No estoy para setas CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Donde me ducho, hago una lista y escribo la mayor gilipollez de mi carrera

Aquella noche dormí poco. Muy poco. Entre la letrina exterior, el bicho negro que me había atacado y la conversación con mi editor, mi cuerpo estaba en un estado de alerta similar al de una señora del centro de Madrid esquivando patinetes en hora punta.

Cada ruido del bosque me hacía abrir los ojos de golpe y mirar hacia la ventana, convencida de que la cosa negra había vuelto con refuerzos y, esta vez, venía a por mí con un plan elaborado.

A eso de las cuatro de la mañana me entraron ganas de mear.

De esas típicas que te despiertan y te obligan a tomar una decisión: o te levantas o te quedas en la cama negociando con tu vejiga como una imbécil.

Estuve unos diez minutos negociando. Perdí.

Me levanté, cogí el móvil como linterna y miré por la ventana hacia la letrina.

Allí fuera estaba oscuro. Muy oscuro. De esa oscuridad de pueblo sin farolas, sin vecinos y sin un puto bar abierto hasta tarde.

La caseta de piedra se veía a lo lejos, junto a los árboles, con su puerta de madera y su ventanita diminuta.

Parecía el escenario perfecto para que una criatura salida de un cuento de terror me arrastrara al bosque.

No fui.

No pude.

Me quedé paralizada en el pasillo, con las piernas apretadas y el miedo subiéndome por la nuca.

Y entonces tomé una decisión que, en retrospectiva, probablemente no fue la más digna de mi vida: entré en el baño, me puse en cuclillas dentro de la bañera y meé allí.

Sí. Como lo oís. Como una persona civilizada que ha perdido el norte y la vergüenza.

Mientras soltaba el chorro, me repetía a mí misma que aquello era temporal, que por la mañana lo limpiaría, que nadie tenía por qué enterarse.

Pero, joder, qué humillación. A mi yo de Madrid le habría dado algo si me hubiera visto en esa situación: en una casa rural sin váter, meando en la bañera como una fugitiva y rezando para que el ruido no atrajera a ningún bicho.

Al terminar, abrí el grifo de la ducha, dejé correr el agua unos segundos y volví a la cama con la sensación de haber cometido un delito. Dormí mal. Muy mal. Soñé con sapos gigantes que me miraban con desprecio y con un editor que me perseguía por un bosque gritando: «¿Dónde está mi novela?».

Por la mañana, la luz entró por la ventana y descubrí que la casa seguía siendo preciosa, que el bosque seguía siendo verde y que yo seguía sin tener un váter dentro.

Pero, por primera vez desde que había llegado, no sentí ganas de llorar.

Sentí ganas de ducharme. Y escribir. Y convertir aquel desastre en algo productivo, como cuando te pones a ordenar armarios en plena crisis existencial.

Antes de todo eso, cogí el bote de gel, vacié un poco en la bañera, abrí el grifo y dejé que el agua arrastrara los restos de mi delito nocturno.

Luego, con el cepillo que encontré debajo del lavabo, froté un poco para disimular.

No era exactamente un protocolo de limpieza profesional, pero servía para que mi dignidad no se fuera del todo por el desagüe.

La ducha funcionaba mejor de lo esperado.

El agua salía caliente, con una presión decente y un olor a azufre que no era especialmente agradable pero que, según mi abuela, era buenísimo para la piel.

Yo no tenía problemas de cutis, pero agradecí el dato.

Me lavé el pelo, me quedé quieta bajo el agua durante un rato y luego me puse a mirar el techo del baño como si allí estuviera escrita la solución a todos mis problemas.

Solo había una mancha de humedad que parecía un loro, así que no obtuve respuestas.

Salí de la ducha envuelta en una toalla, bajé a la cocina y busqué algo de comer.

No había nada. Ni una triste galleta. Ni un poso de café.

Ni un sobre de azúcar de esos que guardas por si acaso y que luego encuentras pegados al fondo del bolso.

Nada. Solo una caja de sal gorda y un bote de tomillo con pinta de llevar allí desde que se inventó la tortilla de patata.

Genial. Me senté en la mesa y cogí el bolígrafo.

Iba a hacer una lista de la compra. Una lista realista, práctica y orientada a no morir de hambre en las próximas cuarenta y ocho horas.

Escribí en un papel arrugado: «Cosas que necesito antes de que se me caiga el pelo por desnutrición».

Luego fui enumerando. Café. Mucho café. Del cargado, del que resucita muertos y te hace temblar las manos como a un adicto en un anuncio de la DGT.

Pan. De barra, de molde, lo que sea. Lo que me pueda meter en la boca mientras escribo para no morderme las uñas.

Queso, por si acaso. Fruta. Verdura. Algo que no parezca sacado de un bodegón de la posguerra.

Pasta, arroz, latas de atún, latas de tomate.

Comida de estudiante, porque mi presupuesto era de estudiante y mi capacidad culinaria también.

Papel higiénico. Mucho papel higiénico. Tengo un váter en el exterior y no pienso defecar en el bosque como un oso malhumorado.

Chocolate. Obligatorio. No negociable. Si no hay chocolate, no hay novela.

Velas y cerillas, por si se va la luz. Un espray antibichos, por si la cosa negra decide volver con intenciones homicidas.

Y un pestillo para la letrina, porque no quiero que un jabalí me pille con los pantalones bajados.

Bastante tengo ya con mi vida como para que me persiga uno mientras estoy en el váter.

Dejé el bolígrafo y miré la lista. Parecía la lista de una mujer que se prepara para el apocalipsis.

Quizá lo era. El apocalipsis personal, al menos.

Después encendí el portátil y lo coloqué en la mesa junto a la ventana.

Desde allí se veía el bosque. Las ramas de los árboles se movían suavemente con el viento.

Había pájaros. Sol. Una luz preciosa que entraba por el ventanal y me hacía pensar que, si consiguiera escribir algo decente, aquel lugar podría llegar a gustarme.

Abrí el documento en blanco. Y me quedé mirándolo.

El cursor parpadeaba con una paciencia infinita.

No me juzgaba. Solo esperaba. Y yo no tenía nada.

—A ver, Candela —dije en voz alta—. Tienes que escribir. Escribe algo. Lo que sea. Un diálogo. Una escena. Una frase. Una sola frase que no sea una mierda.

Nada. Mi cerebro estaba más vacío que mi nevera.

Me levanté a por un vaso de agua. Volví a sentarme.

Miré el cursor. El cursor me miró a mí. Me levanté otra vez para comprobar si el pestillo de la puerta funcionaba.

Funcionaba. Volví a sentarme. Nada. Me acerqué a la ventana y me quedé mirando el bosque como una poetisa del siglo XIX a la que le han robado la inspiración.

Nada. Abrí el frigorífico vacío. Cerré el frigorífico.

Abrí un armario. Había una sartén vieja y una taza con una grieta. Cerré el armario. Me senté otra vez.

—Bien. Voy a empezar por lo básico. ¿De qué quieres hablar, Candela? ¿Qué quieres contar?

Silencio interior. Ni un eco. Ni una idea. Ni una puta musa borracha que me susurrara algo al oído.

—Vale. Entonces vamos a hacerlo de otra manera. Voy a escribir una escena. Una escena tonta. Ridícula. Sin presión. Solo para calentar.

Puse las manos sobre el teclado. Y entonces, como una revelación absurda, me vino a la cabeza una idea. Una idea estúpida. De las que nunca escribiría en un libro serio. Pero aquel no era un libro serio. Aquello era un calentamiento.

Tecleé:

Capítulo Uno. Donde la protagonista descubre que su jefe es, en realidad, un agente secreto que se infiltra en bodas ajenas para desactivar bombas escondidas en el piso de baile.

Me detuve. Releí. Me reí sola.

—Pero ¿qué cojones es esto?

Seguí.

Sebastián O'Malley no era un hombre cualquiera.

De día, dirigía una empresa de alquiler de ponis para fiestas infantiles.

De noche, se convertía en uno de los agentes más letales del CNI.

Lo que nadie sabía era que ambos trabajos compartían una misma habilidad esencial: saber desaparecer justo antes de que la cosa se pusiera fea.

Me reí otra vez. Aquello era una basura. Una basura divertida, pero basura. Borré todo. Bueno, no. No lo borré. Lo guardé en un archivo que titulé « Mierdas inservibles ». Luego abrí otro documento y me quedé mirando la pantalla.

—Vale. Vamos a probar con el género romántico. Eso sí lo sé hacer. ¿Qué se supone que debe tener una novela romántica? Tíos buenos, tensión sexual y un escenario bonito. Fácil. Como robar caramelos a un niño.

Escribí:

Primera escena. Un pueblo pequeño. Una chica llega en un coche averiado. Un chico la recoge. Ella está hecha un desastre. Él la mira con una sonrisa que le hace olvidar que lleva la camiseta manchada de tomate y que se ha tirado un pedo en un arbusto.

Borré. No podía escribir mi propia vida en la novela. Demasiado humillante. Aunque, bien pensado, quizá tuviera más material del que creía.

—¿Y si escribo sobre una boda? Las bodas dan mucho juego. Una boda. Un vestido horrible. Un ex que aparece sin invitación. Y un camarero con el que se enrolla en la cocina.

Escribí:

La boda de mi prima era el evento del año, o al menos eso decía mi madre cada vez que me llamaba para preguntarme si ya me había comprado un vestido.

Todavía no lo había hecho. A mis treinta y dos años, seguía teniendo una capacidad sobrenatural para retrasar las decisiones importantes.

Lo último que esperaba era acabar encerrada en la despensa del restaurante con el camarero, un tipo con pinta de surfero y un delantal manchado de mayonesa.

Me detuve. No estaba mal. No era una obra maestra, pero no era una mierda absoluta. Algo tenía. Lo del camarero estaba bien. Lo de la despensa era una imagen potente. Y lo del vestido me parecía un buen detalle. Seguí un poco más.

El camarero me miró con una ceja levantada.

—¿Sueles colarte en las cocinas de los restaurantes o es que me has seguido?

Yo no había seguido a nadie. Solo quería llorar en un sitio sin testigos. Pero aquel hombre no lo sabía. Y yo no pensaba darle explicaciones.

—He venido a por canapés —dije.

—¿Y la puerta?

—Estaba cerrada.

—No estaba cerrada.

—Pues se ha cerrado sola.

—¿Sola?

—Es una puerta muy dramática.

Solté una carcajada. Me gustaba aquel diálogo.

Tenía chispa. Tenía personalidad. Quizá no era el inicio de mi próxima novela, pero se parecía más a mí.

Y eso, viniendo de una mujer que hasta ese momento solo había producido mierdas inservibles, era un avance considerable.

Como pasar de cero a uno en un partido de fútbol.

No te da la victoria, pero te da esperanza.

Cerré el portátil sin guardar. Me asusté.

Lo abrí. Estaba autoguardado. La tecnología me amaba.

Suspiré. Me recosté en la silla y me quedé mirando el techo.

Aquella noche dormiría un poco mejor. O eso esperaba.

Porque si algo había aprendido en las últimas veinticuatro horas era que, en aquel pueblo, cualquier cosa podía pasar.

Cualquier cosa. Incluido que un sapo me mirara con desprecio mientras meaba en la oscuridad.

Y que yo le respondiera con un taco y una amenaza de deportación.