CAPÍTULO 17
Escribo como una posesa, pero las dudas me persiguen… ¡Ah, y tengo visita!
El sábado por la tarde estaba en plena efervescencia creativa.
Llevaba horas escribiendo, con el portátil echando humo y la mesa llena de tazas de café a medio beber.
Había conseguido meter a la dama de la letrina en un castillo con un vampiro alcalde, una bruja prometida y una feria medieval de fondo.
No era una novela romántica al uso ni una obra maestra, pero era mía.
Y me estaba quedando tan rara que me gustaba.
Me sentía como Joseph Fiennes en Shakespeare in Love : inspirada, atontada, con la pluma en la mano y el corazón en otra habitación.
Escribía y escribía, deseando que llegara el lunes para verlo a él, aunque me daba rabia reconocerlo.
Y, entre línea y línea, la duda de la deuda con Soti me perseguía como un perro hambriento.
Entonces llamaron a la puerta.
No me lo esperaba. No esperaba a nadie. Adrián había prometido no aparecer hasta el lunes y Soti no se rebajaría a pisar mi casa.
Me quedé quieta, con los dedos suspendidos sobre el teclado, y miré por la ventana.
Había un coche aparcado delante. Un coche que no era ni el Mercedes de Adrián ni la furgoneta del pescadero.
Era un utilitario gris, de esos de alquiler, con la puerta del conductor abierta y una silueta familiar apoyada en el capó.
Juanito.
Mi editor. En la puerta y sin avisar.
—Me cago en todo —murmuré, apartándome del visillo.
Me miré la ropa. Llevaba una camiseta vieja, unas mallas con agujeros y el pelo recogido en un moño que parecía un nido de urracas.
Nada que ver con la mujer radiante que había sido el viernes.
Genial. Juanito me iba a pillar con cara de escritora encerrada y aliento a café.
Fui a abrir sin arreglarme. Total, ya estaba visto.
—Buenas tardes, Candela —dijo Juanito, con una sonrisa de las que no auguraban nada bueno.
—¿Qué haces aquí? —solté, sin moverme de la puerta.
—Vengo a por los capítulos.
—¿Qué capítulos?
—Los de la novela. El romantasy ese de vampiros y brujas que me vendiste por teléfono. Me enviaste el primer capítulo. Me gustó. Quiero el resto.
—¿Y por eso vienes a mi casa un sábado por la tarde, sin avisar?
—Porque no coges el teléfono. Y porque me dijiste que no tenías cobertura. Y porque necesito leer lo que llevas antes de que se me pase el entusiasmo.
—¿Y no podías esperar al lunes?
—No. El lunes tengo una reunión con la editorial. Quiero llevarles algo tuyo. Algo que huela a superventas.
Me reí sin ganas. Un superventas. Claro. La novela de la dama de la letrina y el vampiro alcalde. Seguro que arrasaba en la Feria del Libro.
—Pasa —dije, apartándome—. No me gusta hablar con la puerta abierta.
Entró. Llevaba una mochila colgada del hombro y un aire de editor de ciudad que se ha perdido en el campo. Se sentó en el sofá, miró a su alrededor con curiosidad y luego me miró a mí, que seguía de pie en la cocina, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
—¿Te apetece un café? —pregunté, sin muchas ganas.
—Sí, por favor.
Mientras preparaba la cafetera, Juanito abrió su mochila y sacó una carpeta. Luego se quedó un rato observándome, con esa calma de editor que te desmonta sin que te des cuenta. Yo intenté no hacerle caso, pero noté su mirada en mi espalda.
—Estás distinta —dijo al fin.
—¿Distinta?
—Sí. Más relajada. Más luminosa. Como si el aire del pueblo te sentara bien.
—Será el agua con azufre.
—No. Es otra cosa.
Se levantó y se acercó a la ventana. Miró el bosque. Luego observó la furgoneta apestosa aparcada en la puerta y sonrió.
—¿Y el alcalde? —preguntó, sin mirarme.
—¿Qué alcalde?
—Adrián. El que te recogió en la carretera. El que te instaló el váter. El que se casa con Soti.
—¿Qué quieres saber?
—No sé. Cómo está. Cómo te trata. Si habéis vuelto a coincidir.
—Coincidimos en el pueblo. Es inevitable.
—Ya. Y tú estás radiante. No sé si es por el aire, por la furgoneta o por el alcalde.
Me puse tensa. Juanito no era tonto. Y yo no era buena mintiendo.
—Juanito, no he follado con el alcalde, si es lo que insinúas —dije, sin mirarlo.
—Yo no he dicho nada.
—Lo estabas pensando.
—Pues deja de pensar y sírveme el café.
Me reí a medias. Luego me senté frente a él, con la taza en la mano y las piernas encogidas. Juanito me miró con una ceja levantada.
—¿Cómo va la novela? —preguntó.
—Bien. Creo.
—¿Cuántas páginas llevas?
—Treinta y pico.
—¿Y el primer capítulo que me enviaste?
—Lo he reescrito. Está mejor.
—¿Me lo enseñas?
Abrí el portátil y lo puse delante de él. Juanito se quedó en silencio, leyendo. Pasó de la primera página a la segunda. Luego a la tercera y a la cuarta. Yo me mordía las uñas, esperando el veredicto. Cuando terminó, se echó hacia atrás y soltó un silbido.
—Esto no es lo que me enviaste.
—Es lo mismo, pero he continuado.
—No. Aquí hay más. Mucho más. Y es mejor. Hay una escena en la letrina que es oro puro. Y lo del murciélago. Y las culebras. ¿De dónde has sacado todo esto?
—De mi vida, supongo.
—¿Y el vampiro?
—Inspirado en Adrián.
—¿Y la bruja prometida?
—Inspirada en Soti.
—¿Y la dama de la letrina?
—Inspirada en mí. Como siempre.
Juanito se giró hacia mí con una sonrisa enorme.
—Candela, esto es lo mejor que has escrito en años. Tienes que terminarlo. Y tienes que darme más capítulos.
—¿Y si no está terminado?
—No me importa. Me llevo lo que haya. Y, si no hay más, lo escribes esta noche. Porque esto es una mina. Y no pienso dejarla escapar.
Me quedé sin palabras. Juanito, mi editor, el que me amenazaba con replantearse mi contrato, estaba entusiasmado con mi novela guarra de vampiros y letrinas. No sabía si reírme, llorar o esconderme debajo de la mesa.
—Juanito, hay algo que no te he contado —dije, con la voz baja.
—¿El qué?
—Que Adrián se casa con Soti el 11 de noviembre. Y que no sé por qué. Y que me muero por saberlo. Y que, mientras lo averiguo, escribo para no pensar. Porque, si pienso, me doy cuenta de que soy la otra. Y no quiero ser la otra.
Juanito me miró. Luego me puso una mano en el hombro.
—Pues escribe sobre eso. Sobre la duda. Sobre la deuda. Sobre lo que no se dice. Y, si no lo averiguas, invéntalo. Porque la literatura no tiene que ser verdad. Solo tiene que parecerlo.
—¿Y si me equivoco?
—Entonces escribe una segunda versión. Pero no pares. Nunca pares. Porque esta es tu historia, Candela. Y tienes que contarla.
Me quedé en silencio. Juanito se levantó, se estiró y me miró con una media sonrisa.
—¿Sabes qué? —dijo—. Tienes cara de bien follada.
Se me subieron los colores de golpe. Me puse roja como un tomate del mercadillo, de esos que compré para la boloñesa. Abrí la boca, la cerré y me atraganté con el café.
—¿Perdona? —balbuceé.
—Que tienes cara de bien follada. No es un insulto. Es una constatación.
—Juanito, eres mi editor. No mi confesor.
—Tu vida sexual es material literario. Y, si has follado con el alcalde, mejor. Porque la novela lo va a notar. Y yo quiero que brille como tú.
—¿Y si no he follado con nadie?
—Pues entonces es el aire del pueblo. Y el aire del pueblo no da esa cara.
Me sequé el café de la comisura de los labios con la manga, intentando recuperar la compostura. Juanito se reía por lo bajo, con esa maldad cariñosa de los amigos que te conocen demasiado.
—No te voy a contar nada —dije, con la voz más firme que pude—. Y no pienso confirmarte si he follado con el alcalde o con el pescadero.
—¿Con el pescadero?
—Era una broma.
—Pues vaya broma.
Me levanté, recogí las tazas y me fui a la cocina. Necesitaba un respiro. Juanito me siguió con la mirada, sin dejar de sonreír.
—Candela, no te lo tomes a mal. Me alegro por ti. De verdad. Llevas años sin parecer viva. Y ahora lo estás. Y eso, para una escritora, es un tesoro.
—¿Y para la novela?
—Para la novela es la leche. Por eso vengo a por los capítulos. Y por eso me llevo los que me dejes. Y, si mañana me voy con diez, mejor que con cinco.
—¿Diez?
—Diez. Y no me pongas esa cara. Que te conozco.
Me reí. Y, por primera vez en todo el día, me sentí comprendida. Juanito no era mi enemigo. Era mi editor. Y, en el fondo, mi amigo. Y aquella visita, por sorpresa, por incómoda, por intrusa, me estaba dando el empujón que necesitaba.
—Voy a leer —dijo, sentándose otra vez—. Y tú, a escribir. Y mañana, cuando me vaya, quiero llevarme por lo menos diez capítulos.
—¿Y si no me salen?
—Pues que te salgan. Escribe sobre lo que te está pasando. Sobre la deuda. Sobre el miedo. Sobre el alcalde. Y, si no sabes qué es la deuda, invéntala. Porque la literatura no tiene que ser verdad. Solo tiene que parecerlo.
—Ya me lo has dicho un par de veces.
—Y te lo repito. Porque no me has hecho caso.
Me reí. Luego me senté frente al portátil y empecé a teclear.
Juanito se quedó en el sofá, leyendo mis capítulos, tomando notas y soltando de vez en cuando un «esto es bueno» o un «aquí hay que meter más tensión».
Y yo escribía. Sin parar. Sin pensar. Con la imagen de Adrián en la cabeza y la duda de la deuda clavada en el pecho.
El domingo por la mañana, Juanito se marchó con diez capítulos en la mochila y una promesa: me llamaría el lunes para darme su opinión.
Yo me quedé en la puerta, viendo cómo su coche desaparecía por el camino de tierra.
Y, cuando por fin me quedé sola, me di cuenta de que no había parado de escribir en todo el fin de semana.
Y de que el lunes vería a Adrián.
Y de que quizá, solo quizá, me atrevería a preguntarle.
Porque ya no podía seguir escribiendo sin saber si lo nuestro era real.