CAPÍTULO 20
Soti me asalta en el bosque
Pasé tres días encerrada en casa, saliendo solo para mear y para prepararme cafés que luego se me quedaban fríos sobre la mesa.
Escribía sin parar, con una urgencia que no me conocía.
La novela avanzaba a trompicones, entre la letrina, el vampiro alcalde, la bruja prometida y la dama de la ciudad que no sabía muy bien qué coño hacía allí.
La aparición con lengua bífida se había convertido en un espíritu burlón que perseguía a la protagonista por los bosques de aquel pueblo maldito.
No se lo había contado a nadie. Ni a Adrián.
Ni a Pilar. Ni a Juanito, que ya me había mandado tres mensajes preguntándome si seguía viva.
No me apetecía dar explicaciones. Bastante tenía con las mías.
El cuarto día, el encierro me pasó factura.
La espalda me dolía, la vista se me nublaba y la casa olía a café rancio y a soledad.
Necesitaba aire. Salí a caminar por el campo, con una sudadera vieja y unas zapatillas que no me importaba manchar.
El sol de la tarde caía sobre los árboles con una luz anaranjada que lo teñía todo de otoño.
No era un paseo romántico. Era una huida.
De mi novela, de mis dudas, de la deuda de Adrián, de la Sota de Bastos y de aquella puta lengua bífida que no me quitaba de la cabeza.
—Tendrías que estar escribiendo, Candela —me dije en voz alta, mientras pisaba hojas secas—. No andando por el monte como una cabra.
Pero no me apetecía. Y hacía mucho que no me daba un capricho.
El camino se fue estrechando, y sin darme cuenta me alejé más de lo que pretendía.
Los árboles se cerraban sobre mi cabeza, y el silencio se volvía tan espeso que podía oír mi propia respiración.
Me detuve un momento, apoyada en un pino, y miré a mi alrededor.
No sabía muy bien dónde estaba. Eso me dio un poco de miedo.
Y el miedo, en aquel pueblo, siempre venía acompañado de algo.
De un bicho, de una culebra, de una voz.
—Mejor me doy la vuelta —murmuré.
Y entonces, como si el bosque me hubiera escuchado, apareció.
Soti salió de detrás de un árbol, con su melena perfecta, su chaqueta beige de marca y una sonrisa de las que no presagian nada bueno. No llevaba bolso, ni móvil, ni prisa. Solo a ella. Y su sombra.
—Hola, bonita —dijo, con esa voz de grulla que me erizaba el vello.
Me quedé helada. No por miedo. Por asco. Porque aquella mujer tenía la habilidad de aparecer justo cuando yo más tranquila estaba, como un mal pensamiento.
—Hola, Soti —respondí, sin moverme del pino—. ¿Qué haces por aquí?
—Paseando. Como tú. ¿No se nota?
—No. La verdad es que parecía que estabas esperándome.
—Qué cosas dices. Yo no te espero. Yo te encuentro.
Me reí sin ganas. Aquello sonaba a amenaza de telenovela. Soti se acercó con paso lento, pisando las hojas con una elegancia estudiada. Se detuvo a un par de metros, lo justo para poder mirarme de arriba abajo.
—Estás rara, Candela. Muy rara. Como si llevaras días sin dormir.
—Llevo días escribiendo.
—¿La novela de vampiros? Sí es la comidilla del pueblo. A alguien se lo dirías y el cotilleo corre como la pólvora.
—La novela, a secas.
—Ya. Mi poema no lo has empezado, ¿verdad?
La miré. La muy zorra ni siquiera disimulaba. No venía a pasear. Venía a pedirme cuentas. O a jugar conmigo. O a ver hasta dónde podía apretarme el cuello.
—No, Soti. No he empezado tu poema. Ni lo voy a hacer.
—¿Por qué? ¿Te da miedo?
—Me da pereza.
—¿Pereza? ¿O es que no sabes qué poner?
—Es que no me sale del toto escribirle un poema de amor a una mujer que me trata como a una cualquiera. Llámalo orgullo. Llámalo equis. Me da igual.
Soti sonrió. Una sonrisa lenta, de esas que se te clavan en el estómago.
—Pues yo creo que no lo escribes porque no eres capaz de separar lo personal de lo profesional. Y eso, en una escritora, es un problema. Porque si no sabes escribir un poema para la mujer de otro hombre, ¿cómo vas a escribir una novela sobre una historia de amor?
—¿Y quién te dice que mi novela sea de amor?
—Lo intuyo. Porque estás enamorada. Se te nota en la cara. Y en la ropa. Y en esa forma de andar como si flotaras…
Me puse colorada. La muy bruja sabía dónde apretar. No me lo podía permitir. No delante de ella.
—No estoy enamorada, Soti. Estoy cansada. Que no es lo mismo.
—¿Cansada de qué? ¿De escribir? ¿De esconderte? ¿De mirarme a mí y pensar que soy la que te sobra?
—No pienso que me sobres.
—Pues lo parece. Porque cada vez que me ves, pones cara de querer que me trague la tierra. Y no te culpo. A mí también me gustaría desaparecer un rato. Pero no puedo. Porque soy la prometida de Adrián. Y porque me debe una.
Me callé. Aquella frase me golpeó como una piedra.
Me debe una. Lo había dicho así, sin anestesia, como quien suelta una verdad que no necesita explicación.
Me mordí la lengua. Quería preguntarle qué le debía, por qué, cuánto, desde cuándo.
Pero no quería darle el gusto. No quería que supiera que me moría por saberlo.
—No sé de qué me hablas —dije, con una calma que no sentía.
—Claro que lo sabes. Porque te has acostado con él. Y te has dado cuenta de que no es libre. Y ahora te comes la olla pensando qué nos une. Pues te lo voy a decir, bonita. Nos une una deuda. Una deuda que solo se paga con un anillo.
Me quedé sin aire. Soti no pestañeaba. Yo tampoco. El bosque entero parecía haberse quedado en silencio, como si hasta los pájaros quisieran escuchar.
—¿Y qué deuda es esa? —pregunté con la voz un tono más baja de lo que me habría gustado.
—Eso, hija, es cosa mía. Y de Adrián. Y no pienso contártela a ti. Bastante tienes con tu novela y con tu poema. Que, por cierto, lo quiero y me lo vas a dar.
—No te lo voy a dar.
—Pues no te preocupes. Ya me lo haré yo. O se lo pido a la IA. Que es más rápida y no se pone tan estupenda como tú.
Me mordí la lengua hasta hacerme daño. No iba a caer. No iba a morder el anzuelo. Soti quería verme rabiar. Y yo no pensaba darle ese gusto.
—Mira, Soti, te voy a ser clara. Yo no me meto en tu vida. Y no quiero que te metas en la mía. Si tienes algo que hablar con Adrián, habla con él. Y si me vas a amenazar, hazlo ya y termina. Porque no estoy para juegos. Soy libre y hago lo que quiero.
—¿Amenazarte? ¿Yo? Qué poco me conoces. Yo no amenazo. Yo solo aviso.
—¿Y de qué me avisas?
—De que las deudas se pagan. Y de que las prometidas, a veces, no son lo que parecen. Y de que un paseo por el bosque puede acabar muy mal. Sobre todo si una anda mirando al suelo en vez de prestar atención.
Me estremecí. Aquella frase sí que me dio miedo. Porque era una amenaza disfrazada de consejo. Y porque Soti la soltó con la misma naturalidad con la que se pedía un descafeinado.
—No te tengo miedo, Soti.
—Ya lo sé. Por eso me gustas. Eres valiente. Y estúpida. Una mezcla muy entretenida.
Se acercó un poco más. Me miró a los ojos. Y luego, sin decir nada, sacó una lengua bífida de mentira, de esas de broma, de color rojo intenso. La movió de un lado a otro con una sonrisa maliciosa. Yo di un paso atrás, con el corazón en la garganta.
—¿Qué coño haces?
—Nada. Darte un susto. ¿Te gusta? La compré en el mercadillo. La vende un feriante muy majo. Dice que espanta a los miedosos.
La lengua bífida. La puta lengua bífida. Era ella. No una aparición. No un espíritu. No una alucinación. Era Soti. Con su chaqueta beige y su lengua de goma. Me había seguido, se había disfrazado, me había cortado el camino con aquella broma macabra. Y yo, como una imbécil, me la había creído.
—Estás loca —dije, con la voz temblorosa.
—No. Estoy aburrida. Y celosa. Y un poco harta de que todo el mundo te vea a ti como la escritora bohemia y a mí como la mala del cuento. Pues sí, bonita. Soy la mala. Y me encanta.
Se guardó la lengua de goma en el bolsillo de la chaqueta, me guiñó un ojo y se alejó por el sendero, con su melena al viento y su paso de reina. Yo me quedé allí, apoyada en el pino, con las piernas temblorosas y la cabeza a punto de estallar.
La de la lengua bífida era ella. La aparición era ella.
La que me había dado un susto de muerte en el camino era ella.
Y yo, como una estúpida, me había callado.
No se lo había contado a nadie. Y ahora estaba sola, en medio del bosque, con la certeza de que aquella mujer era más retorcida de lo que pensaba.
—Me cago en todo —murmuré.
Y eché a andar hacia casa, sin mirar atrás, con la vejiga apretada y el orgullo por los suelos.
Tenía que escribir. Tenía que contarlo. Aunque fuera en la novela.
Porque aquello ya no era una duda. Era una guerra.
Y Soti acababa de disparar el primer tiro.