CAPÍTULO 12
Canto, me río y el alcalde me vuelve a besar
El tiempo fue pasando con una calma que no me merecía.
Después del encontronazo con la Sota en el Covirán, volví a casa, guardé la compra y me puse a ordenar la cocina con la misma energía con la que una se pone a limpiar cuando no quiere pensar.
La ventana estaba abierta y entraba una brisa fresca que olía a tierra mojada y a tomillo.
La furgoneta seguía apestando en la puerta, pero yo ya me había acostumbrado. O eso me decía.
Puse música en el móvil. No elegí nada concreto.
Dejé que sonara lo que sonara, una lista aleatoria que iba del indie al pop de los dos mil sin pedir permiso.
Y mientras se calentaba el bote de lentejas con chorizo en un cazo, yo tarareaba por lo bajo, moviendo las caderas como una mujer que no ha tenido un día de mierda.
Porque lo había tenido. Vaya si lo había tenido.
Pero estaba en casa, con mis lentejas de bote y mi dignidad intacta. Más o menos.
—Soti, Soti, qué bruja estás hecha… —canturreé, inventando una melodía ridícula—. Con tu coleta y tu sonrisa de muñeca deshecha…
Me reí sola. Luego me puse a pensar en el poema que me había pedido.
Un poema de amor para leer en su boda. La boda con Adrián.
El 11 de noviembre. San Martín. Y yo, que no tenía nada mejor que hacer, me puse a improvisar pareados terribles, de esos que te salen cuando estás cocinando y no te importa el ridículo.
—Soti, Soti, con tu vestido azul… tu boda es un chiste y tú eres una mamarracha con tutú… Soti, Soti, con tu pelito tirante… tu futuro marido me parece un tunante…
Solté una carcajada. Luego seguí, removiendo las lentejas con una cuchara de palo.
—Soti, Soti, con tus sandalias plateadas… ni me busques, ni me llames, que me tienes hasta el toto… Y el poema de tu boda, que lo escriba tu abuela.
Me reí tanto que se me saltaron las lágrimas.
Las lentejas burbujeaban en el cazo, soltando un olor a chorizo y a gloria.
Me serví un plato generoso, me puse el pijama —la camiseta vieja del festival y las mallas con agujeros— y me senté a la mesa con la cuchara en la mano y la risa todavía en la boca.
La música seguía sonando de fondo, una canción melosa que no venía a cuento.
Y entonces, justo cuando me acababa de meter la primera cucharada en la boca, sonó la puerta.
No el timbre, la puerta. Alguien aporreó con los nudillos, con esa urgencia de quien no sabe si lo van a recibir o a echar a escobazos. Me quedé con la cuchara a medio camino, mirando la puerta como si fuera a abrirse sola. Luego me levanté, arrastrando las zapatillas, y abrí.
Era Adrián.
Otra vez.
Con la camisa arrugada, el pelo revuelto y una cara de perro apaleado que no le pegaba ni de coña con el alcalde serio y silencioso de la mañana.
—Hola —dijo.
—Hola.
—¿Puedo pasar?
—¿Otra vez?
—Sí. Otra vez.
—¿Y no podías avisar?
—No tengo cobertura en mi casa.
—Yo tampoco.
—Ya.
Me quedé mirándolo. Estaba raro. Inquieto. No sabía dónde meterse. Y yo, con mi pijama de mierda y mi plato de lentejas esperándome en la mesa, no estaba para visitas.
—Pasa —dije al final, apartándome.
Entró. Se quedó de pie en mitad del salón, con las manos en los bolsillos y la mirada clavada en el suelo. Yo cerré la puerta y me crucé de brazos.
—¿Qué te pasa ahora? —pregunté, sin demasiada suavidad.
—He venido a disculparme.
—¿Otra vez?
—Sí. Otra vez.
—¿Y por qué? ¿De qué?
—De todo. De lo del bosque. De lo del beso. De lo de Soti. De lo de irme tan rápido. De lo de no avisarte. De todo.
—Ah.
—No soy así.
—¿Cómo?
—Así. No soy un tío que besa a una mujer y se va corriendo. No soy un tío que pide disculpas cada dos por tres. No soy así.
—Y no me has avisado de que venías.
—Lo sé.
—Y encima vienes a mi casa un sábado, sin avisar, a pedirme disculpas por algo que no me has explicado.
—Lo sé.
—Pues explícamelo.
Se quedó callado. Me miró. Y yo, con mi pijama de mierda y el olor a lentejas flotando en el aire, me di cuenta de que aquello era más serio de lo que parecía.
Pero no me dio tiempo a reaccionar. Porque justo entonces, sin previo aviso, se me escapó un eructo.
No un eructo disimulado. No. Un eructo con olor a chorizo.
De los que salen del estómago y te dejan la boca con sabor a guiso.
Me quedé helada. Adrián me miró. Y yo quise morirme allí mismo.
—¿Estás comiendo? —preguntó.
—Sí.
—¿Lentejas de bote?
—Sí —repetí, con la dignidad por los suelos.
—¿Con chorizo?
—Sí.
—Oh, Dios mío. Me encantan.
—¿Las lentejas?
—Las lentejas de bote. Con su grasilla. Con su olorcillo. Con su punto de casquería. ¿Te sobran?
—No.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Pero ese olor… Ese olor es increíble. ¿Me dejas olerlo?
—¿Oler qué?
—El plato.
—¿Estás loco?
—Un poco.
Se acercó a la mesa. Se inclinó sobre mi plato y aspiró con una intensidad de sumiller.
Y yo, sin saber muy bien qué hacer, me quedé allí de pie, con la cuchara en la mano y el corazón latiéndome en la base de la garganta.
Adrián levantó la cabeza y me miró. Y vi en sus ojos una mezcla de hambre, de culpa y de algo que no supe identificar.
—Huele a gloria —dijo.
—Ya.
—Y tú hueles a lentejas.
—Ya.
—Y yo no sé por qué me está pasando esto.
—¿El qué?
—Que no puedo dejar de mirarte. Ni de olerte. Ni de querer comerte.
Me reí. No pude evitarlo. Aquello era absurdo. Él era absurdo. Yo era absurda. Y sin embargo, allí estábamos, en mi cocina, con un plato de lentejas de bote y un eructo de por medio, mirándonos como dos idiotas.
—Cállate —dije, sin borrar la sonrisa.
—¿Por qué?
—Porque no puedes decirme eso. Te casas con Soti. Con la Sota de Bastos. Con la que me ha pedido un poema para vuestra boda. Y yo no puedo estar aquí, escuchándote decir que me quieres comer, mientras se me enfría la comida.
—No me he casado todavía.
—Ya. Pero lo harás.
—¿Y si no lo hago?
—Pues serás la comidilla del pueblo, te dejarán de votar y yo seguiré siendo una escritora de mierda con aliento a chorizo. Y no sé si eso es mejor o peor.
—Es mejor.
—¿Seguro?
—Seguro.
Se acercó un poco más. Yo retrocedí. Mi espalda chocó con la encimera. Él me miró los labios. Y yo, sin querer, me relamí. Fue un gesto involuntario. Estúpido. Humano.
—Me tienes que explicar lo del beso —dije, en un intento de recuperar el control.
—Ya.
—Y lo de Soti.
—Ya.
—Y lo de irte con una excusa de mierda.
—Ya.
—Y lo de venir ahora, un sábado, a olerme el plato como un perro.
—Ya.
—Pues explícamelo.
—Luego.
—¿Luego?
—Luego.
Y me besó.
Sin avisar. Sin pedir permiso. Sin importarle el aliento a lentejas ni el pijama de mierda ni el eructo de hacía un minuto.
Me besó como si no hubiera otra cosa que hacer en el mundo.
Y yo, que no tenía nada que perder —bueno, sí, pero en ese momento me daba igual—, le devolví el beso con la misma intensidad.
Fue un beso torpe, hambriento, lleno de sabor a chorizo y a culpa.
Un beso de esos que no se cuentan en las novelas románticas.
Un beso de pueblo, de cocina, de lentejas de bote.
Y lo peor es que me gustó. Me gustó muchísimo.
Tanto que me olvidé de Soti, del poema, de la boda, de mi editor y hasta de las lentejas.
Nos separamos un instante, con la respiración alterada.
—Joder —murmuré.
—Ya te digo.
—Sigues sin explicarme nada.
—Lo sé.
—Y yo sigo oliendo a chorizo.
—Lo sé.
—Y tú hueles a bosque.
—¿Y te gusta?
—No.
—Mentirosa.
—Cállate.
—No me da la gana.
Y me volvió a besar.
Y yo, que no sé decir que no, me dejé.
Porque a veces las lentejas de bote saben mejor que cualquier plato de autor.
Y porque el alcalde, con su camisa arrugada y su cara de perro apaleado, me estaba comiendo viva.
Y yo no pensaba detenerlo.