CAPÍTULO 14
Soti, la bruja
Después de la visita de Pilar me quedé un buen rato tirada en el sofá, con la panza llena de croquetas y la cabeza como un puto nido de pájaros.
La feria medieval. El puesto de setas. El alcalde.
Para colmo, la madre del susodicho guiñándome un ojo, como si fuéramos cómplices de un crimen que yo todavía no había decidido cometer.
Me reí sola, me tapé la cara con un cojín y solté un gemido que sonó a rendición absoluta.
Luego me levanté, me encasqueté el pijama y me planté frente al portátil.
Tenía que escribir. Tenía que avanzar. Tenía que justificar los tres meses de alquiler que la editorial me estaba pagando por la cara.
Abrí el documento del romantasy y me quedé mirando la última lindeza que había parido la noche anterior: «Y sin decir más, me tumba sobre la alfombra.
La chimenea ilumina su cara. Las sombras bailan.
La leña cruje. Y yo, que había venido a matarlo, me entrego».
Cerré el portátil de golpe. Anda y que le den.
No podía escribir algo tan ridículo y, a la vez, tan jodidamente parecido a mi vida real.
Era como mirarme en un espejo empañado, pero con colmillos y capas de terciopelo barato.
Entonces sonó el móvil. Juanito.
Lo dejé sonar tres veces. No por hacerme la interesante, sino porque necesitaba parir una mentira creíble en menos de cinco segundos. Spoiler : no se me ocurrió una mierda.
—Dime —contesté, con la voz de quien resucita de una siesta no dormida.
—Candela, ¿cómo va la novela? —disparó Juanito, sin anestesia.
—Bien.
—¿Bien?
—Bien. Avanzando.
—¿Cuántas páginas llevas?
—Unas cuantas.
—¿Cuántas?
—Las suficientes.
—Candela, no me vaciles. ¿Tienes algo que enviarme o no?
Me quedé muda. Miré el portátil cerrado. Miré la chimenea apagada. Miré la ventana abierta, por la que se colaba un olor a tierra mojada mezclado con furgoneta de pescado. Y entonces, sin pensarlo, solté la primera lindeza que me pasó por la mente.
—Estoy escribiendo algo diferente, Juanito.
—¿Diferente? ¿Qué coño significa diferente?
—Significa que no es una novela romántica al uso. Es un romantasy.
Silencio al otro lado. Un silencio largo, de esos que te hacen replantearte hasta el bautizo.
—¿Un romantasy ? —repitió, entre la incredulidad y el morbo.
—Sí. Con vampiros, brujas, castillos, estacas, chimeneas a tope y una tía de ciudad que se pierde en un pueblo con encanto.
—Suena a refrito de Crepúsculo.
—Es mejor que Crepúsculo.
—¿En serio?
—No. Pero suena de cojones, ¿a que sí?
Juanito se rio. Y yo, por un microsegundo, pensé que la milonga iba a colar. Entonces se puso serio.
—Mira, Candela, el fantástico vende. Si de verdad tienes algo, mándamelo. Aunque sea el primer capítulo. Pero no me mientas. Si estás en blanco, dímelo y buscamos una salida.
—Que he escrito, coño —solté, con más firmeza de la que sentía—. Tengo el primer capítulo. Es raro, pero mola. O eso creo.
—Pues mándamelo hoy.
—¿Hoy?
—Hoy. Antes de que me arrepienta de pagarte el alquiler de ese secarral.
—Juanito, la cobertura aquí es una puta mierda. Apenas puedo llamar, ¿cómo quieres que te suba un archivo?
—Pues te mueves. Tienes la furgoneta. En la plaza hay wifi . Me lo mandas desde allí.
—La furgoneta apesta a pescado.
—¿Y?
—Que no es un ambiente muy profesional para enviar literatura, ¿sabes?
—Candela, no me toques las narices. Súbete a la furgoneta, vete a la plaza y dale al botón de enviar. No es física cuántica.
—Ya.
—¿Qué?
—Que no es tan difícil, vale. Lo que pasa es que este pueblo me está desquiciando.
Hay un alcalde que o habla por los codos o te clava la mirada y te hiela la sangre, una prometida que me ha encasquetado un poema para su boda y una madre que me ceba a croquetas mientras me guiña el ojo como si supiéramos un secreto.
—¿Andar de marujeo te impide escribir?
—No. Me impide concentrarme. Que es peor.
—Pues te concentras. Y me mandas algo hoy. Lo que sea. Aunque sea el primer capítulo de los vampiros esos.
—¿Y si es un truño y no te gusta?
—Me dirás que lo escribiste en una furgoneta que hiede a merluza. Y te creeré.
Me reí. Él también. Por un momento, el interrogatorio pareció una tregua.
—Vale, te lo mando —cedí, derrotada—. Pero no esperes una obra maestra.
—Nunca espero nada de ti. Y aun así, siempre consigues sorprenderme.
—¿Eso es un cumplido?
—Tú sabrás. A currar.
Colgó. Me quedé con el móvil en la mano, mirando la pantalla como si fuera a darme el número de la lotería.
Luego abrí el portátil y me leí el primer capítulo del romantasy de marras.
Con todos sus defectos. Con todas sus cursilerías.
Con todos sus «clávamela, Candela» y sus «te la clavo yo a ti».
Y me dio la risa. Una risa floja, nerviosa, de las que te dejan sin aire.
—Joder —murmuré—. Ahora tengo que parir un romantasy , un poema para la boda de la Sota y terminar la romántica. Y todo en el mismo puto pueblo. Con el mismo alcalde metiéndose en mi cabeza. La misma prometida intensita. Y la misma furgoneta apestosa.
Me reí más. Luego me levanté, me bebí un vaso de agua y me quedé de pie junto a la ventana, mirando el bosque.
La feria medieval era la semana que viene.
Adrián estaría en el puesto de setas. Y yo, con mi mentira a cuestas y mi editor al acecho, no sabía si esconderme bajo las piedras o bajar al pueblo a dar la cara.
Al final hice lo único sensato: me metí en la ducha.
El agua hirviendo me cayó por la espalda y asumí que llevaba demasiados días dejada de la mano de Dios.
Me lavé el pelo dos veces, me calcé una mascarilla con un olor a coco que te mueres y me quedé un rato bajo el chorro, apoyando la frente en los azulejos, dejando que el calor me deshiciera los nudos del cuerpo.
Cuando salí, envuelta en la toalla, me miré al espejo y me prometí una cosa: hoy no iba a parecer una náufraga. Hoy no, joder.
Secador a tope, un toque de crema hidratante y me vestí con lo mejorcito que tenía en la maleta: unos vaqueros ceñidos que hacían milagros, una camiseta blanca de tirantes y una chaqueta vaquera que me sentaba de cine.
Un toque de gloss rosado en los labios, máscara de pestañas y el remate final: mi perfume favorito, Nina de Nina Ricci.
Ese olor dulce, fresco, con un punto a manzana que me hacía sentir más tía buena y menos escritora amargada.
Sonreí frente al espejo. No estaba para desfilar en Milán, pero al menos ya no parecía la prima pobre de un anuncio de detergente.
Cogí el ambientador de coche que había pillado en el Covirán —olor a frutos rojos, el único que prometía «eliminar olores fuertes»— y bajé a la furgoneta.
Abrí las puertas y rocié el salpicadero, los asientos y la parte trasera como si no hubiera un mañana.
El olor a pescado seguía ahí, pero ahora mutado en una nube de fresa artificial que lo hacía todavía más insoportable.
Una delicia. Me dio la risa, arranqué el motor y salí por el camino de tierra con la ventanilla bajada y el corazón desbocado.
—Voy a mandar un puto capítulo —me dije en voz alta, a ver si así me lo creía—. Andando. Y si de paso me encuentro con el alcalde, pues oye, dos pájaros de un tiro. Es el alcalde. Es normal que ande por su pueblo.
No me lo creía ni yo. Tenía unas ganas locas de verlo.
Llegué a la plaza en diez minutos. La furgoneta soltó un último quejido antes de morir, como si protestara por el paseo.
Me bajé con el portátil bajo el brazo, estiré la espalda y eché un ojo.
La plaza estaba tranquila: las señoras de siempre cotilleando y los mismos viejos jugando al dominó en la puerta del bar.
Ni rastro de Adrián. Tampoco de Soti. Menos mal.
O una pena, según se mirara. Respiré hondo, saqué el móvil y vi las barras de cobertura. Dos rayas. Suficiente.
Me apalanqué en un banco, abrí el portátil y repasé el texto por última vez. No era perfecto. Era un desastre. Pero era lo que había. Le di a enviar. Sin pensar. El archivo voló por el espacio con su vampiro, su bruja y su urbanita perdida.
—Ya está —murmuré—. Que Dios nos coja confesados.
Y, entonces, como si el universo tuviera ganas de juerga, apareció él.
Adrián salía del ayuntamiento con una carpeta en la mano y el móvil pegado a la oreja.
Llevaba la camisa blanca remangada, marcando antebrazos, los vaqueros de siempre y una expresión seria que se le derritió por completo en cuanto me vio.
Colgó el teléfono de golpe, se guardó la carpeta bajo el brazo y caminó hacia mí con esa planta que tenía, despacio, como si le sobrara el tiempo.
—Hola —dijo, plantándose a un metro de mí. El olor de mi perfume debió de llegarle, porque entornó los ojos con una sonrisilla ladeada.
—Hola —respondí, intentando que no se me notara el subidón.
—¿Qué te trae por aquí?
—Cumpliendo con los deberes. Le acabo de mandar el capítulo a mi editor.
—¿Y te ha gustado?
—No. Pero lo he mandado igualmente.
Adrián sonrió. Y yo me derretí por dentro.
—¿Te apetece un café? —preguntó.
—No tomo café por la tarde.
—Una infusión.
—Tampoco.
—Pues una Coca Cola.
—No tengo sed.
—Entonces un paseo.
—Me duele la pierna.
—¿Te duele la pierna?
—Mucho.
—No te duele nada.
—Cállate.
—No me da la gana.
Y me reí. Y él se rio conmigo. Y la plaza entera, con sus viejos y sus señoras y su mercadillo ausente, se convirtió en un escenario de los de antes.
—Está bien —dije al final—. Invítame a un café.
—¿No decías que no tomabas café por la tarde?
—He cambiado de opinión.
—Bien.
Y le seguí hasta el bar, con mi maletín con el ordenador y mi sonrisa de idiota.
Joder.
Qué peligro.
Estábamos a punto de cruzar el umbral del bar cuando una silueta se recortó al fondo de la plaza.
Era ella. Soti. Pero la prometida no era de las que entraban de frente pegando gritos.
Qué va. Soti era como los toros mansos: de las que se quedan en tablas, observan, calculan el terreno y, cuando menos te lo esperas, te meten la puñalá trapera sin despeinarse el flequillo.
Nos vio. Vio la carpeta de Adrián, vio mis vaqueros ceñidos y olió el rastro de Nina Ricci a tres metros. Pero no movió un músculo de la cara. Dio media vuelta con una sonrisa gélida y bordeó el edificio con el paso firme de quien es dueña y señora del cortijo.
Mientras Adrián me abría la puerta del local con su sonrisa de golfo, Soti ya estaba entrando por el callejón trasero. Directa a la terraza del jardín, donde Pascui, la dueña del bar recogía unas mesas con cara de pocos amigos.
—Pascui, bonita —soltó Soti, con una voz que pretendía ser dulce pero sonaba a lija—. Déjame pasar por la cocina, anda. Que voy a cotillear un asunto.
Pascui se dio la vuelta, se cruzó de brazos y le plantó una mirada de cemento armado. En este pueblo todo el mundo se conocía las mañas.
—Por la cocina no pasa nadie que no sea del servicio, Soti. Normas de sanidad —respondió la hostelera, sin moverse un milímetro.
A Soti no se le movió ni una pestaña. Dio un paso al frente, redujo la distancia y le dedicó una de esas sonrisas que hielan la sangre.
—Ya, las normas. Qué cosas —susurró, inclinándose un poco—.
Como la norma esa de revisar los contratos de arrendamiento, ¿verdad?
Mira que el mes que viene vence lo vuestro, Pascui.
Y con lo que ha subido la vida, igual tengo que pegarle un hachazo al alquiler de este local que te da de comer.
Tú verás si me dejas pasar a la cocina o si prefieres ir buscando otra ubicación para poner las cañas.
A Pascui se le tensó la mandíbula, pero en el mundo real el dinero manda. Tragó saliva, apartó la mirada y, de mala gana, dio un paso a un lado dejándole el camino libre hacia los fogones.
—Pasa —gruñó la dueña.
Soti sonrió, victoriosa. Se colocó el bolso en el antebrazo y entró en la cocina como Pedro por su casa, dispuesta a salir por la puerta del mostrador justo a tiempo para cazarnos con las manos en la masa.
Mientras tanto, en la barra, Adrián y yo seguíamos flotando en nuestra burbuja de tensión sexual, completamente ajenos a la hiena que se nos venía encima por la retaguardia.
Él me miraba los labios. Yo le miraba las manos.
Y el café con leche se me enfriaba delante, como un testigo mudo de aquella estupidez.
—¿Sabes? —dijo Adrián, inclinándose un poco—. Me gusta verte reír.
—Pues no te acostumbres.
—¿Por qué?
—Porque no suelo hacerlo tanto.
—Pues conmigo sí.
—Será por el café.
—No es por el café.
Me quedé callada. Él también. Y en ese silencio, con sus ojos clavados en los míos y la barra del bar como única trinchera, sentí que algo se rompía. O se abría. O se cagaba en todo. No lo supe.
Sin más remedio la vi.
Soti salió por la puerta de la cocina, se plantó en medio de la barra y nos dedicó una sonrisa de esas que no auguran nada bueno.
—Hola, pareja de tortolitos —dijo, con una dulzura envenenada—. ¿Me hago un hueco?
Adrián se tensó. Yo también. Y el bar entero, que segundos antes era un remanso de paz, se convirtió en un escenario de guerra.
—Soti —dijo Adrián, con una voz que no era la de hacía un momento—. ¿Qué haces aquí?
—Lo mismo que tú, cariño. Tomarme algo. Y de paso, saludar a Candela. Que la vi desde la plaza y me pareció que estaba muy guapa. Con sus vaqueros ceñidos y su colonia de niña buena. ¿Es nueva?
—No —respondí, sin pestañear—. Es de siempre.
—Pues te queda muy bien. Huele a manzana. Muy apropiado para un pueblo lleno de cerdos.
Me mordí la lengua. Adrián apretó la mandíbula. Y yo entendí, en ese instante, que aquella mujer no venía a pelear. Venía a marcar territorio. A recordarme quién era la prometida. A dejarme claro que, por mucho café y por muchas risas, él seguía siendo suyo.
Y lo peor es que, técnicamente, tenía razón. Pero yo no estaba dispuesta a rendirme tan fácil.
—Siéntate, Soti —dije, con una calma que no sentía—. El café está muy bueno. Y la compañía, también.
Soti me miró con una ceja levantada. Luego se sentó. Y la guerra, sin declararse, empezó.
Afuera, en la terraza, Pascui encendía un cigarro con manos temblorosas. Y el pueblo, como siempre, se dispuso a mirar.
Y a disfrutar.
Porque los culebrones, en los pueblos pequeños, son mejor que la televisión.
Y este acababa de empezar.
—Joder —murmuré por lo bajo, mientras Soti pedía un descafeinado de sobre con una sonrisa de hiena—. Joder.
Y Adrián, a mi lado, no dijo nada.
Pero me rozó la mano por debajo de la mesa.
Y yo, con el corazón en la garganta, decidí que aquella guerra la iba a ganar.
Aunque me costara el hígado.
Aunque me costara la novela, o incluso el alma.
Mientras, Soti, con su descafeinado de sobre, se me quedó mirando.
Y yo le sostuve la mirada.
Sin parpadear ni respirar y mucho menos rendirme.
Joder.
Qué tarde más larga se nos venía encima.