No estoy para setas CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

Con una paciencia infinita, metió la percha en la taza y empezó a enganchar a las culebras una a una, con una destreza que me dejó sin palabras.

Las sacaba, las depositaba en el contenedor y cerraba la tapa.

Repitió la operación como si llevara toda la vida haciendo aquello.

Yo, mientras tanto, me quedé en la puerta, con las piernas apretadas y la boca abierta.

—Ya está —dijo al fin, cerrando el contenedor—. Las soltaré mañana en el campo. Lejos de tu casa.

—¿Lejos?

—Muy lejos. No te preocupes.

Suspiré. Luego me di cuenta de que seguía necesitando mear. Y que el váter, ahora vacío, me daba un miedo atroz.

—¿Qué te pasa? —preguntó Adrián, al ver mi cara.

—Que me estoy meando.

—¿Y por qué no vas al baño?

—Porque me da miedo.

—¿Aunque ya no haya culebras?

—Sí.

—¿Y prefieres ir a la letrina?

—No lo sé. No quiero salir sola.

Adrián me miró. Luego miró hacia la puerta de la calle.

—Te acompaño —dijo.

—¿A la letrina?

—Sí.

—¿Y te quedas fuera?

—Si quieres.

—No. No quiero. Quiero que te quedes dentro.

—¿Dentro de la letrina?

—Sí. Que me da miedo. Y así, si hay una culebra, me proteges.

—No hay culebras en la letrina.

—Tú no lo sabes.

—Lo sé.

—Adrián, acompáñame a la letrina. Y no me dejes sola. Por favor.

Me miró. Y vi en sus ojos una mezcla de ternura, de deseo y de algo que no supe identificar. Luego asintió.

—Vamos.

Salimos al jardín. La noche estaba fresca, con un olor a tierra mojada, a pino y a petricor [7] .

La letrina se alzaba al fondo, con su puerta de madera y su ventanita diminuta.

Adrián me abrió la puerta y me hizo pasar.

El espacio era minúsculo. Apenas cabíamos los dos de pie.

Yo me quedé inmóvil, con las manos temblando y la vejiga a punto de estallar, pero sin atreverme a bajar ni un centímetro la cremallera del pantalón.

—¿Qué haces? —preguntó Adrián, que me observaba con una mezcla de desconcierto y ternura.

—No puedo —murmuré, con los ojos clavados en el suelo.

—¿No puedes qué?

—Bajarme los pantalones. Ni las bragas. Ni moverme. Estoy bloqueada. Me da un miedo atroz. Y no sé por qué, pero no puedo.

—Tranquila. No hay nada. Estoy yo aquí.

—Ya. Pero sigo sin poder. Es como si el cuerpo no me respondiera. Como si mi cerebro hubiera declarado una huelga general.

—¿Quieres que te ayude?

—¿A qué?

—A bajarte los pantalones.

Me quedé callada. Miré la ventanita diminuta. Miré la puerta de madera. Miré a Adrián, que seguía allí de pie, con el contenedor de las culebras en el suelo y las manos en los bolsillos, como si aquella conversación fuera lo más normal del mundo.

—Sí —solté al fin, con un hilo de voz—. Ayúdame.

Adrián se acercó. No dijo nada. Solo se arrodilló delante de mí, me desabrochó el pantalón con una delicadeza que no esperaba y lo bajó despacio, sin rozarme más de lo necesario.

Luego enganchó los dedos en el elástico de las bragas y tiró de ellas hacia abajo, con la misma calma con la que había sacado a las culebras del váter.

Yo cerré los ojos. No por vergüenza. Por miedo.

Porque aquello era demasiado íntimo. Demasiado real. Demasiado él.

—Ya está —dijo, incorporándose—. Siéntate.

Me senté. El frío de la taza me arrancó un escalofrío. Adrián se quedó de pie, a mi lado, con una mano apoyada en mi hombro. Y entonces, por fin, meé. Un chorro largo, liberador, que me dejó el cuerpo flojo y la mente en blanco. No hablé. No me moví. Solo dejé que pasara.

—¿Mejor? —preguntó él, cuando terminé.

—Mucho mejor.

—¿Puedes levantarte?

—Creo que sí.

Me levanté despacio, con las piernas temblorosas. Adrián me subió las bragas y el pantalón, y me ayudó a vestirme como si yo fuera una niña pequeña. No me miró con lástima. No me juzgó. Solo me sostuvo. Y eso me desarmó más que cualquier beso.

—Gracias —dije, con la voz rota.

—No me las des. Para eso estoy.

Salimos de la letrina. El aire fresco me golpeó la cara y me devolvió un poco de cordura. Caminamos hacia la casa en silencio, con el hombro de Adrián rozando el mío. Antes de llegar a la puerta, me paré. Él también.

—No deberías estar haciendo esto por mí —solté, sin mirarlo.

—¿Y por qué no?

—Porque tienes una prometida. Y un cargo público. Y una vida organizada. Y yo no soy más que una escritora de mierda.

—No eres una escritora de mierda.

—No me conoces.

—Te conozco mejor de lo que crees.

Me giré hacia él. Adrián me miraba con una intensidad que me desnudaba. Y entonces, sin pensar, le dije lo que llevaba días callando.

—¿Y por qué me besaste en el bosque? ¿Y en mi cocina? ¿Y por qué has venido esta noche? ¿Y por qué no te vas de una puta vez?

—Porque no quiero.

—¿Y Soti?

—Soti no es lo que piensas.

—¿Y qué es?

—Un compromiso. Una obligación. Una losa.

—Pues deja de cargarla.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque hay cosas que no entenderías.

—Pues explícamelas.

—No es tan fácil.

—¿Y lo de esta noche? ¿Esto sí es fácil?

Adrián se quedó callado. Luego se acercó, me cogió la cara con ambas manos y me besó. Con rabia. Con miedo. Con todas las ganas que nos habíamos estado guardando. Y yo le devolví el beso, porque no sabía hacer otra cosa, porque me moría por él, y ya no me importaba nada más.

—¿Entramos? —murmuró contra mis labios.

—Sí.

Nos metimos en la casa, sin soltarnos. Y sin pensar en las consecuencias.

—Dios santo —susurré, mientras cerrábamos la puerta y el calor nos envolvía—. Dios santo.

Y Adrián, con su sonrisa de golfo y sus manos de alcalde, me llevó hasta el sofá.

Y allí, entre cojines y mantas, lo hicimos.

Por fin.

Sin prisa.

Sin miedo.

Sin culebras.

Solo nosotros dos.

Y el silencio del bosque. Adrián era un buen amante. Sabía dónde estaba el clítoris. Je, je, je… Lamió mis tetas y mi entrepierna hasta que me corrí como una loca. Luego se sacó un condón y me la metió hasta el fondo. Lo hicimos de pie, sentados en el sofá, tumbados delante de la chimenea…

—Menudo día —murmuré, mientras el sueño me vencía—. Menudo día.

Y Adrián, a mi lado, me abrazó.

Y me dijo que no me fuera. Que me quedara. Que aquello no era solo un polvo.

Y yo, con la cabeza apoyada en su pecho, me lo creí.

Porque en aquel momento, en aquella casa, con aquel hombre, me sentí en casa.

Y no quería que acabara nunca.

Qué felicidad y qué miedo.