CAPÍTULO 13
Viene a visitarme la madre del alcalde
Me desperté con el regusto del chorizo y de Adrián en la boca.
No sabía cuál de los dos me daba más vergüenza.
Probablemente ambos. Me quedé un buen rato en la cama, con la vista fija en el techo, la manta enredada entre las piernas y la cabeza llena de imágenes que no me atrevía a ordenar.
El beso. Los dos besos. Las lentejas. El eructo.
Su camisa arrugada. Su cara de perro apaleado.
Su olor a bosque. Y yo, con mi pijama de festival y mi aliento a guiso, devolviéndole el beso como una boba.
Me tapé la cara con la almohada y solté un gemido.
—Joder, Candela —murmuré contra el colchón—. Joder.
No me arrepentía. Ese era el verdadero problema. Si me arrepintiera, podría castigarme, prometerme que no volvería a pasar o escribir una lista de motivos por los que besar a un alcalde comprometido era una idea nefasta. Pero qué va. No me arrepentía. Y eso me parecía todavía peor.
Adrián no había dado señales de vida. Ni un mensaje, ni una llamada, ni una paloma mensajera.
Nada. Después del beso, se había largado con la misma prisa con la que huyó tras lo del bosque.
Y yo me quedé allí, con el plato de lentejas a medio terminar y la certeza de que acababa de meterme en un jardín del que no iba a saber salir.
Me levanté arrastrando la manta, me pegué una ducha con agua caliente y me lavé los dientes dos veces seguidas, como si con eso pudiera borrar el rastro de la noche anterior.
Me puse lo primero que pillé: unos vaqueros viejos, una camiseta gris y una sudadera sin manchas que olía a suavizante barato.
Me preparé un café cargado, me senté a la mesa y me quedé mirando el portátil sin abrirlo.
No había manera. No podía escribir. No lograba concentrarme.
Solo podía pensar en él. Y en Soti. Y en la dichosa boda del 11 de noviembre.
Y en el poema de mierda que me había encargado.
Y en la IA. Y en las bragas de algodón. En todo, vaya.
Entonces llamaron a la puerta.
Me levanté con el corazón en un puño, pensando que sería Adrián. O Soti. O el pescadero. O algún vecino mosqueado por el olor de la furgoneta. Abrí con desconfianza, asomando solo media cara.
Era Pilar.
La madre de Adrián.
Llevaba un táper en la mano y una sonrisa de esas que entran sin pedir permiso.
—Buenos días, hija —dijo—. Te traigo croquetas. De las mías. De las buenas.
Me quedé de piedra. Pilar entró sin esperar a que la invitara, como si aquella casa fuera suya. Dejó el táper en la encimera, se quitó el abrigo y se acomodó en una silla con la naturalidad de quien ha venido mil veces. Yo seguía clavada en el umbral, con la boca abierta y el pelo chorreando.
—¿Y tú qué haces aquí? —pregunté, cerrando por fin la puerta.
—Vengo a verte. Y a traerte croquetas. Ya te lo he dicho.
—¿Y por qué?
—Porque me caes bien. Y porque estás sola. Y porque mi hijo me ha dicho que no tienes cobertura y que vives como una ermitaña.
—¿Tu hijo te ha dicho eso?
—Sí. Ayer. Después de pasarse por aquí.
Me puse colorada. Como un tomate de huerta. Pilar me clavó una mirada con la ceja arqueada y una sonrisa socarrona.
—¿Hace calor aquí o es que mi hijo te pone nerviosa? —preguntó.
—No me pone nerviosa.
—Claro. Por eso estás roja como un pimiento.
—Es por el café.
—El café no saca los colores, hija.
Me senté en la silla de enfrente, dándome por vencida. Pilar abrió la fiambrera y el olor a frito casero inundó la cocina. Mi estómago rugió con una deslealtad que me dio hasta vergüenza.
—Come —dijo—. Que estás en el chasis.
—No estoy delgada.
—Estás en un grito, que es peor.
Cogí una croqueta y le hinqué el diente. Estaba de muerte. Cremosa por dentro, crujiente por fuera, con un sabor a jamón y a gloria que me obligó a cerrar los ojos.
—¿Ves? —dijo Pilar—. El buen comer lo cura todo. O casi todo.
Seguí a lo mío. Pilar me escudriñaba con esa mezcla de ternura y curiosidad de las madres que calan a cualquiera a la primera.
Intenté mantener el tipo, pero fue imposible.
Aquella mujer me inspiraba una confianza tremenda.
Y yo llevaba días sin desahogarme con nadie.
Bueno, con nadie que no fuera mi editor, un alcalde besucón y una prometida con nombre de encurtido.
—¿Te pasa algo? —preguntó Pilar, a bocajarro.
—No.
—Mientes.
—¿Y si miento?
—Pues que te escucho igual. Y te doy otra croqueta.
Me dio la risa. No pude evitarlo. Pilar iba de frente, pero sin resultar pesada.
Era de esas personas que preguntan y se quedan a escuchar la respuesta.
Y yo, que estaba hasta el moño de callarme las cosas, empecé a largar.
Sin dar nombres. Sin detalles. Sin confesar que el hombre que me traía de cabeza era su propio hijo.
—Hay un hombre —dijo, con la vista clavada en la mesa.
—Siempre hay un hombre.
—Es complicado.
—Siempre lo es.
—Está comprometido.
Pilar soltó un suspiro hondo, de esos que arrastran los años y la experiencia.
—¿Y tú qué sientes? —preguntó.
—No lo sé.
—Mientes.
—Sí. Siento cosas. Demasiadas. Y no debería.
—¿Por qué?
—Porque no está libre. Y yo no soy de las que se meten en parejas de otros. No va conmigo. Yo soy más de estar a mi aire, con mi trabajo y mis cosas. No me van los líos. Y de repente aparece este tío y me lo desbarata todo. No sé por dónde salir.
—¿Y él?
—¿Él qué?
—¿Él qué siente?
—No tengo ni idea. No suelta prenda. A veces se pasa cuarenta minutos hablando por los codos. Otras veces se queda como un muerto. Me planta un beso y sale corriendo. Me pide disculpas y luego vuelve a las andadas. No hay quien lo entienda.
Pilar soltó una carcajada.
—¿Andas segura de que no está tan perplejo como tú? —dijo.
—Da igual. Está comprometido. Con una mujer que… bueno, con ella.
—¿La conoces?
—Sí.
—¿Y es trigo limpio?
—No lo sé. Es rarita. A veces va de fina y otras te suelta unas pullas que te dejan con el culo torcido. Me ha pedido que le escriba un poema para la boda. No sé si tomármelo a risa o tirarla por un barranco.
—Pues escribe el poema.
—¿Cómo?
—Escribe el poema. Con toda tu mala leche. Con todo lo que sientes. Con todo lo que te mueres por decirle a la cara. Y léeselo en la boda. Si esa mujer no lo pilla, el resto del pueblo sí. Y si el hombre del que me hablas tiene dos dedos de frente, también.
Me quedé de piedra mirándola. Pilar soltaba aquello con una parsimonia que me ponía los pelos de punta.
—¿Y si él se da cuenta de qué va el poema? —pregunté, con un hilo de voz.
—Pues que se entere. Y que espabile. Porque si se va a casar con una mujer a la que no quiere, más le vale darse cuenta antes de pasar por el altar.
—¿Andas tan segura de que no la quiere?
Pilar me miró fijamente. Me miró con esos ojos de madre a la que no le hacen falta explicaciones.
Y ahí caí en la cuenta. Lo pilló ella. Lo pillamos las dos a la vez.
Se formó un silencio denso, de los que se cortan con cuchillo.
Quise que tragara la tierra. Pilar, en cambio, esbozó una sonrisa de una dulzura que me descolocó por completo.
—Hija —dijo, bajando el tono—. Que yo no he nacido ayer.
Y mi hijo, por muy alcalde que sea, por mucho Mercedes que gaste y por muy serio que vaya por la vida, no tiene misterio para mí.
Habla por los codos cuando está de los nervios y se calla como un muerto cuando está a gusto.
Y tú, sentada aquí con esa cara de «dónde me meto», me estás hablando de él.
No sé los detalles, ni me importan. Pero lo sé.
Abrí la boca, la cerré y la volví a abrir. No me salían las palabras. Pilar me puso la mano encima de la mía.
—No te voy a tirar de la lengua. No me corresponde. Pero te voy a decir una cosa. La semana que viene llegan los feriantes de la feria medieval. Se montan puestos en la plaza, hay música, hay jolgorio y la gente del pueblo se vuelca.
Tú, que estás aquí sola, podrías pasarte y echar una mano.
Hay mucha gente maja que encuentra su sitio y su manera de vivir.
Y a lo mejor tú también. A lo mejor descubres que este pueblo no es solo un sitio al que te han mandado para escribir.
A lo mejor es un lugar donde te quedas porque te da la gana.
Se levantó, recogió el táper y se puso la chaqueta. Antes de salir, se giró y me guiñó un ojo.
—Ah, y en el puesto de setas estará el alcalde. Por si te apetece pasar.
Me quedé sin aire. Pilar salió sin esperar respuesta, dejando tras de sí un olor a croquetas y una invitación que me latía en el pecho como un redoble de tambor. Cerré la puerta y me apoyé en ella. Y entonces, sin poder evitarlo, empecé a soñar despierta.
Lo vi a él. A Adrián. En el puesto de setas, con la camisa blanca remangada y las manos manchadas de tierra.
Lo vi explicándole a una señora la diferencia entre un boletus y un rebollón, con esa seriedad de alcalde que tanto me hacía reír.
Lo vi levantando la vista, mirándome por encima del hombro, con una sonrisa que no era de cumplido.
Y me vi a mí, acercándome con la excusa de mirar las setas, sintiendo que el corazón me golpeaba las costillas.
Imaginé que me quedaba a su lado, fingiendo interés por los hongos, mientras él me hablaba de esporas y de micelios y de hifas compatibles.
Imaginé que, en un momento de silencio, me miraba los labios y yo le miraba los suyos.
Imaginé que el bullicio de la feria se desvanecía y solo quedábamos nosotros dos, con las manos cerca, con la respiración contenida, con la promesa de un beso flotando en el aire.
—Mierda —murmuré, abriendo los ojos—. Mierda, mierda, mierda.
Porque aquello no era una ensoñación. Era una puta película. Y yo era la protagonista. Y el final feliz no estaba garantizado.
Me llevé la mano al pecho, noté el corazón desbocado y me reí sola. Una risa floja, nerviosa, de las que salen cuando ya no sabes si reír o llorar.
—Vale, Candela —dije en voz alta—. La madre del alcalde te ha invitado a la feria medieval. El alcalde estará en el puesto de setas. Y tú estás aquí, recién levantada y con los pelos como una leona.
No estaba bajo control. No lo estaba en absoluto.
Pero por primera vez en mucho tiempo, no me importaba.
Porque la feria medieval era la semana que viene.
Y Adrián estaría allí.
Y yo, con mi furgoneta apestosa y mi corazón de mierda, pensaba presentarme.
Aunque fuera para mirar setas, para hacerme daño o para simplemente comprobar si aquello era real.
¡Joder! ¡Qué ganas!