CAPÍTULO 19
Floto de amor y canto con Pink a grito pelao
Me monté en la furgoneta con el corazón latiéndome en las sienes y el estómago hecho un nudo de mariposas.
El olor a pescado ya ni me molestaba. Iba flotando.
Literalmente flotando por el camino de tierra, con la ventanilla bajada y el pelo al viento, como en una película de carretera, pero con ambientador de frutos rojos y olor a rape.
Conecté el móvil al altavoz, puse la lista de reproducción y subí el volumen hasta que retumbó en los paneles de la furgoneta.
Sonó Pink. Try . Y yo, que no sé cantar ni cuando estoy sola, me puse a berrear como si me fuera la vida en ello.
Cantaba sobre la resiliencia y la importancia de arriesgarse en la vida y el amor a pesar del dolor.
«You've gotta get up and try, try, try…»
La furgoneta daba saltos por los baches, y yo seguía berreando, con una felicidad absurda que me subía por el pecho y me hacía olvidar la deuda, la boda, la tarotista y la leyenda del vestido. Solo estábamos la canción, el camino y yo.
Y, entonces, en mitad de una curva, frené en seco.
Alguien se había cruzado en el camino. Una figura disfrazada, con una capa oscura y una máscara que me heló la sangre.
No me dio tiempo a reaccionar. La figura se giró hacia mí, se levantó la máscara y sacó una lengua bífida.
Larga, oscura, como de serpiente. Me quedé sin aire.
El grito se me atascó en la garganta. Y el corazón, que segundos antes cantaba, se me desbocó del susto.
—Me cago en todo —susurré, con las manos clavadas en el volante.
La figura no se movió. Solo me miró. Y la lengua bífida volvió a asomar, vibrante, como si me oliera.
Y yo, con Pink aún sonando de fondo y el alma encogida, pensé que aquel pueblo me iba a matar de un susto antes de que pudiera terminar la novela.
Try, try, try, seguía cantando Pink.
Y yo no podía ni moverme.
Me quedé un instante con el corazón galopando en el pecho y las manos clavadas en el volante, esperando que aquella figura se moviera o dijera algo.
Pero no. La silueta se fue desdibujando frente a mí, como si el aire del bosque se la tragara.
Parpadeé. Me restregué los ojos con fuerza, con la esperanza de que aquello fuera culpa del sol de la tarde, de la falta de sueño o de la emoción que me había dejado el guiño de Adrián.
Y cuando volví a mirar, la figura ya no estaba.
Nada. Solo el camino, los árboles y el polvo flotando en el aire como un recuerdo.
—Ha sido un puto espejismo —murmuré—. No ha pasado. No ha existido. No se lo voy a contar a nadie.
Pero no me lo creía ni yo. La lengua bífida me había dejado un regusto a mal augurio pegado en la garganta, como si alguien me hubiera clavado una navaja sin abrir la boca.
¿Quién coño se disfraza así en mitad de un camino rural?
¿Un feriante colgado? ¿Un vecino con mala uva?
¿O era cosa de la tarotista, y de la que me había regalado un vestido y una leyenda de mierda?
—No se lo cuento a Adrián —me dije—. Y menos a Pilar. Y a Juanito, ni muerta.
Porque si se lo contaba, me iban a decir que estaba loca. O peor: que me lo había inventado. Y yo no estaba para más interrogatorios. Bastante tenía con la deuda de Soti y con mis propios sentimientos, que iban de la euforia al pánico en menos de lo que tarda Pink en decir try, try, try.
Bajé el volumen de la canción y respiré hondo, con los ojos clavados en el punto exacto donde había desaparecido la figura.
Nada. Ni una huella. Ni una rama rota. Solo el silencio del bosque, que ahora me parecía más espeso que antes.
Decidí que lo iba a exorcizar como mejor sabía: escribiéndolo.
Porque mi novela ya estaba llena de bichos, culebras, vampiros y brujas.
Una aparición con lengua de serpiente no iba a desentonar. Al contrario. Era material de primera.
La dama de la letrina se cruzaría con un espíritu burlón en el camino de vuelta al castillo.
Un ente sin rostro, con capa y lengua bífida, que le susurraría al oído una advertencia que no entendería.
Y ella, con el corazón en la boca, se restregaría los ojos y pensaría que era culpa del vino.
O del deseo. O del miedo. Y no se lo contaría a nadie.
Porque hay sustos que solo se curan en la ficción.
—Eso es —murmuré, arrancando la furgoneta—. Al capítulo. Y si no me sale, al menos me desahogo.
Metí primera y seguí camino a casa, con Pink ya apagada y el cuerpo todavía temblando. Iba más despacio que antes, atenta a los bordes del camino, por si la figura decidía volver. No volvió. Pero yo no dejé de mirar por el retrovisor en todo el trayecto.
Cuando llegué a casa, cerré con llave, eché el pestillo y me senté frente al portátil con la piel de gallina.
Abrí el documento del romantasy y escribí sin parar, dejando que el susto se convirtiera en tinta.
Y así, entre vampiros, brujas y lenguas de serpiente, mi miedo se fue diluyendo poco a poco. Hasta que solo quedó la historia.
Y una certeza: aquella aparición no había sido una alucinación. Pero no pensaba contárselo a nadie.
Al menos por ahora.