No estoy para setas CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Donde el alcalde llega en un cochazo y yo me quedo en bragas

Cerré el portátil sin guardar, me asusté, lo volví a abrir para comprobar que el autoguardado seguía haciendo su trabajo y, justo cuando estaba a punto de levantarme para celebrar mi pequeño avance literario con un vaso de agua, sonó el móvil.

Lo cogí sin mirar la pantalla, convencida de que sería mi madre preguntándome si había comido o alguna compañía telefónica ofreciéndome una tarifa que no necesitaba.

—Dime —contesté, con el portátil aún caliente y la espalda dolorida de tanto encorvarme sobre el teclado.

—Candela, te llamo rápido —dijo Juanito, mi editor, con esa voz de urgencia falsa que pone cuando quiere pedirme algo que no me va a gustar—. El manitas del pueblo va a ir ahora a tu casa. Quiere revisar la instalación y ponerte la taza del váter que falta abajo.

—¿Abajo? —pregunté, incorporándome de golpe—. ¿Qué hay abajo?

—Un aseo pequeño, al lado de la cocina. No lo viste porque está al fondo, detrás de una puerta que parece un armario.

—¿Y no podías habérmelo dicho antes? —solté, indignada—. Llevo un día meando en la bañera porque me da pánico salir a la letrina de noche. ¿Y ahora me dices que hay un aseo escondido?

—Pensé que lo habías visto. En las fotos salía.

—En las fotos salía un loro de humedad en el techo del baño de arriba, Juanito. Lo del aseo no lo vi. Y tampoco vi el váter, porque no hay váter. Por eso me mandaste a un sitio sin váter. ¿Te acuerdas?

—Bueno, no te pongas dramática. Adrián va a ir a instalarlo. Es el alcalde. Muy amable. Habla un poco de más, pero es buena gente.

—¿Un poco de más? —repetí, con una risa amarga—.

Juanito, ese tío es una emisora de radio con patas.

Ayer me habló de setas, de su ex, de perdices escabechadas, de un primo que se perdió en un monte y de una feria medieval donde se disfraza de bufón.

Todo en cuarenta minutos. Sin respirar. ¿Me estás diciendo que el alcalde del pueblo es la ametralladora humana que me recogió en la carretera?

—Pues sí. Es alcalde desde hace unos años. Muy querido en el pueblo. Y muy manitas. Seguro que te arregla el baño en un momento.

—No quiero que me arregle nada. Quiero un váter y que me dejen en paz. ¿Es mucho pedir?

—Candela, por favor. Ábrele con normalidad. Y no seas borde.

—No pienso ser borde. Pienso ser invisible. Si no me ve, no existo.

—Candela…

Colgué antes de que pudiera darme más consejos inútiles.

Me quedé un instante con el móvil en la mano, procesando la información.

El alcalde. El puto alcalde del pueblo era el pelma que me había recogido en la carretera.

El tío que hablaba sin parar de cosas absurdas.

Ese era. Y venía de camino a mi casa. En ese mismo momento.

Con una caja de herramientas y una taza de váter.

Miré mi ropa. Camiseta de tirantes. Bragas. Nada más. Ni unos pantalones, ni una bata, ni un rincón digno donde esconderme. Mi vida era un chiste mal contado.

Fue entonces cuando lo oí.

Un motor. Lejano. Apenas un rumor entre los árboles.

Pero venía. Con la tranquilidad con la que se acercan las cosas inevitables.

Me quedé helada, con la oreja puesta en la puerta, como si pudiera calcular la distancia solo con el ruido.

El motor sonaba como un pepino. O mejor dicho, como un cochazo de esos que no pegan en un camino de tierra.

Un sonido grave, potente, caro. Me asomé por el visillo con disimulo, apartando la tela con dos dedos, y vi la nube de polvo acercarse.

El coche de Adrián apareció entre los árboles, despacio, con esa parsimonia rural que ponía de los nervios a cualquier urbanita acostumbrada a los semáforos.

Y no era el coche de ayer. No. Era un Mercedes.

Un Mercedes de los grandes, de los que cuestan más que mi piso de veinte metros cuadrados.

Uno de esos que te hacen preguntarte si el conductor es un narco, un político o un alcalde de pueblo con ingresos misteriosos.

Y allí estaba, aparcando delante de mi casa como si tal cosa, como si no fuera una contradicción andante con aquel coche destartalado que me había recogido el día anterior.

—Joder, el pelma —murmuré—. El plasta. El pesao . La puta ametralladora con carnet de conducir. Y encima con un cochazo. Esto no me cuadra.

El motor se apagó. Se hizo un silencio tenso, de los que presagian que algo va a pasar.

Llamaron a la puerta. Dos golpes. Secos.

Y luego nada. Me miré. Camiseta de tirantes.

Bragas. Moño hecho un asco. Descalza como una salvaje.

Podía subir a por unos pantalones, pero las escaleras crujían más que mis huesos en invierno y no quería regalarle un espectáculo de culo al aire.

Me quedé detrás de la puerta, sin abrir, con la esperanza de que se cansara y se fuera.

Volvieron a llamar.

—¿Candela? —se oyó al otro lado.

Era Adrián. Con esa voz grave y tranquila que tan poco pegaba con el cacareo que me había regalado en el coche. Abrí una rendija. Solo una. Lo justo para asomar la cara y parte del hombro.

—Hola —dije, como si no estuviera pasando nada.

Adrián estaba allí. De pie. Con una caja de herramientas en la mano y una bolsa con algo que parecía una taza de váter. Y no dijo nada. No dijo absolutamente nada. Me miró con una expresión seria, casi profesional, y luego asintió.

—Vengo a colocar la taza del baño.

—Ah.

—Tu editor me ha dado las llaves de la casa. He llamado antes, pero no había cobertura.

—Ya. Es que no tengo mucha.

—Lo sé.

Me quedé callada. Él también. No era normal.

El tío que me había hablado de setas, fiestas medievales durante cuarenta minutos ahora no decía ni una palabra.

Me sentí desconcertada. Quizá era un primo gemelo.

O un robot. O un alcalde que por las mañanas se transformaba.

La cosa empeoró cuando caí en la cuenta de que iba en bragas.

En putas bragas. Y él no decía nada. Ni siquiera me miraba.

—¿Me dejas pasar? —preguntó, con una corrección exquisita.

—Sí, claro.

Abrí la puerta del todo, con la esperanza de que la camiseta me tapara algo más.

Era una camiseta larga. Hasta medio muslo.

Apenas se veía que llevaba bragas. Apenas.

Me hice la disimulada y me puse de lado, apoyando una mano en la cadera como si aquello fuera una pose ensayada.

Adrián entró sin mirarme. Sin bajar la vista.

Sin un solo comentario sobre mi vestimenta.

Fue directo hacia la puerta que había al fondo de la cocina, esa que yo había confundido con un armario.

La abrió con naturalidad y encendió la luz.

Allí estaba el aseo. Pequeño, con un lavabo minúsculo y una tubería que asomaba por la pared como una promesa de civilización.

También había un desagüe en el suelo que conectaba con un alcantarillado exterior.

Aquello tenía sentido. Mucho más que subir un váter al piso de arriba.

En el piso de arriba habría sido un obrón del copón, de esos que te dejan sin casa y sin riñones.

Pero abajo, junto a la cocina, era casi razonable.

—¿Sabías que esto estaba aquí? —pregunté, siguiéndole.

—Sí.

—¿Y no dijiste nada ayer?

—No.

—¿Por qué?

—No preguntaste.

Me quedé de piedra. Tenía razón. No había preguntado.

Pero aun así. Aquel hombre era un misterio con caja de herramientas.

Se arrodilló junto a la tubería y empezó a trabajar.

En silencio. Sin hablarme. Sin quejarse.

Solo el ruido de las herramientas y el golpeteo de la cerámica al encajar.

Yo estaba allí de pie, en bragas, con los brazos cruzados y una incomodidad que me subía por la espalda.

—¿Eres alcalde? —solté, por romper el hielo.

—Sí.

—¿Y te dedicas a arreglar váteres?

—Cuando hace falta.

—¿Y hablas siempre tan poco?

—No.

—Ya me parecía.

Siguió trabajando. El silencio se hizo tan espeso que se podía untar en pan.

Yo no aguantaba aquello. No podía. Mi cerebro necesitaba estímulos, palabras, ruido.

Necesitaba entender por qué el loro del coche se había convertido en un monje de clausura.

Ayer no callaba. Hablaba de setas, de sobrinos, de su ex, de un primo que se perdió en un monte y de una feria medieval.

Cuarenta minutos. Cronometrados. Y ahora no decía nada.

¿Se había tragado la lengua? ¿Le había sentado mal algo?

¿Era un gemelo? ¿Un impostor? ¿Un alcalde que por las mañanas se transformaba en un ser humano funcional y por las tardes en una cotorra con carnet de conducir?

—Ayer no callabas —solté de repente—. Hablaste de setas, de sobrinos, de tu ex, de un primo que se perdió en un monte y de una feria medieval. Cuarenta minutos. Cronometrados. Y ahora no dices nada. ¿Te has tragado la lengua?

Adrián apretó una tuerca antes de responder.

—Depende del día.

—¿Depende del día? ¿Y qué día es hoy?

—Uno de pocas palabras.

—¿Y el de ayer?

—Uno de muchas.

—¿Y cómo sabes qué día es cuál?

—Lo sé y punto.

Cogí aire. Aquello era desesperante. Me estaba poniendo nerviosa.

Yo, que me quejaba de su cháchara, ahora le rogaba en silencio que dijera algo.

Cualquier cosa. Aunque fuera una anécdota absurda sobre una cabra.

Pero no. Nada. El silencio solo se rompía con el ruido de sus herramientas.

Y yo, descalza y en bragas, me sentía cada vez más expuesta.

—¿No vas a hablarme de las setas de cardo? —insistí—. ¿Ni de tu madre? ¿Ni de tu traje de bufón?

—No.

—¿Por qué?

—Porque no.

—¿Y si yo quiero que me hables?

Se detuvo. Me miró por encima del hombro. Y por un instante vi algo en sus ojos. Algo parecido a la diversión. O quizá era cansancio. No lo supe distinguir.

—Si quieres que te hable, pregúntame tú —dijo.

—¿Y qué te pregunto?

—Lo que quieras.