No estoy para setas CAPÍTULO 9 #3
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CAPÍTULO 9 #3

Adrián soltó una risa seca, truncada, y fue en ese preciso instante cuando sufrió una mutación digna de estudio.

No fue un rubor sutil de esos que se camuflan fingiendo un ataque de tos.

Qué va. Fue un incendio biológico en toda regla.

El rojo brotó de su cuello, le devoró las mejillas con saña y le tiñó las orejas hasta dejarlas fosforitas.

Al darse cuenta de su propio ridículo, desvió la mirada hacia las copas de los árboles y comenzó a rascarse la nuca con la agilidad de un pato mareado.

Ver a aquel hombre de campo, al alcalde inmutable, reducido a un manojo de nervios por culpa de un puñado de hifas sexuales fue demasiado para mí.

Llevaba semanas arrastrando una amargura gris y, de repente, solté una carcajada monumental.

Una de esas risas salvajes que nacen en las entrañas, te doblan la columna y te dejan sin oxígeno.

No pude frenarla. Tampoco es que hiciera el más mínimo esfuerzo por contenerme.

—¿Se puede saber de qué coño te ríes? —preguntó él, intentando sostener una sonrisa que era puro pánico.

—De ti, genio. ¡De ti y de tu enciclopedia micológica!

—conseguí articular entre espasmos—. Que me estás dando una conferencia sobre el orgasmo de los champiñones con la misma cara que si estuvieras defendiendo el Plan General de Ordenación Urbana.

¡Y encima te has puesto como un tomate de los míos!

—No me he puesto rojo —protestó, aunque su cara ya competía con el capó de un Ferrari.

—¿Que no? Estás rojo seta. Rojo Boletus mutabilis . Rojo robellón [5] en temporada alta. Estás a punto de combustionar, Adrián.

—Cállate un mes —dijo, pero la amenaza tenía menos fuerza que el motor de la furgoneta de los Hermanos Romero .

—No me da la gana. Es lo mejor que me ha pasado desde que pisé este pueblo. Piensa que estoy amortizando el viaje.

—Pues disimula un poco, por decoro.

—No sé disimular. Me echaron de la escuela de teatro por eso.

—Ya veo que se te nota todo.

Aquello me dio más risa todavía. Me reí con tanta saña que el rímel barato debió de empezar a chorrearme por los pómulos, convirtiéndome en un mapache histérico.

Adrián me contemplaba con una mezcla indescifrable de bochorno absoluto y fascinación, debatiéndose entre seguir soltando datos sobre la fotosíntesis o cavar una fosa para enterrarse vivo.

Sin dejar de desternillarme, di un paso al frente y le propiné un empujón amistoso en el hombro.

—Cállate ya, anda —le siseé—. Cállate de una puñetera vez.

—Si no estoy diciendo nada. Ya me he callado.

—No, no te has callado. Llevas tres kilómetros soltando monólogos sobre el aparato reproductor del sotobosque. Tres kilómetros. Y yo aquí, escuchándote como una perfecta analfabeta urbanita.

—Nadie te ha puesto una pistola en el pecho para que me sigas.

—Ya. Pero el caso es que me gusta.

Me quedé quieta. Él imitó el gesto al instante.

La risa se extinguió de golpe, con la limpieza de un interruptor que se apaga.

Nos quedamos congelados, sosteniéndonos la mirada en una especie de duelo del salvaje oeste, sin pestañear, casi olvidando cómo se ejecutaba el proceso de respirar.

El bosque entero pareció sumarse al boicot del sonido.

Hasta los pájaros dejaron de piar, los muy desgraciados.

Adrián acortó la distancia con un paso firme.

No articuló palabra. Tampoco le quedaba saliva, supongo.

Su mirada, fija y desprovista de toda la timidez de antes, hizo todo el trabajo sucio por él.

Y yo, que me había despertado oliendo a pescado podrido, con la autoestima en el subsuelo y una novela romántica que se arrastraba por el fango, me quedé allí clavada, con las suelas de las zapatillas cubiertas de barro y el corazón golpeándome las costillas como un preso en mitad de un motín.

—Cállate —susurré en un hilo de voz, incapaz de romper el contacto visual.

—Ya estoy mudo.

—Pues no rompas la racha.

Me besó.

A ver, no nos engañemos: no fue un beso de comedia romántica de Hollywood.

No sonó ningún cuarteto de cuerda, ni la cámara empezó a girar a nuestro alrededor a sesenta fotogramas por segundo, ni cayeron hojas secas coreografiadas por un director artístico.

Fue un impacto torpe, caliente, un choque frontal con un clarísimo sabor a pino, a nervios mal gestionados y a malentendidos acumulados durante días.

Un beso que emergió del suelo sin pedir permiso, exactamente igual que las setas.

Como un boletus gigante que crece en mitad del camino y te obliga a tropezar de morros contra él.

Me separé tras unos segundos, con los pulmones reclamando clemencia y las neuronas haciendo cortocircuito dentro del cráneo.

—Joder —alcancé a mascullar, limpiándome el labio con el dorso de la mano.

—Ya te digo —respondió él, con la voz una octava más grave.

—¿Y qué se supone que hacemos ahora?

—Ni la más remota idea.

—Pues vaya una gestión municipal de mierda.

—Ya. Tradición del Ayuntamiento.

Solté una risa corta, floja. Él me secundó con una sonrisa de verdad, de las que le llegaban a los ojos.

Y el bosque, con todo su entramado de hifas sexualmente compatibles y su humedad prehistórica, volvió a sepultarnos en el silencio.

Un silencio que, por primera vez desde que abandoné Madrid, no me pareció una amenaza de muerte.