CAPÍTULO 15
Al ataqueeeee
Soti se sentó a la mesa con la parsimonia de quien se sienta en el trono. Colocó el bolso en el regazo, alisó la falda con una mano y le dedicó a Adrián una sonrisa que pretendía ser íntima, pero que a mí me supo a vinagre.
—¿Te has acordado de la reunión con los concejales? —preguntó, ignorándome por completo.
—Sí —respondió Adrián, con la mirada clavada en su cortado.
—Es que como andas tan ocupado últimamente... —dijo Soti, alargando la pausa mientras me lanzaba una mirada rápida, como un dardo—. Una ya no sabe si te tiene que pedir cita con la secretaria o esperarte en la puerta de casa.
—He estado atento a todo.
—Claro, cariño. Si yo no lo dudo. Lo que pasa es que hay asuntos que requieren más que atención. Requieren decisión.
Adrián removió el café sin decir nada. Yo me quedé mirando mi taza, sintiendo que acababa de entrar en una conversación que no me invitaba. Soti, en cambio, se acomodó en la silla y se lanzó a hablar como quien abre un boletín oficial.
—Verás, mi amor. Le he echado un ojo al proyecto de la plaza. Al de la remodelación que presentaste al ayuntamiento. Y creo que está muy bien. Muy... funcional.
—¿Funcional? —repitió Adrián, con una ceja levantada.
—Sí. Pero le falta ambición. Y yo, que quiero lo mejor para este pueblo, me he permitido pensar un poco por mi cuenta. Tú sabes que yo siempre quiero lo mejor para todos. Y he pensado que, ya que vamos a levantar media plaza, podríamos aprovechar para hacer algo que ponga al pueblo en el mapa.
—¿Qué propones? —preguntó Adrián, sin soltar la taza.
—Una fuente ornamental. Pero no una fuente cualquiera. Una fuente con esculturas de bronce, iluminación subacuática y un sistema de chorros sincronizados con música. Algo moderno. Algo que la gente saque en Instagram. Un espectáculo.
—¿Un espectáculo en la plaza del pueblo?
—¿Y por qué no? Si en Madrid hay fuentes así y la gente va en masa a verlas. ¿Por qué aquí no? Sería un atractivo turístico. Y me han hablado de un escultor en Valencia que hace unas piezas preciosas. Ya le he pedido un presupuesto orientativo. No te asustes, no es tanto para lo que ofrece.
Adrián se echó hacia atrás. Soltó un suspiro.
—Soti, la plaza es patrimonio protegido. Cualquier obra en esa zona tiene que pasar por Patrimonio y por la comisión de urbanismo. Y una fuente de esas dimensiones, con instalación eléctrica, desagües y obra civil, no se aprueba así como así. Lo sabes.
—Ay, cariño, claro que lo sé. Pero tú eres el alcalde. Y tienes la mayoría de los concejales de tu lado. Si lo presentas bien, no se van a negar. ¿O es que no quieres?
—No es cuestión de querer. Es cuestión de que se salta media normativa municipal. Y no voy a comprometer al ayuntamiento por una fuente que no ha pedido nadie.
—¿Nadie? —repitió Soti, con una risita que me heló la sangre—. El pueblo llevará siglos con la misma plaza vieja. Pues es el momento de modernizarla. Y si los concejales no lo ven, es porque nadie se lo ha presentado como Dios manda. Yo podría encargarme. Que me gusta el papeleo.
Adrián negó con la cabeza.
—No es papeleo, Soti. Es legalidad. Hay una normativa de patrimonio, un plan de protección del casco histórico y una partida presupuestaria que ya está asignada a otras cosas. No se puede.
—Se puede si se quiere.
—No.
—Pues no querrás.
—Soti...
—No importa. Ya hablaré yo con el concejal de urbanismo. Es primo de mi madre. Seguro que él sabe ver las cosas con más amplitud.
Me quedé de piedra. La tía se saltaba al alcalde, a la ley y al sentido común con la misma tranquilidad con la que se pedía un descafeinado.
Y Adrián, con la mandíbula apretada, no decía nada.
O no podía. Porque Soti no solo era su prometida.
Era la hija de la «caciquita» del pueblo.
La que tenía las tierras, los contratos y las llaves de media plaza. Y lo sabía.
Soti me miró de reojo, con una sonrisa de triunfo.
—¿Y tú, Candela? —preguntó, con una dulzura que me puso los pelos de punta—. ¿Qué opinas de las fuentes ornamentales?
—Que mojan —respondí, sin pensarlo.
—Qué graciosa. Siempre tan ocurrente.
—Es una virtud.
—Ya. Como el poema que me vas a escribir. ¿Lo tienes ya? Es que la boda se acerca y me gustaría enseñárselo a mi madre. Ella es muy de poemas. De los buenos, claro.
—Aún no lo he terminado.
—Pues no te entretengas, bonita. Que el 11 de noviembre está a la vuelta de la esquina. Y no querrás que tenga que pedírselo a la IA, ¿verdad?
Me levanté. No dije nada. Solo me levanté, recogí el portátil y me colgué el bolso del hombro. Adrián me miró con una mezcla de sorpresa y algo que no supe identificar. Soti, en cambio, se quedó en su silla, con la sonrisa intacta y el descafeinado a medio beber.
—¿Ya te vas? —preguntó Soti, con una inocencia falsa.
—Sí. Tengo que escribir.
—¿El poema?
—No. Una novela. Sobre una bruja que se cree reina y acaba quemada en la plaza del pueblo. Con su fuente ornamental y todo.
Soti soltó una carcajada seca. Adrián esbozó una sonrisa que disimuló con la taza.
Y yo salí del bar con la cabeza alta y el corazón latiéndome en las sienes.
No miré atrás. No me hizo falta. Sabía que Soti se había quedado con el escenario, con el alcalde y con la conversación. Pero yo me había ido con la dignidad.
Y con una idea para la novela.
La bruja que acaba quemada en la plaza del pueblo.
Con su fuente ornamental.
Y su descafeinado de sobre.
Joder. Qué bien me sentaría escribir.