No estoy para setas CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

—Yo sí sé. Te enseño. Mi abuelo me enseñó de crío y me conozco los rodales de memoria, sé exactamente cuáles son comestibles y cuáles te mandan al hospital con un fallo hepático en dos horas, que de esas también hay unas pocas por aquí y hay que andar con ojo, sobre todo la Amanita phalloides, [2] que parece inofensiva pero te destroza por dentro antes de que te des cuenta, así que es mejor ir con alguien que sepa.

Lo miré fijamente. ¿Este era el mismo tipo que esta mañana no había juntado ni cuarenta sílabas?

El novio de la Sota de Bastos. El hombre estatua.

Y ahora estaba aquí, sufriendo una incontinencia verbal de manual y proponiéndome un secuestro exprés en la naturaleza.

Mi instinto de supervivencia urbana me gritaba que me encerrara bajo llave.

Mi curiosidad de escritora cotilla me decía que aquello era oro puro.

Y mi estómago, procesando medio kilo de carbohidratos, me sugirió que caminar evitaría un colapso cardíaco. Suspiré.

—Vale. Pero con una condición: mantén el ritmo de palabras por minuto bajo control. Que me va a estallar la cabeza.

—Hecho. Lo intentaré, de verdad, es que cuando me pongo nervioso tiendo a enrollarme y mi madre siempre dice que me enrollo como las persianas, pero me controlo, te lo prometo, ni una palabra de más.

Me calcé las zapatillas, cerré la puerta con llave y salí al porche.

El bosque nos recibió con un bofetón de aire fresco y un aroma a pino y tierra mojada que casi me hace perdonar el olor de la furgoneta.

Adrián caminaba a mi lado, rígido como si llevara un palo de escoba pegado a la espalda, con las manos sepultadas en los bolsillos.

Yo avanzaba esperando el siguiente monólogo.

Y, en efecto, tardó exactamente tres pasos en abrir la espita.

—¿Ves ese tronco caído de ahí? El que tiene el musgo en el lateral norte —dijo, señalando con el mentón a una velocidad terminal—.

Ahí salen unas colmenillas en primavera que se te va la pinza, pero claro, ahora no es época, ahora lo que toca en esa zona más sombría, donde se acumula la hojarasca y la humedad se mantiene porque no da el sol directo en todo el día, son los Boletus edulis [3] .

Mi abuela siempre decía que las mejores setas no se buscan, se encuentran, porque si vas con la obsesión de pillarlas no ves nada y te pasas de largo, que es lo que le pasaba a mi primo el mayor, que venía aquí de chico con un rastrillo el muy bruto y lo único que hacía era destrozar el micelio [4] y luego no salía nada en tres años, y mi madre nos metía unas broncas que todavía me duelen las orejas de recordarlo, porque en mi casa el monte se respeta muchísimo, ¿sabes?

Pero mi primo pasaba de todo y una vez nos perdimos tres horas porque el tío se empeñó en que conocía un atajo hacia el arroyo y terminamos casi en el término municipal vecino, con las zapatillas destrozadas y mi tía llamando a la Guardia Civil pensando que nos habían comido los lobos, que por aquí no hay lobos desde los años setenta pero la mujer es muy peliculera…

Adrián se detuvo junto a un claro donde la luz se filtraba entre las ramas con esa parsimonia mística que solo existe en los lugares donde no hay cobertura de móvil.

Se giró hacia mí, sepultó las manos en los bolsillos de los pantalones y adoptó esa gravedad institucional de alcalde en pleno mitin, un contraste delirante con el charlatán desbocado que acababa de poseer su cuerpo.

—¿Tú sabes cómo se reproducen las setas? —preguntó de pronto, con la misma naturalidad con la que alguien te pide la hora o te atraca en un callejón.

—Pues no —respondí, cruzándome de brazos—. Mi conocimiento del reino fungi se reduce a saber que si el champiñón está negro, mejor pido pizza. ¿Esto es una clase de biología de primaria o me vas a enterrar aquí mismo?

—Verás, es un proceso fascinante —continuó, ignorando olímpicamente mi sarcasmo mientras empezaba a gesticular como un profesor de universidad con cafeína en vena—.

La mayoría utiliza esporas. Eso es reproducción asexual, ¿entiendes?

Salen del himenio, que es la zona de debajo del sombrero, y se dispersan mediante el viento, el agua o las patas de algún bicho.

Cada espora tiene el potencial de generar un micelio nuevo.

Básicamente, la seta se clona a sí misma a escala microscópica, con total impunidad y sin que nadie en el bosque firme un papel.

Asentí con la cabeza, poniendo mi mejor cara de estar asimilando una lección magistral.

—Pero ojo, que también tienen reproducción sexual —añadió.

Yo arqueé una ceja, pero él ya iba lanzado a doscientos kilómetros por hora por la autopista de la divulgación científica—.

Cuando dos hifas que son compatibles se cruzan por el subsuelo, se fusionan y dan lugar a un micelio dicariótico.

Para que nos entendamos: se convierten en una pareja de hecho, pero a nivel celular.

Luego, si el clima acompaña, hay humedad y la temperatura es la idónea, emerge el cuerpo fructífero.

O sea, el hongo con el sombrerito que tú y yo vemos.

Es una estrategia evolutiva de una elegancia tremenda, porque el sexo, para ellas, no es solo un método de propagación, sino el mecanismo que decide el ciclo de vida.

Me lo quedé mirando fijamente. El tío estaba exponiendo el apareamiento de los hongos con la solemnidad de quien aprueba una ordenanza municipal sobre contenedores de reciclaje de aceite común.

En mi pecho empezó a acumularse una presión peligrosa.

Una vibración que me subía por la tráquea.

Una risa floja, destructiva, que amenazaba con reventar mi dignidad.

—A ver si lo he entendido... ¿Me estás diciendo que las setas tienen vida sexual? —pregunté, mordiéndome los carrillos por dentro para no estallar.

—Sí, totalmente, pero olvídate del concepto humano —explicó él, picando el suelo con la puntera de la bota, cada vez más acelerado—.

Nada de machos ni hembras. Tienen tipos de compatibilidad química.

Es un sistema estricto de llaves y cerraduras moleculares.

Si dos hifas comparten el mismo patrón, se rechazan.

Si son compatibles, se reconocen, se fusionan y montan el tinglado.

—Vaya. O sea, que las setas son bastante más selectivas con sus parejas que el noventa por ciento de mis amigas de Madrid.

—Bastante más, desde luego —admitió él con total seriedad.

—Y se aparean bajo tierra, en absoluto silencio, sin montar dramas en el mercadillo ni dar espectáculos públicos.

—Exacto. Sin escándalos.

—Y luego brotan del suelo un buen día, sin mandar un WhatsApp de aviso.

—Así funcionan.

—Pues qué quieres que te diga, Adrián. Me está empezando a caer mucho mejor el reino fungi que la inmensa mayoría de la especie humana.