No estoy para setas CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

Tenía más años que algunas de mis novelas y menos posibilidades de supervivencia.

No tenía distintivo ambiental, así que entrar con él en determinadas zonas de Madrid era prácticamente una declaración de guerra contra el Ayuntamiento.

Mi vehículo no podía circular por donde quería, pero, curiosamente, seguía siendo perfectamente capaz de llevarse cada mes una parte de mis escasos ingresos entre gasolina, seguro, mantenimiento y reparaciones que siempre empezaban con un mecánico diciendo «bueno, no es tan grave» y terminaban costando una cantidad que sí era bastante grave.

Como un agujero negro con ruedas. Un agujero negro que además consumía gasolina.

—Me lo pensaré.

—Hazlo rápido.

—¿Por qué?

—Porque hay algo más.

—Claro que lo hay. Siempre hay algo más. En mi vida, ese «algo más» suele ser una factura o una mala noticia.

—Llámame cuando hayas decidido.

Colgó antes de que pudiera preguntarle qué coño era aquello de «algo más».

Me quedé con el teléfono en la mano, mirando la pantalla.

Luego miré el ordenador.

Después la cama.

Después la cocina.

Después la ropa.

Aquello era mi vida.

Veinte metros cuadrados, una novela que no sabía escribir y una cuenta bancaria que había entrado en una fase de silencio administrativo. Ni un triste mensaje del banco. Solo extractos mensuales que parecían esquelas funerarias.

Me senté de nuevo delante del portátil y abrí el documento. La página en blanco seguía allí, tan limpia y ofensiva como antes. Me miraba. Me juzgaba. Me recordaba que llevaba seis meses sin producir nada que mereciera la pena. Escribí dos palabras.

Las borré.

Escribí otras tres.

Las borré también.

—Me cago en mi puta vida.

El teléfono volvió a sonar.

Esta vez era un número que no tenía guardado.

Contesté.

—¿Sí?

—¿Candela Martín?

—Sí.

—Le llamamos de la agencia inmobiliaria.

Me incorporé. El estómago se me hizo un nudo del tamaño de una pelota de tenis.

—¿Ha ocurrido algo?

—No, tranquila. Es por una actualización de las condiciones del alquiler.

Tardé un par de segundos en procesar aquella frase.

—¿Qué actualización?

Me explicó que la propiedad había decidido revisar la renta.

Utilizó un lenguaje perfectamente educado, lleno de términos legales y palabras como «condiciones», «mercado» y «revisión», que son maneras extraordinariamente civilizadas de decirle a alguien que va a tener que pagar más dinero por exactamente el mismo agujero.

El mismo puto agujero. Sin mejoras, sin reformas, sin un mísero bote de pintura. Solo más pasta.

—¿Cuánto?

Me dio la cantidad.

No dije nada.

Volví a mirar el apartamento.

Veinte metros cuadrados.

La cama seguía allí. La mesa seguía allí.

El frigorífico seguía haciendo aquel ruido extraño que llevaba meses ignorando porque cada vez que llamaba al técnico me decía que era más barato comprar uno nuevo.

En el cuarto de baño, la puerta no podía abrirse del todo porque chocaba con el lavabo.

Sobre la silla tenía unos vaqueros que llevaban dos días esperando que me dignara a meterlos en la lavadora.

Nada había cambiado.

Excepto el precio.

El precio siempre cambia. Es la única constante del universo: la muerte, los impuestos y los caseros subiendo el alquiler.

—¿Y cuándo entra en vigor?

Me lo dijo.

—Entiendo.

—Le enviaremos la documentación por correo electrónico.

—Perfecto.

—Si tiene alguna duda…

—La tengo.

—Dígame.

—¿Existe alguna posibilidad de que la propiedad considere que veinte metros cuadrados no son una superficie suficiente para cobrarme esa cantidad?

Silencio.

—La renta está dentro de los precios de mercado.

Me reí.

No porque tuviera gracia.

Porque si no me reía iba a empezar a gritar y probablemente no pararía hasta que me internaran en un centro psiquiátrico.

—Claro. Los precios de mercado. Esa entelequia mágica que justifica cualquier barbaridad. Como la Santa Inquisición, pero con hipotecas.

—¿Algo más?

—No.

Colgué y dejé el teléfono sobre la mesa.

El mercado de la vivienda había conseguido algo que parecía imposible: cobrarme más dinero sin aumentar el tamaño del piso, sin arreglar el baño y sin conseguir que la señora del patio dejara de tender sus bragas delante de mi ventana.

Eso tenía mérito. Un mérito de mierda, pero mérito al fin y al cabo.

Me quedé un rato mirando el portátil sin ver realmente la pantalla. Después volví a pensar en la casa.

Tres meses gratis.

Un lugar donde nadie me conocía.

Una habitación donde podía trabajar sin tener la sensación de que, si extendía demasiado los codos, iba a invadir el salón. Porque, técnicamente, ya lo invadía. Mi codo derecho ocupaba la zona de estar, el izquierdo la cocina y el resto de mi cuerpo el dormitorio principal.

Y, sobre todo, una oportunidad para escribir el libro que necesitaba entregar si no quería que mi carrera acabara convertida en una anécdota. «¿Te acuerdas de Candela Martín? Sí, la que escribía novelas románticas. Pues ahora trabaja en un call center» . Me estremecí.

No era un plan estupendo.

Era el único que tenía.

Cogí el teléfono y llamé a mi editor.

—¿Sí?

—Acepto.

—¿En serio?

—No te emociones. Acepto porque acaban de subirme el alquiler y porque, si me quedo aquí tres meses más, voy a terminar viviendo dentro del frigorífico. Y no quepo.

Se rio.

—Sabía que entrarías en razón.

—No he entrado en razón. Estoy huyendo. Hay una diferencia sutil pero importante.

—Como quieras llamarlo.

—¿Cuándo me voy?

—Cuando quieras.

—Pues cuanto antes. Si me quedo aquí un día más, es posible que asesine a alguien con el recibo de la luz.

—Te mando ahora toda la información.

—Hazlo.

—Y Candela…

—¿Qué?

—Intenta disfrutar.

Miré la página en blanco del ordenador.

—No prometo nada.

—Solo tienes que escribir.

—Eso es precisamente lo que llevo intentando hacer. Escríbelo tú a ver qué tal se te da.

Colgué.

Abrí el correo que acababa de llegar y encontré la dirección de la casa, unas fotografías y una pequeña descripción del pueblo. Bosques, rutas, naturaleza, gastronomía local, tradición micológica y una feria medieval que se celebraba todos los años.

Setas.

Perfecto.

Yo quería escribir una novela y me habían mandado a un lugar donde la principal actividad económica parecía consistir en recoger cosas que crecían del suelo. Genial. Fantástico. Mi carrera dependía de un sitio donde probablemente la señal de internet llegaba en carreta.

Lo único que podía empeorar aquello era enamorarme.

Y, teniendo en cuenta mi historial sentimental, no habría apostado dinero en contra. Mi historial sentimental era como una serie de catástrofes naturales: terremotos, inundaciones y algún que otro incendio forestal. Todo documentado y con daños colaterales.

Apagué el ordenador, metí cuatro cosas en una bolsa y empecé a buscar las llaves del coche.

No estaban encima de la mesa.

Tampoco en el bolso.

Ni en la entrada.

Revisé los bolsillos de los vaqueros, levanté un cojín, miré debajo de la cama y terminé abriendo el frigorífico por pura desesperación.

Las llaves estaban dentro.

Me quedé mirándolas.

No tenía la menor idea de cómo habían llegado allí.

Preferí no hacerme preguntas. Si mi subconsciente había decidido guardar las llaves en la nevera, probablemente era porque quería huir de aquel sitio. O porque estaba perdiendo la cabeza. Ambas opciones eran igualmente probables.

Cogí las llaves, cerré la puerta de mi maravilloso estudio de veinte metros cuadrados y bajé las escaleras con la sensación de estar huyendo de algo.

Todavía no sabía exactamente de qué.

Tampoco sabía que iba directa hacia algo bastante peor.

Pero eso, por supuesto, lo descubriría después.

Justo a tiempo para arrepentirme de todas las decisiones que me habían llevado hasta allí.

Como siempre.

Joder.