CAPÍTULO 21
Juanito me sonsaca, me llama cagona y me obliga a estrenar el vestido
El día de la inauguración de la feria amaneció con un sol radiante y un olor a churros que llegaba desde el pueblo como una promesa.
Yo llevaba desde las siete de la mañana escribiendo, con la espalda dolorida y los dedos entumecidos, pero con el portátil lleno de páginas nuevas.
La noche anterior había dormido poco. Soñé con Soti y su lengua de goma, con Adrián y su martillo, con una deuda que no se pagaba con dinero.
Me levanté con la cabeza espesa y una taza de café en la mano, dispuesta a no salir de casa hasta que el manuscrito estuviera listo. Pero Juanito tenía otros planes.
Llamó a la puerta a las diez. Como si aquella casa fuera suya.
Como si no hubiera pasado el fin de semana anterior sentado en mi sofá, leyéndome los capítulos con cara de editor entusiasmado.
Abrí sin arreglarme, con una camiseta vieja y el pelo hecho un asco.
Juanito me miró de arriba abajo, negó con la cabeza y entró.
—Buenos días, escritora —dijo—. ¿Has dormido algo?
—No mucho.
—Se nota. Tienes más ojeras que una lechuza.
—Gracias. ¿Y tú qué haces aquí tan temprano?
—Vengo a por los capítulos. Y a verte. Y a convencerte de que salgas de esta cueva.
—No quiero salir. Tengo que escribir.
—Ya lo sé. Pero hoy es la inauguración de la feria. Y tú, que llevas semanas hablando de esa feria, no te puedes perder.
—No estoy hablando de la feria. Estoy escribiendo sobre la feria. Que es distinto.
—Pues mejor. Así te documentas.
Me reí sin ganas. Juanito no se rendía. Se sentó en el sofá, abrió su mochila y me tendió la mano, como si me pidiera un tesoro.
Le pasé el portátil con los capítulos nuevos.
Se puso a leer en silencio, con esa concentración de editor que te hace sentir que estás en un examen.
Yo me puse a preparar café y a mirar por la ventana, fingiendo que no estaba nerviosa.
—Esto está muy bien —dijo al rato, sin levantar la vista—. Mejor que lo del viernes. Tiene más ritmo, muy mala hostia. Y la escena de la lengua bífida es muy inquietante.
—Gracias.
—¿De dónde la has sacado?
—De una broma de mal gusto.
—¿De Soti?
—Sí.
—Pues es una zorra.
—Ya.
—Y una fuente de inspiración muy grande.
—Eso también.
Me reí. Juanito siguió leyendo. Yo me serví otro café y me senté en la mesa, con las piernas encogidas y la mirada perdida. Al cabo de una hora, Juanito cerró el portátil y se estiró. Se levantó, se sirvió un café y me miró con una seriedad que no me gustó nada.
—Tengo que preguntarte algo, Candela.
—¿El qué?
—¿De qué tienes miedo?
Me quedé callada. La pregunta me cayó encima como un jarro de agua fría. Juanito me miró sin pestañear, con la taza humeante entre las manos.
—No tengo miedo de nada.
—Mientes. El libro está quedando muy bien, pero se siente miedo en lo escrito. No en los personajes. En ti. En la forma de narrar. En las dudas, en los silencios, en las escenas que se cortan justo cuando la protagonista va a decir lo que siente.
—Eso es literatura.
—No. Eso es miedo tú lo sabes.
Me removí en la silla, incómoda. Juanito se sentó frente a mí, apoyó los codos en la mesa y me miró con una intensidad que me desarmó.
—Candela, te conozco desde hace años. He leído todo lo que has escrito. Y nunca, nunca, te he visto tan cerca de una historia de verdad. De una que duele. De una que importa. Pero te estás frenando. Y no sé por qué.
—Porque no sé cómo termina.
—¿Cómo termina qué?
—La historia. La mía. La del libro. La del alcalde. La de Soti. La de este pueblo. Todo.
—¿Y crees que si te quedas encerrada aquí vas a encontrar el final?
—Ni puta idea, pero es lo único que sé hacer.
Juanito suspiró. Bebió un trago de café. Luego me miró con una sonrisa triste.
—Candela, hoy es la inauguración de la feria. Esta noche hay música, puestos, gente, vida. Y tú, con ese vestido que te regalaron, deberías estar allí.
—¿Con el vestido de la tienda de vestidos medievales?
—Sí, exacto. El de la leyenda que te contaron.
—No sé si estoy preparada.
—Nunca se está preparada. Por eso se va. Y se siente el miedo. Y se escribe. Y se vive.
—¿Y si me encuentro con Adrián?
—Pues mejor, porque es tu historia, y porque no puedes escribir un final si no te atreves a mirarlo.
—¿Y si me encuentro con Soti?
—Pues peor. Pero también es material, ya lo sabes.
Me reí. Juanito también. Y por un instante, el miedo se hizo más pequeño. No desapareció. Pero se encogió lo suficiente como para poder mirarlo de frente.
—No quiero ir sola —susurré.
—No irás sola. Iré contigo. Y si me necesitas, me quedaré en un segundo plano.
—¿Y si me pongo a temblar?
—Estaré contigo.
—¿Y si me da por besar al alcalde delante de todo el pueblo?
—Entonces sacaré el móvil y lo grabaré. Para la promo del libro.
Me reí con ganas. Me levanté, me estiré y miré por la ventana. El pueblo, a lo lejos, parecía un belén iluminado. La feria estaría en plena efervescencia. Los puestos, las luces, la música. Y yo, con mi vestido y mi miedo, a punto de salir.
—Está bien —dije al fin—. Iré.
—¿Con el vestido?
—Por supuesto.
—Pues vístete que te espero en el coche.
Me fui al baño, me duché rápido y me puse el vestido.
Era bonito. Muy bonito. De un color azul profundo, con un escote discreto y una falda que me llegaba a los pies.
Me peiné, me pinté los labios y me eché el perfume de manzana.
Me miré en el espejo y me vi distinta. No guapa de anuncio.
Guapa de verdad. De las que se miran y se reconocen.
—Vamos —dijo Juanito desde la puerta, cuando salí del baño.
—Vamos.
Me monté en su coche y me dejé llevar.
Y, mientras, el camino de tierra se deslizaba bajo las ruedas, yo repetía en silencio la lectura de la tarotista: «Encontrarás el amor donde menos lo esperas, pero tendrás que elegir entre lo que deseas y lo que es justo».
Pues ya. Lo que deseaba era a Adrián. Lo que era justo, no lo sabía.
Pero esta noche lo averiguaría o al menos iba a intentarlo.
Y si me salía mal, ya lo escribiría, que para eso era escritora.