No estoy para setas
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CAPÍTULO 1
Viviendo en veinte putos metros cuadrados
Cuando tu editor te llama un martes a las diez de la mañana, tienes derecho a sospechar que algo va mal.
Joder, tienes la obligación moral de sospecharlo.
No sé si existe alguna estadística que lo demuestre, pero en mi experiencia las llamadas de las editoriales antes del mediodía nunca traen nada bueno.
Si te llaman por la tarde, todavía puedes imaginar que han decidido pagarte una cantidad indecente de dinero por tu próximo libro; si lo hacen a primera hora, lo más probable es que quieran hablarte de ventas, de plazos o de alguna de esas palabras que los editores utilizan para decirte que estás jodida sin necesidad de emplear una expresión tan poco profesional. Son unos putos artistas del eufemismo.
Lo sabía antes incluso de descolgar. Pero descolgué, porque soy idiota y porque el teléfono llevaba tres tonos taladrándome el cerebro.
—Dime.
—¿Estás ocupada?
Miré el portátil que tenía abierto delante de mí.
Llevaba cuarenta y cinco minutos contemplando la misma página en blanco y, durante los últimos veinte, había conseguido escribir una frase, borrarla, volver a escribirla, cambiarle un adjetivo y terminar borrándola otra vez porque me parecía una mierda.
Una mierda de las grandes. De las que necesitan descarga de cisterna y ventilación posterior.
A esas alturas, llamarlo trabajar era una generosidad considerable, como llamar «chef» a alguien que se calienta un bote de lentejas.
—Sí.
—¿Escribes?
—Estoy pensando.
—¿Llevas mucho pensando?
Miré el reloj. El muy cabrón llevaba allí colgado, marcando las horas con una precisión insultante.
—Desde las nueve.
—Son las diez y cuarto.
—Exactamente.
Se hizo un silencio al otro lado de la línea.
Conocía a mi editor lo suficiente para saber que estaba intentando decidir si aquello era una broma o una prueba irrefutable de que mi carrera literaria había llegado a su fin.
Probablemente estaba haciendo una lista mental de todos los anticipos que me habían pagado y calculando cuánto costaría contratar a un sicario literario.
O a un negro. Que viene a ser lo mismo pero con mejor ortografía.
—Candela, tenemos que hablar del próximo libro.
—Ya.
—La editorial necesita saber qué vas a hacer.
—Escribirlo.
—Eso lo suponíamos.
—Entonces no entiendo el problema.
—El problema es que llevas seis meses diciendo que vas a escribirlo.
—Porque llevo seis meses intentando escribirlo.
—Y no has entregado nada.
—Porque no me ha salido nada que no quisiera quemar después.
—Tampoco has entregado nada que podamos quemar.
Aquello me arrancó una sonrisa, aunque no me apetecía dársela. El cabrón seguía teniendo reflejos.
—¿Ves? Todavía tienes sentido del humor. Eso es importante.
—No estoy segura de que el humor sea una cualidad especialmente valorada en una autora que no entrega manuscritos.
—Depende del contrato.
—Gilipollas.
—Eso no estaba en el contrato.
Me levanté de la silla y fui hasta la cocina, aunque utilizar la palabra cocina para referirme a aquel rincón de mi apartamento era como llamar palacio a un cuarto de baño con ventana.
O como llamar «cena romántica» a compartir una pizza fría con tu gato.
El espacio tenía veinte metros cuadrados y, según el anuncio de Idealista, una «distribución diáfana que maximiza las posibilidades del inmueble».
Yo lo habría descrito de una forma menos creativa: habían metido una cama, una mesa, una encimera con dos fuegos eléctricos y un frigorífico minúsculo dentro de una caja de zapatos y habían decidido que cobrar casi mil euros al mes por ella era perfectamente razonable.
Y yo lo había pagado, que es lo más triste de todo.
Como una imbécil. Como una puta imbécil con contrato de alquiler.
Mi cama estaba a menos de dos metros de la cocina.
El escritorio se encontraba pegado a la pared, junto a una estantería que había comprado de segunda mano porque la nueva no cabía por la puerta.
El cuarto de baño era tan pequeño que, si me duchaba y extendía los brazos para lavarme el pelo, podía tocar las dos paredes.
No necesitaba una báscula para saber que había engordado; bastaba con intentar girarme dentro de la ducha.
Era como lavarse dentro de un ataúd vertical con grifo.
La ventana daba a un patio interior donde una señora tendía ropa con una disciplina admirable.
Había llegado a desarrollar una relación casi íntima con sus bragas.
Sabía cuándo las lavaba, cuándo las retiraba y, por el color, podía intuir incluso su estado de ánimo.
Las beige de los lunes: depresión posdominical.
Las rojas de los viernes: optimismo injustificado.
Las grises sin forma definida: rendición absoluta. Yo era más de las grises.
Y aquello era lo que el mercado inmobiliario consideraba actualmente un hogar. Un puto hogar. Si un perro viviera allí, la protectora de animales me lo quitaría por maltrato.
—¿Sigues ahí? —preguntó mi editor.
—Sí.
—Tengo una propuesta.
Abrí el frigorífico. Dentro había medio limón, una botella de agua, tres yogures y una salsa cuya fecha de caducidad preferí no consultar. Cerré la puerta. El limón llevaba allí tanto tiempo que probablemente ya tenía derechos adquiridos sobre el estante.
—Eso suena peligrosamente parecido a una amenaza.
—Te he alquilado una casa.
Me quedé quieta. Muy quieta. Como cuando oyes un ruido raro en mitad de la noche y finges que no existe para no tener que levantarte a comprobar si hay un asesino en el salón.
—¿Perdona?
—Una casa.
—He oído lo de la casa. Lo que no entiendo es por qué.
—Porque necesitas un sitio donde escribir.
—Tengo un sitio donde escribir.
Miré alrededor.
El ordenador estaba encima de una mesa que compartía espacio con un recibo de la luz, una taza de café, dos bolígrafos sin tapa y una montaña de ropa que llevaba tres días prometiéndome que doblaría.
La ropa, por supuesto, no se había doblado sola.
La ropa nunca se dobla sola. Esa es otra de las grandes mentiras del capitalismo.
—Esto es un apartamento.
—Eso pone en el contrato.
—No empieces.
—Solo digo que quizá cambiar de entorno te venga bien.
—¿Dónde está?
—En un pueblo.
Cerré los ojos.
—No.
—Todavía no te he dicho el nombre.
—No importa. Si es un pueblo, no.
—Está bastante lejos.
—Eso mejora mucho las cosas.
—Es tranquilo.
—Eso las empeora.
—Tiene bosque.
—Peor.
—Y setas.
Abrí los ojos.
—¿Setas?
—Sí.
—¿Me estás mandando a vivir a un bosque lleno de setas?
—Te estoy mandando a una casa rural.
—Es exactamente lo mismo, pero con una comisión de turismo de por medio.
Mi editor se rio. Se rio el muy hijo de puta. Mientras yo me enfrentaba a la posibilidad real de terminar conviviendo con gnomos, él se reía desde su despacho con aire acondicionado.
—Escúchame antes de decidir.
—Te escucho.
—La editorial paga el alquiler durante tres meses. Tendrás tranquilidad, una casa completa, espacio para trabajar y nadie que te moleste. Solo tienes que escribir.
Aquello último era el pequeño detalle que se había olvidado mencionar. Solo tienes que escribir. Como quien dice «solo tienes que respirar» o «solo tienes que dejar de ser una inútil». Pan comido.
—¿Una novela?
—Pues claro.
—¿Entera?
—Entera.
—¿En tres meses?
—Si quieres seguir publicando, sí.
Me apoyé contra la encimera y respiré despacio.
No necesitaba que me explicara qué significaba «seguir publicando».
Mi último libro había vendido bastante menos de lo esperado y el siguiente contrato estaba sujeto a que entregase un manuscrito que, por el momento, existía únicamente en mi cabeza y, sospechaba, ni siquiera allí de forma organizada.
Mi cerebro era como un trastero lleno de cajas sin etiquetar donde las ideas se pudrían lentamente.
—¿Y si no lo consigo?
Mi editor tardó un instante en responder.
—Entonces tendremos que replantearnos la relación con la editorial.
Ahí estaba.
La frase que llevaba toda la conversación intentando evitar.
O sea: «te quedas sin curro, sin ingresos y sin futuro, pero lo decimos con elegancia para que no parezca una patada en el culo».
Me quedé mirando el medio limón del frigorífico a través de la puerta cerrada, como si pudiera ofrecerme alguna respuesta. No lo hizo. Los limones son bastante inútiles para resolver crisis profesionales. Solo sirven para hacer limonada, y mi vida no estaba como para recetas veraniegas.
—¿Cómo es la casa?
—Bonita.
—Eso no significa absolutamente nada. Mi ex también era «bonito», según mi madre, y resultó ser un sociópata.
—No creo que la casa te engañe con tu mejor amiga.
—Nunca se sabe.
—Tiene jardín.
—¿Calefacción?
—Sí.
—¿Agua caliente?
—Sí.
—¿Baño dentro?
—Candela.
—Estoy haciendo una evaluación de riesgos. No voy a irme a un sitio donde tenga que mear en un cubo.
—Tiene baño dentro.
—¿Internet?
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Y cuánto tardo en llegar?
—Depende del tráfico.
—¿Desde Madrid?
—Sí.
—¿Cuánto?
Me dio una cifra aproximada.
No estaba cerca. Ni siquiera era «un poco lejos».
Era el tipo de distancia que convertía una visita familiar en una expedición y hacía que cualquier problema mecánico adquiriese inmediatamente la categoría de tragedia nacional.
Era una distancia que recorrías para ir a un funeral, no para escribir una novela romántica.
Mi coche, además, no ayudaba.