CAPÍTULO 4
Cuando el váter es una letrina
La Ametralladora Humana consiguió mantener la boca cerrada durante los últimos cinco minutos del trayecto porque, según él, tenía que concentrarse en la carretera.
Yo aproveché aquel milagro para mirar por la ventanilla y descubrir que el paisaje era mucho más bonito de lo que me habría gustado admitir.
Los árboles cubrían buena parte de las laderas, el asfalto se retorcía entre montes y, de vez en cuando, aparecía alguna casa de piedra perdida entre la vegetación.
Era todo muy verde, muy tranquilo y muy de postal.
Demasiado bonito para alguien que acababa de abandonar Madrid con cuarenta euros en la cuenta y un coche muerto en un arcén.
—Ya hemos llegado —anunció Adrián.
—¿Esto es el pueblo? —pregunté, escudriñando el paisaje en busca de señales de civilización.
—No, estamos a las afueras. La casa está un poco apartada.
Claro que lo estaba. Si me hubieran dicho que estaba tan apartada que necesitaba pedir permiso a la civilización para llegar hasta ella, tampoco me habría sorprendido.
Seguimos por un camino estrecho que se convirtió en una pista de tierra.
Mi culo empezó a agradecer profundamente haber sufrido ya el trayecto anterior, porque aquello parecía una prueba de resistencia para suspensiones de vehículos y órganos internos.
Las ramas rozaban los laterales del coche y yo miraba cómo se acercaban cada vez más a las ventanillas con la resignación de quien ha aceptado que su vida es una broma de mal gusto.
—¿Seguro que por aquí se puede pasar? —insistí, agarrándome al asiento.
—Sí.
—¿Con coche?
—Claro.
—¿Con un coche normal?
—Bueno…
Lo miré fijamente, con los ojos entrecerrados.
—Adrián.
—El tuyo no sé.
—¿Perdona?
—No, nada. Ya hemos llegado.
Y entonces apareció.
La casa estaba al final del camino, rodeada de árboles y de una extensión de terreno que, para ser sincera, era preciosa.
Era una construcción antigua de piedra, de dos plantas, con contraventanas de madera y un tejado inclinado cubierto de musgo en algunas zonas.
Tenía una fachada irregular, una pequeña terraza delante y unas escaleras de piedra que conducían hasta la puerta.
No parecía una casa alquilada por un editor.
Parecía el lugar donde una escritora podía desaparecer durante tres meses, escribir una novela maravillosa y volver convertida en una persona equilibrada.
Eso último era bastante improbable, pero soñar era gratis.
—Joder —murmuré.
—¿Qué? —preguntó Adrián, con una sonrisa de satisfacción.
—Que es bonita.
—Te dije que te gustaría.
—No te emociones. Todavía no la he visto por dentro. Igual dentro hay un cadáver o una plaga de termitas.
Aparcó delante de la casa y apagó el motor. Por primera vez desde que me había recogido, hubo silencio. Un silencio maravilloso, denso, casi palpable. Me dieron ganas de abrazarlo.
—Gracias —dije mientras abría la puerta.
—De nada. Si necesitas cualquier cosa, ya sabes dónde encontrarme.
—¿En el pueblo?
—Sí.
—¿Y si no tengo cobertura?
—En la plaza suele haber.
—¿Y si es algo urgente?
—Me llamas.
—¿Y si no puedo llamar?
—Pues vienes a buscarme.
Lo miré con incredulidad.
—Vale.
—¿Qué?
—Nada. Estoy intentando procesar que acabo de llegar a un sitio donde, para pedir ayuda, aparentemente tengo que hacer una excursión.
Se rio.
—Te acostumbrarás.
—Eso espero. O me moriré en el intento.
Saqué la bolsa del maletero y el portátil. El táper de macarrones seguía conmigo, convertido ya en una especie de compañero de viaje silencioso que no me juzgaba tanto como yo pensaba. Adrián bajó del coche para ayudarme con la bolsa, aunque le dije que podía hacerlo yo.
—Puedo con esto —protesté.
—No lo dudo.
Me la quitó de la mano igualmente, con una facilidad que me hizo sentir ligeramente inútil.
—¿Siempre haces lo que te da la gana?
—Bastante.
—Ya me había dado cuenta.
Sonrió. Y ahí estaba otra vez aquella sonrisa. La que no necesitaba. La que me hacía olvidar durante medio segundo que aquel hombre llevaba cuarenta minutos hablando sin respirar.
—Bueno, Candela, nos vemos.
—Gracias por traerme.
—Y por cierto…
—¿Sí?
—No pongas el coche en marcha hasta que no lo revise alguien.
—No tenía pensado hacerlo.
—Bien.
—No soy tan idiota.
Me miró. Yo lo miré.
—Bueno —añadí—, no siempre.
Se echó a reír y volvió al coche. Lo vi alejarse por el camino hasta que desapareció entre los árboles, dejando tras de sí una nube de polvo y un silencio absoluto. Respiré profundamente. Por fin sola. Me giré hacia la casa.
—Bueno, Candela —murmuré—. Tres meses. Solo tienes que escribir un libro. Fácil. Pan comido.
Cogí las llaves que me había enviado el editor y abrí la puerta.
El interior era bastante más bonito de lo que esperaba.
Había una entrada pequeña con paredes de piedra vista, un salón amplio con una chimenea enorme, un sofá viejo pero cómodo y una mesa de madera junto a una ventana desde la que se veía el bosque.
Al fondo había una cocina abierta, con muebles antiguos restaurados y una encimera de piedra.
En la planta superior estaban el dormitorio y un baño.
Me quedé quieta unos segundos. Aquello era exactamente lo que necesitaba.
Un espacio tranquilo. Sin vecinos pegados a las paredes.
Sin la señora de las bragas. Sin veinte metros cuadrados en los que mi cama tuviera prácticamente línea directa con el fregadero.
Incluso había una mesa junto a la ventana donde podría colocar el portátil y escribir mirando los árboles. Podía hacerlo. De verdad que podía.
Subí las escaleras, dejé la bolsa en el dormitorio y abrí el armario. Todo estaba limpio. La cama tenía unas sábanas blancas y una manta gruesa doblada a los pies.
—Vale —dije en voz alta—. Esto mejora considerablemente las cosas.
Me acerqué a la ventana. Bosque. Silencio. Pájaros. Ni un patinete eléctrico a trescientos metros. Aquello empezaba a parecer una buena idea. Hasta que me entraron ganas de mear.
No fue una necesidad gradual. Fue una emergencia. Probablemente por el café, el viaje, los nervios y los acontecimientos intestinales recientes. Abrí la puerta del baño. Y me quedé mirando. Había un lavabo. Un espejo. Una ducha. Y ningún váter.
Parpadeé. Volví a mirar. Nada.
—No —susurré.
Salí al pasillo. Miré a un lado. Luego al otro. Volví a entrar. Nada.
—No, no, no.
Abrí una puerta que daba a una pequeña habitación.
Un armario. Otra puerta. Una despensa. Otra.
Nada. Mi vejiga empezó a emitir señales de alarma.
Bajé las escaleras a toda velocidad y salí por la puerta principal.
Y entonces lo vi. A unos metros de la casa había una pequeña construcción de piedra, separada del edificio principal.
Tenía una puerta de madera. Un tejadillo.
Y, por algún motivo que mi cerebro se negó a aceptar, una ventanita diminuta.
Me acerqué. Cada paso aumentaba mi sensación de horror.
Abrí la puerta. Y allí estaba. El váter. Fuera. En una puta letrina.
Me quedé paralizada.
—¿Qué coño…?
Miré hacia la casa. Luego hacia la letrina. Después otra vez hacia la casa.
—No puede ser.
Me acerqué un poco más y miré dentro. Sí. Era un váter. Un váter de verdad. Con su cisterna. Con su taza. Con todo. En una caseta de piedra separada de la casa.
—Me cago en mi puta vida.
Literalmente, además, porque mi vejiga empezaba a amenazar con tomar decisiones por su cuenta. Entré, cerré la puerta y me quedé mirando aquel espacio minúsculo.
—Vale. Tranquila.
Aquello era perfectamente normal. En algún momento de la historia, probablemente había sido perfectamente normal.
Quizá en 1847. Quizá cuando la gente tenía que recorrer medio bosque para ir al baño y consideraba aquello un avance tecnológico.
Pero yo vivía en el siglo XXI. Yo había tenido un piso de veinte metros cuadrados con un baño tan pequeño que podía lavarme los dientes mientras hacía la colada, pero tenía el váter dentro.
Esto era un retroceso. Un puto retroceso histórico.
Me senté. Y entonces escuché un ruido. Un roce. Algo se movió fuera. Me quedé quieta.
—¿Hola?
Nada. Otro ruido. Esta vez más cerca. Me levanté de golpe.
—¿Hay alguien?
Silencio. Miré hacia la pequeña ventana. Nada. Volví a oírlo. Un crujido. Luego otro. Y después, algo golpeó la puerta.
Di un grito.
—¡Joder!
Abrí la puerta de golpe y salí disparada.
Una cosa negra salió corriendo entre mis piernas.
Yo también corrí. No sé hacia dónde. No sé cómo.
Solo sé que acabé en mitad del jardín, descalza, con los pantalones a medio subir y gritando como si acabara de descubrir que el asesino de una película de terror vivía en mi letrina.
La cosa desapareció entre los arbustos. Me quedé allí, jadeando.
Miré la casa. Miré la letrina. Miré los árboles.
—Me han mandado al puto infierno.
Y, entonces, desde algún lugar del bosque, escuché un sonido. Un graznido. Otro. Y después varios más.
—Como aquí haya cuervos, me vuelvo a Madrid andando —amenacé al vacío.
No tenía coche. No tenía dinero. No tenía novela.
Y ahora tampoco tenía un váter dentro de casa.
Tres meses. Solo tenía que aguantar tres meses.
Lo que todavía no sabía era que aquella letrina iba a convertirse en uno de los lugares más frecuentados de mi nueva vida.
Y que el pueblo tenía muchas más sorpresas preparadas para mí.
Pero antes de descubrir todo aquello, necesitaba hacer una llamada.
Una llamada muy urgente. De vida o muerte.
Bueno, de vejiga o muerte. Cogí el móvil, salí a la terraza en busca de cobertura y, como por arte de magia, apareció una rayita mínima.
Sin pensarlo dos veces, marqué el número de mi editor.
—¿Candela? —respondió al segundo tono, con esa falsa alegría de quien sabe que la ha cagado—. ¿Qué tal el viaje?
—Te voy a matar.
—¿Perdona?
—No, no. Escúchame bien. Te voy a matar, y luego voy a escribir una novela sobre ello. Se titulará « Cómo asesiné a mi editor por mandarme a una casa sin váter ». Va a ser un éxito. La crítica dirá que es mi obra más madura.
—No entiendo nada, Candela. ¿Qué ha pasado?
—¿ Que qué ha pasado? Te lo resumo en tres puntos.
Uno: mi coche ha muerto en un arcén. Dos: la casa no tiene cuarto de baño, tiene una letrina en el jardín.
Tres: me acabo de pegar un susto de muerte porque un bicho del tamaño de un gato ha intentado entrar en la letrina mientras yo estaba dentro. ¿Te parece suficiente o sigo?
Silencio al otro lado.
—¿Sigues ahí? —pregunté, con una calma que no sentía.
—Estoy procesando lo del váter —dijo, con voz débil.
—Pues procesa más rápido, porque como no me soluciones lo del coche y me mandes un vehículo, cojo la maleta, ando hasta la carretera y me planto en tu despacho con la letrina a cuestas. Y no creo que quieras verme cargando una taza de váter por la Gran Vía.
—Candela, cálmate. Lo del coche lo solucionamos ahora mismo. ¿Dónde está exactamente?
—En un arcén a unos cuarenta minutos del pueblo. Lo he dejado con los intermitentes puestos y una nube de humo como despedida. ¿Quieres las coordenadas o te bastará con buscar el cadáver?
—Dame la matrícula. Llamaré a una grúa y te enviaré un coche de sustitución. La editorial corre con los gastos. No te preocupes.
—¿Qué no me preocupe? Estoy en mitad del bosque, con un táper de macarrones fríos y un váter al aire libre. ¿Cómo quieres que no me preocupe?
—Mañana por la mañana tendrás un coche en la puerta. Te lo prometo. Y en cuanto a lo del baño…
—¿Sí?
—No lo sabía. Te pido disculpas. Pensé que la casa tenía baño completo. Lo miré en las fotos y no me fijé. Lo siento de verdad.
—¿Lo sentiste? Mira, «lo siento» es lo que le dices a alguien cuando le pisas sin querer. Esto es otra cosa. Esto es mandar a una escritora con la vejiga sensible a una casa que no ha visto un fontanero desde la posguerra.
—¿Vejiga sensible?
—No te hagas el gracioso. Solo quiero una solución. Y un váter. Y un coche. Y una cobertura que no dependa de la posición de las nubes.
—Te prometo que mañana te envío a alguien para que revise la casa y te solucione lo que haga falta. Y el coche estará por la mañana. ¿Estás bien?
—¿Que si estoy bien? Estoy de pie en un jardín, descalza, con los pantalones a medio abrochar, hablando contigo por una rayita de cobertura que probablemente desaparezca en los próximos segundos. ¿Te parece que estoy bien?
—Entiendo que estás alterada.
—Estoy alterada, cabreada y con ganas de dimitir de mi propia vida. ¿Sabes qué? No me pidas que me calme. No me pidas que disfrute. Solo mándame el puto coche y reza para que mañana no me haya comido un jabalí.
—No hay jabalíes por esa zona, creo, y además son vegetarianos —mintió.
—¡Juanito! ¡No me toques las narices!
—Perdona, perdona. Mañana tendrás noticias. Lo prometo. ¿Quieres que llame a alguien del pueblo para que te ayude con lo que necesites? Creo que el alcalde, además, es muy majete.
—No. Prefiero morir sola. Es más digno.
—Candela…
—Buenas noches.
Colgué sin esperar respuesta. La rayita de cobertura desapareció de inmediato, como si la conversación le hubiera sentado mal al satélite.
Me quedé un instante en silencio, con el móvil en la mano, sintiendo el frío del suelo en los pies descalzos y una mezcla de rabia y agotamiento que amenazaba con derretirme.
Después suspiré, recogí mis cosas y volví a entrar en la casa.
El silencio me recibió como un golpe. Aquella noche no iba a escribir. Aquella noche iba a sobrevivir.
Y, conociendo mi suerte, probablemente tendría que volver a la letrina antes de que amaneciera. Esta vez, con un palo. Por si acaso.