No estoy para setas CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Macarrones con tomatico

Salí de Madrid con un táper de macarrones con tomate en el asiento del copiloto, cuarenta euros en la cuenta y la sensación bastante clara de que acababa de tomar una decisión que podía cambiar mi vida o, como mínimo, empeorarla considerablemente.

Apostaba por lo segundo, porque mi historial de decisiones importantes era como un desfile de desgracias con banda sonora de trombón triste.

Los macarrones eran de la noche anterior.

Los había preparado porque cocinar para una sola persona tiene la particularidad de que siempre terminas haciendo comida para cuatro y luego pasas tres días comiendo lo mismo mientras te preguntas por qué no aprendiste a calcular raciones como una persona funcional.

No me importaba demasiado. De hecho, me parecía una solución bastante razonable para alguien que acababa de recibir una subida de alquiler y tenía que marcharse tres meses a un pueblo perdido para intentar escribir una novela que no sabía ni por dónde empezar.

Lo que sí me importaba era que estaban fríos.

Congelados, para ser exactos. Como si el frigorífico hubiera decidido vengarse de mí por haberlo abandonado.

Había pensado parar en algún sitio para comer, pero después de pagar la gasolina había mirado el saldo de mi cuenta y había decidido que los macarrones no podían esperar, porque no había nada más que esperar.

Comprar cualquier cosa en una gasolinera se había convertido en un lujo que no estaba dispuesta a permitirme.

No iba a pagar cinco euros por un bocadillo envuelto en plástico que llevaba desde las siete de la mañana mirándome con tristeza desde una nevera.

Bastante tenía yo con mis propios problemas como para cargar con la depresión de un sándwich de atún.

Me repetí a mí misma, con la serenidad de quien se miente para sobrevivir, que la pasta fría alimentaba igual. Y punto.

Así que allí estaba, conduciendo mi coche sin distintivo ambiental hacia un pueblo del que apenas sabía nada, con una bolsa de ropa en el maletero, el portátil en el asiento trasero y un táper de pasta mirándome desde el asiento de al lado.

El táper me juzgaba. Lo notaba. Como si supiera que no iba a comérmelo caliente y estuviera tramando su venganza en silencio.

La carretera empezó a despejarse poco a poco.

Dejé atrás los edificios, las rotondas, las gasolineras y ese tráfico que consigue que cualquier desplazamiento de veinte kilómetros parezca una expedición al Polo Norte.

El paisaje cambió y aparecieron campos, árboles y pequeñas carreteras que se iban estrechando a medida que avanzaba.

Intenté disfrutarlo. De verdad que lo intenté.

Puse cara de persona que apreciaba la naturaleza, la misma que salía en los anuncios de coches híbridos, con el pelo al viento y una sonrisa serena. Me duró unos tres minutos.

El problema era que cada vez que miraba el paisaje recordaba por qué estaba allí.

Y el paisaje, lejos de consolarme, me devolvía una mirada acusadora, como diciendo: «¿Tú qué haces aquí, urbanita de mierda?

». No me había marchado a aquel pueblo porque necesitara reencontrarme conmigo misma ni porque hubiera decidido cambiar de vida ni porque de repente me hubiera entrado una necesidad irrefrenable de levantarme al amanecer para contemplar el rocío sobre las hojas.

Me iba porque no tenía un libro, mi editor me había dado una última oportunidad y mi casero acababa de decidir que veinte metros cuadrados valían todavía más dinero que el mes anterior.

Aquello era todo. No había una epifanía.

Había una factura. Y una novela que escribir.

La factura era más urgente que la novela, y eso lo decía todo sobre el estado de mi vida.

A los pocos kilómetros empezó a hacer calor dentro del coche.

Encendí el aire acondicionado, esperé unos segundos y lo apagué.

No salía aire frío. Volví a intentarlo. Nada.

El aire que salía estaba caliente, como si en lugar de refrigerar estuviera empeñado en cocinarme viva.

Bajé la ventanilla y seguí conduciendo, con el pelo pegándoseme a la cara y el sudor haciéndome compañía en la nuca.

—Venga, hombre, que tú puedes —le dije al coche, como si hablara con un caballo agotado en una película del oeste.

El coche respondió con el mismo entusiasmo con el que yo había afrontado aquella mañana. O sea, ninguno.

Mi coche tenía sus propios criterios. La calefacción funcionaba estupendamente en verano, el aire acondicionado había dejado de existir hacía tiempo y el cargador del teléfono solo cargaba cuando colocabas el cable en un ángulo exacto y no respirabas demasiado cerca.

Era un coche con personalidad. Una personalidad de mierda, pero personalidad al fin y al cabo.

Pero arrancaba. De momento. Y eso, teniendo en cuenta mi suerte, era más de lo que podía pedir.

El hambre empezó a aparecer poco después. Miré el táper. Podía aguantar. Aguanté unos diez minutos. Volví a mirarlo. Me miró de vuelta. O así lo sentí.

—No me mires así —murmuré.

No tenía claro si estaba hablando con los macarrones o conmigo misma. Probablemente con ambos.

Al final cedí. Porque soy débil y porque la pasta con tomate, incluso fría, tiene un poder de seducción que no debería subestimarse.

Sujeté el volante con una mano, abrí el recipiente con la otra y cogí un tenedor.

Fue una mala idea. De esas ideas que, en retrospectiva, merecerían un premio a la estupidez automovilística.

El coche pasó por un bache justo cuando llevaba el primer bocado a la boca. El tenedor salió disparado, un macarrón cayó sobre mi camiseta y la salsa de tomate terminó en el pantalón, justo en la zona que me obligaba a parecer que había tenido un accidente menstrual de proporciones bíblicas.

Frené un poco.

—Perfecto. Maravilloso. Esto es exactamente lo que necesitaba.

Miré la mancha roja. Luego el táper. Después la carretera. Decidí que podía vivir con aquello. O, al menos, fingir que podía vivir con aquello, que viene a ser lo mismo, pero con más dignidad fingida.

Dos minutos después se encendió un testigo en el salpicadero.

No sabía qué significaba. Miré el dibujo.

Parecía algo relacionado con el motor. O con un genio saliendo de una lámpara.

O con un radiador con problemas de autoestima.

Las luces del coche siempre me habían parecido jeroglíficos diseñados por un sádico.

—No.

El testigo siguió encendido, imperturbable, como un mal presagio. El indicador de temperatura empezó a subir.

—No, no, no.

Bajé la música y presté atención al sonido del coche.

Empezó a hacer un ruido extraño, un traqueteo que no me gustó nada.

Sonaba como una lavadora vieja en su último ciclo de centrifugado.

No entendía de mecánica. Mi conocimiento sobre coches consistía en saber dónde se echaba gasolina, dónde se metía la llave y que, cuando aparecía una luz roja, lo normal era preocuparse.

Y yo me estaba preocupando. Mucho. Con sudor frío y todo.

Busqué un lugar donde apartarme. No tardé mucho. El coche empezó a perder fuerza y tuve que llevarlo hasta el arcén. Lo dejé allí, puse los intermitentes y apagué el motor.

Me quedé sentada unos segundos. No quería bajarme. Había una parte de mí que pensaba que, si esperaba el tiempo suficiente, el coche se arreglaría solo y podríamos seguir adelante fingiendo que aquello no había ocurrido. Esa parte de mí era una ilusa de campeonato.

No ocurrió.

Abrí la puerta y salí. Hacía un calor de mierda.

De ese calor que te recibe con un abrazo asfixiante y te susurra al oído que hoy no vas a estar cómoda ni un segundo.

Rodeé el coche y levanté el capó. El humo salió inmediatamente, como si el coche hubiera estado esperando ese momento para hacerme un espectáculo de humo y desesperación.

Di un paso atrás.

—Vale. Vale, vale, vale.

Me quedé mirando el motor. Había un montón de cosas ahí dentro.

Tubos, cables, piezas metálicas y otras cosas cuyo nombre probablemente conocía alguien que había nacido con un padre que le enseñó a cambiar una rueda.

Yo no. Mi padre me enseñó a cambiar de canal cuando la televisión no funcionaba. No era exactamente la misma cosa.

Saqué el teléfono. Una raya de cobertura. Esperé. Desapareció.

—No puede ser. No me jodas ahora.

Lo levanté hacia el cielo como si aquello pudiera ayudar, como una sacerdotisa ofreciendo un sacrificio al dios de las telecomunicaciones. Nada. Volví a intentarlo. Nada. La raya de cobertura iba y venía con más inconstancia que mis ganas de escribir.

Miré la carretera. No venía nadie. Ni un alma.

Ni un coche. Ni un puto tractor. Me apoyé contra el coche y respiré hondo.

Podía llamar a una grúa cuando volviera la cobertura.

Podía esperar. Podía pedir ayuda. Podía solucionar aquello.

Lo que no podía era pagar una reparación.

Porque mi cuenta bancaria estaba en números tan rojos que parecía un semáforo en plena avenida.

Y fue entonces cuando se me cayó todo encima.

La editorial. El libro. El alquiler. El coche.

El dinero. Los meses que llevaba intentando escribir y sin conseguirlo.

La sensación de estar siempre llegando tarde a mi propia vida, como una invitada que aparece cuando ya han recogido los canapés. Me tapé la cara con las manos.

Y lloré.

No fue un llanto especialmente digno. Me dio igual.

Estaba en un arcén perdido, no había nadie alrededor y, si alguien aparecía, ya encontraría la manera de fingir que tenía una alergia terrible.

Una alergia a la mierda de vida que me había montado.

Lloré un rato. Hasta que me dolió la cabeza.

Hasta que se me quedó la nariz tapada. Hasta que me sentí todavía más miserable que antes, lo cual ya era un logro considerable.

Entonces me acordé de los macarrones.

Volví al coche, cogí el táper y me senté en el asiento del copiloto.

Estaban fríos. Los miré durante unos segundos.

No tenía hambre suficiente para volver a llorar por unos macarrones, pero tampoco dinero suficiente para comprar otra cosa.

Así que me quedé allí, abrazando mi táper como si fuera un osito de peluche, con la camiseta manchada y la vida hecha unos zorros.

Entonces tuve una idea. Una de esas que surgían de la desesperación más absoluta y que en un contexto normal jamás se te ocurrirían. Abrí la puerta, saqué el táper y volví a mirar el motor. Seguía caliente.

Aquello probablemente era una idea terrible.

También lo era haber aceptado el viaje. Y marcharme sin saber siquiera qué iba a escribir.

Y vivir en veinte metros cuadrados. Y tener un coche que podía decidir morirse en cualquier momento.

Así que, puestos a tomar decisiones cuestionables, una más no iba a cambiar demasiado las cosas.

Busqué en el maletero una bolsa de tela y envolví el táper. Lo coloqué sobre una parte metálica del motor que no parecía estar a punto de quemarlo y cerré el capó con cuidado. Me senté en el arcén.

Esperé.

No sabía cuánto tardaría. Miré el teléfono. Sin cobertura. Miré la carretera. Nada. Volví a mirar el coche. Una ligera nube de humo seguía escapándose por delante.

—Por favor, que esto no salga en las noticias.

Imaginé el titular: «Escritora en crisis calienta macarrones en el motor de su coche averiado en una carretera secundaria». Y debajo, una foto mía con cara de loca y la camiseta manchada.

Esperé unos minutos más. Abrí el táper. Los macarrones estaban templados.

No calientes. No perfectos. Templados. Para mí, en aquel momento, aquello era alta cocina.

Me sentía como una chef con estrella Michelin que acababa de preparar un plato de autor.

Un plato de autor llamado «desesperación con tomate y humo de motor».

Cogí el tenedor y empecé a comer. Y fue entonces, sentada en el arcén, con los ojos todavía hinchados de llorar, una mancha de tomate en los pantalones y el coche echando humo a unos metros de mí, cuando pensé que quizá mi editor tenía razón.

Necesitaba cambiar de vida. Aunque solo fuera porque aquella ya no podía ir mucho peor.

Aunque solo fuera porque, en el fondo, hasta los macarrones se merecían algo mejor.

Levanté la vista hacia la carretera justo cuando escuché un motor acercándose. Un coche apareció a lo lejos. Dejé el tenedor dentro del táper y me puse de pie. Por fin. Alguien. Un ser humano con coche funcional y, con suerte, algo de compasión.

El vehículo se acercó despacio. Levanté una mano para hacerle señas, con la otra sosteniendo el táper de macarrones como si fuera mi tarjeta de presentación. El coche redujo la velocidad.

Y mientras esperaba a que se detuviera, todavía no sabía que la primera persona que iba a conocer en aquel pueblo iba a convertirse en un problema mucho más serio que mi coche.

Pero eso lo descubriría muy pronto.

Muy, muy pronto.