CAPÍTULO 10
Empiezo a escribir…
Volvimos del bosque en un silencio denso, incómodo y sumamente ridículo.
De esos silencios que te dejan los labios escociendo, las hormonas organizando una manifestación y la cabeza convertida en un nido de cigüeñas.
Adrián caminaba un paso por delante de mí, con las manos sepultadas en los bolsillos y la nuca con el mismo tono de rojo que un camión de bomberos.
Yo lo seguía intentando fijar la vista en cualquier piedra del camino para no tropezar con mi propia dignidad.
Cuando por fin arrastramos las zapatillas hasta el porche de la casa, el tío no se despidió.
Tampoco esperó a que lo invitara a entrar.
Se coló directo hacia el salón, directo a la chimenea, como si fuera un técnico del servicio de gas en mitad de una emergencia nacional.
—Te enciendo el fuego —anunció, agachándose frente al hogar de piedra con una caja de cerillas que materializó de la nada, como un mago de comuniones—. Las noches de la sierra engañan. Va a refrescar bastante.
—No hace falta, de verdad. Si tengo una manta que pesa tres kilos —le respondí, plantada en mitad de la estancia con los brazos cruzados, sintiéndome la mujer más torpe del planeta.
—Ya —soltó él, sin mirarme.
Y claro que insistió. Faltaría más. Se tomó la tarea con una meticulosidad enfermiza, apilando los troncos con una pericia de boy scout hiperactivo que claramente solo buscaba no tener que sostenerle la mirada a una hembra humana.
Prendió la cerilla. La llama nació de mala gana, parpadeando con la misma timidez con la que nos habíamos arrimado en el claro del bosque, pero al final se lo pensó mejor y empezó a devorar la madera con entusiasmo.
Adrián se puso en pie de un salto, se sacudió las palmas de las manos contra sus vaqueros perfectos y me dedicó una mirada rápida, fugaz, de esas que queman el flequillo.
—Bueno, pues yo ya me voy —escupió.
—¿Tan pronto? ¿No te queda ninguna lección sobre el ciclo del carbono o la fotosíntesis?
—No, es que... tengo pleno mañana por la mañana. Hay que cerrar los presupuestos de la recogida de basuras y repasar unos documentos de la concejalía de festejos.
—¿Un pleno municipal un sábado? —arqueé una ceja, elevando el nivel de escepticismo—. ¿En este pueblo la democracia no descansa ni los fines de semana?
—Un pleno en sábado, sí. Es lo que hay. Gestión rural.
—Qué rarito todo.
—Ya.
No añadió ni una sola sílaba más. Se giró sobre sus talones y evacuó la vivienda con la presteza de quien huye de un escenario del crimen.
Salió al camino y se subió a su todoterreno; esta vez no conducía el Mercedes de representación oficial, sino un armatoste enorme, abollado y cubierto de barro que desprendía un olor inconfundible a campo, a abono y a perro pastor.
Arrancó el motor con un estruendo que hizo vibrar los cristales de mis ventanas y pisó el acelerador a fondo, dejando tras de sí una cortina de polvo que flotaba en el aire con un clarísimo mensaje subliminal: «He metido la pata hasta el fondo y me piro».
Estaba huyendo como un cobarde de manual.
Exactamente igual que huía yo de mis contratos editoriales y de mis fracasos sentimentales en Madrid.
Vaya dos jodidos monumentos a la inmadurez emocional.
Cerré el cerrojo, me apoyé contra la madera de la puerta suspirando como una heroína decimonónica barata y me quedé unos minutos hipnotizada por el baile de las llamas.
Cuando mi estómago emitió un rugido que superó al del motor del todoterreno, asumí que tocaba alimentarse.
Las salchichas hipercalóricas que le había comprado al carnicero cómplice acabaron sacrificadas en la sartén, chisporroteando en un dedo de aceite.
Descuarticé un par de tomates del mercadillo, les eché sal, un chorro generoso de aceite de oliva y rescaté de la despensa un pedazo de pan que acumulaba la dureza suficiente como para ser considerado un arma blanca.
Me senté a la mesa de madera y devoré la cena en un silencio sepulcral, amenizado únicamente por el chasquido de la leña ardiendo.
Hay que reconocer que las salchichas tenían un sabor espectacular, los tomates sabían a verdura de verdad y no a plástico de supermercado, y el pan prehistórico, tras naufragar en el aceite, me supo a banquete de cinco tenedores.
Todo muy idílico. Todo muy de anuncio de turismo rural o de cuenta de Instagram sobre desconexión consciente.
Solo me faltaba un gato sarnoso subido a las rodillas y una manta de lana tejida a mano para coronar el cliché.
Recogí el plato, me cepillé los dientes con saña para extirpar cualquier residuo de embutido y me embutí en el pijama oficial de las grandes ocasiones: una camiseta descolorida del festival de música de 2018 y unas mallas grises que lucían dos agujeros en las rodillas.
Me senté a la mesa frente al portátil. La chimenea se encargaba de arrojar sombras chinescas y formas monstruosas contra las paredes encaladas.
Y yo seguía teniendo las neuronas colapsadas por una mezcla indigesta de esporas micológicas, hifas sexualmente compatibles, unos labios calientes que no me correspondían y un alcalde que se había batido en retirada usando la recogida de basuras como escudo protector.
—A ver, Candela —me dije en voz alta, plantándole cara a la pantalla apagada—. Déjate de hostias. Escribe. Escribe lo que te salga de las tripas, aunque sea una soberana basura. A ver si vaciando el cargador consigues exorcizar este puto manicomio rural.
Abrí un documento nuevo. Me quedé mirando el cursor. Y entonces, sin pensarlo demasiado, empecé a teclear. Sin título. Sin plan de viabilidad. Sin red de seguridad. Mis dedos se volvieron huéspedes de sí mismos y dejaron de pedirme permiso para hacer el ridículo…
«No me llaméis Eclandia. Ese nombre de infanta rancia no pega ni con cola.
Me llamo Candela, que ya es bastante desgracia evolutiva, y he venido a este castillo de mala muerte porque un vampiro con pinta de alcalde me ha pegado un viaje en mitad del bosque y luego se ha dado a la fuga alegando un pleno municipal.
Un pleno en sábado, señores, como si yo fuera una indigente mental.
El castillo huele a leña barata de gasolinera y a testosterona mal gestionada.
En la puerta no hay felpudo de bienvenida; solo una gárgola con cara de pocos amigos y una lechuza con estrabismo que me mira como si hubiera interrumpido una reunión de la comunidad de vecinos.
Dentro me espera Wolfgang, el vampiro más jodidamente atractivo de las tres provincias colindantes.
Mide uno ochenta y algo, gasta unos ojos del color del aceite de oliva virgen extra de primera prensada y luce una camisa blanca remangada que le da un aire de bróker de Wall Street caído en desgracia.
Está de pie junto a la chimenea, sosteniendo una copa de Ribera del Duero y una sonrisa que no me creo ni borracha.
A su lado, colgada de su brazo como si fuera un bolso de imitación de piel sintética, está la bruja Sota.
La prometida oficial. La que va a pasar por el altar el día de San Martín, patrón de los que no tienen los huevos de decir que no.
—Querido —escupe Sota, clavándome una mirada que podría congelar el Amazonas—. ¿Quién es esta ordinaria?
—Nadie —responde Wolfgang.
—Nadie con una capa de poliéster barata —intervengo yo, despojándome de la prenda con una elegancia que no he ensayado en mi vida—. Y con una estaca de fresno bien afilada escondida en el corpiño. Por si las moscas, guapa.
Sota suelta una risita de porcelana de los chinos.
Lleva encima más oro que Cleopatra VII y exhala un perfume que huele a resentimiento puro y a armario cerrado.
Me escanea de arriba abajo, calculando el precio de mi saldo de rebajas y el desastre nuclear de mi pelo.
Luego se gira hacia Wolfgang y le acaricia la mandíbula con una uña esmaltada en verde bilis.
—¿Lo ves, cariño? Por esto mismo no me gusta que dejes entrar juntaletras en el feudo. Escriben mamarrachadas y luego se creen las protagonistas de la función.
—A mí no me ha traído nadie —salto yo, cruzándome de brazos—. He venido sola. Como las hembras alfa de tu especie.
—¿De mi especie? —rechina los dientes.
—Las brujas. Las que van de finas por la vida y luego escupen veneno por las esquinas cuando nadie las mira.
Sota abre la boca para invocar una maldición, pero Wolfgang alza una mano.
Tiene los nudillos marcados y un anillo de sello que le queda como a un Cristo dos pistolas.
Me mira. Me desnuda con los ojos sin molestarse en desabrocharme el corpiño.
Y yo, que técnicamente he venido a clavarle una estaca en el esternón, me quedo congelada, con la respiración desbocada y la madera apretada contra la cadera.
—¿Has venido a ejecutarme? —pregunta él, con una voz que suena a hojarasca húmeda y a vino caro.
—A matarte —afirmo, sin bajar la guardia.
—Pues no lo estás haciendo muy bien.
—No me metas prisa.
—No te presiono. Te miro.
—Pues deja de mirarme.
—¿Y si no me da la gana?
—Entonces te clavo la estaca.
—Clávamela, Candela. Clávamela de una vez. Porque, si no lo haces tú, te la voy a clavar yo a ti.
Me detuve en seco. Me reí en voz alta frente a la pantalla. «Te la clavo yo a ti». Qué burra eres, Candela. Menuda sutilidad literaria. Continué.
Sota nos mira con los ojos como platos, desorbitados.
No se esperaba este giro de guion. Ni ella, ni yo, ni mi editor.
Wolfgang, sin desviar un milímetro sus ojos de los míos, le dice a la bruja que vaya desalojando el castillo.
Que ya cenarán sangre otro día. Que tiene que «resolver un asunto urgente de la alcaldía».
Sota se larga pegando un portazo que hace temblar los cimientos de piedra.
Y me quedo a solas con el chupasangre, con la estaca en la mano y la cabeza llena de esporas y de ideas catastróficas.
Wolfgang se acerca. Me arrebata la estaca con una facilidad que resulta insultante y la manda a tomar por saco.
La madera rebota en el suelo y se desliza hasta el fuego.
Acto seguido, me sujeta por la cintura y me levanta en el aire como si pesara medio kilo.
No articula palabra. Tampoco hace falta.
Me agarro a su cuello y le clavo las uñas en la nuca.
Y entonces me besa. Con sabor a tinto y a contradicción absoluta.
Con la prisa desesperada del que besa para silenciar las neuronas.
Y yo me dejo hacer. Porque, aunque sea un vampiro a las puertas de casarse con una arpía, es el único hombre que ha conseguido encenderme la chimenea del alma sin pedirme el certificado de empadronamiento.
—Joder —susurro contra sus labios.
—Ya te digo —responde.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Ni idea.
—Pues vaya puta mierda.
—Ya.
Y sin añadir más literatura, me tumba sobre la alfombra de pelo.
La chimenea le ilumina el rostro. Las sombras bailarinas ganan terreno en el techo.
La leña cruje. Y yo, que había venido con el plan de matarlo, me entrego sin condiciones.
Porque si voy a arder en el infierno, prefiero hacerlo con el demonio que me ha calentado la casa y me ha revuelto las entrañas».
Me reí a carcajadas. Aquello era rematadamente malo.
Tan absurdamente malo que me estaba encantando.
Continué escribiendo sin pasarle el filtro al cerebro, dejando que la novela se convirtiera en una parodia sangrienta de mi propia existencia, poblada por vampiros fugitivos, brujas cargadas de joyas y estacas que ya no sabía muy bien dónde meter.
Cuando por fin terminó el brote psicótico, me recosté en la silla y contemplé la pantalla con una sonrisa de perfecta imbécil.
— Romantasy guarro —murmuré para mis adentros—. Debería darte vergüenza, Candela. Una vergüenza tremenda.
Pero lo cierto es que no me daba ninguna. Me estaba divirtiendo como hacía siglos. Y eso, después de todo el calvario, era muchísimo más de lo que había conseguido facturar en los últimos meses.
Cerré el portátil de golpe como siempre.
Lo volví a abrir a toda prisa. Estaba autoguardado en la nube.
Definitivamente, la tecnología me amaba.
Me levanté, me serví un vaso de agua del grifo y me quedé de pie junto a la chimenea, contemplando cómo morían las brasas.
Afuera, el bosque se había sumido en un silencio sepulcral.
Solo se percibía el silbido del viento, el crujido de la madera al consumirse y el eco lejano de un perro que le ladraba a la luna con pocas esperanzas.
Y yo con mi pijama del Temu, con los pies descalzos sobre las baldosas frías y los pelos de loca, me sentí como una escritora.
Una escritora de verdad. No una mercenaria que junta letras para cumplir con los plazos de entrega de un contrato.
Una que escribe para no volverse loca del todo.
Una que escribe para entenderse a sí misma.
—Solo tienes que escribir —murmuré, evocando las palabras de Juanito.
...Y eso hice.
Aunque se tratara de una mamarrachada de vampiros, brujas de pueblo y chimeneas del alma.
Aunque fuera una huida hacia delante a doscientos kilómetros por hora.
Aunque el alcalde real se hubiera largado a toda hostia levantando polvo por un camino de tierra.
Escribí. Y me reí. Y me metí en la cama con la cabeza hecha un auténtico Cristo de setas, hifas y colmillos afilados.
Y, para colmo de males, soñé con Wolfgang.
Joder.
Con Wolfgang.