CAPÍTULO 6 #2
Me quedé callada. Lo que quisiera. Eso era un arma de doble filo.
Podía preguntarle por qué se presentó a alcalde, por qué arreglaba váteres, por qué ayer me taladró los oídos y hoy parecía un personaje de una película sueca.
Pero también podía preguntarle cosas que no me atrevía a formular en voz alta.
Como por qué me miraba tan poco. O por qué su silencio me ponía tan nerviosa.
O por qué, de repente, me parecía mucho más atractivo callado que hablando.
—¿Siempre has vivido en este pueblo? —solté al final, porque era lo más seguro.
—Sí.
—¿Y te gusta?
—Sí.
—¿Y no te aburres?
—A veces.
—¿Y qué haces cuando te aburres?
—Hablo.
Me reí. No pude evitarlo. Aquel tío tenía su gracia, aunque fuera un friki .
Siguió trabajando mientras yo me movía de un lado a otro, descalza, nerviosa, con la camiseta subiéndoseme un poco cada vez que levantaba los brazos.
Me di cuenta de que llevaba un rato mirándole las manos.
Tenía unas manos grandes, con venas marcadas y callos en los dedos.
Me parecieron unas manos extrañamente competentes para un alcalde que hablaba de fiestas medievales.
—¿Te molesta que te hable? —pregunté.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—Es que no quiero que pienses que soy una pesada.
—No lo pienso.
—¿Y qué piensas?
—Que tienes frío.
Me miré. Tenía las piernas al aire y los pezones marcándose en la camiseta como faros en la niebla. Genial. Maravilloso. Me crucé de brazos con la elegancia de un pato mareado.
—No tengo frío —mentí.
—Bien.
Volvió a callarse. Yo también. El silencio se hizo insoportable. Entonces, sin pensarlo, volví a preguntar.
—¿Y por qué arreglas tú los váteres? —solté, para desviar mi atención de aquellas manos—. ¿No tienes fontaneros en el ayuntamiento?
—Sí.
—¿Entonces?
—Hoy no estaban.
—¿Y por eso vienes tú?
—Sí.
—¿Y no te importa?
—No.
—¿Y no es raro que un alcalde se ponga a instalar váteres?
—No.
—¿No?
—En un pueblo pequeño, todos hacemos de todo.
Suspiré. Aquello era como hacer una entrevista a una almeja.
Todos eran monosílabos y frases cortas. Pero lo peor era que yo me sentía atraída por aquel mutismo.
Me parecía un reto. Un jeroglífico. Un sudoku con patas.
Y encima era un crack trabajando. No dudaba.
No se equivocaba. Cada movimiento era preciso, limpio, eficiente.
Terminó de conectar la tubería al desagüe, encajó la taza, apretó una última tuerca y abrió la llave de paso.
El agua entró y se piró. Todo funcionaba.
Se levantó, se limpió las manos con un trapo y me miró.
—Ya está.
—Gracias.
—De nada.
—¿Quieres un café?
—No.
—¿Agua?
—No.
—¿Algo?
—No.
—Vale.
Recogió sus cosas. Salió del aseo. Se encaminó a la puerta principal sin mirarme. Yo lo seguí, descalza, con la sensación de que aquello no había terminado. Antes de salir, se giró.
—Si vuelves a tener algún problema con la casa, llama al ayuntamiento.
—No tengo cobertura.
—Ya.
—¿Y si no puedo llamar?
—Vete al pueblo.
—¿Y si es urgente?
—Grita.
Me reí. Él no. Me quedé seria.
—Era una broma —zanjé el asunto.
—Lo sé.
Salió. Caminó hacia su Mercedes. Se montó. Arrancó. Y se fue sin un solo comentario sobre mis bragas, mi moño o mi cara de susto.
Me quedé en la puerta, descalza, viendo cómo desaparecía por el camino.
Y entonces me entró el ataque de risa. No una risa normal.
Una risa floja, nerviosa, de esas que no puedes parar y que te hacen doblarte por la cintura.
Porque no entendía nada. Nada de nada. El tío de ayer me había taladrado la cabeza con su cháchara infinita.
El de hoy apenas había dicho cuarenta palabras.
El de ayer me había recogido en un coche destartalado.
El de hoy había venido en un Mercedes que costaba más que mi vida entera.
El de ayer era un pesado insoportable. El de hoy era un alcalde serio, callado, eficiente y, joder, increíblemente atractivo.
—Pero ¿quién coño eres? —solté en voz alta, allí de pie, con las bragas a la vista y el moño deshecho—. ¿Un alcalde, un fontanero, un puto actor? ¿Tienes un gemelo? ¿Te posee un espíritu según el día? ¿Me estás vacilando?
Nadie me respondió. Solo el silencio del bosque y el polvo del camino asentándose.
Entré en casa, cerré la puerta de golpe y me tiré en el sofá.
Me quedé mirando al techo, con las piernas abiertas y la camiseta subida.
La imagen de Adrián arrodillado, callado, con aquellas manos grandes apretando las tuercas, se me quedó grabada en la retina.
Y lo peor no era su silencio. Lo peor era que ahora quería volver a verlo.
Y que me hablara. Y que no me hablara. Y que me volviera a confundir.
Y que me hiciera preguntas. Y que no me hiciera ninguna.
—Estoy fatal —murmuré—. Fatal. Llevo dos días en este pueblo y ya estoy fatal.
Me levanté, fui al aseo nuevo y me senté en el váter.
Funcionaba. La cisterna era un prodigio de la fontanería moderna.
Tiré de la cadena solo por el placer de ver el agua bajar.
Luego volví al sofá y me quedé mirando el portátil.
Allí dentro había una novela a medio empezar.
Una novela romántica. Con un camarero y una despensa.
Y yo en bragas, con la cabeza llena de un alcalde que no hablaba.
¿De dónde iba a sacar yo la inspiración para escribir una historia de amor si no podía ni entender a un hombre que se presentaba en mi casa con un Mercedes y una taza de váter?
Tres meses.
Solo tres meses.
Y aquel tío iba a volverme loca antes de que acabara la primera semana.
Lo sabía.
Lo presentía.
Y, por primera vez desde que llegué, no estaba segura de si eso me asustaba o me excitaba.
Probablemente ambas cosas.
Joder.