No estoy para setas CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Donde los GPS se rinden y los coches van a morir

El coche se detuvo a mi lado con la parsimonia de quien no tiene ninguna prisa y probablemente nunca la ha tenido.

Bajó la ventanilla y lo primero que vi fue una sonrisa.

De esas que te descolocan. De esas que hacen que te preguntes si el universo te está gastando una broma pesada o si por fin ha decidido compensarte por todos los disgustos acumulados.

Luego vi el resto. El hombre que conducía era la clase de tío que normalmente aparece en los anuncios de colonia, no en una carretera secundaria de camino a un pueblo lleno de setas.

Moreno, mandíbula marcada, ojos claros y una camiseta que se le pegaba al pecho como si estuviera cobrando por ello.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó, y hasta la voz tenía ese punto grave y tranquilo que te hace olvidar que estás al …

Yo seguía allí de pie, con el táper de macarrones en una mano, la camiseta manchada de tomate y el pelo con más grasa que una freidora sin limpiar. Si existía un dios del ridículo, estaba aplaudiendo en primera fila.

—Mi coche ha decidido morirse —dije, intentando sonar serena y fracasando con elegancia—, y yo he decidido no arreglarlo porque no tengo ni puta idea de mecánica.

Él sonrió aún más, como si aquello le hiciera gracia.

—¿Puedo echar un vistazo?

—Puedes mirarlo. Si consigues que arranque, te hago un monumento. Si no, al menos me habrás hecho compañía mientras espero a que la grúa me arruine la vida.

Se bajó del coche y, Dios mío, era todavía más alto de lo que parecía sentado. Me sentí como una enana sudorosa y despeinada junto a un modelo de pasarela. Caminó hacia mi coche, levantó el capó y se quedó mirando el motor con expresión de entender algo.

Yo me quedé mirándolo a él, que era bastante más interesante.

—No tiene buena pinta —dijo, sin apartar los ojos del amasijo de hierros humeantes.

—Eso ya lo sabía yo. ¿Algo más específico?

—Parece que se ha recalentado. No sé si podrás seguir con él hoy.

Genial. Fantástico. Mi coche no solo me había abandonado en mitad de la nada, sino que encima lo hacía delante de un tío que parecía esculpido por un escultor con demasiado tiempo libre.

Pero entonces mi vejiga decidió que aquel era el momento perfecto para recordarme que existía. Llevaba más de una hora aguantándome y, con el calor, el llanto y los nervios, la cosa se había puesto urgente. Muy urgente.

—Oye, ¿te importa si…? —empecé, apretando los muslos con disimulo—. Necesito hacer pis. Es urgente. Como para mearme encima ahora mismo.

Él parpadeó, como si no esperara aquella confesión, y luego señaló hacia unos arbustos que había al otro lado del arcén.

—Ahí tienes intimidad. No pasa nadie. Yo vigilo.

Le di las gracias sin atreverme a mirarlo a los ojos y me metí entre la maleza como una fugitiva. La situación ya era bastante humillante de por sí, pero mi cuerpo tenía otros planes.

No solo meé.

También se me escapó un pedo.

Un pedo sonoro, traicionero, de esos que parecen diseñados para humillarte en el peor momento posible. Me quedé congelada, con los pantalones a medio subir, rezando para que el tío no lo hubiera oído.

Obviamente lo oyó.

¿Cómo no iba a oírlo? El silencio de aquella carretera era tan profundo que se podía escuchar el crujido de mis neuronas intentando encontrar una salida digna.

Entonces hice lo único que se me ocurrió: empecé a cantar.

No una canción bonita ni afinada. No. Solté un tarareo desesperado, mezcla de copla y canción infantil, como si aquello pudiera tapar el sonido de mi ventosidad.

—Laaa… laaa… laaa… —canturreé, mientras terminaba de subirme los pantalones y rezaba para que un meteorito me cayera encima y acabara con mi sufrimiento.

No tuve tanta suerte.

Salí de los arbustos con la dignidad hecha jirones. El tío me miraba con una ceja levantada, claramente conteniendo la risa.

—¿Todo bien? —preguntó, y en su tono había una mezcla de diversión y ganas de no hacerme sentir todavía peor.

—Perfecto —mentí—. Me encanta cantar en los arcenes. Es mi pasatiempo favorito. ¿Nos vamos?

Subí a su coche y, por un momento, pensé que las cosas iban a mejorar. El asiento era cómodo, olía a limpio y el aire acondicionado funcionaba.

Un lujo.

Una bendición.

Casi me olvidé del pedo, del coche muerto y de la mancha de tomate.

Casi.

Porque entonces el tío abrió la boca.

Y no paró.

No paró en ningún puto momento.

—Bueno, te cuento, el pueblo está a unos cuarenta minutos de aquí, pero la carretera es un poco estrecha y hay curvas, así que calcula una hora.

Yo me llamo Adrián, por cierto. Llevo allí toda la vida, bueno, excepto cuando me fui a estudiar a la ciudad, pero volví porque esto es lo mío.

¿Tú de dónde eres? ¿Madrid? Ya me parecía.

¿Y qué vas a hacer al pueblo? ¿Turismo? Porque te digo que no es la mejor época, aunque la feria medieval está muy bien, vienen puestos de artesanía y mucha gente de fuera.

A mí lo que más me gusta es la gastronomía.

¿Has probado las setas de cardo? Son una pasada.

Mi abuela las hacía con ajo y perejil. Bueno, mi abuela ya no está, pero mi madre sigue la receta.

Aunque a veces le pone demasiado aceite.

Yo se lo digo, pero no me hace caso. ¿Tú cocinas?

¿No? Bueno, no te preocupes, para eso están los bares.

En el pueblo hay dos. Uno es normalito y el otro está mejor.

Te recomiendo el segundo. El dueño es primo mío.

Bueno, primo segundo. Nos parecemos un montón.

La gente dice que parecemos hermanos. Yo no lo veo tanto, pero algo hay.

¿Te importa si pongo música? A mí me gusta el rock clásico.

Nada de reguetón. El reguetón me pone de los nervios.

Una vez fui a una discoteca en Valencia y estuve toda la noche con tapones en los oídos.

No veas qué dolor de cabeza. ¿Y tú? ¿Te gusta bailar?

A mí me gusta, pero con moderación. Mi ex decía que bailaba como un palo.

Yo creo que exageraba. Bueno, también me dijo que no sabía escuchar.

Pero escuchar sí sé, lo que pasa es que a veces me distraigo.

Como ahora, que no te dejo hablar. Perdona.

¿Por dónde iba? Ah, sí, las setas. Pues como te decía…

Me quedé mirando por la ventanilla, viendo pasar los árboles y preguntándome si existía alguna forma educada de tirarme del coche en marcha sin parecer una maleducada.

El tío era un puto sueño. Un monumento andante. Un escándalo de hombre.

Pero, joder, qué pedazo de cansino.

Hablaba más que un locutor de radio en hora punta. Y lo peor era que lo hacía con una sonrisa encantadora, como si realmente creyera que sus anécdotas sobre primos, setas y discotecas con tapones fueran el mayor entretenimiento del mundo.

En mi cabeza ya tenía nombre.

La Ametralladora Humana.

Porque aquello no era hablar. Aquello era disparar palabras a bocajarro.

—…y entonces mi primo me dijo que por qué no montábamos un negocio de recogida de setas, pero yo le dije que eso era muy estacional y que mejor algo de turismo rural, pero él no ve más allá de sus narices.

¿A ti te gusta el campo? Porque Madrid es muy estresante, ¿no?

Yo fui una vez a Madrid y casi me atropella una bici.

Bueno, una bici no, un patinete. Esos patinetes son un peligro.

Y la gente va mirando el móvil. Yo no entiendo cómo pueden vivir así.

Aunque supongo que se acostumbran. Mi hermana vive en Madrid y dice que no volvería ni loca.

Bueno, ella es especial. ¿Tú tienes hermanos?

Yo soy el mediano. Mi hermano mayor es guardia civil y el pequeño estudia Enfermería.

Mi madre está muy orgullosa de los tres.

Bueno, de mí a veces no tanto porque dice que no me asiento.

Pero yo creo que ya me asentaré. ¿No crees que todo llega?

Mi abuela decía que el que nace para martillo, del cielo le caen los clavos.

¿Tú qué opinas? ¿Crees en el destino? Yo soy más de pensar que las cosas pasan por algo.

Por ejemplo, ahora mismo, que me haya encontrado contigo en la carretera.

Igual es una señal. Aunque no sé de qué.

Pero algo significa. Igual tenías que venir al pueblo y yo tenía que ayudarte.

El otro día le decía a mi madre que la vida te pone a las personas en el camino por una razón.

Ella me dijo que dejara de decir tonterías y fuera a comprar el pan.

Pero yo creo que tiene sentido. ¿No te ha pasado alguna vez que conoces a alguien y piensas que ya lo conocías de antes?

A mí me pasó una vez con un chico en la mili.

Bueno, yo no hice la mili, que ya no existe.

Fue en un campamento de verano. Se llamaba Raúl y era igualito a un amigo del colegio.

¿A que es raro? ¿Tú has tenido muchos amigos que se parezcan entre ellos?

Yo creo que hay como patrones. La gente se repite. ¿No te parece?

Respiré hondo. Me aferré al táper de macarrones como si fuera un salvavidas y pensé que mi editor me había mandado a un pueblo tranquilo para escribir una novela.

Tranquilo sí, mis cojones.

Con un tío que hablaba más que una cotorra con cafeína.

La Ametralladora Humana.

Estupendo.

Maravilloso.

—Mira —le interrumpí, con la voz de quien acaba de tomar una decisión drástica—, ¿te importa si ponemos esa música? Rock clásico, lo que sea. Lo que prefieras. Lo que sea con tal de no escuchar mi propia respiración.

Él sonrió, encantado de que por fin participara en la conversación.

—¡Claro! Tengo un recopilatorio de los ochenta que te va a encantar.

Mi primo me lo grabó. Bueno, no es exactamente rock clásico, pero tiene de todo.

¿Te gusta Queen? Porque la primera canción es de Queen.

Aunque igual prefieres empezar por otra.

¿Te importa si la pongo entera? Es que la versión en directo es la mejor.

Bueno, hay gente que prefiere la de estudio, pero yo creo que en directo tienen más fuerza.

¿No te parece que en directo todo es más auténtico?

Mi ex decía que yo era de directos. Pero mira, esa es otra historia.

¿Te he contado lo de mi ex? Pues no te lo cuento, que igual te aburro.

Mejor te pongo la música. ¿O prefieres que sigamos hablando?

Porque yo me callo si quieres. Bueno, me callo un rato.

Es que me gusta conocer gente nueva. Pero si prefieres silencio, lo entiendo.

Mi madre dice que hablo mucho. ¿Tú crees que hablo mucho?

Porque a mí no me lo parece. Yo solo digo las cosas como me salen.

Y si salen muchas, pues salen. ¿No te pasa a ti que a veces piensas en voz alta?

Yo lo hago mucho. Es una costumbre. Pero si te molesta, lo dejo. ¿Te molesta?

—No, para nada —dije, con una sonrisa que me dolía en los pómulos—. Me encanta. De verdad. Es lo mejor que me ha pasado hoy. Y he llorado en un arcén y he calentado macarrones en un motor, así que imagínate el nivel.

Él se rio, ajeno a mi ironía.

—Pues entonces te pongo la música y seguimos charlando.

Porque te queda mucho por saber del pueblo.

¿Te he hablado ya de la feria medieval? Pues verás, montan un mercado en la plaza mayor y todo el mundo se disfraza.

Yo tengo un traje de bufón que me hice hace unos años.

Bueno, me lo hizo mi madre. Dice que me queda gracioso.

Yo creo que me queda bien, pero claro, mi madre siempre me ve con buenos ojos.

El año pasado me dijeron que parecía un trovador.

A mí me gustó. Mejor trovador que bufón, ¿no crees?

Aunque el bufón también tiene su punto. Es un personaje muy noble.

La gente se ríe de él, pero en el fondo dice la verdad.

¿Tú has leído algo de la Edad Media? Yo leí una novela que iba de un juglar.

No me acuerdo del título, pero era muy buena.

¿Tú escribes? Yo leo poca cosa, la verdad.

Bueno, leo el periódico deportivo y alguna revista de caza.

¿Te gusta la caza? Porque en el pueblo hay mucha tradición.

Mi padre cazaba. Ahora ya no, porque tiene la rodilla mal.

Pero mi hermano, el guardia civil, va a veces.

¿Tú has cazado alguna vez? Seguro que no.

En Madrid no se caza. Bueno, en los supermercados sí.

¿Te gustan las perdices? Mi madre las hace escabechadas.

Son una maravilla. ¿Te he hablado de mi madre?

Pues es una santa. Lleva toda la vida haciendo croquetas para media humanidad.

Si te invita a comer, no digas que no. Sobre todo si hace croquetas.

Aunque igual te pone verdura. A mí me gusta la verdura, pero mi sobrino dice que no.

Bueno, mi sobrino tiene nueve años. ¿Te gustan los niños?

A mí me encantan. Soy el tito favorito. Les dejo jugar con el móvil.

Bueno, a veces. Mi hermana dice que los malcrío.

Pero yo creo que un poco de móvil no hace daño.

Total, ya tendrán tiempo de aburrirse de mayores.

¿Tú tienes sobrinos? ¿No? Pues te los recomiendo.

Son muy divertidos. Aunque también dan mucho trabajo.

Pero como eres tía, puedes devolverlos. Eso es lo bueno.

Los cuidas un rato y luego se los devuelves a sus padres.

¿No te parece un buen sistema? Mi hermana dice que soy un caradura.

Pero ella tampoco es perfecta. Una vez me colgó el teléfono porque le dije que su hijo se parecía más a mi primo que a su marido.

Era broma, pero se lo tomó mal. ¿A ti te gustan las bromas?

Porque a veces se me va la mano. Mi ex decía que no tenía filtro.

Yo creo que sí tengo filtro, pero lo tengo un poco desgastado. ¿Tú qué crees?

Cerré los ojos, rezando para que apareciera otro bache, un desvío, algo que lo callara.

No ocurrió.

Y la Ametralladora Humana siguió disparando.

De su ex, de su madre, de la feria medieval, de las perdices escabechadas, de los sobrinos, de las setas, de un primo que una vez se perdió en un monte y estuvo tres horas dando vueltas.

Y yo, con el táper de macarrones en el regazo, me pregunté si sobreviviría a aquel viaje o si terminaría tirándome por la ventanilla.

El tío era un puto dios griego.

Pero, joder, qué ganas de que me tragara la tierra.

Si aquello era una señal del universo, como él decía, era efectivamente una señal de que me iba a volver loca en aquel pueblo.

Y todavía no habíamos llegado.