No estoy para setas CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Conociendo a la prometida del alcalde

Salí de la carnicería arrastrando los pies, con las salchichas y la carne envueltas en papel de estraza como si llevara un trofeo de guerra de tercera categoría.

Tenía el estómago rugiendo como un león enjaulado y la cabeza hecha un auténtico potaje: setas, madres con exceso de iniciativa y un alcalde que cambiaba de discurso según soplara el viento de la meseta.

Pilar me lo había soltado sin anestesia, entre filete y filete, mientras yo intentaba mantener la verticalidad en una carnicería que, por algún misterio de la refrigeración rural, olía a pescadería vieja. Una maldición bíblica en toda regla.

—¿Y me lo cuenta por algún motivo especial? —pregunté, tragando saliva y deseando que la tierra me tragara a mí primero.

—Hija, te lo digo por caridad cristiana, para que no te enteres por los radiopatios de las esquinas. En este pueblo las lenguas corren más que los galgos detrás de las liebres. Y tú, con esa cara de permanente Jueves Santo que me llevas, te ibas a enterar la última y de mala manera.

Me quedé plantada en la acera con el paquete de salchichas, que ya empezaba a sudar por el calor, y un nudo marinero apretándome el estómago.

Adrián se casaba. El alcalde taciturno, el fontanero de manos grandes y espalda de frontón, el mismo hombre que el día anterior me había dejado literalmente en bragas y con la cabeza llena de pájaros, tenía fecha para pasar por el altar.

Sentí una punzada asquerosa justo debajo de las costillas.

No eran celos. Me negué en redondo a que fueran celos.

Era el vacío gástrico. Hambre acumulada de tres días a base de café de sobre y disgustos. Eso era.

Pero una cosa era estar famélica y otra muy distinta batirse en retirada.

En lugar de meterme en la furgoneta a compadecerme, apreté las salchichas bajo el brazo y avancé hacia la plaza con la barbilla apuntando al cielo.

Que se escondieran otras. Yo iba a ver a la tal Soti.

A la prometida oficial. A la Sota de Bastos.

Si esa mujer iba a ser mi cruz en las próximas semanas, mejor pasar el trago de frente y con el aroma a boquerón rancio bien impregnado en la ropa, a modo de escudo de armas.

El mercadillo de los jueves estaba en su hora punta, ese momento crítico en que las señoras embisten con el carro de la compra sin mirar el retrovisor.

El sol caía a plomo, con una insolencia agosteña que parecía ensañarse con mi sudadera gris —adornada con un lamparón de tomate frito del martes— y mi pelo, que presentaba el volumen texturizado de un nido de cigüeña.

Y allí estaba el comité de bienvenida. Adrián destacaba media cabeza por encima del resto junto al puesto de las variantes, rodeado de paisanos que le arreaban palmaditas condescendientes en el lomo. Pegada a su costado, como una hiedra con denominación de origen, lucía su trofeo.

Soti.

Era un moco de apenas metro y medio, con una coleta tan tirante que sospeché que no podía parpadear, llevaba un vestido de lino de catálogo de outlet y unas sandalias de tacón fino que desafiaban las leyes de la gravedad y del empedrado castellano.

Llevaba encima más oro que el tesoro de una fragata hundida.

Pulseras que tintineaban a cada milímetro, tres cadenas superpuestas y unos anillos que debían dificultarle el riego sanguíneo en los dedos.

Todo en ella gritaba herencia, tierras de secano y cuenta corriente saneada.

Pero había algo que no encajaba: esa sonrisa de azafata de vuelo que no te desea los buenos días, sino que te está midiendo el equipaje de mano.

Me acerqué con paso lento, conteniendo la respiración para afinar el oído mientras fingía una devoción repentina por unas cajas de tomates feos.

—¡Menuda fiestuki vais a dar, señor alcalde! —bramaba el del bigote, un paisano con la boina calada hasta las cejas—. ¡El día de San Martín! A cada cerdo le llega su San Martín, Adrián, no podías haber escogido mejor refrán.

—Cosas de Soti —respondió Adrián. Su tono era plano, carente de la más mínima vibración de entusiasmo, pero sus ojos oscuros recorrieron la plaza hasta tropezar conmigo. No pestañeó.

—Es que yo soy de tradiciones —intervino ella, con una voz cantarina y melodiosa que me raspó el tímpano como una lija del doce—.

Llevo meses de los nervios con el catering , os lo juro.

Quiero que el pueblo recuerde esta boda durante décadas.

Mi Adrián se merece un enlace de categoría, no una merienda de tres al cuarto.

«Mi Adrián». Su Adrián. El mismo que veinticuatro horas antes me explicaba el ciclo de vida de los níscalos y me apretaba las tuercas de la cisterna con una parsimonia exasperante. Miré la coleta de Soti y calculé la trayectoria exacta que necesitaría un tomate maduro para impactar en toda la nuca.

Entonces, la hiena me detectó. Sus ojos hicieron un escáner completo en menos de dos segundos: valoró el precio de mis zapatillas gastadas, la calidad barata de la sudadera y el indiscutible tufo a lonja que desprendía mi persona.

La comisura de su labio izquierdo subió un milímetro.

Un diagnóstico clínico de desprecio absoluto.

—Hola —solté, porque quedarme callada me parecía una rendición.

—Hola —soltó ella, devolviéndome un iceberg en forma de palabra.

Adrián giró los hombros hacia mí. Su mandíbula se marcó un poco más, pero no abrió la boca.

Se limitó a clavar esa mirada suya que parecía desnudarte las intenciones.

No hizo las presentaciones. No le dijo a la joya de su novia que yo era la inquilina de la casa del torreón ni mencionó la palabra «fontanería».

Ese vacío protocolario me escoció en el orgullo propio como si me hubieran restregado ortigas.

—Candela —dije, dando un paso al frente y extendiendo la mano con el paquete de salchichas haciendo de barrera—. La escritora que se ha instalado en el pueblo.

Soti miró mi mano como si le estuviera ofreciendo un lagarto vivo. Me tocó las yemas de los dedos con la punta de los suyos, lo justo para cumplir el expediente.

—Soterrala —corrigió de inmediato—. Aunque la gente con un mínimo de confianza me llama Soti. ¿Escritora? Vaya. Qué ocupación tan... bohemia. ¿Y qué clase de literatura haces, bonita? Si se puede llamar así.

—Novela romántica.

Soti soltó una carcajada cristalina, perfectamente ensayada, que resonó en mitad de la plaza.

—Ah, novela rosa. Ya entiendo. ¿Y no te da un poquito de pudor?

Lo digo porque, vamos a ver, ¿de verdad el mundo necesita más juntaletras que redacten en Times New Roman, fuente 14, fantasías ridículas sobre hombres perfectos?

Chorradas que solo existen en las cabezas de mujeres aburridas y reprimidas que no han tenido a un hombre de verdad en su vida.

El silencio que cayó sobre el mercado fue tan denso que se habría podido cortar con el cuchillo del carnicero.

Las señoras del puesto de fruta congelaron los brazos en el aire.

Las pulseras de Soti dejaron de tintinear.

Adrián no se movió, pero noté cómo los nudillos se le ponían blancos dentro de los bolsillos del pantalón.

Todos esperaban la humillación pública de la forastera.

Sentí una oleada de calor que me subió desde los tobillos. No era vergüenza. Era puro combustible de primera calidad. Sonreí de oreja a oreja, ensanchando los hombros.

—Mira, Soti —dije, manteniendo una voz tan dulce y pausada que parecía un arrullo—.

Yo escribo sobre hombres irreales porque me pagan muy bien por inventarlos.

Tú, en cambio, te vas a casar con un hombre irreal porque crees que te pertenece.

No sé cuál de las dos vive en una fantasía más grande, bonita.

A la prometida se le descolocó la mandíbula. La coleta pareció perder tensión. Un murmullo sordo recorrió los puestos de los encurtidos y un viejo apostado en una esquina soltó un carraspeo que sonó sospechosamente a risotada.

—Y, en cuanto a lo de tener hombres de verdad cerca...

—añadí, dando medio paso hacia ella para asegurarme de que el olor a boquerón le llegara nítido a la nariz—.

Prefiero mil veces hacerme dedos o mi Satisfyer que conformarme con un hombre que me mira el anillo pero es incapaz de mirarme a los ojos.

Que por mucho oro que te cuelgues del pescuezo, sigues pareciendo la Sota de Bastos.

De las que vienen pintadas en la baraja.

Además, a mí me pagan por inventarme hombres así.

Soti abrió la boca como un pez fuera del agua, emitiendo un pitido similar al de una cafetera exprés a punto de estallar.

Adrián no apartó los ojos de mí. Había una tensión eléctrica flotando entre nosotros, una chispa de pura sorpresa y algo que juraría que era un respeto salvaje brillando en el fondo de sus pupilas oscuras.

—Nos vamos, Adrián —acertó a «ladrar» Soti, enganchándose a su brazo con la violencia de un náufrago—. Tenemos que ver a mi madre para cerrar los cubiertos del convite. Ya hemos perdido bastante tiempo aquí.

El alcalde asintió despacio, dejándose arrastrar por la hiedra, pero su mirada se quedó fija en la mía hasta que doblaron la esquina del ayuntamiento.

Me quedé sola frente al mostrador de la fruta, con las pulsaciones a doscientas por minuto y la adrenalina pidiéndome guerra. La verdulera, una mujerona con delantal que lo había presenciado todo en primera fila, me miró con una sonrisa cómplice que valía más que todo el oro de Soterrala.

—¿Te pongo algo, guapa? —preguntó, relamiéndose del gusto.

—Sí —le contesté, plantando los billetes sobre el mostrador—. Ponme un kilo de tomates. Pero de los maduros. De los que cuando estallan, dejan marca.

Pagué la munición roja, la metí en la bolsa junto a las salchichas y la carne picada y caminé hacia la furgoneta sintiendo que el suelo del pueblo ya no me quedaba tan grande.

El trasto arrancó al primer intento, pegando un traqueteo que me sacudió los pensamientos mientras dejaba atrás la plaza, a la Coletas con la dichosa boda de San Martín.

—Sota de Bastos —mascullé para mis adentros, metiendo segunda—. Y yo con un kilo de proyectiles. Al final va a resultar que esta novela se va a escribir sola.

Miré por el espejo retrovisor el perfil de piedra del pueblo que se alejaba. Sabía perfectamente que el destino era un caprichoso y que volvería a tener a Adrián a menos de un metro de distancia. Y la próxima vez, no me iba a pillar con olor a pescado ni con la guardia baja.