No estoy para setas CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Cocino espaguetis boloñesa y el alcalde me invita a dar un paseíto por el bosque

Volví a casa oliendo a puerto de Vigo, y eso que ya era otoño, con el estómago exigiendo sacrificios humanos y la cabeza saturada de alcaldes, bodas feudales y fiestas patronales.

La furgoneta me había traído de vuelta por el camino de tierra dando tumbos pero sin quejarse.

Eso sí, el tufo a boquerón caducado seguía flotando en la cabina como un pasajero invisible, pegajoso y probablemente con derecho a voto.

Aparqué, salí del vehículo aferrando la bolsa de tomates y la carne picada como si fueran un botín de guerra y entré en la casa como una exhalación.

Necesitaba una ducha urgente. De esas que te despellejan vivo y te dejan la piel con la textura de una pasa fruncida.

Me arranqué la sudadera con su correspondiente churrete de tomate, los pantalones y las bragas —que a esas alturas mantenían su propio ecosistema marino—, y me metí en la bañera.

El agua hirviendo cayó sobre mí como un exorcismo.

Me enjaboné el pelo dos veces, me froté los brazos con una furia cercana a la automutilación y me quedé inmóvil bajo el chorro, esperando que el vapor se tragara la humillación del día.

Cuando salí, envuelta en la toalla, olía a gel de ducha de marca blanca y a cañería vieja.

Un éxito rotundo. Infinitamente mejor que antes.

Bajé a la cocina con el pelo chorreando y una camiseta limpia.

Abrí la despensa y, escondido en un rincón polvoriento, descubrí un paquete de espaguetis que parecía haber sobrevivido a la caída del Imperio Romano.

También rescaté una cebolla en fase de legítima defensa, dos dientes de ajo momificados y una botella de aceite que prometía milagros milenarios.

Sobre la encimera, los tomates. Esos malditos tomates rojos del mercadillo que había comprado con la firme intención de estampárselos en la cara a la Sota de Bastos si volvía a cruzarse en mi camino.

Y la carne picada. La del carnicero simpático que me había atendido con una sonrisa cómplice tras mi tierno encontronazo con la aristocracia rural.

—Voy a marcarme una boloñesa histórica —anuncié al vacío, esperando que las paredes me ovacionaran—.

Con tomates frescos, carne de dudosa procedencia y pasta prehistórica.

Y me la voy a embaular entera. Sola. Sin compartir.

Y sin pensar en alcaldes, sucursales bancarias ni prometidas con nombre de encurtido rancio.

Encendí el fuego y me puse a picar la cebolla con la precisión sádica de una cirujana despechada.

Escaldé los tomates, los pelé y los troceé mientras la sartén empezaba a humear.

La carne picada chisporroteó al caer, liberando un olor a hogar que casi me hace olvidar que estaba atrapada en el culo del mundo.

Cogí el móvil y llamé a Juanito. Me importaba un bledo que estuviera trabajando o que fuera viernes por la tarde.

Su pecado era imperdonable: me había mandado un vehículo que olía a funeral de alta mar.

—Dime —contestó Juanito, masticando con la desgana típica de quien odia que interrumpan su almuerzo.

—Juanito, te voy a hacer una pregunta existencial —dije, apuñalando la cebolla con la cuchara de madera—. ¿Tú qué quieres? ¿Que te escriba un best seller o que monte una pescadería ambulante?

—¿De qué coño me hablas ahora, Candela?

—De la furgoneta. Ese ataúd con ruedas que me habéis endosado como coche de sustitución. Es de los Hermanos Recio, Juanito. Apesta. Huele como si una ballena hubiera muerto de indigestión en el asiento trasero y la hubieran dejado madurar al sol durante un agosto entero.

—Bueno, es lo que había en el taller. No te pongas digna.

—¿Que no me ponga digna? He ido al mercadillo oliendo a arenque en descomposición.

He tenido que atrincherarme en una carnicería para huir de la fauna local.

Me ha acorralado la madre del alcalde y, por si fuera poco, me he tenido que batir en duelo con la prometida del susodicho, que es una sota de bastos plastificada con más oro encima que la tumba de Tutankamón. ¿Y me pides que no me queje?

Hubo un silencio sepulcral al otro lado de la línea.

—¿Te has escondido en una carnicería? —preguntó, soltando una carcajada absolutamente estúpida.

—No tiene puta gracia. Estoy cocinando unos espaguetis para no colgarme de una viga y mi vida es oficialmente una comedia de enredo rural de serie B. Y tú eres el productor ejecutivo.

—Candela, por favor, te mandé al pueblo a escribir una novela, no a protagonizar un culebrón venezolano.

—A mí nadie me mandó, me desterrasteis, que es muy diferente.

Y no puedo escribir porque este sitio es un campo de minas.

Si no me ataca un mutante en la letrina, viene el alcalde a instalarme un váter o su madre me confiesa que su hijo se va a casar con una arpía psicópata.

Y para rematar, tu furgoneta con aroma a puerto de Vigo.

—¿Y qué quieres que haga yo desde Madrid?

—No sé, tener decencia humana. Mandarme un coche que no requiera vacunación previa.

O un lanzallamas. Lo que sea. Ah, y que sepas que la Barbie de pueblo me ha llamado juntaletras reprimida y frígida delante de todos los puestos de fruta.

Pero no me he callado, descuida. Le he dicho que prefiere casarse con un maniquí que no la toca ni con un palo antes que estar con un hombre de verdad.

Así que ahora mismo soy la persona más odiada del municipio. Todo un éxito de relaciones públicas.

Juanito se desternilló. Se rio con tantas ganas que estuve a punto de atravesar la pantalla para asfixiarlo.

—Eres un caso clínico, de verdad —dijo, secándose las lágrimas imaginarias—. Ojalá tuvieras la mitad de esa mala leche cuando te pones a escribir.

—Gracias por el subidón de autoestima, imbécil. Ahora cuelga y déjame comer en paz.

—Candela…

—¿Qué?

—Mañana te gestiono un ambientador de pino. Y cita con un psiquiatra.

Colgué. La salsa burbujeaba con un ritmo prometedor y el olor a tomate frito empezó a colonizar la cocina, ganándole la batalla al pescado.

Añadí la carne, salpimenté con generosidad y dejé que el invento se cocinara despacio.

Los espaguetis se deslizaron en el agua hirviendo.

Por un segundo me sentí casi humana. Una mujer normal, con una comida normal, que insulta a su editor de forma normal y que no piensa en alcaldes crípticos que no modulan más de tres palabras seguidas o que no callan ni debajo del agua.

Me serví un plato digno de un camionero, me senté a la mesa y devoré en un silencio glorioso.

La boloñesa estaba espectacular; el toque dulce del tomate fresco disimulaba la antigüedad de la pasta.

Me limpié la boca con la servilleta, saboreando el triunfo y planeando una siesta de tres horas de las que te dejan la marca de la sábana grabada en la mejilla hasta el día siguiente.

Entonces llamaron a la puerta.

Me quedé petrificada.

Otro maldito visitante. En mi hora sagrada.

Me acerqué al visillo como una vieja espía.

Era Adrián, con la camisa blanca con las mangas remangadas, pantalones cargo llenos de bolsillos y una cara indescifrable.

Ni sonreía ni parecía venir a ejecutarme.

Solo esperaba allí, con las manos hundidas en los bolsillos y la vista clavada en la madera.

Me eché por encima la sudadera mugrienta con tomate para terminar de pulir mi look de indigente y abrí.

—Hola —dijo él.

—Hola.

—¿Puedo pasar?

—¿Es una inspección municipal o viene con orden de desahucio?

—No, no —soltó rápido, carraspeando—. Solo quería... bueno, quería pedirte disculpas.

—¿Ah, sí? ¿Por cuál de todas las humillaciones en concreto? —pregunté, cruzándome de brazos.

—Por lo de Soti. Se pasó tres pueblos. No debió hablarte así en el mercado.

Estuvo mal, muy mal. Soti a veces... bueno, tiene un pronto complicado y se calienta, y como es muy suya con sus cosas y el pueblo es pequeño, pues salta a la mínima, pero eso no la justifica, de verdad.

No tenía ningún derecho a meterse con tu trabajo ni con tu vida privada, que ni le va ni le viene, y menos en público, que parecía aquello un circo romano.

Pestañeé, un poco descolocada por la parrafada.

—A ver, tú no me has ofendido.

—Ya, ya lo sé, pero es mi prometida —continuó él, hablando a toda velocidad, las palabras atropellándose en su boca mientras se recolocaba la camisa—.

Y como es mi prometida, me siento responsable, porque, si no hubiera sido por mí, tú no habrías estado allí, ni ella habría aparecido a marcar territorio de esa manera tan absurda, que de verdad te pido perdón, no quiero que pienses que aquí somos unos salvajes o que vamos atacando a los escritores que vienen a buscar tranquilidad, porque para una persona que viene de Madrid a trabajar en lo suyo, lo último que necesita es que la traten como si fuera una intrusa, de verdad, lo siento muchísimo, Candela.

Me encogí de hombros, asimilando el tsunami verbal. El timorato mudo se había tomado tres cafés de golpe.

—No pasa nada —dije, intentando frenar el torrente—. Estoy acostumbrada a que la gente ningunee la novela romántica. Es el peaje por escribir sobre hombres perfectos que, claramente, no existen.

Adrián esbozó una minúscula sonrisa. Un amago de curva que desapareció tan rápido como llegó, antes de volver a ponerse rígido como un poste.

—¿Te... te apetecería dar un paseo por el bosque? —soltó de golpe, como quien confiesa un crimen.

—¿Ahora mismo? ¿En plena digestión?

—Sí, bueno, está refrescando y es buena hora.

Te puedo enseñar dónde crecen las setas, que este año viene bueno por las lluvias de la semana pasada y si sabes buscar bien se encuentran cosas interesantes, no solo lo típico, sino especies que la gente de fuera ni conoce pero que están ahí si sabes mirar.

—No tengo ni idea de setas. Como mucho distingo un champiñón de una pizza.