CAPÍTULO 11
Encerrona en el Covirán
Me pegué una ducha rápida, me puse el uniforme oficial de supervivencia —vaqueros limpios, camiseta negra y una sudadera que, milagrosamente, no lucía ninguna mancha de tomate— y decidí que tocaba bajar al pueblo.
La nevera estaba tan desierta que hacía eco y mi estómago me estaba mandando señales de humo advirtiéndome de que no se podía subsistir indefinidamente a base de carbohidratos prehistóricos con embutido.
Me subí a la furgoneta de los hermanos Romero, que seguía desprendiendo una fragancia digna de una lonja de pescado, y encaré el camino de tierra con las ventanillas bajadas a tope, rezando para que la aerodinámica obrara el milagro de ventilar el habitáculo.
El mercadillo, por supuesto, no estaba. Faltaría más.
Era sábado y, tal y como Adrián me había grabado a fuego en su interminable monólogo del día anterior, no encontraría nada que mereciera la pena.
La plaza del pueblo lucía desolada, con las cuatro hojas secas y los restos de plástico barridos con desidia contra los bordillos.
Tres o cuatro señoras de la vieja guardia arrastraban carros de la compra con parsimonia, y en la terraza del bar de siempre, dos jubilados jugaban al dominó con la misma tensión que un artificiero cortando el cable rojo.
Aparqué aquel ataúd con olor a rape y me metí en el Covirán del municipio.
Era el típico supermercado de provincia: pasillos tan estrechos que requerían maniobra de aparcamiento y estanterías metálicas que parecían emitir quejidos bajo el peso de las latas de conserva.
Agarré una cesta de plástico y me dediqué a deambular sin rumbo fijo, repasando las etiquetas con la absoluta resignación de quien había decidido no morir de hambre.
Leche, café, pan de molde, un trozo de queso, arroz y una caja de galletas de marca blanca.
El kit básico del escritor desterrado: pobre pero con la dignidad intacta.
Y, entonces, el destino decidió que la tregua matutina se había terminado.
La vi.
Soti.
Estaba plantada exactamente delante de la sección de congelados, con un vestido azul pastel que pretendía ser angelical y unas sandalias plateadas que rechinaban contra el suelo de terrazo con el inquietante sonido de una muñeca de película de terror.
La escoltaba una mujer de avanzada edad —con toda probabilidad su madre o su sargento de infantería particular— que le iba señalando las bolsas de menestra congelada.
Soti todavía no se había percatado de mi presencia.
Permanecía de espaldas, con el cabello recogido en una coleta tan tirante que debía de estar haciéndole un lifting gratuito, y un bolso de marca colgado del antebrazo que, con total seguridad, también era de outlet .
Giré sobre mis talones y busqué cobijo inmediato en el pasillo de las legumbres.
No quería cruzarme con ella. Bajo ningún concepto.
No hoy. No pocas horas después de que su prometido me hubiera estampado contra un pino en mitad del bosque y me hubiera metido la lengua hasta la campanilla.
No tras haberla bautizado como la Sota de Bastos a grito pelado delante de la mitad del pueblo.
No con mi cesta de la compra delatando mi dieta de estudiante universitario y mi orgullo hecho unos zorros.
Me concentré en los botes de garbanzos cocidos como si en su composición secreta residiera el misterio de la piedra filosofal.
Pasó un minuto eterno. Luego dos. Luego tres.
Yo seguía fingiendo un interés antropológico por las lentejas pardinas y las alubias de «cocción rápida».
Y justo cuando saboreaba la dulce ilusión de haber completado la fuga, una voz afilada rasgó el aire a mi espalda.
Una voz con el timbre de una grulla en celo: aguda, cortante y revestida de una capa de melaza tan falsa que me erizó el vello de la nuca.
—Hola, bonita. Qué oportuno. Contigo quería hablar yo.
Me quedé completamente petrificada, sosteniendo el bote de legumbres como si fuera un escudo.
La cesta empezó a pesarme el triple, el corazón se me instaló en la glotis y mi cerebro, que siempre ha sido un aliado formidable para el autosabotaje, me envió un veredicto inmediato: «Date por jodida, Candela».
Me di la vuelta muy despacio, con la sonrisa más gélida y profesional que fui capaz de improvisar.
—Hola, Soti —saludé, manteniendo un tono impecable, como si pasar la mañana del sábado escondida entre los botes de fabada fuera mi pasatiempo favorito—. ¿Qué tal va todo?
—Bien, bonita. Divinamente —respondió, dedicándome esa mirada escrutadora que ya me había dispensado en la plaza.
Sonrió, pero sus ojos permanecieron tan fríos como la merluza congelada que tenía a su izquierda—.
Vaya, veo que las intelectuales de la capital también os rebajáis a comprar en el Covirán.
Tenía entendido que las escritoras de vuestro nivel solo consumíais productos ecológicos de comercio justo y esas moderneces de Madrid.
—Bueno, ya ves —repliqué, sosteniéndole la mirada con absoluta cortesía—. En el fondo soy una chica de barrio muy convencional.
—Ya. Si salta a la vista.
Su madre o lo que fuera nos observaba desde la distancia con los brazos en jarras, evaluándome como si fuera una plaga del campo. Soti dio un paso al frente, jugueteando de forma ausente con una pulsera de eslabones dorados que tintineaba de manera desquiciante en su muñeca.
—Verás, tengo una propuesta para ti —soltó, arqueando una ceja perfectamente depilada—. Y estoy convencida de que te va a encantar.
—Me vas a disculpar el escepticismo, Soti, pero dudo que tengamos los mismos gustos —contesté, manteniendo la calma—. Aun así, soy toda oídos.
—Quiero que me escribas un poema.
Parpadeé. De todas las locuras que había imaginado en los últimos tres segundos, aquella no entraba ni en mis mejores pesadillas.
—¿Un poema? —repetí.
—Sí, bonita. Un poema de amor. Con sentimiento, ya sabes. Para leerlo durante la ceremonia de mi boda. El once de noviembre, San Martín. El patrón del pueblo, por supuesto. Toda la comarca va a estar allí y quiero que sea algo... elegante.
Me quedé muda. Un poema de amor. Para su enlace matrimonial.
Con Adrián. La cacica del pueblo pretendía que yo, la mujer que arrastraba el recuerdo de los labios de su novio grabados en la boca, le redactara la banda sonora lírica para su idilio feudal.
Aquello no era una ironía de la vida; era una broma de pésimo gusto de los guionistas de mi destino.
—¿Y se puede saber por qué acudes a mí para algo tan... personal? —pregunté, forzando un tono de pura curiosidad administrativa.
—Pues porque eres escritora, bonita. Es tu oficio, ¿no? Además, me han dicho que se te da bien eso de la literatura romántica.
—¿Ah, sí? ¿Has tenido oportunidad de leer alguna de mis novelas?
—No, por Dios, qué va —soltó una risita seca, agitando la mano como quien espanta una mosca—.
No tengo tiempo para esas lecturas. Pero me lo imagino perfectamente.
Cosas dulces, palabras cursis de esas que hacen llorar a las tías abuelas en los convites.
Yo es que estoy desbordada con los preparativos: el catering , las pruebas del vestido, el protocolo de las mesas, aguantar los caprichos de mi madre...
En fin, un despliegue que tú no alcanzarías a comprender.
Como tú estás aquí metida, sin nada mejor que hacer en todo el día, he pensado que te vendría bien el encargo. Te pagaré, por supuesto.
La contemplé fijamente. Su tono de superioridad pasivo-agresiva era una obra de arte del desprecio rural. Me costó tres respiraciones profundas no perder la compostura, pero logré mantener la voz en un registro sumamente civilizado.
—Agradezco que pienses en mí para rellenar tus ratos libres, Soti, pero te recuerdo que no estoy aquí de vacaciones.
Estoy trabajando en una novela bajo contrato.
Tengo un plazo de entrega draconiano y un editor en Madrid que me cortará el cuello si no cumplo.
No dispongo de tiempo para la poesía nupcial.
—Venga, por favor, si para una profesional como tú eso se hace en una tarde —insistió, reduciendo mi carrera a un pasatiempo de manualidades—. Además, te he dicho que te recompensaré. Te pagaré lo que sea razonable.
—¿Razonable según el baremo de quién? —inquirí, esbozando una sonrisa irónica.
—Según el baremo del pueblo, bonita. Tampoco nos vamos a poner exquisitas por cuatro versos.
Deposité la cesta de plástico en el suelo con una suavidad deliberada, negándome por completo a ponerme a su altura.
—Mira, Soti. Vamos a hablar con claridad.
No nos conocemos de nada, no te debo el más mínimo favor y, desde luego, no tengo la menor intención de escribirte un poema de amor para que se lo recites a Adrián en el altar.
Me parece una propuesta que roza el surrealismo y, francamente, resulta de un gusto bastante dudoso.
Búscate a otro. Seguro que hay algún aficionado en la parroquia que te haga el trabajo por la mitad de precio.
Soti tensó la mandíbula al instante. El barniz de buena educación que se había esforzado en fingir se resquebrajó por completo. Dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio vital, exhalando un perfume rancio que olía a naftalina de herencia y a superioridad clasista.
—Ya —siseó, entornando los ojos—. Entiendo. Escribir un poema de amor para el novio de otra debe ser una tarea demasiado compleja cuando una no ha tenido un hombre de verdad en su vida, ¿verdad, bonita? Te faltará experiencia literaria.
Apreté los dientes, pero me obligué a mantener la cabeza fría. La sutileza de su veneno me confirmó que la Sota de Bastos estaba herida en el orgullo, buscando desesperadamente el cuerpo a cuerpo.
—Soti, te aseguro que mi vida privada no afecta a la calidad de mi prosa —respondí, mirándola desde arriba con una serenidad demoledora—. Y no necesito ser una experta en el tema para saber que vuestra boda es un mero trámite institucional que no necesita poesía. No cuentes conmigo.
La sonrisa de Soti se transformó en una mueca de pura inquina. Se inclinó un poco más hacia mí, bajando la voz para que su madre no la oyera, soltando el último dardo con una condescendencia ponzoñosa.
—Claro, bonita. Lo que pasa es que ahora os da miedo el papel en blanco.
Como vosotros ya no escribís nada... Ahora le dais a un botón de la Inteligencia Artificial esa y que la máquina os haga el trabajo, ¿a que sí?
Las escritoras de verdad ya no existen. Por eso luego venís al pueblo a dároslas de artistas cuando en realidad no sois más que farsantes con bragas de algodón que no saben qué hacer con su tiempo.
Me quedé mirándola un segundo, saboreando el absoluto patetismo de su provocación. Recogí mi cesta del suelo con parsimonia, le dediqué la sonrisa más compasiva de mi repertorio y di por concluida la audiencia.
—¿Sabes qué, Soti? Tienes toda la razón —dije en un tono perfectamente audible—. De hecho, le voy a pedir a Siri que te redacte el poema. Estoy convencida de que una máquina tiene muchísima más empatía, más clase y bastante más vocabulario que tú. Que pases un buen sábado.
Me di la vuelta y enfilé el pasillo hacia la línea de cajas sin concederle el beneficio de mirar atrás.
Sabía perfectamente que me estaba fulminando con la mirada, inmóvil con su vestido de princesa de mercadillo y sus sandalias plateadas masticando la rabia de no haber conseguido que me rebajara a su nivel de disputa callejera.
Pagué la cuenta, salí del Covirán cargada con mis bolsas y me encerré en la furgoneta. Arranqué el motor, metí primera y abandoné la plaza con la extraña y reconfortante sensación de haber ganado una pequeña batalla de guerrillas en la sección de alimentación.
—Poema de amor, la tía —musité entre dientes, mientras el camino de tierra volvía a sacudir la suspensión del vehículo—. Y encima con el discursito de la IA. Qué nivel de audacia gasta la Sota.
Eché un vistazo rápido por el retrovisor.
El campanario de la iglesia se iba empequeñeciendo en el horizonte.
Me costaba admitirlo, pero la prometida oficial del alcalde no era una rival pacífica; era una cacica en miniatura con el cuello sepultado en oro y la piel de una víbora.
Y yo, por culpa de un paseo micológico y un beso robado, me encontraba exactamente en mitad de su línea de fuego.
Joder.
Un poema de amor.
Para la boda de Adrián.
Esto se me estaba yendo de las manos por momentos.