta, una mujer mayor con el pelo plateado, me enseñó una pieza azul con hilos dorados.
—Esto es seda pura, hija. De Estambul. Mira cómo cae.
La toqué. Era suave como el agua. Me la llevé a la mejilla y cerré los ojos un instante. Olía a flores y a épocas lejanas como las del Romanticismo. A viajes que nunca había hecho. A vidas que no había vivido.
—Es preciosa —murmuré.
—Pues llévatela. Te va a quedar ideal con ese vestido.
—No. Pero estuve a punto.
Unos metros más allá, un artesano escribía nombres en árabe sobre piezas de cristal, con una caligrafía preciosa y una paciencia infinita. Me acerqué sin querer, fascinada por el movimiento de su mano. El hombre levantó la vista y me sonrió.
—¿Le escribo su nombre?
—No sé. ¿Cuánto cuesta?
—Lo que quiera dar.
Le di una moneda. Y él, con una tinta dorada, escribió mi nombre en árabe sobre un pequeño colgante de cristal. Me lo entregó con una reverencia. Yo lo cogí como si fuera un tesoro. Porque lo era. Un tesoro pequeño, frágil, mío.
Había también puestos de platería, con anillos, pulseras, collares y pendientes que brillaban bajo la luz de las farolas.
Puestos de piedras y minerales, con cuarzos, amatistas, obsidianas y turmalinas alineadas sobre paños de terciopelo.
Puestos de vino, con garrafas de barro y carteles que anunciaban «vino de la Edad Media, hecho como se hacía antes».
Puestos de comida, con pulpo a la gallega, churros, buñuelos, patatas asadas, quesos curados y pan recién horneado.
Y entonces, pasando por el puesto del vestido, la vi.
Pilar.
La madre de Adrián.
Estaba de pie junto a un tenderete lleno de vestidos de época, tocando una tela granate con los dedos. Me vio acercarme y sonrió. Luego se giró hacia mí, me dio dos besos y me agarró de los hombros.
—Guapa —dijo—. Déjame verte bien.
Me hizo girar sobre mí misma, como si fuera una muñeca. Yo obedecí, con una risa nerviosa. Pilar me miró de arriba abajo, asintió y se llevó la mano a la boca.
—Qué ojo tiene mi hijo con las tallas —soltó, con una sonrisa pícara.
—¿Cómo? —pregunté, sin entender. Luego comprendí que había sido Adrián el que me había regalado el vestido… ¡Dios, qué detalle tan hermoso! Las piernas me temblaban de emoción.
Pilar me guiñó un ojo. Luego se inclinó hacia mí y me susurró:
—Vete a la carpa de la tarotista. Pregunta por Amalia. Dile que vas de mi parte. Te dejará pasar. Y vas a ser testigo de una lectura de cartas muy interesante.
—¿Una lectura de cartas? ¿Y yo qué pinto ahí?
—Tú, hija, ya lo sabes. Y si no lo sabes, lo vas a saber.
—Pilar, no entiendo nada. ¿Y Adrián? ¿Dónde está? ¿Por qué no me hablas de él?
—Porque no toca. Toca que vayas a la carpa. Y que mires. Y que escuches. Y que decidas.
—¿Que decida qué?
—Lo que quieras. Lo que debas. Lo que te pida el cuerpo.
—Pilar, me estás asustando.
—No, hija. Te estoy avisando.
Me dio un beso en la mejilla y se alejó por la feria, con su bolso al hombro y una tranquilidad que me desquició. Yo me quedé plantada en medio del bullicio, con el colgante con mi nombre en árabe en la mano y el corazón a todo trapo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Juanito, apareciendo a mi lado con dos copas de vino.
—Pilar me ha dicho que vaya a la carpa de la tarotista. Que pregunte por Amalia. Que voy a ver una lectura de cartas muy interesante.
—¿Y te fías?
—No lo sé. Pero me muero por saber qué es.
—Pues vamos.
—¿Y si no nos dejan pasar?
—Pues nos colamos.
Juanito se rio. Y yo también, aunque me temblaban las manos. Bebí un trago de vino, me armé de valor y eché a andar hacia la carpa de la tarotista, con Juanito a mi lado y la sensación de que aquella noche estaba a punto de cambiar.
—Juanito —dije, sin mirarlo.
—¿Sí?
—Creo que esta noche va a pasar algo.
—¿Bueno o malo?
—No lo sé. Pero va a pasar.
—Entonces prepárate.
—Ya lo estoy.
Seguimos andando.
Y yo, con mi vestido azul y mi perfume de manzana, me sentí como una heroína a punto de entrar en el capítulo más importante de su vida.
Qué miedo.
Y qué ganas de saber.