No estoy para setas CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Tengo el váter lleno de serpientes

Llegué a casa con el sabor amargo del descafeinado de Soti y la sensación de haber perdido una batalla que ni siquiera sabía que estaba librando.

La furgoneta me dejó en la puerta con un estertor, como si también ella estuviera harta de mí.

Entré, cerré con llave y me quedé un instante en el recibidor, respirando el silencio de la casa.

Por fin sola. Por fin lejos de miradas, de sonrisas envenenadas y de conversaciones que me dejaban fuera.

Pero no estaba tranquila. No del todo. Porque la imagen de Soti saliendo de la cocina del bar con su sonrisa de hiena me perseguía como una maldición.

Me quité la chaqueta vaquera, me descalcé y fui al aseo de abajo. Necesitaba mear. Y por una vez, no tenía que salir a la letrina. Gracias a Adrián y a su manitas de alcalde, el váter interior funcionaba. Tiré de la puerta, encendí la luz y me quedé helada.

Serpientes.

No una. No dos. Un montón. Culebras pequeñas, finas, retorciéndose en el interior de la taza como si acabaran de celebrar un congreso.

Se deslizaban unas sobre otras, asomaban las cabezas por encima del borde, sacaban las lenguas bífidas con una calma que me heló la sangre.

Una de ellas se quedó quieta, me miró —o eso me pareció— y volvió a sumergirse en el amasijo de escamas.

—Hostias —exhalé, dando un paso atrás y cerrando la puerta de golpe.

Me quedé en el pasillo, con la espalda contra la pared y el corazón latiéndome en la garganta. No podía ser. ¿De dónde habían salido? ¿Cómo habían entrado? ¿Por qué mi vida se había convertido en la peli de Pesadilla en Elm Street versión rural?

Me tapé la boca con la mano, como si las culebras pudieran oírme. Luego, armándome de un valor que no sentía, volví a abrir la puerta un centímetro. El espectáculo seguía allí: escamas, lenguas, movimientos sinuosos. Cerré otra vez.

—Esto no puede estar pasando —murmuré, con un hilo de voz.

Necesitaba mear. Mi vejiga llevaba un rato protestando, y ahora, con el susto, la urgencia era insoportable.

Pero no podía usar el váter. Y la letrina exterior estaba al otro lado del jardín, junto a los árboles, donde la cosa negra me había atacado una vez.

Y era de noche. Y hacía frío. Y yo no había nacido para esto.

Cogí el móvil y llamé a Adrián. No lo pensé. No me importó la hora, ni Soti, ni la feria medieval, ni el poema de mierda. Solo me importaba que mi váter se había convertido en un serpentario y que me estaba meando encima.

—¿Candela? —respondió al segundo tono, con voz de sorpresa.

—Adrián. Hay culebras en mi váter.

—¿En tu váter? —repitió, como si no hubiera oído bien.

—Sí. En la taza. Un montón. Retorciéndose. Y no puedo mear.

—¿No puedes mear?

—No. Porque están ahí. Y me da pánico. Y no quiero salir a la letrina porque es de noche y hay bichos y yo no he nacido para esto. ¿Me estás escuchando?

—Sí, cariño.

Le dio tos. Le escuché perfectamente.

—Pues dime algo. Porque me estoy meando encima y no sé qué hacer.

—Tranquila. No te preocupes. Ya voy yo. Las culebras no son peligrosas.

Son culebras de escalera, o quizá bastardas, pero no te van a hacer nada.

Son inofensivas. De verdad. En el pueblo hay muchas.

A mí de pequeño me encantaba cogerlas con la mano.

Mi abuelo me enseñó a distinguirlas. Son buenas para el campo.

Se comen los ratones. ¿Tú sabes que una culebra de escalera puede comerse hasta tres ratones en una semana?

Son nuestras aliadas. Lo que pasa es que no son muy listas y se meten por las tuberías.

Sobre todo en las casas viejas. Esta casa tiene las tuberías antiguas.

Habría que revisarlas. A lo mejor se han colado por el desagüe.

¿Tú has tirado algo raro por el váter últimamente?

A veces el jabón las atrae. O los restos de comida.

¿Tú tiras comida por el váter? Yo no. Bueno, a veces los posos del café, pero no es lo mismo.

El café es malo para las culebras. Les daña el hígado.

¿A ti te gusta el café? A mí me encanta.

Me tomo tres al día. Mi madre dice que me va a dar un ataque.

Pero yo sigo. ¿Tú cuántos te tomas? ¿Uno? ¿Dos? Dime, para hacerme una idea.

—¿Adrián?

—¿Sí?

—¿Estás conduciendo?

—Sí, estoy yendo. No te preocupes. Ya te dije que iba.

Pero me gusta hablar mientras conduzco. Me relaja.

Y a ti también te relajará. Tú respira. Cierra los ojos.

Piensa en cosas bonitas. ¿En qué piensas?

Piensa en la feria medieval. La semana que viene va a ser genial.

Habrá puestos de setas, de queso, de miel.

Yo estaré en el de setas. Mi madre ya te lo dijo, ¿verdad?

Claro que te lo dijo. Porque me lo contó.

Mi madre me cuenta todo. Bueno, casi todo.

No me cuenta lo que habla con las vecinas.

Eso se lo guarda. Pero me dijo que te iba a invitar.

Y yo me alegré. No dije nada, pero me alegré.

¿Te vas a pasar? Dime que sí. Porque si no, me quedaré allí esperando como un idiota.

Y no quiero. ¿Sabes cuántas veces me he quedado esperando a alguien que no viene?

Muchas. Mi ex era así. Me dejaba plantado.

Y yo, tan pancho, esperando. Hasta que me cansé.

Bueno, ella me dejó a mí. No sé por qué te cuento esto.

Es que me pongo nervioso. No sé callarme.

Mi madre dice que hablo por los codos cuando estoy nervioso.

Y ahora estoy nervioso. Porque me has llamado.

Y porque hay culebras en tu váter. Y porque no quiero que tengas miedo.

Yo te protejo. Soy tu adalid. ¿Sabes lo que significa adalid?

Es como un caballero. Un defensor. Yo soy tu defensor.

Te voy a quitar las culebras. Te lo prometo.

No tengas miedo. Ya estoy llegando. ¿Me oyes?

Ya casi estoy. ¿Estás en la puerta? Sal a la puerta.

Así me ves llegar. Y respira. Que el miedo se quita respirando.

O eso dice mi madre. Mi madre sabe muchas cosas.

Es una santa. Y hace croquetas. ¿Te gustan las croquetas?

Pues ya te las comiste. Te las comiste todas.

Y yo me alegré. Porque a mí también me gustan.

Sobre todo las de jamón. ¿A ti te gustan las de jamón?

A mí me chiflan. Y las de pollo. Y las de boletus.

Ah, las de boletus son la hostia. No sé si las has probado.

Mi madre las hace con setas del bosque. Pero solo cuando es temporada.

Ahora no. Ahora hay que esperar. ¿Tú has probado los boletus?

Pues en la feria medieval los pondré en el puesto.

Bueno, si hay. Depende del tiempo. Si llueve, no salen.

Y si no llueve, tampoco. Es un lío. Por eso mi madre dice que las setas son un misterio.

Y yo me pongo a explicarle lo de la reproducción sexual y ella me mira como si estuviera loco.

¿A ti te interesa la reproducción sexual de las setas?

Porque si quieres, te la explico. Es muy interesante.

Te lo dije el otro día. ¿No? ¿Te acuerdas?

En el bosque. Te pusiste roja. Bueno, me puse yo.

Porque es un tema que me da vergüenza. Pero lo controlo.

Y me gusta explicarlo. Sobre todo a ti. Porque me escuchas.

O finges que me escuchas. No sé. Dime. ¿Me escuchas?

—Sí, Adrián. Te escucho.

—¿Y no te estoy agobiando, cariño?

—No.

Otra vez aquella palabra que me volvía loca.

—¿Seguro?

—Seguro. Sigue hablando. Me calma.

—¿En serio?

—En serio.

—Pues vale. Pues mira, te voy a contar una cosa.

De pequeño, una vez, metí una culebra en la cama de mi hermana.

Le dio tal susto que se tiró por la ventana.

Menos mal que era una casa baja y solo se rompió un tobillo.

Mi madre me castigó sin salir un mes. Pero yo me reí.

No delante de ella, claro. Luego mi hermana me perdonó.

Bueno, me perdonó cuando le compré un regalo.

¿Tú tienes hermanos? No. Ya me lo dijiste.

Eres hija única. Como yo. No, yo tengo tres hermanos.

El mayor es guardia civil y el pequeño estudia enfermería.

Mi hermana es la mediana. Bueno, yo soy el mediano.

Ella es la mayor. No, el mayor es el guardia civil.

Me hago un lío. El caso es que mi hermana tiene miedo a las culebras desde entonces.

Y ahora tú también. Pero yo te voy a quitar ese miedo.

Porque yo sé cómo son. No hacen nada. Solo quieren calor.

Y humedad. Y tu váter les ha parecido un buen sitio.

Pero no es personal. Es instinto. ¿Tú crees en el instinto?

Yo sí. Es lo que me dice que ahora mismo tengo que estar contigo. Y aquí estoy. Llegando. ¿Me ves?

Miré por la ventana. Los faros del todoterreno iluminaban el camino de tierra. Suspiré. Por fin. Mi adalid. Con su cháchara y sus culebras y su necesidad de protegerme. No supe si reír o llorar. Hice ambas.

—Sí, te veo —dije.

—Pues sal. Que te vea. Y no tengas miedo. Que yo ya estoy aquí.

Salí a la puerta. Adrián aparcó, bajó del coche y se acercó con paso firme. En la mano llevaba una percha de gancho, de esas de colgar ropa, y un contenedor de plástico con tapa. Sonreía. Y yo, por primera vez en toda la noche, me sentí segura.

—¿Dónde están las culebras? —preguntó, sin preámbulos.

—En el váter de abajo.

—Pues vamos a por ellas.

Entró en la casa, directo al aseo. Yo lo seguí a una distancia prudente. Abrió la puerta, encendió la luz y se quedó mirando la taza con una serenidad de científico.

—Son culebras de escalera —dijo—. Jóvenes. Se habrán colado por el desagüe. No te van a hacer nada.

—Eso dices tú.

—Sí. Y te lo voy a demostrar.