No estoy para setas CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Voy al pueblo

El lunes bajé al pueblo con la intención de comprar cuatro cosas y volverme a casa antes de que alguien me preguntara por mi vida sentimental, mi novela o, peor todavía, por la boda del alcalde.

No llevaba ni diez minutos por el camino cuando empecé a ver camiones.

Uno detrás de otro.

Aparcados en los arcenes, entrando por la calle principal, maniobrando con una lentitud desesperante para encajar por unas calles pensadas, probablemente, para carros de mulas y no para monstruos de veinte toneladas.

Habían empezado a montar la feria medieval.

Me quedé mirando desde la ventanilla, fascinada.

Había lonas enrolladas, estructuras de madera apoyadas contra las fachadas, mesas cubiertas con telas, cajas abiertas y hombres descargando tablones mientras otros discutían a voces sobre dónde demonios iba cada cosa.

El pueblo parecía estar preparándose para una invasión.

Y, por alguna razón, me encantó.

Aparqué donde pude y bajé de la furgoneta. El aire olía a serrín, a tierra húmeda y a comida que todavía no existía. Había algo casi hipnótico en ver cómo un espacio vacío empezaba a transformarse poco a poco en otra cosa.

Pasé junto a una caseta donde estaban colocando escudos de madera y espadas de mentira. En otra habían extendido pieles sobre una mesa. Más allá, unas mujeres colgaban telas de colores de un puesto que todavía tenía media estructura desmontada.

Seguí caminando hasta que algo llamó mi atención.

Un cartel pintado a mano anunciaba:

VESTIDOS MEDIEVALES Y TURCOS

Me acerqué.

La caseta estaba prácticamente montada. Habían colocado unos cuantos vestidos en perchas de madera y otros estaban extendidos sobre un banco. Había telas gruesas, terciopelos, brocados, bordados, mangas amplias y colores que parecían sacados de una caja de pinturas.

Y entonces lo vi.

Era un vestido largo de color oscuro, con el cuerpo entallado y unas mangas de tela ligera que caían desde los hombros. Tenía bordados dorados en el escote y pequeñas flores rojas cosidas a mano.

Me quedé mirándolo más de la cuenta.

—Te gusta.

Di un respingo.

Detrás del mostrador había una chica de unos treinta años, morena, con el pelo recogido en una trenza y cara sonriente.

—Mucho —admití—. Pero no tengo ningún motivo para llevar un vestido medieval.

—Eso se arregla.

Cogió el vestido de la percha y me lo acercó.

—Pruébatelo.

—No, no. De verdad. Solo estaba mirando.

—Te quedaría bien.

—Seguro que sí, pero no puedo comprarme otro vestido para una feria a la que ni siquiera sé si voy a ir.

La chica negó con la cabeza.

—No te lo vendo.

—¿Entonces?

Me puso el vestido entre las manos.

—Te lo regalo.

Me quedé sorprendida mirándola.

—¿Perdona?

—Que te lo regalo.

—¡No puedo aceptarlo!

—Claro que puedes.

—No, mujer. Ni hablar. Es precioso.

—Precisamente.

La chica sonrió y acarició uno de los bordados con la yema de los dedos.

—Además, este vestido no quiere quedarse colgado en una percha.

—¿Cómo que no quiere?

—Tiene historia.

Aquello consiguió que levantara una ceja.

—¿Historia?

—Una de esas que cuentan los viejos cuando quieren asustar a los niños.

Me apoyé en el mostrador.

—Ahora sí que me interesa.

La chica miró hacia la calle para asegurarse de que nadie estaba escuchando.

—Mi abuela me la contó cuando era pequeña. Ella decía que el vestido había pertenecido a una muchacha de la frontera, en tiempos en los que Granada todavía estaba dividida entre reinos y las montañas eran tierra de paso para cristianos y musulmanes.

—¿Una historia real?

—No.

Hizo una pausa.

—O eso decía ella.

Sonreí.

—Continúa, por favor.

—La muchacha se llamaba Zayda. Vivía con su familia en una alquería de la sierra, no muy lejos de la frontera con Almería. Su padre comerciaba con seda y especias y tenía fama de conocer todos los caminos que cruzaban las montañas.

Se inclinó un poco sobre el mostrador.

—Un verano llegó a la zona un señor cristiano. No era un caballero de los cuentos. Era un hombre con tierras, ejército y bastante mala leche. Había oído hablar de la belleza de Zayda y decidió que quería llevársela a su castillo.

—¿Porque era guapa?

—Porque en aquella época algunos hombres confundían tener tierras con tener derecho sobre las personas.

—Eso sí que no ha cambiado.

La chica sonrió.

—Zayda no quería ir con él. Su padre intentó esconderla, pero una noche los hombres del señor feudal llegaron a la alquería.

Miró el vestido.

—La muchacha consiguió escapar por un sendero que bajaba hacia un barranco. Pero, antes de hacerlo, su madre le puso este vestido y le cosió dentro del dobladillo una pequeña bolsita de tela.

—¿Qué llevaba?

—Un mensaje.

—¿Para quién?

—Para un hombre.

La miré.

—¿Su enamorado?

—Eso decía mi abuela.

La historia empezaba a gustarme demasiado.

—Zayda estaba enamorada de un joven cristiano que vivía al otro lado de la frontera. Se habían conocido en uno de esos mercados donde todos fingían que iban a comprar y nadie preguntaba de dónde venía el otro.

—¡Qué romántico!

—Y peligroso.

Asentí.

—Sigue, no pares ahora.

—El muchacho se llamaba Fernando. Era hijo de un hombre que vigilaba los pasos de la sierra. Zayda sabía que, si conseguía llegar hasta él, podrían ayudar a su familia a escapar.

—¿Y llegó?

La chica negó despacio con la cabeza.

—Nunca lo supieron.

—¿Cómo que nunca lo supieron?

—Zayda desapareció.

Se me borró la sonrisa.

—Dicen que la encontraron los hombres del señor feudal y la llevaron al castillo. Pero otros cuentan que consiguió llegar hasta una cueva y que vivió escondida allí durante meses.

—¿Y Fernando?

—La buscó —bajó la voz—. Durante años.

—¿Y la encontró?

—Una noche llegó al castillo.

Me acerqué todavía más.

—¿Y?

—Dicen que no entró con soldados. Entró solo.

—Eso siempre acaba mal.

—Entró por las cocinas, subió hasta las habitaciones y encontró a Zayda encerrada.

—Vale. Esto ya me gusta más.

La chica sonrió.

—Consiguieron escapar por un pasadizo que comunicaba el castillo con el río. Pero antes de marcharse, Zayda volvió a la habitación y dejó el vestido colgado detrás de una puerta.

—¿Por qué?

—Porque ya no lo necesitaba.

Me quedé callada.

—Dicen que el señor feudal encontró el vestido al día siguiente. Y que, desde entonces, cada vez que una mujer se lo pone durante la feria, alguien que ha perdido algo vuelve a encontrar el camino hasta ella.

La miré.

—Eso es muy específico.

—Las leyendas buenas siempre lo son.

—¿Y qué perdió Zayda?

La chica tardó unos segundos en responder.

—Eso cambia según quién cuente la historia. Mi abuela decía que perdió a su familia. Otros dicen que perdió al hombre que amaba. Y mi madre asegura que lo que perdió fue la vida que habría tenido si hubiera nacido en otro tiempo.

Miré de nuevo el vestido.

—Definitivamente, no me lo puedo quedar.

—¿Por qué?

—Porque si me pongo esto y aparece Adrián detrás de mí, voy a demandarte.

La chica soltó una carcajada.

—Póntelo.

—No.

—Te quedará guay.

—Eso es lo que me preocupa.

Me acercó el vestido hacia las manos.

—Llévatelo.

—De verdad, no puedo.

—Entonces considéralo un préstamo.

—¿Para la feria?

—Eso he dicho.

La miré con desconfianza.

—¿Y luego te lo devuelvo?

—Si quieres, sí.

Aquello sonaba demasiado sencillo.

—¿Por qué haces esto?

Se encogió de hombros.

—Porque cuando lo vi, pensé en ti.

Aquella respuesta me dejó desarmada.

—Ni siquiera me conoces.

—A veces no hace falta.

Miré el vestido una última vez.

—Vale. Pero solo para la feria.

—Hecho.

Me lo entregó.

Lo doblé con cuidado y lo puse bajo el brazo.

—Gracias.

—Y una cosa más.

—¿Qué?

—No te pongas otra cosa encima. Este vestido necesita que se vea bien.

—¿Por qué?

Sonrió.

—Porque dicen que los vestidos también guardan secretos.

—Pues este y yo vamos a llevarnos de maravilla.

Salí de la caseta con el vestido apretado contra el pecho y una sensación extraña en el estómago.

No sabía qué me había impresionado más: la historia de Zayda o la manera en que aquella desconocida me había mirado como si supiera algo de mí que yo todavía no sabía.

Unos metros más adelante, otro puesto ya estaba prácticamente montado.

El cartel anunciaba:

TAROT. LECTURA DE CARTAS

Me detuve.

No creía demasiado en esas cosas.

Pero tampoco creía en alcaldes que hablaban como si les cobraran por palabra y, sin embargo, ahí estaba Adrián ocupando demasiado espacio en mi cabeza.

Así que entré.

La tarotista estaba sentada detrás de una mesa cubierta con una tela granate. Tendría unos cincuenta años, el pelo negro recogido en un moño y unos pendientes largos que se balanceaban cada vez que movía la cabeza.

Levantó la vista.

—¿Quieres que te eche las cartas?

—No sé.

—Eso suele significar que sí.

Me senté.

—Bueno, si es una tirada rápida…

—No hago lecturas rápidas.

—Pues una que no me arruine la mañana.

Sonrió.

—Vale, ¿qué te parece una tiradita de Cruz Celta?

—¿Eso es bueno?

—Es completa.

—Perfecto. Ya que estamos, que sea completa.

Barajó las cartas despacio.

—Piensa en una pregunta.

Pensé en Adrián.

En Soti.

En la boda.

En aquella maldita deuda que no conseguía entender.

—Ya está.

—No me la digas.

—Mejor.

La mujer empezó a colocar las cartas.

La primera cayó en el centro.

El Emperador.

Frunció ligeramente el ceño.

—Hombre de autoridad. Control. Responsabilidad. Alguien acostumbrado a mandar y a cargar con las consecuencias de sus decisiones.

Tragué saliva.

—Vaya.

—No he terminado.

Colocó la segunda carta al lado derecho de la primera.

La Emperatriz.

Levantó la mirada hacia mí.

—Una mujer. Fertilidad. Creación. Algo que crece. Algo que se desea proteger o que ha adquirido una importancia que ya no se puede ignorar.

Sentí un pequeño vuelco en el estómago.

—¿Y eso qué significa?

—Depende de las cartas que la rodeen.

Colocó la tercera.

La Muerte.

—No te asustes —dijo inmediatamente—. Esta carta rara vez habla de una muerte literal. Habla de un final. De algo que se corta, cambia o se transforma para siempre.

—¿Y junto a la Emperatriz?

La mujer observó las dos cartas.

—Una relación con una mujer ha cambiado por completo. Hay algo que existió y después dejó de existir como era antes.

No dije nada.

Colocó la cuarta.

El Ermitaño.