CAPÍTULO 18 #2
La tarotista se quedó pensativa.
—Aquí hay silencio.
—¿Silencio?
—Algo que se guarda. Un hombre que sabe algo y no lo cuenta. O alguien que se ha quedado solo con una verdad que no quiere compartir.
Me revolví en la silla.
—¿Y va a hablar?
—No todavía.
—Qué simpático.
La mujer sonrió y continuó colocando cartas.
Apareció La Luna.
—Secretos. Miedos. Confusión. Algo que no se ve con claridad.
Después, La Justicia.
—Una decisión. Una deuda. Una consecuencia.
La miré.
—¿Has dicho deuda?
—Lo pone aquí.
Me incliné sobre la mesa.
La tarotista señaló las cartas.
—Emperador, Emperatriz, Muerte, Ermitaño, Luna y Justicia. Hay una historia entre dos personas. Algo ocurrió entre ellas y una de las dos personas cree que la otra le debe algo.
El corazón me latió con fuerza.
—¿Y se lo debe?
La mujer me miró.
—Eso no te lo dicen las cartas.
—Entonces, ¿qué me dicen?
—Que tú no conoces toda la historia.
Tiró otra carta.
El Colgado.
—Aquí tenemos espera. Una situación detenida. Alguien esperando una respuesta, una reparación o una decisión.
—¿Y la va a obtener?
La tarotista sacó una última carta.
El Sol.
Sonrió.
—La verdad termina saliendo a la luz.
—¿Cuándo?
—Cuando dejes de intentar arrancársela a quien no está preparado para contártela.
Aquello me hizo gracia.
—Pues voy lista.
—No.
—¿No?
—Tú quieres saberlo todo ahora. Las cartas dicen que tendrás que esperar.
—Odio esperar.
—Entonces vas a sufrir.
Me quedé mirando la mesa.
El Emperador.
La Emperatriz.
La Muerte.
El Ermitaño.
La Luna.
La Justicia.
El Colgado.
El Sol.
Una combinación demasiado rara para olvidarla.
—¿Y el hombre? —pregunté—. ¿Qué siente?
La tarotista volvió a mirar al Emperador.
—Control.
—Eso ya lo veo.
—Y miedo.
—¿Miedo?
—A perder algo que cree que todavía puede controlar.
Sentí un escalofrío.
—¿Y la mujer?
La tarotista señaló a la Emperatriz.
—No es una mujer débil. Es alguien que quiere algo y está dispuesta a esperar. Pero también aparece como alguien que ha sufrido una pérdida o un cambio importante.
No pregunté nada más.
No quería hacerlo.
Porque, desde que Pilar me había soltado la noticia de la boda, tuve la sensación de que aquella deuda podía ser algo mucho más grande que dinero.
Mucho más antiguo e incómodo.
Me levanté.
—¿Cuánto te debo?
La tarotista sonrió.
—Veinte euros.
Saqué la cartera.
—Por veinte euros esperaba que me dijeras quién es el padre de la criatura.
La mujer levantó una ceja.
—¿Qué criatura?
—Nada.
Pagué.
Y salí del puesto con el vestido medieval bajo el brazo y las cartas todavía revoloteándome por la cabeza.
Emperador.
Emperatriz.
Muerte.
Ermitaño.
Una deuda.
Un secreto.
Y una verdad que, según aquella mujer, terminaría saliendo a la luz.
Perfecto.
Justo lo que necesitaba para empezar la semana.
Porque yo había bajado al pueblo a «comprar pan».
Y ya llevaba encima un vestido de una leyenda de quinientos años, una lectura de tarot y la sospecha de que el hombre del que intentaba olvidarme escondía algo mucho peor que una boda.
Me quedé allí plantada, con el bolso colgado del brazo y la garganta seca, viendo cómo Adrián se afanaba con los feriantes.
No me atrevía a acercarme. Bastante tenía ya con la deuda de Soti y con mis propias dudas como para ir a interrumpirle mientras trabajaba.
Así que decidí volver a la furgoneta antes de hacer el ridículo.
Me giré despacio, con el sol de la tarde dándome en la nuca, y eché a andar hacia el callejón donde la había aparcado.
En la bolsa llevaba el vestido que me habían regalado en la tienda de la tarotista, envuelto en papel de seda y con una leyenda que aún me quemaba en el bolsillo: «Encontrarás el amor donde menos lo esperas, pero tendrás que elegir entre lo que deseas y lo que es justo».
Qué oportuna. Qué puta oportuna. Justo lo que necesitaba para terminar de enredarme.
Y entonces, a mi espalda, oí un grito que me paralizó: «¡Candela!
». Me volví sin quererlo, con el corazón dando un vuelco, y lo vi.
Adrián me estaba mirando desde el otro lado de la plaza, con el martillo en una mano y un tablón a medio clavar en la otra.
Y antes de que pudiera reaccionar, me guiñó un ojo.
Así, sin más. Con una desfachatez que me dejó sin respiración.
Luego volvió a lo suyo y siguió dando martillazos como si no hubiera pasado nada.
Y yo me quedé allí, tiesa como una idiota, mientras un calor inmenso me subía por el pecho, me fundía por dentro y me invadía como el sol de verano cuando pega de lleno y no te deja pensar.
Un amor que te cagas. De esos que te queman la piel y te derriten los huesos.
«Seré gilipollas», murmuré, con una sonrisa estúpida que no me podía quitar y las piernas temblorosas.
Y me metí en la furgoneta ardiendo por dentro, con la leyenda de la tarotista en el bolsillo y el corazón latiéndome en las sienes.
Porque aquel guiño no era solo un guiño.
Era una promesa. Y yo, que no creía en el tarot ni en las leyendas, me sentí como si el sol me hubiera elegido a mí.