No estoy para setas CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Y ¿ahora?

Me quedé en la puerta, descalza, viendo cómo el Mercedes de Adrián desaparecía por el camino de tierra.

El polvo se fue asentando poco a poco, como si el bosque se tragara la única prueba de que aquel hombre había estado allí.

Y yo seguía en bragas, con el moño deshecho, la camiseta arrugada y la cabeza llena de preguntas que no sabía formular.

El tío de ayer me había taladrado los oídos con su cháchara infinita.

El de hoy apenas había dicho cuarenta palabras.

El de ayer me recogió en un coche destartalado.

El de hoy vino en un Mercedes que costaba más que mi piso de veinte metros cuadrados.

El de ayer era un pelma insoportable. El de hoy era un alcalde serio, callado, eficiente y, joder, increíblemente atractivo.

—Pero ¿quién coño eres? —solté en voz alta, allí de pie, con las bragas a la vista—. ¿Un alcalde, un fontanero, un puto actor? ¿Tienes un gemelo? ¿Te posee un espíritu de mierda según el día? ¿Me estás vacilando?

Nadie me respondió. Solo el silencio del bosque y el canto lejano de un pájaro que probablemente se estaba riendo de mí.

Entré en casa, cerré la puerta de golpe y me tiré en el sofá.

Me quedé mirando al techo, con las piernas abiertas y la camiseta subida.

La imagen de Adrián arrodillado, callado, con aquellas manos grandes apretando las tuercas, se me quedó grabada en la retina.

Y lo peor no era su silencio. Lo peor era que ahora quería volver a verlo.

Y que me hablara. Y que no me hablara. Y que me volviera a confundir.

Y que me hiciera preguntas. Y que no me hiciera ninguna.

—Estoy fatal —murmuré—. Fatal. Llevo dos días en este pueblo y ya estoy fatal.

Entonces sonó un claxon. No era el de Adrián.

Era un claxon de esos que parecen diseñados para anunciar el fin del mundo o la llegada de un circo ambulante.

Me levanté del sofá de un salto, me asomé por el visillo y vi una furgoneta blanca aparcada delante de la casa.

Era vieja. Muy vieja. De esas que han vivido más que un gato callejero y lo demuestran con orgullo.

Tenía un letrero en el lateral que ponía: « Pescados y mariscos Hermanos Romero », con una tipografía que gritaba que era de los años ochenta por los cuatro costados.

Me puse lo primero que encontré —unos pantalones cortos y una sudadera con una mancha de tomate que ya consideraba parte de la familia— y abrí la puerta. Un hombre mayor, con boina y cara de pocos amigos, estaba apoyado en la furgoneta con las llaves en la mano.

—¿Candela? —preguntó, escupiendo el nombre como si le supiera mal.

—Sí.

—Le traigo el coche de sustitución.

Miré la furgoneta. Luego al hombre. Luego otra vez la furgoneta.

—Eso es una furgoneta de pescado —dije, por si no se había dado cuenta.

—Ya.

—¿Y no hay otra cosa?

—No.

—¿Seguro?

—Seguro.

—¿Y esto me lo manda la editorial o es una broma de mi editor?

—A mí me han dicho que le traiga esto. Si no le gusta, hable con quien se lo haya mandado.

Respiré hondo. El hombre me lanzó las llaves sin previo aviso, y yo las recogí en el aire con la destreza de una persona que no esperaba que le lanzaran unas llaves.

Luego se fue andando por el camino, con las manos en los bolsillos y la boina calada hasta las cejas.

Ni un adiós. Ni una explicación. Ni un «buenos días» de cortesía. Nada.

Me quedé sola con la furgoneta.

Y con el olor.

Porque aquella furgoneta olía. Olía muchísimo.

A pescado, a marisco, a hielo derretido, a lonja de puerto un lunes de agosto.

Me metí dentro para comprobar si el motor arrancaba y casi me desmayo.

El aire estaba cargado, denso, como si alguien hubiera metido un banco de sardinas en el salpicadero y las hubiera dejado madurar durante una semana.

Bajé la ventanilla. No sirvió de nada. El olor seguía allí, aferrado a los asientos, al volante, a mis fosas nasales como un inquilino que no paga alquiler pero no se marcha.

—Perfecto —murmuré—. Ahora huelo a pescadería. Esto es justo lo que necesitaba para mi nueva vida rural.

Arrancó a la primera, eso sí. El motor respondió con un rugido de abuela fumadora y salí por el camino de tierra con la esperanza de que el viento se llevara parte del tufo. No lo hizo. El tufo viajaba conmigo. Era mi copiloto. Mi sombra. Mi nuevo perfume.

Llegué al pueblo en unos diez minutos. Necesitaba comprar comida, estirar las piernas y recordar que existía un mundo con seres humanos que no olían a rape.

Aparqué en una calle estrecha, cerca de la plaza, y me bajé de la furgoneta con la dignidad de quien acaba de salir de una lonja.

Me estiré, respiré aire puro y me dirigí hacia el centro.

Allí estaba.

El mercadillo.

Era jueves. El puto mercadillo de los jueves.

El que Adrián me había mencionado en su monólogo infinito.

Estaba montado en la plaza del pueblo, con tenderetes de fruta, verdura, berenjenas relucientes, pimientos de colores, botes de encurtidos alineados como soldados y un señor con bigote vendiendo aceitunas de todas las variedades posibles.

Había gente por todas partes. Mujeres con carros de la compra, niños corriendo entre los puestos, señores mayores discutiendo por el precio de las naranjas como si les fuera la vida en ello.

Y allí estaba él.

Adrián.

El alcalde.

El silencioso, o el parlanchín según se mirara.

El hombre que me había visto en bragas y con la cabeza llena de preguntas.

Estaba de pie junto al puesto de las verduras, con una camisa blanca remangada hasta los codos, hablando con una mujer mayor que le señalaba un cajón de tomates.

No sonreía. Tampoco parecía enfadado. Solo estaba allí, serio, escuchando con la misma atención con la que me había instalado el váter.

Me quedé paralizada en mitad de la calle, con la furgoneta apestando a mis espaldas y el corazón latiéndome en la garganta.

No podía encontrarme con él.

No así.

No con aquel olor a pescado pegado a la ropa y los nervios todavía a flor de piel.

Me giré sobre los talones y me metí en el primer sitio que vi con la puerta abierta.

Resultó ser la carnicería. Una carnicería de pueblo con mostrador de mármol, jamones colgando del techo y un carnicero con delantal blanco que me miró con la indiferencia de quien ha visto entrar a mucha gente rara en su vida.

Yo no era rara. Yo era una mujer con olor a pescado, sudadera manchada y cara de pánico. Pero él no dijo nada.

—Buenos días —murmuré, sin saber muy bien qué hacer allí.

El carnicero asintió. Y entonces escuché la voz. Una voz de mujer mayor, cascada, con ese tono de quien ha venido a contarle sus penas al carnicero porque no tiene a nadie más a mano.

—… y el chiquillo no me hace caso, que yo se lo digo, que las setas hay que conocerlas, que no vale con mirarlas por internet, pero él erre que erre, que si esto es un níscalo, que si esto otro es un boletus, y yo le digo: hijo, que un día te vas a intoxicar, que como cojas una mala te vas a quedar tieso en el monte y no te va a encontrar ni la guardia civil.

Y ayer, sin ir más lejos, me guisó unas setas que dice que eran comestibles, que las ha visto en un vídeo, y yo le digo: ¿y tú te crees que el vídeo ese te va a decir si la seta es buena o es una que te deja el hígado como un estropajo?

Pues no me escucha. Se las come. Y se queda tan pancho.

Esta mañana estaba más vivo que un perro, pero yo no me fío.

Un día de estos me lo encuentro en el suelo con los ojos en blanco y me va a dar un soponcio que me quedo en el sitio.

Y, encima, como siga así no sé si va a llegar al día de su boda.

Me quedé helada. La mujer hablaba con el carnicero, y el pobre asentía con paciencia mientras cortaba chuletas.

Yo disimulé, mirando una bandeja de salchichas como si me interesara muchísimo, pero con la oreja puesta en la conversación.

Porque algo me decía que aquella mujer no era una vecina cualquiera.

Algo me decía que era la madre de Adrián.

Era evidente. Hablaba de su hijo, de las setas, de que se creía un experto, de que se intoxicaría algún día.

Y Adrián me había hablado de setas durante cuarenta minutos.

Setas de cardo, boletus, níscalos, la receta de su abuela, la feria micológica.

Todo encajaba. Sin duda ninguna era ella.

Y yo estaba allí, escondida, oliendo a pescado, escuchando una conversación que, en principio, me la traía al pairo.

—Es que el chico es muy terco, doña Pilar —dijo el carnicero, cortando con la precisión de un cirujano—. Y cuando se le mete algo en la cabeza, no hay quien se lo saque.

—Terca es su abuela, que en gloria esté —replicó la mujer—.

Pero yo ya no sé qué hacer con él. Le digo: «Cariño, las setas son un veneno disfrazado de comida, y él me dice que no, que son un manjar».

Y yo sigo dale que te pego: «Un manjar que te va a dejar los riñones como una piedra.

Y él erre que erre: «Que si voy a hacer una jornada gastronómica, que si el turismo micológico es el futuro del pueblo, que si la gente de la ciudad no sabe apreciar lo que tenemos aquí».

La gente de la ciudad dice... La gente de la ciudad son tontitos de baba, según él.

Ya te digo que este no llega a San Martín [1] , para casarse con la Soti.

Tragué saliva. La gente de la ciudad. O sea, yo. Yo era la gente de la ciudad. Y su hijo, el de las setas, era el alcalde que me había instalado el váter. Y su madre estaba a un metro de mí, despotricando sobre él sin saber que yo lo conocía. Aquello era demasiado.

—Buenos días —dijo la mujer, girándose de repente hacia mí.

Me pilló con la mano encima de la bandeja de salchichas, con cara de circunstancias, o sea, de estar a punto de mangarlas.

—Buenos días —respondí, apartando la mano como si me quemara.

—¿Usted es la escritora? —preguntó.

Me quedé sin palabras.

—¿Cómo lo sabe? —solté.

—Porque no hay otra forastera en el pueblo que huela a pescao y se esconda en la carnicería cuando ve al alcalde. La estamos esperando desde ayer, para cascar sobre algo nuevo, querida, que nos aburrimos.

Abrí la boca. La cerré. La volví a abrir.

—Yo no me escondo —dije, con una dignidad que no me creía ni yo.

—Claro que no, hija. Y yo soy la reina de Saba.

El carnicero soltó una carcajada. Yo sentí que el suelo se abría bajo mis pies. La mujer me miró de arriba a abajo con una sonrisa socarrona.

—Soy Pilar —dijo, tendiéndome la mano—. La madre de Adrián. El que te arregló el váter.

La madre de Adrián. La puta madre de Adrián. Y yo oliendo a pescado. Y escondida. Y con la sudadera manchada. Y sin saber qué decir.

—Encantada —mentí.

—No te preocupes, hija —añadió ella, dándome una palmada en el brazo—. Mi hijo tiene ese efecto en la gente.

—¿Qué efecto?

—El de dejarlas con cara de no saber si es un pesado insoportable o un bendito callado.

La miré. Ella me miró. Y supe que aquella mujer me había calado en tres segundos.

—¿Y usted cómo sabe…? —empecé.

—Soy su madre, hija. Lo conozco desde que nació. Habla por los codos cuando está nervioso y no dice ni mu cuando está a gusto. Ayer iba nervioso. Hoy estaba a gusto.

—¿A gusto? —repetí—. Si no dijo nada.

—Por eso mismo.

Me quedé callada. No entendía nada. O quizá sí. Y eso era lo peor.

—Bueno, me voy —dijo Pilar, recogiendo su bolsa—. Tengo que preparar la comida. Y tú, hija, no te escondas tanto. Que mi hijo, callado, es mucho más interesante que hablando.

Salió de la carnicería con paso firme, dejando tras de sí un olor a pan recién hecho y la sensación de que me había dado una lección de vida sin yo pedirla. El carnicero me miró por encima del mostrador.

—¿Quiere algo? —preguntó.

—Sí —dije—. Una docena de salchichas, un kilo de carne picada y un milagro.

Soltó otra carcajada y se puso a ello.

Y yo me quedé allí, oliendo a pescado, con la cabeza llena de setas, alcaldes y madres que lo sabían todo. Y, además, el alcalde se casaba… ¡Uy me acababa de dar un pellizco en el corazón! Me acaricié el centro del pecho a ver si se me pasaba.

Aquello iba a ser una telenovela. Pero no la que yo tenía que escribir.

La mía era mucho más rara.